ADOLESCENCIA. Autor: Mario Calderón

Adolescencia. Imag depositphotos. Google images

La continué abrazando, la besaba, la atraía a mi cuerpo y ella aceptaba, con una curiosidad sin malicia. Entonces supe que ya no sería fácil separarnos…


Recordar nuestra adolescencia, es recordar las alegrías, tristezas, fracasos, ilusiones y angustias del primer amor. Mario nos comparte en este cuento algo que muchos de nosotros nos pasó, hace mucho tiempo, pero que nunca se olvida…


“Yo fui un mísero afligido desde mi mocedad siempre lleno de espanto, lleno de tristeza.”
(Salm., 88,16)

De aquella mañana recuerdo la tibieza y la claridad de los días de abril en que una cariñosa mujer se encontraba a mi lado con toda su calidez y la amabilidad de una madre. Sentía la sorpresa del futuro como una llama dentro del pecho que me hizo apresurar y huir con la promesa de que iba a comunicarme con frecuencia. Tal vez ocurrieron muchas otras cosas, pero no las viví puesto que no las recordé nunca. Lo más seguro es que hayan sucedido los incidentes y detalles de todas las despedidas, pero a mí, quizás se me confundieron con el ensueño de los planes.

Salí del pueblo, a pesar de que al subir al autobús, las camelinas de las casas contiguas estaban desbordando alegría por los racimos de flores rojas.

Hui de aquel ambiente porque al llegar a la adolescencia, había hablado tanto, que nadie me creía, ni me delimitaba, me perdí ante los ojos de los parientes y de los amigos. Supe que me había extraviado, cuando vi que todos tenían actitud de ciego ante mi nueva personalidad. No me encontré en nadie, era un extraño. Comencé por tornarme solitario y fingir personalidad serena para que siquiera me distinguieran como a humano, ya que no les era posible percibirme como pariente. Había llegado hasta aquel clímax porque durante mi niñez había sido nervioso e introvertido: mi mundo estaba pleno de tormentas y de sufrimientos que eran originados porque, al ser insociable y encerrarme en mí mismo, no advertía que en el mundo externo también había tormentas similares a las de mi interior, me comportaba por el carácter de un hombre distinto.

Del viaje a la ciudad nunca supe nada. Imag Taringa. Google images
Del viaje a la ciudad nunca supe nada. Imag Taringa. Google images

Del viaje a la ciudad, nunca supe nada, porque no reparé en ningún suceso del camino, pues desde que salí del pueblo, me había hundido en una reflexión sin plan. Sin embargo, sí capté un abismo de tiempo que se hizo doloroso cuando entré a La Ciudad de México y el humo, el ruido, la gente y la abundancia de automóviles me produjeron un asombro que todavía no estaba justificado.

Ya en la ciudad, busqué un departamento, y con la recomendación de mi padre con antiguas amistades, conseguí empleo en una tienda de abarrotes, donde ganaba dinero para sobrevivir. Me inscribí en la Universidad, y un día, mientras platicaba con algunos compañeros y un grupito de muchachas caminaba por uno de los corredores, tuve la impresión de que una de ellas era la otra parte de mí que me faltaba.

La cita era a las tres de la tarde en una estación del tren subterráneo. Aunque pensaba que ella tal vez no asistiera, estuve en el lugar diez minutos antes de la hora. En el reloj de los andenes se hicieron las tres, las tres con diez minutos, y las tres con veinte…, no apareció. Cada convoy que pasaba me parecía un golpe que estiraba mis nervios. Hubo un instante en el que sentí mala suerte, era la mala suerte de la adolescencia (unos años más tarde, y en el mismo sitio, estaría seguro de que un escritor aprieta, pero no ahoga cuando no es el tiempo adecuado). En aquella hora, la multitud de rostros, en lugar de proporcionarme compañía, me desolaban. Era increíble que pudiera estar presente tanto cuerpo, tanto rostro de mujer y que ella, Lía, no estuviera en aquel sitio. A pesar de todo, la esperé hasta que la espera me hizo sentir desgraciado. Después comencé a caminar sin fe hacia la salida y, en el momento que creí el final de la secuencia, descubrí entre la multitud el rostro de Lía. Entonces no supe si realmente quería estar junto a ella que llegaba diciéndome hola, sin pronunciar siquiera una disculpa, o si prefería estar solo y lejos de aquel lugar. Con una mirada rápida analicé su figura, como para adueñarme de ella o para esclavizarla psicológicamente y adquirir fuerzas: Estaba vestida con pantalón beige, blusa de cuadros y abrigo gris con uso. Pensé que tal vez igual que en mí, por mi pantalón de mezclilla, en ella la humildad era grito de pobreza. Iba a desfallecer interiormente mientras contesté hola, pero vi su cara, advertí rasgos delicados, garganta de mármol con vigor disimulado, y me sentí macho agredido. Entonces, teatralmente mostré naturalidad y la invité a subir a uno de los vagones del tren que en ese momento llegó produciendo un cambio de escenografía en el que todo se podía ocultar. Durante el recorrido, se notaba que los dos éramos personas pulidas en nuestros propios mundos y que los dos juntos hacíamos disparejas las circunstancias de cualquier sitio. Por eso, únicamente hablábamos de cosas de compañeros de escuela, mientras estábamos frente a la gente, pensé yo, y nos salió bien aquella actuación. Porque era la mejor estudiada. La única morcilla fue decirnos: ¿Nos bajamos en Chapultepec? Ahí hay varios cines. Respondió que sí con la cabeza y, al llegar a la estación, bajamos del tren con una naturalidad de ensayo. Al caminar hacia la salida, como para justificar el aspecto formal de aquella acción y animado por la energía del caminar de la gente, le comenté, como introduciéndome en sus palabras: te invité a salir porque estoy enamorado de ti, porque las últimas semanas sólo he pensado en tu risa, tu pelo y en lo que opinarás tú.

– No lo creo.

Contestó y los dos callamos. En la calle, vimos que llovía. Sacó de su bolso un paraguas, y yo, viendo que podía arruinarse la escena que había preparado para mis posibilidades, decidí improvisar, y reforcé el silencio con un acto sin palabras: me acerqué a ella para cubrirme y la abracé mientras caminábamos. Todavía sin hablar llegamos a un cine. Había una película cómica de la que nunca recordé el nombre. La propuse, aceptó y penetramos en la sala. Sabía que si lograba besarla, quedarían rotas las barreras entre los dos y que irremediablemente nos uniríamos. Escogimos las butacas, nos sentamos; nuevamente la abracé y no se opuso.

En el transcurso de la película, obedecí a veces a mi interior, a mi necesidad de amar, y otras ocasiones, para fingir la necesidad, atendía al mundo externo. Cuando me guiaba por el mundo interno, me sentía en naufragio, me acercaba más a ella, y con el olfato, le arrancaba la fragancia igual que a una violeta silvestre. Me embriagaba, y sintiéndome luciérnaga dependiente de la noche, me adhería a su cuerpo y estrechaba sus manos, para hacerle creer que ya teníamos intimidad, o para pedirle que al salir de aquella sala oscura, por la claridad no permitiera el borrón de aquel fragmento de vida en el que estábamos inmersos y del que ya debíamos ser responsables. Acerqué la boca a sus labios y no evadió las grafías de aquella acción.

Cuando reparaba en el mundo externo, mientras la acariciaba, era porque ella reía, como también para cubrir las apariencias, y en la pantalla veía a los cómicos.

Salimos del cine. seguía lloviendo. Imag diario de chihuahua. Google images
Salimos del cine. seguía lloviendo. Imag diario de chihuahua. Google images

Salimos del cine, seguía lloviendo, y nos refugiamos en la cornisa de una librería. La continué abrazando, la besaba, la atraía a mi cuerpo y ella aceptaba, con una curiosidad sin malicia. Entonces supe que ya no sería fácil separarnos. Pidió que camináramos por Paseo de la Reforma y avanzamos hacia el centro de la ciudad. Pensé que en ese momento podía invitarla a un hotel y que seguramente aceptaría porque, en medio de su inseguridad en esa clase de situaciones, mostraba una liberalidad que se notaba un retórico oximorón, observando su rostro dulce y austero. Pero recordé un pensamiento de Jaime Sabines “La mujer es lo que tú quieras darle” y para que no resultara floja la escena, sugerí el regreso. En el camino a la estación del metro, propuse que para evitar ser esclavos psicológicos de los compañeros de clase, no manifestáramos nuestra relación en la escuela y acordamos vernos el lunes, no fijamos la hora; pero los dos sabíamos perfectamente que sería cuando se terminaran las clases.

Me fui a mi departamento de la calle Bucareli, y al llegar, me tiré en la cama, puse música de The Rolling Stones y a través de las notas hablaba a Lía insistentemente, como si yo estuviera inventando aquel lenguaje.

Supe después que, al llegar ella a su casa, en la colonia Moctezuma, encontró a una tía, la que entre otras confidencias, le había contado que, por la pobreza, en su juventud se había casado con un hombre anciano y se había marchado con él a Las Californias.

La tía la invitó a pasar el domingo en su casa de Puebla, y en la noche del domingo, uno de sus hermanos llevó el aviso de la muerte del abuelo en el Distrito Federal. Si yo hubiera sabido aquello entonces, y si hubiera sabido interpretar el inconsciente de las personas, habría comprendido lo que le ocurría internamente: que había encontrado una salida, tal vez no tan conveniente a su soledad, y que con ese acto, en ella había muerto lo tradicional, que acaso de algún modo, y sin que lo advirtiera, su relación conmigo, tan insospechada por su abuelo, había causado la muerte de aquel hombre. De conocer aquello entonces, no hubiera pensado que, al faltar a las clases del lunes, demostraba miedo de pertenecerme, temor de no pertenecerse a sí misma.

El día siguiente, al terminarse las clases, explicó su ausencia del lunes y nos comprendimos. En adelante la acompañaba por las noches a su casa.

...a donde pudiéramos estar solos... Img Rumbo. Google images
…a donde pudiéramos estar solos… Img Rumbo. Google images

La invitaba a cines, parques, a donde pudiéramos estar solos conviviendo, para que creciera un retoño de vida común. Expresaba una opinión, ella la aceptaba, afirmaba algo y ella lo admitía. Apoyando en todo las manifestaciones de mi ego, me adhirió un espejo frente a los ojos. Como un Narciso me veía y me congratulaba de haber encontrado a un ser tan semejante a mí. Un día le comenté: Ahora, porque eres mía, me siento con mayor seguridad, más yo mismo.

Me contestó que el hecho de salir juntos, no significaba que me quisiera.

Vertiginosamente resbalé de mi cenit; teníamos dos meses de trato y mi vanidad de macho no admitía que aún no se enamorara. Me sentí vacío, desgraciado; pero continué a su lado porque, a pesar de todo, estaría mejor cerca de ella. Sin permitirme deleite, seguimos saliendo, pero esta vez con recursos; busqué armas: con mucho tacto, le administraba dosis de adulación sobre sus cualidades, le regalaba entero su mundo, y mi sinceridad que suponía mi arma más fuerte. Provoqué el efecto que ella me había creado en los primeros meses, y como ligamento final, le propicié una fuerte dependencia de mí. Meses más tarde, cuando consideré que los sentimientos de ella habían formado una especie de colchón que podía amortiguar mi enamoramiento, ante la imposibilidad de enamorarme con el candor de los primeros meses, reclamé el haberme despertado y su miedo de entregarse, aunque también admiré su inteligencia porque acaso aquella actitud había sido buen recurso para provocar amor sólido. El campo de cultivo donde apareció el amor lozano fue un mes de separación, las vacaciones después de haber terminado los estudios, mientras llegaba enero para buscar empleo adecuado.

Pasaron días, semanas, meses, conseguí ocupación en oficina burocrática, y en variación entre el ser y el querer ser, me alargaba. Salíamos juntos, ya no despertábamos la atención de la gente, no propiciábamos alteración de las circunstancias, formábamos una pareja y nuestra presencia parecía que llenaba un hueco de la naturaleza, incluso pensé que éramos una clase de adorno de los lugares que frecuentábamos; había objetivado el deseo de la unión con una persona.

Un día, en el vacío de mi habitación, noté mi crecimiento deforme, dificultoso, entendí que ya crecía también a través de ella, que nos habíamos injertado y crecíamos al mismo tiempo. Razoné que aunque deseáramos evitarlo, no podríamos, que sería mejor vivir juntos para no causarnos atrofia. Lo propuse y aceptó.

Nuestro departamento, estaba casi vacío de muebles. Compramos comedor, sala, televisión, y continuamos comprando objetos que nos servían cada vez como juguetes nuevos y permitían conservar el interés en nuestra clase de vida. Muchas veces di gracias al escritor por trazarme pobre y por darme juguetes para continuar el discurso de mi vida, y me compadecía de los hombres que lo tienen todo. Permanecíamos juntos, y es que, desde el primer instante, habíamos levantado la casa sobre rocas y nos habíamos convencido de que constituíamos una sola persona y no podíamos permitirnos el orgullo individual. Continuábamos juntos porque nos convencimos de que si fracasaba aquella relación, fracasaría también la unión de alguno con otra persona, porque el pathos estaba en nuestros cuerpos. Había aprendido en el contexto que la lujuria es insaciable y que ni siquiera tenía caso alimentarla. Otro lineamiento de nuestra relación fue el no permitirnos la idea de que éramos dos personas frustradas, sino que estábamos unidos por nuestra propia selección, por triunfadores. Al lado de Lía comprendí que se es feliz con las cosas en las que se deposita ilusión, con la paz y con las acciones en las que se participa de la trama.

Recordaba que en el principio de mi historia, detectaba la presencia de un narrador, de un distinto y que para mí todo acontecía como por azar, pero que con el paso del tiempo, con la madurez, definí mi propia historia, estructuré el relato con mi propia inteligencia; y el escritor no habría podido hablar de mi relación con Lía, si yo mismo no hubiera puesto los lineamientos.

Todas las parejas se parecen. img la pantalla se mueve. Google images
Todas las parejas se parecen. img la pantalla se mueve. Google images

La gente nos veía siempre juntos y hasta hubo algún amigo que nos habló de parecido físico, como todas las parejas se parecen. Y sucedía que incluso ante alguna situación, pensábamos lo mismo, nuestra mente funcionaba de igual manera; pero de noche, cuando despertaba del sueño, por el vértigo del viaje de una realidad a la otra, mientras ella permanecía dormida, yo sentía terror por el peso de la responsabilidad de ser yo mismo.


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