EL EDÉN. Autor Antolín Orozco Luviano

El Eden. Imag Antolin Orozoco

El Edén era el lugar ideal para dar un tímido beso en la mejilla a la novia o, en su caso, al novio. Ya en ese tiempo comparaban el sabor del amor con el de los limones dulces


En esta ocasión, nuestro amigo Antolín, nos comparte sus recuerdos de adolescencia, cuando los amores eran tiernos y dulces como las frutas de El Edén…


El Edén era una huerta de mangos, papayos, limones dulces, a la orilla del arroyo de La Ciénega. Su propietario el señor Alfonso Rodríguez; alto, flaco, le decían “El Ejote”. En tiempo de secas, esa huerta era un oasis. Había sombra, frescura de arroyo y muchos pájaros anidaban en árboles cercanos. Era el lugar preferido de adolescentes para ir de paseo.

Algunas veces los estudiantes “se iban de pinta” a ese lugar. Recuerdo que una ocasión, en mi época de estudiante, me encontraba en el terreno de siembra de mi papá cuando vi pasar con su uniforme azul a muchos jóvenes y jovencitas que iban por el callejón echando relajo. Yo los conocía. Varios eran mis amigos. Me invitaron a ir con ellos y los acompañé. Me dijeron que iban a hacer una tarea de investigación de campo. Les creí. Luego entre risas se descubrieron que no habían tenido clases y en lugar de regresar a sus casas acordaron ir de paseo al Edén.

No eran los únicos que iban a ese huerto a soltar su energía, su alegría y sus tiernos sentimientos amorosos. Muchachas y muchachos también organizaban excusiones al Edén. A veces alguno de ellos llevaba guitarra, para acompañar boleros románticos que todos cantaban. Hacían un buen ambiente. Se sentía la alegría del grupo y no era raro que sus miradas delataran a los enamorados.

Hasta los años sesentas y a mediados de los setentas del siglo XX, en Tlalchapa los noviazgos eran extremadamente discretos: no se veían en las calles novios caminando de la mano; en los noviazgos oficiales, la mamá de la novia presenciaba sus conversaciones en el patio o en el corredor mientras bordaba una servilleta; los novios no iban solos ni a misa; la comunicación amorosa era a través de cartas y los besos estaban reservados para la hora de pardear.

El Edén era el lugar ideal para dar un tímido beso en la mejilla a la novia o, en su caso, al novio. Ya en ese tiempo comparaban el sabor del amor con el de los limones dulces: “dulce al principio y amargocito después”. Eso decían de los racimos de limones dulces que había en El Edén. Doña Rosa Valerio era la esposa de Don Alfonso. Para abreviar, los jovencitos de secundaria decían: “Rosa la del Ejote”, y reían con la malicia de quien sabe el doble sentido de las palabras.

(Antolín Orozco Luviano / El aroma de la ilama / crónicas y relatos).

 


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