UNA PEQUEÑA BROMA ESTUDIANTIL. Autor: Noé Mora Escobedo

Una pequeña broma estudiantil. Inag abc.es. Google images

El resentimiento contra este maestro se iba acrecentando…


Noé Mora, desde la Sierra de Michoacán, nos comparte un cuento muy ameno que nos hace recordar las travesuras que cometimos en los tiempos estudiantiles…


No recuerdo que materia impartía, pero era un maestro que se pasaba de la raya con la exigencia, disfrutaba haciéndonos sentir su superioridad intelectual sobre el tema que dominaba, No perdía oportunidad para humillar a cuanto alumno interactuaba con él en la clase, a la hora de calificar era sumamente estricto, le gustaba que le rogaran para que hiciera alguna reconsideración, en fin era un auténtico odioso.

Varias veces nos quejamos en la dirección sobre esta actitud, pero era una época donde el maestro era intocable y ante las autoridades escolares, los alumnos solo buscaban justificar sus bajas calificaciones, inventando chismes.

La preparatoria tenía horario vespertino, entrábamos a las cuatro de la tarde y salíamos a las ocho y media de la noche.

En ese tiempo muy pocas personas iban a la escuela en automóvil y el maestro en cuestión tenía un “vocho” en el que se transportaba; lo dejaba estacionado frente a la entrada de la prepa en la acera contraria.

El maestro en cuestión tenía un “vocho”. Google images
El maestro en cuestión tenía un “vocho”. Google images

El resentimiento contra este maestro se iba acrecentando, pero la tremenda disciplina impuesta por la autoridad escolar impedía cualquier acto de rebeldía o censura.

Salimos tarde de clases, estaba obscuro, ya todos se habían ido y los únicos transeúntes en la calle éramos los integrantes de nuestro numeroso grupo. Vimos el Volkswagen estacionado en el lugar de costumbre.

¿De quién fue la idea? No se sabe, el caso es que, con el mayor sigilo, todos rodeamos el carro y sujetándolo de las defensas, polveras, estribos, de donde se podía, lo fuimos arrastrando hasta cruzar la calle y llevarlo a un lugar donde había dos grandes palmeras situadas a lo largo de la banqueta y separadas apenas lo suficiente para que cupiera, casi rozando las defensas en los troncos.

Nos costó mucho trabajo subirlo a la banqueta, meterlo entre las palmeras, haciendo el menor ruido posible y en cuanto terminamos corrimos como desesperados hasta la siguiente esquina donde algunos nos quedamos escondidos en la obscuridad, a ver qué pasaba.

A la hora que salió, buscó su coche y cuando se dio cuenta de la travesura, corrió por la calle buscando a los bromistas, como no vio a nadie, armó un escándalo de Dios Padre y entró al plantel, volvió con la directora y demás personal, haciendo aspavientos y gritando furioso.

Obviamente el vehículo no tenía espacio para sacarlo de la trampa en que lo habíamos puesto.

Se convencieron de que no se podía hacer nada, regresaron a la escuela y al rato llegó un taxi que se llevó al maestro.

Al día siguiente, a la hora de la entrada, el vehículo estaba donde lo habíamos dejado.

Los alumnos lo rodeaban, señalaban algún desperfecto, hacían comentarios siguiendo las marcas que dejaron las llantas en el piso, algunos se admiraban de la distancia que había recorrido.

Algunos hacían comentarios y reían discretamente, pero los rumores corrían desenfrenadamente. Se hablaba de expulsión, de pago de daños, hasta de cárcel a los bromistas.

Contaban que habían traído una grúa y que por falta de equipo o de pericia o porque el profe no quería que le maltrataran más su coche, no lo habían movido y que iban a traer algo más especializado.

Confiados en que no había testigos que nos señalaran, entramos al salón como si nada hubiera ocurrido, solo intercambiábamos miradas de complicidad con alguna sonrisita nerviosa.

Entonces llegó la directora, ya de por si adusta, con cara de pocos amigos, acompañada de los responsables de la disciplina del plantel.

La acusación fue directa, sin rodeos ni titubeos, alguno de nosotros quiso negar los hechos, pero la lógica esgrimida era aplastante y silenciosamente aceptamos la culpa.

Se nos comunicó que iba a haber consecuencias, algunas expulsiones, que los culpables teníamos que pagar las reparaciones de las abolladuras y los costos de la maniobra para sacarlo, además de los taxis que se habían tenido que pagar y que iban a convocar a nuestros padres a una junta donde se les iba a informar.

Poco a poco digerimos la situación y el valor que da formar parte de un grupo unido empezó a emerger, iniciamos preguntando quienes iban a ser los expulsados. Nos contestaron que todavía no estaba bien identificados y como parte de la investigación, los que hubiéramos participado nos pusiéramos de pie. Sin dudarlo un instante una compañera se paró (Ellas solo habían sostenido los útiles escolares mientras movíamos el carro y otras habían observado y nos “habían echado aguas”) siguiendo su ejemplo nos fuimos poniendo de pie todos y si alguno permanecía sentado las miradas los obligaron a pararse.

Nos expresaron sus dudas sobre la participación de todos y nos amenazaron con hacernos un interrogatorio personal.

Nos pidieron que en una hoja en blanco pusiéramos los nombres de los participantes, así como el nombre o nombres de quien había sido la idea.

La respuesta en las hojas fue la misma: todos.

De quien había sido la idea: de todos.

Mientras recolectaban las hojas preguntamos por el costo de las reparaciones, maniobra para sacarlo y pago de taxis.

La respuesta nos alarmó porque había que repintar el carro y traer una grúa especializada de otra ciudad porque ahí en el lugar no había nadie capaz de hacer el movimiento sin maltratar el carro.

Alguien comentó que traer la grúa era innecesario porque nosotros podíamos sacarlo sin costo alguno (Esto provocó algunas sonrisas escondidas) alguien más ofreció hacer las reparaciones en el taller de hojalatería y pintura de su papá para que el costo fuera menor.

Por último, la directora quiso saber las causas que motivaron nuestra acción. Ampliamente nos explayamos y sacamos todo el resentimiento generado por la conducta del maestro, sin dejar de mencionar la indiferencia con la que la dirección había tomado nuestras quejas.

Se retiró la directora dejando todo en suspenso, pero con la amenaza cerniéndose sobre nosotros.

A la hora de la salida, nos esperamos un rato, hasta que la mayoría de los alumnos se fueron y en unos cuantos minutos dejamos el carro fuera de las palmeras y nos retiramos del lugar.

El día siguiente tuvimos clase con el maestro en cuestión, alguna de nuestras compañeras, en nombre del grupo, ofreció disculpas por la broma y él, sin hacer ningún comentario, dio inicio a su clase tratándonos con una frialdad que continuó hasta el final del curso.

No llamaron a nuestros papás, no nos pasaron cuenta alguna, no hubo castigo, no se volvió a mencionar el asunto excepto entre nosotros, cuando la seriedad del profesor nos hacía comentar Ni aguanta nada, ¡fue solo una pequeña broma estudiantil!


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