TULECITO. (5a). EL ENSAYO. Autor: HUGO SÁNCHEZ HURTADO.

El Ensayo. Google images

Al instante, se le aflojaron las piernas pero como pudo salió corriendo. Iba destapado como loco poseído por el diablo, yéndose de bruces varias veces por el oscuro callejón hasta que pudo llegar al jardín…


Continuación…

 

II.- LA INFANCIA

 

4.- El Ensayo

 

Pedrito forma parte del coro de la iglesia. Hoy, como todos los sábados por la mañana, tiene que ir a ensayar. Sale de su casa y empieza a cruzar el jardín, para llegar más pronto al templo. Como siempre, se le ha hecho tarde. Bruscamente se detiene al darse cuenta de que en una de las bancas se encuentra sentado un extraño personaje de la localidad conocido como: “El Encuerador de Tulecito”. Tan sólo la vestimenta del tipo ese le causa grima, ya que siempre anda vestido de negro, resaltando su atuendo con un cinturón grueso de piel de víbora, botines cafés y grandes lentes negros de armazón dorado.

Nadie sabe a ciencia cierta la edad del Encuerador. Algunos le calculan que no rebasa los cincuenta; otros le adjudican más años. De cualquier manera, él oculta sus canas con un teñido pelirrojo. Lo que no puede disimular, son las arrugas que como un mapa recorren su tez de cera. Tiene la apariencia de un viejo prematuro. Pedrito se asusta al verlo y decide buscar otro camino. Espera que no lo haya visto. El Encuerador ni se inmuta por los movimientos del muchacho, sigue inmóvil como es su costumbre. Sólo mira a través de sus gafas la fuente que está al centro del jardín. Todos los días se sienta de dos a tres horas en la misma banca, sin moverse y sin dirigirle la palabra a nadie, sólo clavando la mirada perdida hacía la fuente. Lleva años con la misma rutina.

Casi todo el pueblo conoce la historia de Esperjencio Buenavista. Cuenta la gente, que llegó a Tulecito a la edad de veinte años. Lo recordaban como un joven alegre, de espíritu, libertino y amante de los excesos. Era conocido por sus constantes visitas a las pulquerías del pueblo. La fiesta, la baraja y la parranda eran su estilo de vida. Y aunque su verdadero talón de Aquiles eran las mujeres, extrañamente, nunca les dirigía la palabra. Sólo se complacía en mirar descaradamente sus encantos, pero lo hacía de tal manera, que las seguía con su penetrante mirada, hasta quitarles la última prenda de sus ropas. Claro, todo esto sólo sucedía en la imaginación de Esperjencio. De ahí el mote de “El Encuerador de Tulecito”, aunque a decir verdad, el despojo de las vestimentas, no sólo sucedía en la febril mente de Esperjencio. Las mujeres que estaban en edad de merecer y que tenían la mala fortuna de cruzarse con el fuereño ése, se sentían arrebatadas de sus prendas al sentir la profunda y deslizante mirada del Encuerador. Más de una, al sentirse “desvestida”, se cubría con pudor sus partes íntimas con las manos huyendo rápidamente del lugar. Pero como siempre, había sus excepciones, ya que no faltaba quien provocativa mente pasara sin prisas frente a él, con el propósito de sentirse deseada por el ávido desnudador. Así fue Esperjencio en su juventud, ahora sólo era una lánguida sombra de sus años mozos. El motivo de su decadencia, había sido ese trauma brutal al que fue sometido años atrás.

Pedrito, aún inquieto por el encuentro, ha llegado a la iglesia, donde es recibido por el sacristán Ramoncito – hombre solterón de cincuenta años- que al verlo intranquilo le pregunta:

-¿Qué te pasa Pedrito?, te veo agitado.

Pedrito sobreponiéndose a la situación le responde:

– Es que me topé con el Encuerador, y me dio miedo.

Esperjencio Buenavista. El Encuerador. Imag Taringa. Google images
Esperjencio Buenavista. El Encuerador. Imag Taringa. Google images

-Ya te he dicho que ese hombre aunque tiene la pinta de malo, es inofensivo. Las mujeres ya ni se asustan con él, es más, hasta lastima le tienen. Ya no es el Encuerador de antes. Además, nunca encueró chamacos, por lo que no debes preocuparte. Antes sí que era temido por la mayoría e las muchachas de Tulecito. Con decirte que un grupo de viejas mitoteras vinieron a rogarle al padre Ángel, para que le pidiera al Presidente Municipal que lo encarcelaran o lo echaran del pueblo, porque según ya había embarazado a más de una con la pura mirada. Ellas creían que Esperjencio tenía pacto con el diablo.

Pedrito abriendo desmesuradamente los ojos, le preguntó al sacristán:

-¿y qué les dijo el padrecito?

-Pues que no se hicieran tarugas, que las supuestas víctimas bien que sabían quién les había hecho el chamaco, que buscaran entre sus novios a los culpables y dejaran de andar calumniando al diablo.

Pedrito suelta la carcajada al enterarse de la respuesta del padre Ángel y retomando la seriedad del asunto vuelve a preguntar:

-Oye, Ramoncito, ¿y por qué se quedó como zombi el Encuerador, si antes no era así?

-Desde que se vio cara a cara con una mujer desnuda que casi le cuesta la vida. Y no porque él la hubiera encuerado con la mirada, sino que a ésta sí la vio completamente en pelotas, en el mismísimo jardín del pueblo. Tú todavía no nacías cuando esto sucedió.

Al escuchar esto, creció más la curiosidad de Pedro y después de dudar un poco, le pidió al sacristán que le contara la verdadera historia de “El Encuerador de Tulecito”. A Ramoncito, que le encanta la plática, no vaciló en aceptar y aprovechando que ya habían llegado otros tres chamacos del coro, al salón de ensayo, donde se encontraba platicando con Pedrito, les dijo:

-Está bien, a petición de Pedro, y sí no se asustan, les voy a contar la historia completa de Esperjencio Buenavista. Lo hago nada más porque tenemos tiempo, debido a que el maestro del coro avisó que llegaría tarde.

A los cuatro niños les pareció buena idea y se acomodaron en derredor de Ramoncito, dispuestos a escuchar ese relato que tenía sabor a leyenda. Antes de comenzar, el sacristán les volvió a advertir:

-Nada más no se me vayan a asustar. Pedrito lo pidió y ustedes estuvieron de acuerdo; después no vayan con el chisme a sus casas de que aquí en la iglesia, se espanta a los chamacos; no sea que salgan corriendo como la otra vez del supuesto vampiro.

Los chamacos se ríen asentando con la cabeza las recomendaciones de Ramoncito y se disponen a escuchar el relato del sacristán:

Borrachote. Parrandero y Jugador. Imag adrugomez.bandcamp. Google images
Borrachote. Parrandero y Jugador. Imag adrugomez.bandcamp. Google images

-Cuenta la gente, que Esperjencio cuando llegó al pueblo, era como muchos de los jóvenes atrabancados que vivían aquí, sólo que algunos le tenían tirria por ser forastero. Era borrachote, parrandero y jugador, viniendo a ser como el Pedro Infante de Tulecito. Solía ser bien libidinoso con las mujeres, aunque nadie conocía la causa del porqué nunca platicaba con ellas, sólo se complacía con mirarlas. Unos decían que por ser muy tímido, algunos creían que tenía un trauma desde la infancia que le impedía relacionarse con las muchachas, otros aseguraban que era impotente. Sólo Dios conoce el verdadero motivo. Un día allá por 1935, y después de una parranda con tres de sus amigos, decidieron llevar serenata a las mujeres más bellas de Tulecito. Por aquel tiempo, había llegado al pueblo una mujer preciosísima; aunque ya era de edad madura tenía un porte como ninguna. Era la envidia de las muchachas y de las mismas señoras. Desde que tengo uso de razón jamás había visto una hembra de ese pelo; nadie supo de donde venía. Ella estaba en la lista, de las que esa noche escucharían el llorar de las guitarras.

Ramoncito sigue relatando la historia:

-El asunto está en que esa mujerzota era muy reservada, no hablaba con nadie. Era un enigma para el pueblo y un misterio para el mismo Esperjencio, quien confesó alguna vez que era la única mujer a quién no había podido desvestir por más esfuerzos de concentración que hacía. Estaba tan intrigado el experimentado Encuerador porqué su fracaso era precisamente con la mujer más bella y más “buena” de Tulecito. No acertaba en qué consistía esa fuerza poderosa, que protegía a ese monumento andante.

Los acompañantes de Esperjencio en la serenata de esa noche eran: Don Pantaleón, el que ahora vende tamales y quien tenía una voz privilegiada para el canto; don Jushe, el carpintero, a quien le gustaba la bohemia aunque no tanto como la botella, y por último, don Gaudencio, quien era el que mejor tocaba la guitarra en toda la región. Todos muy jóvenes, como Esperjencio, en aquellos días.

La Serenata. imag travelandtravel.com. Google images
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La serenata empezó como a la media noche; al frente de todos iba Gaudencio con su Leocadia. Era el líder del grupo.

Pedrito interrumpe el relato.

-A ver, Ramoncito, ¿cómo está eso de que Gaudencio iba con una vieja? ¿No que eran puros hombres?

-No te confundas, Pedrito; la Leocadia era la guitarra de Gaudencio, así le había puesto desde que la compró, nada más que la trataba como si en realidad fuera su vieja. No sólo le puso nombre de mujer, sino que era bien celoso con ella; no permitía que nadie tocara a su Leocadia. Jamás la prestaba, por más cuate que uno fuera. Sólo él tenía el privilegio de acariciar sus cuerdas y lo hacía de tal forma que, efectivamente, en los momentos de salir las notas de la lira, Gaudencio y su Leocadia eran una sola persona; parecían marido y mujer. Es más, con decirte que solía dormirse con ella.

Al escuchar esta explicación, Pedrito se disculpó por la interrupción e invitó a Ramoncito a continuar la historia. El Sacristán aceptó las disculpas y pidió no ser más interrumpido, ya que les quedaba poco tiempo antes de que llegara el maestro del coro, y continuó diciendo:

-Primeramente llevaron serenata a tres chicas. Cada una de ellas, como cortesía y como es la costumbre, encendió una vela dentro de su casa, para que los muchachos, al ver la tenue luz, supieran que estaban siendo escuchados. La cuarta en turno, sería la misteriosa mujer que traía de cabeza no sólo a Esperjencio sino a la mayoría de los hombres del pueblo. Estuvieron tocando y cantando lo mejor de su repertorio sin respuesta alguna. Sin cesar en el empeño, Gaudencio seguía tocando a su Leocadia como nunca; Pantaleón, que era el cantante principal, hasta le subía el volumen a su afinada y seductora voz; Jushe, sin descuidar la botella también le echaba estilo al canto y a las maracas; y Esperjencio, en lo suyo, tratando inútilmente de imaginarse cómo estaría recostada en su cama con una bata transparente y sin ropa interior la mujer que tanto deseaba. Pese a todo este esfuerzo colectivo, no hubo respuesta. Todo había sido inútil. Resignados decidieron dar fin a la serenata.

Los cuatro, un tanto decepcionados llegaron al jardín del pueblo un poco antes de las tres de la mañana. Se acomodaron en la misma banca, donde Esperjencio hoy en día acostumbra sentarse. Estaban dispuestos a terminar con la botella de aguardiente que Jushe había llevado. Sería el último trago de la noche antes de regresar a sus casas. A unos veinte metros de ellos, justo al centro del jardín, se podía distinguir la fuente de cantera gracias a la luna llena. Los trasnochadores ya ubidos de copas estaban en amena plática cuando al joven Jushe le llamó la atención un movimiento inusual dentro de la fuente. Le pareció ver un animal negro y peludo que se bañaba en ella. Para salir de dudas, les avisó a sus tres amigos de su descubrimiento y los retó a adivinar qué era eso que seguía chapoteando en el agua. Gaudencio, haciendo un lado a su Leocadia les dijo:

-Les apuesto que es el perro negro y mechudo de doña Cholita. Como no le pone tranca a su casa, siempre se sale a todas horas.

Pantaleón en tono más serio tomó la palabra:

-No Gaudencio, eso no es un animal, es otra cosa. No sé qué sea, pero no me late para nada.

Esperjencio afinando su experimentada mirada, habló con tono de emoción:

-¡Ésto sí que está de pelos! ¿Quién sabe qué sea eso? pero se me imagina que es la cabellera de una mujer.

Jushe le replicó:

-¡No friegues, Esperjencio!, tú ves viejas por todos lados. ¿Cómo va ser una mujer? si no se le ve el cuerpo, ni que fuera una enana. Para mí, como dice Gaudencio es el perro de doña Cholita.

Pantaleón, que era el más sobrio de todos, volvió a retomar la palabra:

-¡Ya cállense, bola de borrachos!, que está serio el asunto; yo sé de lo que les hablo, esto no es normal. Vámonos, que se me está erizando la piel.

Jushe, quién era el más tomado lo interpeló:

-No seas marica, para eso me gustabas, Pantaleón. Ya quieres irte a refugiar a las faldas de tu madre. A Pantaleón, que era de mecha corta, no le gustó lo último, y tomó de la camisa a Jushe con la intención de asestarle un puñetazo. Apenas levantó el brazo cuando escuchó a Esperjencio decir eufórico:

Estaba bañándose. Imag Michelle Oquendo. Google images
Estaba bañándose. Imag Michelle Oquendo. Google images

-Ya ven, méndigos, les dije que era una vieja. iMiren, ya se levantó! Estaba agachada bañándose. ¡Y ora sí que está bien encuerada! ¡Ah, jijo! ¡Qué bruta! ¡Nunca había visto nada igual!

Gaudencio se dirigió a Esperjencio:

-A mí se me hace que tú nunca habías visto una mujer en pelotas de a de veras, hasta ahora se te está haciendo el milagro; siempre sospeché que eras un falso encuerador. Pantaleón, quien ya había desistido de golpear a Jushe les dijo en tono amenazante:

-Si no se calman, los voy a golpear a todos. Cállense que nos va a oír la vieja esa y se va espantar.

Gaudencio, añadió:

-Pues el espantado es el Esperjencio, míralo, está blanco del susto.

-Tiene razón el Pantaleón, cállense. -dijo Jushe

Y colocándose el dedo índice sobre la boca, hizo el clásico sonido de:

-Shhhh.

Poniendo fin, a todos los alegatos.

Los cuatro jóvenes estaban sorprendidos por lo que veían. Jamás se imaginaron ver un espectáculo de esta naturaleza y menos de ese calibre. El más pasmado era desde luego Esperjencio; prácticamente estaba ido. Era la primera vez, que efectivamente miraba a una mujer desnuda en vivo y a todo color. En esta ocasión, no tuvo que hacer esfuerzo alguno con su mirada encueradora.

Todos permanecían en silencio y expectantes sobre el más mínimo movimiento de la mujer, que en esos momentos seguía dentro de la fuente con el agua hasta las pantorrillas. Aunque todavía, dándoles la espalda, sin embargo, ellos querían ver más de cerca y si era posible, verla de frente. Para ello, se fueron acercando sigilosamente hacía la fuente, escondiéndose entre los frondosos árboles del jardín. Por un momento aumentó la oscuridad gracias a una densa nube que cubrió la luna, lo cual aprovecharon para aproximarse lo más cerca posible.

Su piel blanca contrastaba con el color negro de su pelo. Imag infinitomisterioso.blogspot.com. Google images
Su piel blanca contrastaba con el color negro de su pelo. Imag infinitomisterioso.blogspot.com. Google images

Después de un rato a oscuras, por fin el brillo de la luna volvió a iluminar la fuente con el prodigio de mujer dentro. Pero ahora era de una forma sobrenatural como si la luna fuese cómplice de la trama, su brillo hacía resaltar los más mínimos detalles de ese escultural cuerpo. Su piel blanca contrastaba con el color negro de su pelo que le caía a media espalda. Los jóvenes murmuraban casi sin oírse ¿quién era esa intrépida mujer? que se arriesgaba a bañarse desnuda en pleno centro del pueblo. Todos hacían conjeturas. Jushe, que conocía a todas las muchachas de Tulecito, no ubicaba a nadie que tuviera esos atributos. La estatura alta y el color de la piel, no correspondían al tipo de la mujer lugareña. Pantaleón, que estaba próximo a casarse, dijo con lamento:

-¡Chin… si me hubiera esperado un poquito!

Gaudencio, que hasta la fecha no le había llenado la pupila ninguna mujer de Tulecito, miraba arrobado su estrecha cintura y las anchas caderas, que superaban con mucho la ondulada figura de su Leocadia, que yacía tirada, metros atrás, abandonada por su pareja. Ahora era la Leocadia la que tenía celos. Y de Esperjencio ni se diga, en estos momentos su febril mente no le respondía. La había programado para ver con ropa, y no para ver sin ropa. Sólo miraba embelesado sin dar todavía crédito a su fortuna.

Repentinamente, la mujer salió de la fuente, dando dos pasos precisos hacia atrás. Pero sin dejarse ver por delante. Este movimiento interrumpió el pensamiento de los jóvenes, que se asombraron aún más cuando la mujer se empezó a quitar con las palmas de las manos el agua que aún resbalaba por su cuerpo. Al principio lo hizo de una manera delicada, pasándolas una y otra vez por su tersa piel. Pero cuando le tocó el turno a su larga cabellera, movió violentamente su cabeza varias veces hacia un lado y hacia el otro con una rapidez vertiginosa, que dejó pasmados y boquiabiertos a los mirones. Al ver ésto, a Pantaleón le recorrió un sudor frío por la espalda y, sin avisar a sus amigos, se marchó rápidamente a su casa. El movimiento inusual de la cabeza de la mujer, le recordó a Gaudencio la forma de como se sacuden los perros cuando se mojan y le empezó a dar miedo, pero no huyó como el Pantaleón. Sólo se quedó inmóvil tras el árbol. A Jushe, el aguardiente le ayudó a guardar la calma y sólo exclamó:

-¡Ah, canijo!

Esperjencio ni se inmutó.

La mujer comenzó a caminar lentamente sin dejarse ver en ningún momento de frente. Se encaminó al callejón más estrecho del pueblo. Al ver que la misteriosa mujer agarraba ese rumbo, los tres decidieron seguirla sigilosamente, guardando sólo unos cuantos metros de distancia. Esperjencio era el más adelantado, le seguía
Jushe con botella en mano y al último iba Gaudencio pero sin su Leocadia. En cuanto entraron al callejón, a Jushe y Gaudencio les empezó a dar un frío sepulcral que les caló hasta Io más profundo de los huesos y, al poco rato, les empezó a castañear la mandíbula. Esperjencio parecía no sentir nada. Solo iba pensando que esa hembra desnuda que tenía a su alcance, era nada menos que aquella mujer misteriosa que nunca había podido encuerar. y que inconscientemente se había negado a hacerlo porque ese rico manjar estaba destinado a comérselo en directo.

La luna, en esos momentos, no podía hacer mucho por alumbrar el estrecho y lúgubre callejón por donde transitaban. De pronto, empezaron a aullar los perros escandalosamente, esto hizo que el miedo aumentara en Jushe y Gaudencio. A los aullidos, le siguieron unos extraños gruñidos que no alcanzaban a identificar de dónde provenían. Gaudencio llegó a la conclusión de que éstos salían de la boca de la mujer, por lo que finalmente no pudo más y salió corriendo disparado como rayo rumbo a su casa. A Jushe no le faltaron ganas de seguirlo, pero agarro valor cuando se tomó al hilo el sobrante de la botella y siguió caminando atrás del Encuerador.

Faltaban unos veinte metros para terminar de recorrer el callejón cuando la mujer se detuvo. Esto sorprendió a Esperjencío que casi tropieza con ella. Sólo quedó a un paso de hacerlo. El y Jushe, también habían dejado bruscamente de caminar. Los tres permanecían inmóviles, parecían estatuas en la oscuridad. No había movimiento alguno, sólo se oía la respiración cada vez más agitada de Esperjencio y el castañear de la mandíbula de Jushe. Esperjencio, finalmente entendió que tenía que jugarse el todo por el todo. Jushe, solamente sería testigo de lo que esa noche sucedería en ese callejón de Tulecito. Por fin el Encuerador extendió su brazo para tocar el hombro desnudo de la mujer. Según él, había llegado el momento de acariciar la piel de una hembra a su antojo.

La enorme boca entreabierta de ese espectro. Google image
La enorme boca entreabierta de ese espectro. Google image

En el preciso instante que posó su mano sobre la piel helada de ella, Esperjencio sintió un escalofrió que recorrió todo su cuerpo pero no se detuvo. Estaba decidido a continuar al precio que fuera. Al sentir el contacto cálido de la mano de Esperjencio, por fin la mujer decidió dar la cara y dio la media vuelta con un movimiento rapidísimo quedando frente al Encuerador en un santiamén. Sólo el instinto de conservación hizo que Esperjencio diera un brinco hacia atrás. Se quedó muerto en vida al contemplar de golpe unos ojos brillantes de color rojo amarillento. La enorme boca entreabierta de ese espectro, mostraba unos dientes podridos y afilados, de la que salía un pestilente vaho de muerte, la piel arrugada de su cara parecía caérsele a pedazos. Pero lo más tétrico del encuentro, es que soltó un chillido impresionante que retumbó en el callejón, haciendo eco en todo Tulecito. A Jushe se le pararon los pelos de punta y gritó aterrorizado:

-¡Es la Llorona!

Al instante, se le aflojaron las piernas pero como pudo salió corriendo. Iba destapado como loco poseído por el diablo, yéndose de bruces varias veces por el oscuro callejón hasta que pudo llegar al jardín. Sólo hasta ese momento se dio cuenta de que se había meado en los pantalones. Llegó casi infartado a su casa donde al entrar, se desmayó.

El espeluznante grito de la Llorona despertó a la mayoría de los habitantes de Tulecito, justo a las tres de la mañana. Pantaleón, que se disponía a dormir, a manera de reclamo pensó:

-Se los advertí, ya se jodieron.

A Esperjencio, lo encontraron hasta el otro día tirado en el callejón, inconsciente y desnudo, casi muerto de hipotermia. El papel se había invertido; ahora él había sido la víctima de encueramiento.

También a la Leocadia la encontraron tirada y despedazada en el jardín. El mismo Gaudencio la había pisado al tropezar con ella en su vertiginosa huida.

Nadie sabe lo que pasó esa noche. Google images
Nadie sabe lo que pasó esa noche. Google images

Nadie sabe qué pasó esa noche entre la Llorona y el Encuerador. Hay varias versiones; unos dicen que juraron un pacto de amor y que la Llorona habría de regresar por Esperjencio; mientras él la esperaría sentado todos los días en el jardín mirando hacia la fuente vestido con su traje nupcial. Otros dicen que fue por la excesiva lujuria del encuerador, por lo que Dios le habría dado permiso al diablo, para que se hiciera pasar por la Llorona y lo encuerara como escarmiento. Por último, la gente cuenta, sobre todo las mujeres, que como ya se había encuerado a todas las viejas de Tulecito, la Llorona salió en defensa de ellas, por eso vino especialmente desde el averno a retar al Encuerador. De aquí se entiende, por qué nunca pudo desvestirla, y como para demostrar la supremacía de las mujeres sobre los hombres en estos asuntos amorosos decidió dejarlo encuerado para la burla del pueblo.

La leyenda de la llorona ha terminado; los chamacos se han quedado estupefactos, les tomará días asimilar y procesar la historia contada por el sacristán, quien les da la última recomendación con olor a advertencia:

-Ya ven lo que le pasó a Esperjencio por andar de libidinoso. ¡No anden viendo a las niñas con ojos de lujuria! No sea que les pase lo mismo. Bueno, ya me voy. Ya está aquí el maestro del coro

Después del ensayo, Pedrito llega a su casa y le pregunta a su mamá si la historia de la llorona es verídica. Ella le comenta que aparentemente es cierta, que también su abuelo escuchó el chillido. Y al otro día, muchas personas del pueblo, fueron testigos, de cómo cuatro hombres iban cruzando el jardín sosteniendo con una sábana, el cuerpo inconsciente y desnudo del Encuerador. Está respuesta no agotó la curiosidad del niño y volvió a preguntar:

-¿Existe alguna prueba de todo esto?

-¡Qué más prueba quieres!, ahí está el Esperjencio que se quedó muerto en vida.

La mamá de Pedro se queda pensativa por unos momentos.

-Pero ahora que lo preguntas, sí, hay otra evidencia. A un lado de la fuente fue encontrado tirado al otro día un extraño manto de piel de leopardo que seguramente pertenecía a esa mujer. Mucha gente asegura haberlo visto, sólo que el presidente municipal lo confiscó para guardarlo en su oficina por mucho tiempo. Algunos afirman que desapareció inexplicablemente a pesar de estar bajo llave. Otros dicen que fue el mismo presidente quien se lo agenció para usarlo de tapete en la recámara de su casa.

A José Pedro Salmonte, que seguía sentado en esa enorme piedra. Le pareció que este episodio de su vida, de alguna forma tenía relación con ese misterio sobrenatural que lo acosaba. Todo debido a la existencia de ese manto de piel de animal, ya que él tuvo un sueño cuando cumplió la edad de veintiún años en donde estaba sentado dentro de un círculo de fuego en lo alto de una montaña. Vestido precisamente con un manto de piel de leopardo, muy similar al descrito en la historia de la llorona. Esto le dio ánimos en la búsqueda de más piezas para su rompecabezas. Por lo que decidió avanzar en sus recuerdos, justo cuando cumplió la edad de once años.

CONTINUARÁ…

 


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