EL ÁRBOL DEL MUERTO. Autor: Noé Mora Escobedo

El Árbol del Muerto. Imag dreamstime. Google images

Apartando un poco las ramas, lo vimos. Era un hombre inmóvil, sentado sobre una piedra, recargado en el tronco del árbol…


Desde las tierras michoacanas, Noé nos comparte un cuento de nuestra provincia, el cual podemos ubicar en cualquiera de los pueblos que hacen magia en nuestra tierra y que nos trae a nuestra memoria los recuerdos de nuestras travesuras…


Nuestra afición de tirarle con las resorteras a los lagartijos que se asoleaban en las cercas de piedra, cuando íbamos camino al rancho a pastorear nuestros animales, nos desvió de la vereda que habitualmente recorríamos.

Ese día nos abrimos paso entre la hierba, cruzamos magueyeras, brincamos cercas, buscando, en nuestra inconciencia ecológica, algún pacifico reptil para matarlo a pedradas por el simple gusto de demostrarnos nuestra puntería.

A la cacería de lagartijas. Imag flickr.com. Google images
A la cacería de lagartijas. Imag flickr.com. Google images

Nos encontramos con nuestro amigo “El Lechero”, un niño como nosotros, que vivía relativamente cerca de ahí; platicamos, le presumimos a cuantos lagartijos le había atinado cada quién (éramos tres), le describimos con detalle y emoción los tiros más difíciles y espectaculares:

-Apenas asomaba la cabecita y ¡zas!, lo vimos caer bien lejos.

-A una pirruña que se movía bien rápido, le tire adelantito de donde se iba moviendo y le tumbe la cola.

-Nos vamos a ir siguiendo esa cerca, a ver cuántos encontramos.

– ¡No! No se vayan por ahí – nos dijo con espanto en los ojos.

– ¡Ah chingaos! ¿Y por qué no?

-Porque van a pasar por el árbol del muerto.

– ¿Cuál es el árbol del muerto?

Nos señaló con el dedo hacia un hermoso y gigantesco fresno, que, con la luz del sol, lucía en todo su esplendor, su verde y tupido follaje, que casi llegaba al suelo, creaba una amplia y espesa sombra que obscurecía la parte inferior. La cerca descansaba sobre su grueso tronco, el cual formaba parte de esta.

– ¿Por qué le dices así?

-Pues porque ahí hay un muerto- nos dijo con énfasis.

Nos reímos

– ¿No me creen?

– No

-Vamos a verlo… Si no tienen miedo.

-Vamos- dijimos muy envalentonados.

-Nada más que cuando vayamos llegando, se tapan la nariz por que huele bien feo.

Ya flaqueando un poco, preguntamos:

– ¿Cómo lo viste?

-Una vaca se fue para allá, la fui a atajar y ahí lo vi sentado.

– ¿Sentado? Si los muertos siempre están acostados…

-Sí, está sentado.

– ¿Y cómo sabes que está muerto?

– ¿A poco ya te acercaste?

-No, pero antier le grité y ni volteó. Ayer lo volví a ver y no se había movido naditita.

-Pero no veo zopilotes revoloteando…

-No lo ven, está debajo del árbol.

– ¿Y quién es?

-Sabe, tiene el sombrero en la cara y hace ratito lo vi y esta igualito, como huele muy feo yo digo que está muerto.

– ¿Y no le has dicho a nadie?

-Nooo, ¿Cómo crees?, van a decir que estoy loco.

Nos fuimos acercando y el miedo se fue apoderando de nosotros…

-Mejor vamos a avisarle a mi papá…

-No le saquen, no que muy machitos… al cabo no hace nada… Yo ya me acerqué hasta las ramas…

Luchando contra el temor, nos acercamos al árbol, el olor era muy fuerte y muy desagradable. Con el corazón saliéndose por la boca apartamos un poco las ramas y lo vimos.

-Huele a perro muerto. – comento alguien.

El árbol frondoso. Google images
El árbol frondoso. Google images

Apartando un poco las ramas, lo vimos. Era un hombre inmóvil, sentado sobre una piedra, recargado en el tronco del árbol, con el sombrero cubriéndole la cara, como cuando alguien se va a dormir y se pone el sombrero para evitar el paso de la luz a los ojos. Espantados salimos corriendo, no paramos hasta sentirnos a salvo.

“El Lechero” se quedó en el fresno y con toda calma vino hasta donde estábamos.

-Pinches Mariquitas ¿Por qué corrieron?

– ¿Qué tal si nos agarra, güey?

-Los muertos no se mueven.

-Qué tal si nos reconoce y viene en la noche y nos jala los pies o nos espanta cuando vayamos pasando por aquí.

-No hombre, no hace nada, mejor vamos a ver quién es, a lo mejor lo conocemos.

Agarrando un poco de valor y picados por la curiosidad opinamos:

-Si, a lo mejor lo conocemos y lo andan buscando, les podemos avisar que aquí está.

-Pero necesitamos quitarle el sombrero para verle la cara.

– ¿Y quién va a ser el valiente que se acerque a quitárselo? Yo no.

-Nadie.

-Ya sé, nos acercamos por detrás del tronco, de un manazo le tumbamos el sombrero y luego nos asomamos por enfrente, para verlo.

-No, yo ni por atrás del tronco me acerco. Mejor cortamos una vara larga y desde lo más lejos que podamos le quitamos el sombrero.

-Mejor con una vara de boshe, dos le quitamos el sombrero desde atrás del tronco y los otros dos lo vemos, si hay algún problema todos le corremos.

– ¿Por qué no se lo volamos con una piedra? Ustedes que son chingones para tirar, a poco no le van a atinar al ala del sombrero, si le atinan a la cabeza de un lagartijo.

– Pues sí, pero… ¿Qué tal si le pegamos en la cabeza o en el cuello? Además, esta lejecitos…

-Es más seguro con la vara.

Aprobado el plan, se buscó la vara más larga y fuerte que encontraron.

-Que vaya “El Lechero” con la vara.

– ¿Sí? ¡Qué chingones! ¿Por qué no van Ustedes?

-Tú dijiste que no tienes miedo, que no hace nada.

-Bueno, pero ¿quién me va a ayudar?, la vara esta pesada.

-Yo te ayudo.

Rodearon el árbol y los otros buscaron un hueco en el follaje.

El Muerto. Google images
El Muerto. Google images

Tenía las manos caídas, los zapatos puestos y se veía una rotura de tela en su pierna ennegrecida. En un costado se veía una daga requemada, colgando de su cinturón, hecha charamusca, con la punta hacia arriba.

La maniobra de quitar el sombrero fue muy rápida, más tardaron en hacerlo que en aventar a un lado la vara y salir huyendo. Ellos no lo vieron.

Observar la cara fue, para nosotros un impacto brutal, ¿gritamos? Quién sabe, corrimos como locos y no paramos hasta que nos faltó el aliento.

¿Cuál es el recuerdo? Cabello chamuscado, una horrible y espantosa deformidad, por cara.

Buscamos a mi papá, le platicamos la experiencia. Él se hizo cargo.

Posteriormente nos enteramos de que al señor lo había matado un rayo que cayó en el árbol y que la corriente había dejado una larga y amplia cicatriz en el tronco.
Entendimos porque mi papá nos decía:

 

Nunca se la atajen debajo de un árbol. Google images
Nunca se la atajen debajo de un árbol. Google images

-Cuando los agarre la lluvia, nunca se la atajen debajo de un árbol.

Nosotros tardamos un buen tiempo en recuperarnos de esa impresión, durante algún tiempo, el miedo hizo presa de nosotros, nos dormíamos juntos, evitábamos pasar cerca del árbol, aun hoy en día sufro un estremecimiento al recordar ese día.

 


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One Thought to “EL ÁRBOL DEL MUERTO. Autor: Noé Mora Escobedo”

  1. Javier Ávila Hurtado

    Excelente narrativa Noé, solicito autorización para compartir en mi página.
    Fue una agradable sorpresa volver a saber de ti por este medio y vaya de que manera.(no sé si me recuerdes,soy Primo de Israel)
    Saludos afectuosos.

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