LA MINA DE ORO NEGRO. Autor: Carlos López Bravo

La Mina de Oro Negro.Google images

-¿Qué crees Juanita? Que se me hace que hay “chapo” en el Carmen…


Un historia muy interesante, de la autoría de mi amigo Carlos López, que nos mete en la vida de un pobre pescador que dio a nuestro país uno de los descubrimientos más ricos en la historia…


“El Niño Dios te escrituró un establo 

y los veneros del petróleo el diablo.”

(La Suave Patria, Ramón López Velarde)

 

Cuando el capitán Chito se subió al autobús que lo llevaría a Coatzacoalcos no imaginaba que aquel viaje marcaría un antes y un después en su azarosa vida. Le gustaba salir en la noche de Ciudad del Carmen, dormir plácidamente durante el trayecto, y llegar a Coatzacoalcos con las primeras luces del alba. Esta vez, sin embargo, sentía cierta desazón y no podía dormir.

Llevaba por único equipaje una bolsa de plástico y dentro de ella un trozo de red. Temiendo que alguien pudiera arrebatársela o que se cayera en un descuido, la traía bien abrazada a su cuerpo, como si se tratase de un tesoro.

En los últimos años había hecho varias veces el mismo viaje, pero presentía que éste sería el definitivo. Al menos ese era su más profundo deseo. Desde que comenzó la aventura, no paraba de pensar en el asunto y, lo que es peor, no le encontraba la cuadratura al círculo.

En sus recuerdos, la aventura comenzó allá por el año 58. Andaba en su barco camaronero, en la Sonda de Campeche, cuando vio una gran mancha oscura en el mar. Con la espinita clavada, volvió al día siguiente y al siguiente y así durante varios días… “Al principio pensé que tal vez algún barco de Pemex estaba contaminando el mar. Luego pensé que se trataba de algún bote averiado de mis amigos pescadores, pero les pregunté y nada. La mancha permanente en el mismo lugar, las burbujas en torno a la mancha y el hedor intenso a gasolina no dejaban muchas dudas.”

Un buen día no se aguantó y se lo contó a su esposa:

– ¿Qué crees Juanita? Que se me hace que hay ‘chapo’ en el Carmen.- Ella abriendo tremendos ojos, me contestó:

– ¡No me digas! ¿Y qué es eso de “chapo’?

– ¡Chapopote!, ¡petróleo!, pa´ que me entiendas.

Chapopote. Petróleo. Google images
Chapopote. Petróleo. Google images

Durante largo tiempo guardó el secreto para sí. Temía que su Juanita lo bajara de la nube como siempre sabía hacerlo. Y esta vez no fue la excepción:

– Déjate de payasadas y dale aviso a Pemex. Ellos sabrán que hacer. Si te ha de tocar algo, Dios dirá.

El capitán Chito fingió demencia. Una mezcla de desconfianza, desidia y flojera se apoderó de él y el asunto fue quedando lentamente en el olvido… Fueron sus amigos camaroneros, muchos años después, quienes le refrescaron primero la garganta y luego la memoria.

“Nos encontramos por pura casualidad en el Salón Reyna. Yo había ido a Coatza a vender una tonelada de huachinango, tras un día de pesca milagrosa. La verdad me dio gusto ver allí a los compas y ya entrados en copas, les conté la vieja historia del “chapo”. Nadie me creyó, a juzgar por sus preguntas con chanfle y sus risitas burlonas.”

“Yo no pude aguantarme y los encaré:

– Ustedes creen que les cuento estas cosas porque estoy borracho, pero están muy equivocados. ¡¡Ando en mis cinco sentidos, bola de cabrones!!”

“Como por milagro, noté un cambio en sus caras. Sus preguntas empezaron a sonar sinceras y sus consejos me parecieron razonables: que me apersonara en Pemex, que les contara del descubrimiento y, lo más importante, que no me fuera a apendejar y les pidiera una recompensa con todas las de la ley. Y eso precisamente fue lo que me propuse hacer.”

El bullicio de la terminal de autobuses despertó al capitán Chito. No supo si estaba soñando o si eran sólo sus recuerdos que, de improviso, se le aparecían en medio de la somnolencia. Para el caso, era casi lo mismo.

Pemex. Google images
Pemex. Google images

No quiso perder tiempo y se dirigió de prisa a las oficinas de la Superintendencia de Exploración de PEMEX. En la recepción, una señorita muy amable lo paró en seco:

– ¿A quién busca?

– Al Ingeniero Meneses.

– ¿De parte de quién?

– De Rudesindo Cantarell, su servidor.

La señorita le indicó que el Ingeniero tardaría en llegar y mientras tanto podría esperarlo en la sala. Justo en esa misma sala lo estuvo esperando en las dos ocasiones previas. La primera vez, el Ing. Meneses, tras escuchar su historia, le pidió evidencias. “Algo que me demuestre que me está diciendo la verdad”. La próxima vez Rudesindo le llevó fotos, croquis, mapas, pero él siguió incrédulo. Esperaba que esta vez el trozo de red impregnada de aceite terminara de convencerlo.

– Veo que me trajo la muestra que le pedí. ¡Excelente!.-Fueron las palabras de bienvenida del Ing. Meneses, al llegar.- Mire, le presento a estos señores, son nuestros geólogos. Le quieren hacer algunas preguntas.

Los geólogos le pidieron que les contara todo desde el principio y lo acosaron con todo tipo de preguntas para ubicar con precisión el lugar y sondear si estaba diciendo la verdad. Entretanto, un técnico de laboratorio recogió la muestra para hacerle un examen preliminar. Cuando el técnico regresó, su cara de contento lo decía todo:

– ¡Les traigo muy buenas noticias! El examen arroja aceite de 28 grados API, lo que significa petróleo crudo intermedio.

– Felicidades, don Rudesindo. -intervino el Ingeniero- Si esto sale bien, usted será el principal beneficiado. Sólo le vamos a pedir que nos lleve al lugar de los hechos. Muy pronto lo vamos a buscar en Ciudad del Carmen para que nos haga favor de guiarnos.

El resto es historia. Los papeles cambiaron. Ahora la gente de Pemex era la que buscaba a Rudesindo un día y otro también. Los trabajos tardaron ocho años en fructificar y ya para 1978 los pozos empezaron a producir. En sus días de gloria, el complejo Cantarell, bautizado así en honor de Rudesindo, fue considerado el yacimiento más rico de México en toda su historia y el segundo a nivel mundial.

Nada mal para un humilde pescador de Ciudad del Carmen. Pero el capitán Chito se sentía muy infeliz. No le molestaban los honores ni los reconocimientos, pero él deseaba algo más terrenal. Algo tan simple como una plaza permanente en Pemex. Nunca se le hizo. Tocó todas las puertas a su alcance, pero fue inútil. Se cansó de enviarle cartas a Díaz Serrano, entonces Director General de Pemex, y nada. Tuvo que contentarse con una plaza eventual de poca monta en Pemex, que apenas le daba para sobrevivir.

“Un buen día recibí una invitación de la Sra. Elvia Moreno, la esposa de Díaz Serrano, y pensé que al fin la revolución me iba a hacer justicia. Un buque nuevo de Pemex sería bautizado como “Cantarell” y yo era el invitado de honor. El buque era una belleza y el jolgorio fue a todo lujo. Hubo discursos y palabras bonitas en mi honor y música viva. Por doquier había flores, bebidas elegantes, bocadillos, meseros uniformados y muchas mujeres hermosas engalanadas a la última moda. Al parecer, era yo el único que desentonaba: con mi pantalón descolorido, mis zapatos desgastados y una guayabera percudida.”

“De pronto sonó el teléfono. Doña Elvia contestó y puso cara de fiesta. De inmediato anunció a las demás voluntarias que era el momento de partir a España. Y ya sabrán, todas las mujeres se pusieron locas. Que ya se nos hizo. Que al fin conocerían la madre patria. Que jijijí-jajajá y salud y salud, y chin-chin la que se raje. En un abrir y cerrar de ojos, la fiesta terminó y yo que quedé solo en aquel salón enorme, completamente solo.”

“Cuando regresé a mi casa estaba totalmente borracho. Abracé a mi mujer y me puse a llorar como un niño. Me sentía triste, humillado, desvalido, impotente y, sobre todo, encabronado con el mundo. Me sentía un fracasado, un cero a la izquierda. Ella me metió a la regadera con todo y ropa y yo seguí llorando sin consuelo. Le dije entonces que yo toda mi vida había tratado de hacer el bien. ¿Y cuál había sido mi recompensa? Ninguna. Según me dicen, descubrí una enorme riqueza petrolera. ¿Y quiénes han sido los ganones? Mucha gente, claro, pero también los políticos, los líderes sindicales, los jerarcas de Pemex y hasta unas viejas perfumadas que ahora viajan muy orondas a la madre patria. ¿Y yo? Yo seguía igual de jodido que hace 65 años, con una mano adelante y otra atrás. No era justo, Juanita, que no tuviera lo necesario para darles una vida decente a mi familia. No era justo que yo –viejo, chimuelo y achacoso- siguiera mendingando las migajas que caen de las mesas de los amos. Y así seguí despotricando durante una hora, tal vez dos. No recuerdo bien. Mi mujercita sólo me escuchaba y cuando supuso que ya me había desahogado, sólo me dijo:”

– Chaparrito, el problema no eres tú, sino ellos. Tú siempre has sido generoso con la gente que te rodea. Tú cumpliste tu misión y, gracias a ello, mucha gente es ahora menos pobre. Ha sido un gran orgullo para mí, y para nuestro hijo también, ser parte de tu vida. No somos ricos, pero en medio de las carencias hemos sido muy felices y eso es lo más importante, ¿qué no? Ellos son los que cometieron una gran injusticia contigo. Pero recuerda que en esta vida (o en la otra), todo se paga. Sólo te pido una cosa: no acumules rencores porque eso te hace daño a ti y a todos los que en las buenas y en las malas estamos contigo.

“Luego de aquella larga discusión y de aquel baño relajante, me quedé profundamente dormido. Cuando desperté, me sentía limpio, renovado, como recién salido del paraíso…”

“Tres años después, supe por las noticias que Díaz Serrano estaba ahora en prisión, acusado de fraude. No sé por qué vinieron a mi mente las palabras de mi mujer. Y fue entonces que pude darle la vuelta a la página.”

Rudecindo Cantarell Jiménez. Google images
Rudesindo Cantarell Jiménez. Google images

Rudesindo Cantarell Jiménez (1914-1997) fue el descubridor del campo petrolero más importante de México al que le dio su nombre. Nació, vivió y murió en la pobreza.


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One Thought to “LA MINA DE ORO NEGRO. Autor: Carlos López Bravo”

  1. Arturo Bautista Hernández

    Que buena Historia. Mucha felicidades

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