UN SUAVE OLOR A NEUMÁTICO. Autor: Agustín Vera España.

Un suave olor a neumático. Imag neumáticos.expert

Verlas detenidamente me provocaba siempre un deseo irrefrenable de seguirlas. Algunas personas creían que era enojo, furia, rencor o algo por el estilo, pero no es cierto…


Nuestro amigo Agustín Vera nos comparte una narrativa del paso de la vida de un ser que se nos manifiesta en su fin trágico inesperado…


Estoy en el lado izquierdo de la carretera. Trato de abrir los ojos, pero sólo logro entreabrir una rendija, una pequeña pestaña que permite entrar las luces de los autos que se acercan a toda velocidad. Casi amanece y anoche no pude dormir. Siempre me pasa. Cualquier cosa me distrae el sueño y salgo a caminar para tratar de encontrarlo de nuevo. A veces lo logro, pero anoche no fue el caso. Por eso siempre ando echándome en cualquier lado para cerrar un rato los ojos.

Luego está el calor. Este año si ha estado intenso. Hasta apendeja un poco. Anda uno por la calle y hasta se queman las carajas patas de lo ardiente del pavimento o del asfalto de la carretera. Eso es de día, pero las noches no son mejores; esto es que, si bien es cierto que el sol ya se metió, sale del fondo de la tierra un rescoldo que escuece las piernas y que sube sin pausa, sin prisa hasta la cabeza. Y entonces no hay manera de quitárselo. Eso de meterse al agua a refrescarse no da gusto más que por un rato y luego regresa el bochorno.

No me duele nada y sin embargo no me siento a gusto. Como que me gustaba más la vida antes. Sí, mucha queja y mucho lamento, pero era una vida. No, no me quejo; no me gusta hacerlo, porque pienso en aquellos que se pasan la vida quejándose de tal forma que los lamentos no son más que palabras vacías o vehículos que sirven para acostumbrarse, para justificarse por llevar esa misma vida pinchurrienta y salaz.

Escucho el motor lejano de un auto que se acerca. Debe ser un camión, un torton seguramente. Se escucha el cambio de las velocidades que se adecuan a la pequeña colina tras la cual me hallo. En un momento alcanzaré a ver sus faros, de seguro con las luces altas porque a esta hora de la madrugada el tráfico es poco y lento; decenas de camiones circulan con tranquilidad y lentitud. Es la hora de la carga, de llevar la carga diversa de un lado a otro. Ahí está. Viene despacio, sólo adquirirá velocidad en cuanto vaya bajando y encuentre la curva en la que nadie frena y en la que me encuentro recostado viéndolo venir.

Otros artilugios con llantas. Google images
Otros artilugios con llantas. Google images

Siempre me gustaron los camiones. Bueno, en general los autos. Su ir y venir rugiente me atraía desde pequeño. Me daba por seguirlos por las calles gritándoles sin descanso. Unos se detenían y el conductor se bajaba para decirme algo que nunca entendía. Otros seguían de largo. Siempre pensé que era el rugir del motor o el humo que arrojaban en mayor o menor medida. Luego supe que no era eso, sino las ruedas, los infinitos que los autos traen en los pies, por decirlo poéticamente. Esto lo descubrí el día en que me di cuenta de que otros artilugios también tenían llantas: motos y bicis.

Verlas detenidamente me provocaba siempre un deseo irrefrenable de seguirlas. Algunas personas creían que era enojo, furia, rencor o algo por el estilo, pero no es cierto. Es una especie de fascinación que me hipnotiza. Los rayos de la bicicleta girando incansables hasta volverse uno solo y mil de ellos al mismo tiempo. Los agujeros de los rines girando igual sin descanso. Tiene algo de metafísico, algo como la vida misma que gira sin descanso y sin sentido. Bueno, las ruedas tienen un sentido. Al tiempo que giran se distancian, se alejan. Su fin es ir más allá. En cambio, la vida…

Siempre he creído que la vida es algo así como un girar sin sentido, un avanzar a ningún lado, un progreso sin regreso a lo esencial de uno mismo. Uno puede ver pasar la vida igual que ver pasar los autos, pero sin conmoverse. Con los autos sabes que van a algún lado y que llevan una meta, pero con la vida no. Te subes al autobús de la vida y un día te bajas de él y te encuentras donde mismo o en otro lado que es el mismo del que saliste, y entonces pierde todo sentido.

Por eso siempre estoy al lado de la carretera, porque tiene más sentido ver pasar los autos e imaginar que van a algún lado, que llevan a alguien a que haga algo que tendrá un sentido en particular; a ver pasar la vida que se enrosca en sí misma, que se atrapa a sí misma sin sentido, que se contradice, que se aclama y luego se desdice, que se abre y se cierra en el momento en el que queremos tenerla. Siempre imaginamos que la vida nos tiene reservado algo, y luego nos damos cuenta de que solo son palos y palos, desengaño tras desengaño, tristeza tras tristeza. Luego la gente piensa que no pienso, luego la gente cree que no creo. Pero pienso y creo como todos, pero nadie me entiende o nadie quiere entenderme.

No importa. Al fin la vida no es mía, no es para mí, no me importa.

Me obligó casi a cerrar los ojos. Google images
Me obligó casi a cerrar los ojos. Google images

El calor no ceja en su empeño. Aquí recostado, a pesar de la hora, casi las seis de la mañana, el suelo canicular no cede en su calor volcánico. El camión anterior tenía sus luces tan altas que me obligó a casi cerrar los ojos, pero no pude hacerlo. Un cansancio inaudito me lo impidió… y no le di importancia. Lo dejé pasar. Escucho otro motor acercándose, pero ahora por el otro carril, el derecho. No puedo verlo de frente como a los que vienen.

Cuando en la tarde andaba por la orilla de la carretera, por más que buscaba la sombra había tramos en los que ni un miserable arbusto era capaz de darme, aunque fuera tantita sombra, un hilito aunque fuera, una brizna de sombra. Luego por fin encontré una casuarina no muy frondosa, pero se ajustó al caso y me dormí por espacio de varias horas. Por fin pude lograrlo.

Desperté ya anochecido. Como siempre, como todos, abrí los ojos sin saber dónde estaba. Volteé a un lado y a otro y recordé que venía de un agónico calor y que me sentía un poco repuesto. Me acerqué a un arroyo que me dio frescura y también mitigó mi sed, además de aumentar mi fe en la vida, aunque fuera sólo un poco. Quise regresar a casa, pero no me atrevía a cruzar la carretera, aún estaba caliente. Opté por dormir otro rato.

Los ruidos de la noche, los cacomiztles que gritan como si se lamentaran, el corretear de las ardillas, los bichos, las aves noctívagas… todo me tenía sin cuidado.

Me desperté temprano, cerca de las seis de la mañana. Crucé la carretera y el maldito del coche destartalado aceleró en cuanto me vio. Escuché clarito el motor quejarse del esfuerzo, al mismo tiempo encendió las luces altas y me encandiló. Me quedé petrificado en el acto y sentí un golpe infinitamente doloroso, un quebradero de costillas y demás huesos que se confirmó en la caída 8 o 10 metros adelante.

No quise ni pude moverme. Un cansancio mental y físico me ganó. Tanto correr por las calles y carreteras viendo y persiguiendo con furor los autos, las llantas y ellas me trajeron la muerte a ochenta kilómetros por hora.

Ya las luces no me molestan. Imag desmotivaciones.es. Google images
Ya las luces no me molestan. Imag desmotivaciones.es. Google images

Los ojos se me van apagando, aunque los párpados siguen entreabiertos. Ya las luces de los autos no me molestan, como si una cortina se fuera cerrando en mis ventanitas al mundo. Ahora ya no veo nada. Esto debe ser la muerte. Bueno, parece que siempre se aprende algo nuevo. Lo que no sé es para que me va a servir de aquí en adelante. Es lo que digo, ¿qué sentido tiene la vida?

Dicen que el último sentido que se pierde es el del oído, que la vista y el olfato son de los primeros y qué decir del tacto y del gusto, pero el oído se escapa más despacio y con la memoria pasa lo mismo, se pierden todas: visual, táctil, gustativa; y luego viene la auditiva y al final la del olfato. Y vuelvo a escuchar el grito:

– Ya me chingué al pinche perro.

Mientras un suave olor a neumático quemado me lleva lentamente a mi infancia persiguiendo autos.

 

 


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