TULECITO. (7a). LA GARGANTA DEL DIABLO. Autor: Hugo Sánchez Hurtado

— Entonces, el brujo me tenía encargado con ella y para acabarla de joder ¿la historia de la llorona y del callejón de la muerte ¿es real?…


Continuamos con el cuento de Tulecito, de nuestro amigo Hugo Sánchez Hurtado, lleno de magia y tradición de nuestra Sierra queretana.


Continuación…

III.- LA EDAD ADULTA

 

2.- El cumpleaños

 

A).- La garganta del diablo

 

Hoy es el cumpleaños número cuarenta y nueve de José Pedro Salmonte.

— Pensé que no ibas a venir, llegas retrasado.

— Una disculpa, padrino, se me hizo tarde.

— No te preocupes, lo bueno es que ya estás aquí, y veo que vienes listo. Vámonos, ya llevo todo lo necesario.

Después de una hora de viaje por carretera pavimentada, se meten a un camino de terracería, donde después de recorrer algunos kilómetros, se adentran a la parte montañosa de la región. A medida que avanzan, el camino se vuelve más difícil de transitar. Llega el momento en que se convierte en una brecha donde con trabajos puede avanzar el vehículo todo terreno. Después de casi media hora de brincoteo, la brecha angosta por donde apenas cabe la camioneta, llega a su fin.

Cerro del Gargaleote. Google Images

— Ni modo, hasta aquí llegamos. Lo que falta es caminando. —dice don Macario.

— ¿Y cuánto le cuelga para llegar?

— Ya estamos en la falda del cerro del Gargaleote, de aquí, a la cima, han de ser como tres horas.

— ¿Y si vas a aguantar, padrino?

— ¿Qué pasó, ahijado? ¿Crees que ya estoy viejo para esto? Apenas tengo setenta años.

— No padrino, es sólo por precaución.

— Que precaución, ni que tus patas, llego porque llego. Acuérdate que soy hombre de campo, no un señorito de ciudad.

— Está bien padrino, así se habla.

Descienden del vehículo cargando sus mochilas, y empiezan el ascenso del monte. Apenas han caminado unos cinco minutos, cuando don Macario se detiene y empieza a palidecer, se ve asustado. Quedando con la mirada perdida durante varios segundos como si estuviera viendo un fantasma. Esto hace que Pedro le pregunte si se siente bien. El padrino le contesta que no se preocupe, que ya se solucionó el asunto y ahora pueden continuar, aunque Pedro acepta seguir caminando, queda intrigado con la actitud de don Macario, y piensa que tal vez fue algún dolor o malestar del viejo debido a su avanzada edad.

La Cañada del Diablo. Imag esalltravels.com. Google images

Caminan en zig zag para aminorar el cansancio por lo empinado del terreno. Conforme ganan altura, empiezan a ver el inicio de la cañada que divide al cerro del Gargaleote, con el resto del relieve montañoso. Se detienen para tomar pequeños descansos y mitigar la sed. Después de dos horas de camino, interrumpen su marcha para tomar un refrigerio. Se sientan sobre unas rocas que se encuentran bajo un par de árboles, que apenas alcanzan a tapar tímidamente el sol. Después de dar cuenta de su almuerzo, ponen atención a la descomunal vista que les ofrece la altitud del cerro. Desde esa parte, ahora sí se puede apreciar, esa profunda cañada que serpentea debajo de su vista.

— Mira, —habla don Macario— esa cañada que se ve abajo es por donde dice la gente que se arrastró el diablo después de que Dios lo arrojó del cielo aquí a la tierra. Cuenta la leyenda, que una vez que tocó suelo, se arrastró furiosamente dando gritos de dolor blasfemando contra el Todopoderoso, y a medida que serpenteaba por el cerro, se retorcía dando vueltas, azotándose furiosamente. Y cada vez que lo hacía, el mismo cerro se hundía al no poder contener tanta fuerza, hecho que provocó la formación de la profunda cañada que ahora vemos.

— Haber padrino —interrumpe Pedro— me estás diciendo que el diablo en forma de una enorme serpiente dio forma a la cañada al arrastrarse y azotarse furiosamente en el suelo.

— Claro, eso es lo que cuenta la gente. Dicen también que después de algún tiempo, terminó por adentrarse a las entrañas de la tierra. Por eso, la cañada termina en un socavón como de cien metros de diámetro, es un hoyote que hasta la fecha nadie ha explorado; no se sabe qué profundidad tenga porque está lleno de agua verde y enlamada bien hedionda. Desde aquí no alcanza a verse, pero desde la cima del cerro, al parecer, se ve parcialmente.

Pedro vuelve a interrumpir:

— ¿Y cómo se llama esta cañada?

— Se le conoce como; La garganta del diablo, porque desde aquí salieron los más grandes insultos proferidos contra Dios. Del nombre de esta cañada, se deriva el de este cerro, por eso se le conoce como el Gargaleote. También se cuenta que esta zona está maldita y, por esta creencia, nadie vive por acá. Ni los mismos animales se animan a venir aquí, si te das cuenta, no hemos visto ni una lagartija. Aquí no se dan las plantas de flores, sólo cactus y ramas de espinos.

— Tienes razón —interrumpe Pedro— no me había percatado de eso, ni un pájaro hemos visto.

— Deja de pájaros, ni los zopilotes se acercan, y si te fijas bien, sólo quedan estos dos árboles que ya se están quedando pelones.

— Oye, padrino ¿Y de veras no vive gente por aquí?

— ¿Me estás diciendo mentiroso? ¿Ves casas por aquí cerca?

— No, tienes razón, desde que dejamos la carretera pavimentada no he visto ningún fulano. Pero dime ¿cómo está eso de qué el chamán vivió solo durante mucho tiempo en la punta del cerro? Si no hay agua, ni comida, ni nada.

Enfadado por la ignorancia de su ahijado en asuntos sobrenaturales, don Macario contestó en tono irónico:

— Por eso era brujo, sólo él sabe cómo le hizo. Pero sigamos caminando que se nos hace tarde.

Después de una hora más de camino, por fin llegan a la cima de la montaña. Don Macario está cansadísimo, la palidez de su rostro lo delata, además las piernas ya no le responden.

— ¿Te sientes bien? —preguntó Pedro preocupado.

— Para que te hecho mentiras, unos segundos más y me desmayo; pero llegamos. Te lo dije allá abajo, llego porque llego.

— Qué bueno, me gusta tu ánimo, descansemos un poco. Yo también estoy soltando el bofe. Mira, ahí están unas piedras para sentarnos, lo malo es que no hay ningún matorral siquiera para taparnos el sol.

Los dos están recuperando sus fuerzas; siguen sentados y bebiendo agua. Don Macario se ve un poco mejor de cómo llegó a la cima, el color le ha vuelto al rostro. Pedro está pensativo divisando el horizonte que luce impresionante. De pronto, baja la vista y fija su atención en la Garganta del diablo. Ahora si puede apreciarla en toda su magnitud. Lo que apenas se asoma es el socavón, es una enorme poza llena de agua, su tonalidad verde resalta sobre lo árido del suelo. De vez en cuando, voltea para observar si su padrino ya se ha recuperado del tremendo esfuerzo. José Pedro, en cuanto ve que a don Macario se le ha normalizado la respiración y lo ve más sereno, le lanza la primera pregunta:

— Oye, padrino, aquello que se ve como agua, ¿es el socavón dónde termina la cañada del diablo?

— Sí, ese mero es.

— Uff. Está enorme el hoyo ese

Y recordando el motivo de su visita a la cima del cerro, Pedro vuelve a preguntar:

— ¿Y dónde está la cueva en la que se refugiaba el brujo?

— Eso dímelo tú, que ya has estado aquí, bueno, al menos en sueños.

Pedro, extrañado de su respuesta, le dice:

— Pensé que ya habías venido, parece que conoces muy bien el camino.

— Sí, vine una vez, pero sólo hasta la falda del cerro, ahí justo donde dejamos tu camioneta

— ¿Y luego? ¿Por qué no subiste?

— Porque venía solo y me entró miedo. Eso fue años después de que te encontré inconsciente sobre la tumba del brujo. Quería investigar por mi cuenta, pero me faltó valor.

— Le hubieras dicho a alguien que te acompañara.

— No podía, le había hecho una promesa a tus padres de no comentar con nadie lo que te pasó. Así que decidí venir solo a explorar el terreno y confirmar lo que se decía del chamán del Gargaleote.

— ¿Y qué se decía de él?

— Pues que era un brujo muy poderoso. Que vivió solo en este lugar más de cincuenta años haciendo de las suyas y al acercarse la hora de su muerte, se fue a Tulecito a buscar un sucesor para transmitirle el poder que poseía. Sólo que no le dio tiempo, en cuanto llegó al pueblo, le vino una enfermedad misteriosa que lo postró casi un año, hasta que murió.

— ¿Y por qué a Tulecito y no a otro lugar?

— Porqué según había recibido instrucciones de los espíritus de dirigirse hacia allá.

— ¿Cuáles espíritus?

— Pues aquellos que invocan los chamanes en sus rituales. No vez que mastican peyote y ya cuando están drogados según ellos hablan con los espíritus. ¿No te fijaste que por el camino abunda esta planta?

— Sí, vi varias, hasta quería arrancar una como recuerdo. ¿Ha de estar canijo vivir solo en este lugar aislado, verdad?

— Don Chón vivía solo, pero recibía sus visitas, tenía sus adeptos. Lo venían a ver de toda la república, inclusive brujos de otros países vinieron a consultarlo. No recibía a cualquier persona, sólo era un selecto grupo, de muy alto nivel en la magia. Se dice que cinco o seis personas por año como máximo.

— ¿Y cómo recibía a unos cuantos, si cualquiera puede llegar a este lugar?so crees. Él tiene dos perros negros en la falda del cerro, resguardando el camino de subida.

De esos perros negros y cabezones. Imag info7. Google images

— ¿Tiene o tenía? ¿Y de qué tamaño eran esos animales?

Don Macario para no asustar más a su ahijado contesta:

— Tenía, hijo, y eran de esos negros y cabezones. ¿Qué raza son?

— Rottweiler, padrino.

— De esos meros, imagínate quién se anima a pasar con semejantes animalotes. Esos, te despedazan en un minuto.

— ¿Pero cómo sabían los perros a quién dejar pasar y a quién no?

— Porque en los niveles más altos de la magia, se dice que tú puedes controlar hasta las fieras con la pura mirada.

— ¿O sea, el que no estaba capacitado, no subía?

— No sólo no subía, sino que moría por el ataque de los guardianes.

— ¡Ah canijo! ¿Y eso es cierto?

— Pues claro, mucha gente que se creía de buen nivel en la magia, murió despedazada por los perros allá abajo. ¿A poco no te diste cuenta de los restos humanos que todavía hay tirados al inicio de la subida?

— Vi varios huesos, pero pensé que eran de algún animal.

— Qué animal ni que la manga del muerto, yo vi dos cráneos de adultos, pero no te quise decir para no asustarte.

— Oye, padrino ¿Y la pobre gente que por equivocación llegó a pasar por este lugar?

— Pues corría la misma suerte. Por eso la gente común y corriente ni pisaba esta zona; ya sabía del peligro.

— Esto está cañón padrino, pero si tenía sus adeptos ¿por qué no eligió entre ellos? ¿Por qué tuvo que ir a enchinchar a Tulecito?

— ¿No te dije que recibió instrucciones? Ellos no obedecen más que a sus amos los espíritus.

— ¡Ah, jijo!, ya me está entrando otra vez miedo, pero, dime ¿Cómo sabes tanto sobre la vida del chamán y de todas esas cosas?

— Ya te mencione que investigué mucho durante algunos años ¿O tú crees que lo que pasó contigo en el camposanto no me dejó marcado de por vida? Mi vida no volvió a ser igual, desde aquel día me di a la tarea de encontrar respuestas. Tú, porque no recordabas gran cosa, para ti ha sido fácil. Para tus papás fue sólo una mala experiencia, tu madrina, que en paz descanse, me decía que no era para tanto, que lo mejor sería olvidar el asunto. Total, el único jodido fui yo.

Al escuchar estos argumentos, Pedro se compadeció, y al fin comprendió la incertidumbre a la que había estado sometido su padrino gran parte de su vida.

— Tienes razón, pobre de ti, cargando siempre con este lastre tan pesado. Si yo, que apenas hace unas semanas se me agravó el asunto, estoy que me carga el diablo, ahora me imagino lo que tú has vivido.

— Así es ahijado, pero qué le vamos hacer, por eso ya quiero descansar ayudándote a encontrar la verdad.

— Ahora comprendo tanto interés de tu parte. Es como tu liberación.

Al escuchar esta palabra, al viejo se le iluminaron los ojos.

— Ándale, diste en el clavo, esa es la palabra correcta, por lo mismo no nos vamos de aquí, hasta que se resuelva todo.

— ¿Cómo está eso de que no nos vamos de aquí?

— No te asustes, es un decir, te aseguro que hoy encontramos las respuestas.

José Pedro, en tono de alivio dice:

— Eso suena mejor, pero dime; en tus investigaciones, ¿nunca contactaste a ningún seguidor del brujo?

— Claro, de ahí saqué mucha información, pero tuve que viajar mucho; anduve pregunte y pregunte, hasta que encontré a uno de ellos, bueno, más bien, a una de ellas, porque era una anciana; la localicé allá por el sureste. Ahí está la mera mata.

— Sí, ya había oído que por esos lugares hay mucha brujería. Pero, ¿cómo supiste de ella?

— Gracias a don Pánfilo que era el encargado del panteón. Él me comentó que esta persona llegó a Tulecito a visitar al chamán, justo el día de su fallecimiento. Ella fue la que lo acompañó en el momento de su muerte, haciéndose cargo de su sepultura. También mencionó don Pánfilo, que esta mujer, ya traía la cruz de madera pintada de negro. Esa que está puesta sobre la tumba en forma invertida. Además, don Pánfilo me dijo, que fue él quien sepultó al viejo, y antes de hacerlo, la anciana realizó un ritual de magia, para después envolver el cuerpo desnudo en una sábana de color rojo muy extraña, llena de símbolos. Mientras ella acomodaba el cadáver, don Pánfilo alcanzó a ver que en la espalda del chamán, estaba grabado con tinta negra un enorme pentagrama invertido.

— Y todo lo que hizo la mujer esa ¿No le dio miedo a don Pánfilo? —interrumpe Pedro.

— Desde un principio lo tuvo, sólo que la anciana le pagó por adelantado dos centenarios de oro; por eso tuvo que aguantarse.

— ¿Dos centenario de oro puro? Con razón aguantó vara; así hasta yo.

— Pero no todo lo que brilla es oro; fue pura ilusión. Cuando después de enterrarlo llegó a su casa y quiso lucirse con su esposa mostrándole las monedas de oro, lo único que extrajo su mano de la bolsa del pantalón, fueron dos bolas de apestoso estiércol.

— ¿En serio?

— ¡Claro, no en vano era discípula del brujo! Pero espérate que ahí no termina el asunto.

— ¿Hay más?

Cruz al revés. Imag diarioquepasa. Google iamges

— Falta lo más delicado, también me platicó el pobre de don Pánfilo, que por instrucciones de ella, lo sepultó boca bajo. No viendo hacia arriba como tradicionalmente se entierra a los difuntos. Dentro de la plática que hicieron, la señora le comentó que había venido especialmente a Tulecito, siguiendo instrucciones de los espíritus que le habían avisado tres días antes de la muerte de don Chón, y que regresaría inmediatamente a Motamba; así se llamaba su pueblo. Pero que volvería a Tulecito de vez en cuando para estar al pendiente de un encargo que le había hecho el chamán antes de morir. Por último, don Pánfilo me dijo que en cuanto se fue la vieja esa, él quiso voltear la cruz como debía de ser, pero no pudo arrancarla del suelo. Este hecho le aterró y nunca lo volvió a intentar.

Don Macario ha terminado el relato sobre el entierro del chamán del Gargaleote. Pedro se queda pensativo varios segundos, hasta que se anima a preguntar con voz temblorosa:

— ¿Y cuál fue el encargo que le hizo el brujo?

Don Macario, mirándolo fijamente a los ojos le contesta con otra pregunta:

— ¿Cuál te imaginas que sea?

— ¿Ese encargo podría ser una persona? —pregunta nuevamente Pedro con voz titubeante

Don Macario, en forma contundente dice:

— Así, es.

Pedro, con rostro pálido, habla no sin antes tragar saliva:

— No me digas que el encargo soy yo.

Don Macario, queriendo que el ahijado se conteste a sí mismo, sólo se queda en silencio mirándolo compasivamente. José Pedro, por fin comprende el mensaje y exclama molesto:

— ¡No friegues, padrino!

— Ni modo ahijado, esa es la verdad. —dijo don Macario sin perder la calma.

— ¿Cómo puedes estar seguro de eso?

— Ella misma me lo contó cuando la fui a buscar, años después del entierro del chamán.

Pedro, por primera vez en su vida, le reclama a su padrino airadamente, reprochándole porqué nunca le dijo nada de ese asunto, y más cuando las cosas estaban tan claras.

— Entiendo tu enojo, —dice serenamente don Macario— recuerda que para esas fechas aún eras un jovencito y no lo ibas a comprender, al contrario, corría el riesgo de que si te lo revelaba, te podría causar un trauma severo; dicen los psicólogos, que puede ser algo así como una psicosis o delirio de persecución. Tampoco se los dije a tus papás, decidí seguir investigando pero sin dejar de estar al pendiente de ti. No tuve opción, todo esto me lo tuve que tragar contra mi voluntad.

— Al momento de decir lo último, don Macario no pudo más y soltó un par de lágrimas.

José Pedro, al ver la sinceridad y sufrimiento de su padrino, guardó silencio prudentemente para después pedirle perdón por el reclamo airado. Y para darle vuelta al asunto le preguntó.

— ¿Y qué más has investigado?

Jezabelina. Imag losinterrogantes.com. Google images

— Pues, como te decía, con los datos que me dio don Pánfilo, pude dar después de un buen tiempo de búsqueda con doña Jezabelina. Así se llamaba la mujer esa, me gasté todos mis ahorros en el viaje. Recorrí muchos estados, hasta que logré encontrarla.

Cuando terminó de pronunciar el nombre de la seguidora del chamán, don Macario volvió a palidecer y empezó a temblar. Ahora se quedó arrobado más dos minutos con la mirada perdida, como cuando iban caminando por la falda del cerro. Pareciera que estuviera viendo una visión. Al verlo, en Pedro creció la preocupación por su salud y le preguntó si se sentía bien. Don Macario, aunque tardó en contestarle, al final le dijo que no se preocupara, que todo estaba bajo control. Y continuó con la plática:

— Ella me dijo muchas cosas del chamán, entre ellas la de los perros y lo que ya te conté acerca de su encargo.

— ¡Ay, padrino! estoy en deuda contigo por todos lados. Te lo digo por eso de tus ahorros.

— No te fijes, así salieron las cosas. Era necesario ese viaje, no me arrepiento. Jezabelina me dio información valiosa.

— Platícame más de ella. ¿Cómo era? ¿Qué más te dijo?

— Ya no hay tiempo, mejor otro día, nos va caer la noche.

— No te aprietes padrino, no seas así ¿O te molesta hablar de ella?

Ante la insistencia de su ahijado, don Macario finalmente aceptó continuar con el tema de la seguidora del chamán.

— Está bien, tú ganas. Ya estaba muy viejita pero erguida cuando la encontré; era alta, pelo largo a media espalda, tez blanca de pergamino. De cuerpo esbelto y bien proporcionado, que para su avanzada edad, sorprendentemente lucía bien conservado. Lo que si daba miedo era su mirada que el mismo Belcebú envidiaría. Llegué al pueblo de la Motamba y con las señas que me había dado don Pánfilo acerca de ella, por fin pude encontrarla. No se asombró al verme llegar, dijo estar esperándome. Eso me impresionó, sabía que había llegado desde Tulecito a buscarla.

— Con todos los antecedentes que te contó de ella don Pánfilo ¿No te dio miedo irla a buscar? —Preguntó Pedro.

— Desde luego, pero estaba desesperado y preocupado por ti, tenía que rifármela de alguna manera. Así que, me aguante mi miedo.

— ¿Y qué otra información te dio?

— No me lo vas a creer, pero me dijo que había conocido a Esperjencio Buenavista, a tres de sus amigos y también a tu abuelo. Al parecer antes de la muerte de don Chón ya había estado varias veces en Tulecito muchos años antes.

— ¡¿Ella conoció al Encuerador y a mi abuelo?!

— Ya te dije que sí.

— Ah, canijo.

Pedro se queda pensativo y después de algunos segundos dijo:

— Entonces, el brujo me tenía encargado con ella y para acabarla de joder ¿la historia de la llorona y del callejón de la muerte ¿es real?

— Así es, la llorona era ella, lo comprobé porque en la sala de la casa donde me recibió, yacía doblado en uno de los sillones la túnica de piel de leopardo que solía usar. Ella misma, mirándome con ojos inyectados de sangre, me corroboró cínicamente que le gustaba asustar a la gente. Cuando me dijo eso, ya no pude dominar mi miedo y salí corriendo de su casa a la terminal para tomar el primer camión de regreso.

— Ay, padrino, con razón encontraron ese manto a un lado de la fuente. No vaya ser el mismo con el que me soñé. Ya mejor no me platiques más que estoy empezando a temblar.

— Está bien, pero recuerda que tú insististe en abordar el tema.

— Lo sé….perdón.

— Pero basta de preguntas, además, no sé todas las respuestas. Mejor concéntrate en el sueño que tuviste cuando estabas dentro del círculo de fuego y dime ¿Para dónde viste la cueva?

— Primero déjame ubicar el círculo.

Los dos, se han puesto de pie y empiezan a caminar lentamente mirando hacía el suelo. Pedro no tarda mucho en descubrir una serie de piedras de regular tamaño. Algunas ya están desalineadas pero la mayoría logra conformar un círculo de unos tres metros de diámetro. José Pedro, se agacha para tocar una de ellas. Le llama la atención que no es su color natural lo que las distingue, sino que están ennegrecidas como si se hubieran quemado. Pasa su dedo por la superficie buscando rastros de hollín. Revisa su índice pero no hay ceniza, se da cuenta de que el tiempo, ha borrado todo residuo de tizne.

La cueva del diablo. Imag metropolisanluis. Google images

— ¿Éste es el circulo, verdad? —pregunta don Macario.

— Sí, éste es; todavía se conserva, lo que no sé es hacía dónde estaba mirando en mi sueño, no debe estar lejos la cueva.

Pedro, da lentamente dos giros tratando de descubrir la gruta. De pronto, se detiene y señala con su dedo hacía unas piedras amontonadas que están una sobre otra. Intuye que es la entrada y llega a la conclusión de que su acceso ha sido tapado con esas rocas. Le dice a su acompañante del descubrimiento y se aproximan al sitio señalado. Empiezan a mover piedra por piedra empezando por las superiores. En cinco minutos han desbloqueado el acceso a la cueva.

CONTINUARÁ…

 


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