LA RANITA. Autor: Tarsicio Salgado Tovar

La Ranita. Imag Arcadia Salvaterrense. Google images

-Hazme favor, Miguelito, de aventarme a la otra orilla -le dijo a mi compadre- para que pueda cuidar a mi vieja y a mis alacrancitos…


Tarsicio nos comparte en esta ocasión una fábula muy adecuada a los tiempos de los políticos actuales. La Ranita y el Alacrán. A ver si conocen a alguien que se les parezca…


Esto sí me lo contó mi compadre Miguel.

Dice que una vez, cuando todavía tomaba, en una noche lluviosa atravesaba el jardín, yendo de la cantina de Pedro rumbo a su casa de Colón.

Urgido, se detuvo a vaciar sus excesos y, de repente, una hermosa ranita verde de la fuente que estaba en la esquina de la casona de los Olguín comenzó a seguirlo y a cantarle, pero bonito, no como las ranas del “bañadero”.

Al principio creyó que ya traía el tequila en la cabeza y le mentó la madre, como acostumbraba, al pobre animalito. Pero no, no era el alcohol. La ranita había caído de la fuente a consecuencia de un tropiezo de mi compadre y con sus acostumbrados cloqueos le daba las gracias por no haberla pisado.

Miguel comenzó a seguirla y llegó tras ella al barrio de cantarranas, precisamente a la orillita del arroyo viejo. Al borde, estaba un alacrán titiritando de frío y de miedo. Al verlos, los saludó con la amabilidad de los que quieren agandallar.

Hazme favor Miguelito y aviéntame a la otra orilla. Google images
Hazme favor Miguelito y aviéntame a la otra orilla. Google images

-Hazme favor, Miguelito, de aventarme a la otra orilla -le dijo a mi compadre- para que pueda cuidar a mi vieja y a mis alacrancitos.

-No, señor alacrán, estoy borracho, pero no soy tonto, mejor dígale a la ranita.

– Tienes razón. Las ranitas son más buenas que los borrachos.

-¡Qué bien se ve usted, señora ranita!, me han dicho que es la mejor para saltar entre las piedras del arroyo y que le gusta ayudar a los necesitados.

-Favor que me hace, señor alacrán. ¿En qué puedo servirle?

 

 

Qué bien se ve señora Ranita. Google images
Qué bien se ve señora Ranita. Google images

-Pues verá usted, señora ranita: yo vivo del otro lado del arroyo, me urge llegar a mi casa y no sé nadar. Si sigue lloviendo, de seguro moriré,

ahogado o de frío.

-¡Qué pena, señor alacrán! Lástima que usted sea tan venenoso y tan traicionero.

-No, señora ranita. Yo soy un modesto alacrán, incapaz de hacerle daño.

Mi compadre Miguelito no perdía palabra y cada vez se le aclaraban más los pensamientos.

El alacrán insistía, lloraba, prometía, alababa y hasta ponía a Dios por testigo de que él nunca había picado a nadie.

Después de mucho, la ranita, al fin ranita, le dijo al alacrán:

– Trepe usted sobre mi espalda y de un salto lo pondré en la otra orilla.

No lo hubiera hecho, en el viaje el alacrán le enterró su ponzoña y la mató.

¡Maldito animal! -dijo el hombre- Dios te castigará.

 

Sólo respondí a mis insitintos. Imag Morelos Habla. Google images
Sólo respondí a mis insitintos. Imag Morelos Habla. Google images

-No, Don Miguelito, Dios me perdonará, porque soy un modesto alacrán y sólo respondí a mis instintos.

 


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