TULECITO. (6a). EL DÍA DE MUERTOS. Autor: HUGO SÁNCHEZ HURTADO.

Día de Muertos. Tulecito. imag etnias.mx. Google images

Mi padre confesó que acababa de hacer una muerte en el callejón y le enseñó sus enrojecidas manos…


Continuamos con la secuencia de cuentos del libro de Tulecito del Ing. Hugo Sánchez Hurtado, llenos de tradiciones de su tierra en el semidesierto queretano…


Continuación…

II.- LA INFANCIA

 

5.- El Día de Muertos

 

Hoy es dos de noviembre, día de los fieles difuntos. Pedrito camina junto a sus padres y hermanos para visitar a sus muertos. No tardan mucho en llegar al panteón, que está lleno de visitantes. La mayoría de los sepulcros están limpios y adornados con flores cuyo aroma permite percibir el olor clásico de los camposantos. Mientras la familia de Pedro se dispone a arreglar las tumbas de sus familiares, él aprovecha la oportunidad para hacer un recorrido por el panteón. Le gusta caminar entre las lápidas y buscar los nombres de las personas más importantes de Tulecito, que ahora duermen tranquilas, como disfrutando su prestigio. Al ver que el chamaco se aleja, su madre le advierte que no se acerque demasiado a las tumbas de los condenados. A diferencia de los sepulcros de la gente normal que guardan cierto orden, existe la zona donde se encuentran las tumbas de las personas que de acuerdo a las creencias de la gente, se han condenado por haber llevado una vida perversa. A este selecto grupo, se le ha destinado un lugar en el fondo del panteón. Aquí, las tumbas están colocadas en completo desorden, de tal forma que no se puede dar paso sin el riesgo de pisarías. Sobre todo porque hay algunas que ni señales tienen; sólo un discreto montículo hace suponer su existencia. En otras, de plano, sobresalen los cráneos y huesos de los muertos como si la misma tierra los escupiera. Estas tumbas siempre están abandonadas.

Después de recorrer la parte autorizada del camposanto, el niño se pregunta por qué no puede acercarse a los sepulcros que tanto le intrigan. Después de todo, ya tiene once años, y en consecuencia, ya no se considera un niño, asistiéndole el derecho de tomar sus propias decisiones. Finalmente, Pedro decide que ya es tiempo de sublevarse a su madre e incursiona en el área prohibida del panteón.

...incursiona en el área prohibida del panteón. Google images
…incursiona en el área prohibida del panteón. Google images

Al dar el primer paso, a Pedro le da la extraña sensación de haber cruzado una línea invisible pero a la vez real, como si entrara de golpe a una nueva dimensión. Justo al instante de haber traspasado este umbral, los sentidos del niño empiezan a aturdirse, lo que origina que al muchacho le empiece a dar miedo. De pronto, Pedrito ve una densa niebla que aparece a sus pies. Esto hace que el niño dude por unos instantes sobre continuar o no. Al fin, el chamaco toma la decisión de seguir avanzando, por lo que continúa su camino. Sólo ha dado unos cuantos pasos, cuando ve que la niebla le llega a la altura del hombro. Pedrito se arrepiente e intenta dar vuelta y retornar, pero descubre que el camino de regreso, ha quedado cubierto por la niebla. Gira sobre su eje varias veces tratando de descubrir la salida, todo es en vano, está completamente desorientado. Se queda petrificado durante varios segundos, finalmente, el instinto y el miedo provocaron que Pedro intentara salir corriendo. De pronto, algo lo hizo trastabillar, perdiendo finalmente el equilibrio para caer y golpearse la cabeza con una piedra. Con el rostro en tierra, lo último que vio Pedro delante de sus ojos, fue una cruz de madera pintada de negro, que en forma invertida estaba clavada en el suelo. En esos momentos, Pedro recordó las pláticas que los adultos hacían respecto a esta tumba. Y aterrado trató inútilmente de gritarle a su mamá. Sólo un leve quejido salió de su boca, antes de perder el sentido.

Mientras tanto, la familia de Pedro, ajena a esta situación. Está a punto de terminar de arreglar los sepulcros de sus parientes; sólo falta el del abuelo. Se disponen a cumplir esa tarea, cuando a la mamá de Pedrito -que también le encanta la plática- le pareció buen momento para contarles a sus demás hijos, la historia del “Callejón de la Muerte”, cuyo protagonista es el papá de ella. Por eso toma la palabra:

– ¿Quieren escuchar la historia de cuándo mi padre cometió un delito en el callejón y lo encarcelaron?

Los hermanos de Pedrito, extrañados de esta propuesta, se quedaron pensativos y, antes de que respondieran, La mamá en tono serio les insistió:

– Es importante esta historia, para que conozcan un poco más las peripecias por las que tuvo que pasar su abuelo, en su enfrentamiento con la justicia de este pueblo. ¿Entonces, si o no?

Ante la insistencia y argumentos de la madre. Todos al unísono respondieron en forma entusiasmada:

– Sííí …

– Entonces, acomódense y pongan atención:

...le pareció buen momento para contarles a sus demás hijos, la historia del Callejón de la Muerte.imag cultura.gob.mx. Google images
…le pareció buen momento para contarles a sus demás hijos, la historia del Callejón de la Muerte.imag cultura.gob.mx. Google images

– Mi papá, que en paz descanse, cuando estaba sobrio era muy trabajador. Desgraciadamente le dio por tomar los últimos años de su vida. Este hecho le causó muchos problemas. Varias veces fuimos a levantarlo de las calles. Se nos desaparecía de dos a tres semanas. Mi madre al principio se preocupaba, después se acostumbró a sus parrandas. Sólo en una ocasión se puso serio el asunto, cuando nos avisaron de su detención. Lo habían metido en la cárcel. Imaginamos que había sido por una riña entre borrachos. Mi madre, ya harta de la situación, me pidió fuera yo sola a verlo, por ser la mayor. Hasta se alegró, mencionando que haber si así se corregía. Al llegar a la presidencia con el primero que me topé, fue con el comandante del pueblo. Cuando le pregunté sobre mi padre, me dijo que el asunto era grave y sólo el presidente podía darme la autorización de verlo. Estuve esperando casi dos horas para que me recibiera el viejo desgraciado. Cuando el presidente me recibió al fin, estaba enojadísimo. Eso no me detuvo y le pedí que me dijera el motivo del encarcelamiento de mi papá. Se negó a decirme la causa, sólo mencionó que era para rato, pidiéndome regresar a mi casa por no ser horas de visita. Después de tanto insistirle, me dio el permiso de pasar a ver a mi padre, para que él mismo me contara lo sucedido. Salí de su oficina desconcertada, caminé por el pestilente pasillo para llegar a la celda donde lo tenían detenido. Al verlo, no lo reconocí por lo hinchado de su cara, le habían dado una golpiza. Traía la camisa rota y ensangrentada. Cuando me miró, bajó la vista apenado. Le pregunté por qué lo habían enjaulado, cuál era el cargo, que en palabras del comandante era de gravedad. No me quería decir la causa de su detención.

El relato se interrumpe cuando uno de los hermanos de Pedro, le pregunta a su mamá cuánto tiempo le dieron de cárcel a su abuelo.

– Dejen explicarles primero cuál fue el delito. Mi padre había llegado tomado a la presidencia, buscando insistentemente al Presidente Municipal. El comandante fue quien lo recibió, diciéndole se largara a otra parte con su borrachera. También lo amenazó con echarlo a patadas si no lo hacía, además, le dijo que ya era noche y estaban a punto de cerrar las oficinas. Mi padre le insistió que no podía irse hasta no recibir el castigo correspondiente, por el delito que había cometido. Al comandante le intrigó lo dicho por mi padre y lo interrogó. Le preguntó qué clase de delito era. Mi padre confesó que acababa de hacer una muerte en el callejón y le enseñó sus enrojecidas manos. Le dijo estar arrepentido por ese acto y estaba decidido a pagar su deuda ante la justicia. El comandante se alarmó y lo llevó jalando ante el Presidente Municipal para decirle sobre el asunto. El alcalde se sobresaltó ante la brusca entrada del comandante y mi papá, que por los jaloneos y la borrachera apenas se podía mantener en pie. El presidente le preguntó al policía:

– ¿y ahora qué pasa? ¿Qué maneras son de entrar así a mi oficina?

– Este borracho viene a entregarse a la justicia, dice estar arrepentido por haber matado un fulano. Mírelo como viene, todavía trae las manos manchadas de sangre.

– iAh Canijo! ¿Dónde fue eso? ¿Quién es el difunto? -dijo sorprendido el presidente.

– Sólo sé que fue en uno de los callejones del pueblo; necesitamos ir a investigar ahora mismo, antes que se haga más noche. -contestó presuroso el comandante.

– El presidente abrió el cajón de su escritorio, sacó su cuarenta y cinco, se la fajó en la cintura y dijo:

– Apúrale; esto es urgente. Espósalo bien, no se vaya a escapar, si lo intenta, le suelto un plomazo. Que nos lleve él mismo al lugar del crimen. Durante el camino le sacamos toda la sopa.

La mamá de los niños continúa con la historia:

El borracho del pueblo. Google images
El borracho del pueblo. Google images

Los tres salieron de la presidencia a toda prisa. A mi padre lo llevaban jaloneando como un animalito al matadero. El comandante le preguntó en cuál de todos los callejones había hecho esa muerte. Mi padre le dijo que era por donde vivía el maestro Lázaro. El policía exigió a mi padre les dijera quién era el difunto, mi padre no le contestó, situación que enfureció al recio policía y le dio un empellón que casi lo tira. Este incidente llamó la atención de los lugareños, los cuales se fueron acercando poco a poco a medida que caminaban. Ninguno de ellos se atrevía a preguntar cuál era el asunto. Conocían el carácter violento del presidente y su ayudante. El Edil tenía fama de hombre de pocas pulgas, nadie en Tulecito solía enfrentársele. Se hacía respetar a punta de pistola, era temido por sus métodos de hacer justicia. Según sus palabras, nadie se burlaba de la ley y mucho menos de él. No obstante, todos en el pueblo sabían que la ley se ejercía sólo para los jodidos como mi papá.

Todavía faltaban dos cuadras para llegar al callejón señalado y ya se había congregado una bola como de cien personas. Muchas llegaron debido a que el comandante había cometido la indiscreción de decir que iban a investigar un asesinato, originando que la gente morbosa empezara a correr la voz y a dar su versión sobre el crimen. Unos murmuraban que mi padre había masacrado a puñaladas a sus compañeros de parranda sólo por pelearse el último trago de la botella. Otros iban diciendo que había matado a su compadre Blasito por un lío de faldas y que no contento con eso, también había degollado a su perro por tratar de defender a su amo. Un teporochito se acercó al comandante y le dijo que él había sido testigo de cómo mi papá asesinó con su machete a dos jóvenes del pueblo por negarle unos centavos para continuar su borrachera. A los últimos de la comitiva, les llegó el rumor de que mi papá se había vuelto loco por tanto alcohol y que durante casi una hora, había estado acuchillando a cuanta persona pasara por el callejón, y que sumaban más de diez los difuntitos.

Mientras tanto, el Presidente Municipal caminaba en silencio. Casi estoy segura de que iba planeando cómo informaría el asunto a las altas autoridades de justicia del Estado. Ya que éste era el primer asesinato que acontecía en su administración y, para su fortuna, tenía en sus manos al confeso asesino. No quería ser como los otros alcaldes, que nunca resolvieron ninguno de los crímenes sucedidos en el pasado. Todos habían quedado impunes, debido a que las víctimas habían sido gente humilde. Siempre asesinados para despojarlas de sus tierras, de sus animales o sus mujeres. Sólo uno que otro había sido abatido en pleitos de cantina. De cualquier manera, nunca se atrapaba al culpable.

La mamá de Pedrito interrumpe por unos momentos el relato para tomar un poco de agua, y después prosigue:

– El presidente le dio instrucciones al comandante que después de concluir la investigación, mandara un telegrama a la capital, informando de la resolución exitosa del crimen. Se imaginaba que en pocos días saldría la noticia en primera plana en el único periódico del estado, donde a ocho columnas se leería: “Asesinato en Tulecito. Resuelto gracias a la labor de inteligencia de las autoridades municipales, encabezadas por su Alcalde, don Ruperto Fierro”.

– Por fin, -continúa relatando la mamá de Pedrito- llegaron a la boca del callejón, que a esas horas ya estaba en completa oscuridad y encendieron un par de velas compradas durante la marcha en una de las tiendas del pueblo. La luz débil, sólo permitía ver un paso adelante por donde pisaban. El comandante preguntó a mi padre el lugar preciso dónde yacía el cuerpo del delito. Mi papá contestó que era un poco más adelantito. Sólo dieron unos cinco pasos más y mi padre les pidió que se detuvieran, ya que justo en ese lugar, había hecho la muerte. Don Ruperto y el comandante, que eran los que traían las velas, alumbraron hacia el piso, pero no vieron nada. El policía, enfadado, jaloneó a mi padre volviéndole a preguntar en dónde se encontraba el cadáver. Mi papá contestó que a que cadáver se refería. El presidente perdió la paciencia diciéndole a gritos que no se rajara a la mera hora, que ya había confesado su crimen y se aguantara como los machos y les señalara dónde estaba el muerto. Mi papá, tragando saliva, les volvió a contestar qué cuál muerto. El comandante finalmente perdió los estribos y con un derechazo tumbó a mi padre al suelo. Mi papá, tirado en el piso, reclamo enojado por qué lo golpeaba; el policía contesto que si se le hacía poco haber hecho una muerte. Mi padre le replicó que no era para tanto, que sólo a los verdaderos criminales se golpeaba de esa manera. Ésta respuesta indignó no sólo a las autoridades sino a la chusma que se vio sorprendida por el asombroso cinismo de mi papá. Pensaron que efectivamente el alcohol lo había enloquecido y se había convertido en’ un asesino sin escrúpulos ni remordimientos, como un psicópata que disfruta de sus crímenes.

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La mamá continúa diciendo:

– Dentro de los mirones, de repente alzó la voz una mujer desconocida que nadie había visto jamás en el pueblo y quien pedía a gritos que lincharan a mi padre por sus cobardes asesinatos. Era la más indignada y con ojos llenos de odio insistía una y otra vez que entre todos le dieran muerte. Fue tal el alboroto que causó esta mujer, que muchos la respaldaron y trataron de abalanzarse sobre mi pobre papá que aún seguía tirado en el piso para acabar con él. Don Ruperto, al ver que el asunto se le salía de control, sacó la pistola y amenazó con disparar a la multitud si no se aquietaban. Les dijo que él era el único que hacía justicia y furioso se abrió paso entre la gente para enfrentar a la vieja alborotapueblos. Sólo que nunca la encontró, se esfumó sin dejar rastro. La gente también se quedó extrañada de su repentina desaparición. Sólo el borrachín que había asegurado ser testigo de cómo mi padre había asesinado a dos jovencitos por no darles para continuar la borrachera, dijo haber visto que esa mujer vestía un camisón de piel de animal y que desapareció ante sus ojos, pero nadie le creyó.

La plática es interrumpida por una de las hermanas de Pedro quién le pregunta a su mamá si tiene alguna relación la forma en que vestía la mujer esa, con la túnica de piel de leopardo encontrada en la fuente del jardín de acuerdo con la historia de la llorona. Ella, asombrada por la sagacidad de su hija menor, le contestó:

– ¡Qué buena observación! Nunca me había preguntado eso, pero, pensándolo bien, puede que sea la misma mujer misteriosa. Lástima que ya se murió el teporochito ese, para que nos diera más detalles.

Y después de unos segundos, continúo con la historia del callejón de la muerte:

– Como les decía, mi padre tirado en el piso, trató en vano de levantarse. Al ver esto, el corpulento policía lo alzó en vilo. Gritándole que era su última oportunidad de decir dónde estaba el muerto. El presidente ya enojado se le encaró también a mi padre y le soltó una sarta de majaderías que no se las repito nada más porque todavía están bien escuincles. El alcalde amenazó a mi padre con matarlo. Mi padre sólo hasta que vio la de a de veras decidió hablar:

– ¡Está bien! ¡Está bien! Les diré dónde hice la muerte. -y señalando hacía la pared del callejón exclamó:

– ¡Ahí está la muerte!

El presidente cruzó una mirada de incredulidad con su comandante y decidieron alumbrar el muro del callejón. Mientras lo hacían, a los dos les vino a la mente que no sólo había matado a alguien, sino se había atrevido a colgarlo en la pared. La gente ansiosa, no perdía detalle. Empezaron alumbrando la parte baja del muro. Pronto, la luz amarillenta de las velas dejó al descubierto unos hilos de color rojo que aún chorreaban sobre la pared blanca. Ésto aterrorizó a los mirones que más de alguno salió corriendo para su casa. El comandante tragó saliva y titubeó en seguir alumbrando el muro. Don Ruperto se dio cuenta y le dijo que no se detuviera. A medida que iban levantando lentamente las velas, las manchas de color rojo se hacían más evidentes sobre la pared. Mientras la gente en silencio miraba con gran expectación, don Ruperto y su ayudante seguían levantando sus brazos sosteniendo las velas con la finalidad de seguir alumbrando el muro. Conforme lo hacían se iba revelando el dibujo de un esqueleto sosteniendo una enorme guadaña. Cuando el descubrimiento fue total, mi padre en tono de burla habló:

– ¡Ahí está, la muerte que hice!

– El presidente, el policía y todos los testigos, miraron incrédulos la muerte que mi padre había dibujado con pintura roja sobre la pared. Ante este inesperado desenlace, la enorme expectación se volvió desencanto entre los presentes y, después de unos segundos cuando por fin les cayó el veinte, todos los mirones soltaron la carcajada. La risa del pueblo hizo que el presidente y el comandante se sintieran ridiculizados por el borrachín, por lo que enojadísimos se abalanzaron contra él. El más encabritado era el presidente, quien gritaba desaforado que nadie se burlaba de él, y empezaron a darle una salvaje gol piza a mi padre. Después de esto se lo llevaron jaloneando a la cárcel. Durante el camino, mi papá iba diciéndoles que lo dejaran ir; trataba de explicarles que todo había sido una broma y que él jamás mencionó haber matado a alguien, sino, desde un principio dijo que sólo había hecho una muerte en el callejón, por lo tanto, no había motivo para su encarcelamiento y, además ya le habían dado su merecido. El comandante le dijo que ahora se jodía, que se iría a la cárcel sin remedio. Mientras tanto, la gente seguía riéndose de lo acontecido. Hasta que hartaron a don Ruperto quien sacó la pistola y ahora sí, lanzó un disparo al aire. Al momento todos brincaron del susto. Finalmente el presidente los corrió:

– ¡Bola de culebras! i Lárguense para sus casas si no quieren que los encierre a todos!

– Ante ésta amenaza, la chusma se retiró y se perdió entre las calles oscuras de Tulecito. Todos se iban riendo de los pobres guardianes del orden.

Ahí está, la muerte que hice... Google images
Ahí está, la muerte que hice… Google images

– El presidente y su fiel ayudante fueron la comidilla del pueblo durante varias semanas. Todo mundo quedó asombrado del ingenio y de la valentía de mi padre, que había desafiado y burlado a la prepotente autoridad. Hasta mi mamá y yo nos sentíamos orgullosas de él. Por eso, desde aquel día, ese callejón es conocido como: el Callejón de la Muerte.

La historia concluyó ante la risa del padre y los hermanos de Pedrito. Una de las hermanas de Pedro exclamó:

– ¡A que mi abuelo tan cabezón! Pero dinos, mamá.

– ¿Cuánto tiempo estuvo en la cárcel?

– Le dieron tres meses de prisión. Los cargos fueron por haberse burlado de la ley. Fue un duro castigo pero más fue el escarmiento para las mismas autoridades que después de eso, como que le bajaron el tono a sus ínfulas de grandeza. Mi padre falleció un año después, por su desmedida afición al alcohol, y ésta, es su tumba.

De repente, la plática es interrumpida, cuando toda la familia de Pedro escucha la voz de un adulto que se dirige hacia ellos a toda prisa. Trae cargado entre sus brazos el cuerpo inerte de Pedrito diciendo a gritos:

– ¡Compadres! ¡Compadres! Encontré a mi ahijado tirado sobre la tumba del chamán. ¡Aquí está el pobrecito! ¡Está como muerto!

Esto causó alarma entre todos. Los padres corrieron al encuentro del compadre quién puso a Pedro en los brazos del papá. Los hermanos de Pedrito empezaron a llorar pensando lo peor. La gente se amontonó en derredor de los papás del muchacho, a quien ya habían recostado sobre el frío cemento de la tumba del abuelo. Por más esfuerzos de reanimarlo no reaccionaba; su piel pálida y fría era igual a la de un cadáver. La mamá de Pedro inconsolable, pensó que ya había fallecido. Gruesas lágrimas empezaron a rodar por su rostro mientras gemía. El papá de Pedro, con un poco más de calma, pidió a la gente se alejara un poco para no robarle aire al chamaco. También solicitó que alguien trajera rápidamente una cebolla. Por fortuna, una señora de las que acostumbran comer en esos días dentro del panteón, le dio un trozo de cebolla al papá de Pedro, quien inmediatamente se la dio a oler al muchacho, que aún seguía inmóvil. El padre no apartaba la cebolla de la nariz de su hijo, hasta que vio que Pedrito reaccionó con un débil movimiento de cabeza. Al ver esto, la mamá del niño se tranquilizó. El padre siguió insistiendo una y otra vez dándole a oler la cebolla a Pedro hasta que la reacción de éste fue total. Esto sucedió cuando el niño alejó con su mano la cebolla de su cara. Ya no quiso seguir oliendo ese penetrante olor. Todo mundo se alegró, en especial los papás, el compadre que lo rescató y los hermanos de Pedro.

La familia de Pedrito ya ha regresado a su casa. El niño aún está atontado. No se ha recuperado del todo. Está acostado en su petate recibiendo el regaño de su madre:

– ¡Te lo advertí! ¡Te dije que no fueras donde están enterrados los condenados! ¿Para qué me desobedeciste? Pensé que te habías muerto. Ahora dime, ¿Qué sucedió?

Pedrito con voz apagada le contesta:

– Sólo vi niebla y sentí un golpe en mi cabeza, de lo demás no me acuerdo.

La respuesta no satisface a la madre y elevando el tono de voz lo interroga severamente:

– ¿Cómo que no te acuerdas de nada? ¡Muchacho bribón! ¿Te haces tarugo o qué? ¿Piensas qué soy tu burla? ¿Sabes que mi compadre Macario te levantó justo arriba de la tumba del brujo? ¿Cómo llegaste ahí?

– De veras mamá, sólo recuerdo la niebla y el golpe. – respondió el chamaco ante estos duros cuestionamientos. Al ver el rostro sincero de Pedro, la mamá tragándose su coraje le dice:

– Está bien; luego hablamos. Descansa mientras llega el doctor. Tu papá fue por él, para que te revise. Esto no es normal, pero una cosa si te digo: no te escapas de tu castigo.

Su mamá sale contrariada de la habitación dejándolo solo con sus pensamientos. El chamaco sigue tratando en vano de recordar qué pasó después. A Pedrito le llega nuevamente esa extraña sensación de cuando se fue a cortar el pelo y vio salir humo del jacal de don Chón. Pero ahora, ese sentimiento extraño, es más intenso.

Una hora después llega el doctor y una vez que auscultó al niño se dirige a sus padres:

Pedro recibió un fuerte golpe en la cabeza.

Y haciendo a un lado el cabello del muchacho, les hace palpar un chichón del tamaño de un limón, justo arriba de la oreja, y continúa diciéndoles mientras guarda el estetoscopio en su maletín:

– Pero no se alarmen, no hay indicios de fractura, ya se está recuperando. De todos modos, si siente mareos me mandan llamar. Él dice que no se acuerda de todo lo que le pasó. Ha de ser por el golpe, tal vez después recuerde lo sucedido. Bueno, ya me voy, son cinco pesos de la consulta…

La Catrina en el día de muertos. Google images
La Catrina en el día de muertos. Google images

 

CONTINUARÁ…

 


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