TULECITO. (4a). EL DESFILE. Autor: HUGO SÁNCHEZ HURTADO.

Desfile del Día de la Revolución. Imag noticiastezuitlan. Google imag

El desfile lo encabeza la banda de guerra, seguida de dos columnas, una de niños y la otra de niñas, formados por estatura…


Continuación…

 

II.- LA INFANCIA

 

3.- El Desfile

 

-¡Ya son las siete Pedrito, despierta!

Es la voz de su madre que lo ha sacado del sueño. Amodorrado, Pedrito hace un lado la cobija, levantándose con pesadez del petate que comparte con cuatro de sus hermanos. Sale del cuarto al pasillo descubierto y se dirige a la pila de agua para lavarse. Regresa a su habitación, y empieza todo emocionado a vestirse. Se pone un pantalón de mezclilla, una camisa blanca de manga larga y toma el único par de zapatos que tiene. Al ponérselos se da cuenta que ya empiezan a abrirse de los costados, eso no detiene su entusiasmo. Levanta las pesadas carrilleras de cuero para ponérselas, se las monta sobre los hombros tal como se lo señaló don Pancho. Agarra la Morena con su funda y se la faja en la cintura, por último, se pone el sombrerote, ni cuenta se da que le queda a media frente. Antes de salir del cuarto se detiene para verse reflejado en el espejo del vetusto ropero. Observa complacido su atuendo revolucionario y, poniéndose derechito, hace un ademán como saludando a su superior. En ese momento, la voz de su madre lo interrumpe:

-Date prisa, José Pedro, que ya me voy a trabajar.

-Sí, ya estoy listo.

En un minuto está frente a ella que lo recibe con una mirada de aprobación.

Pedrito Revolucionario. Imag Pinterest
Pedrito Revolucionario. Imag Pinterest

-Qué bueno que el viejo corajudo de don Pancho te prestó sus cosas. Pareces un revolucionario moderno. Bueno, ya es tarde, aquí te dejo tu desayuno y nos vemos después.

Pedrito va corriendo rumbo a su escuela. Con una mano va sosteniendo la pistola y con la otra el sombrero que se le tambalea en la cabeza, al llegar, cruza velozmente por el pasillo, donde tropieza varias veces con algunos de sus compañeros que también llegan retrasados. Arriba al patio, donde se forma rápidamente en el sitio que le corresponde. Después de darles las últimas recomendaciones, el director hace una señal para que en forma ordenada empiecen a salir.

El desfile lo encabeza la banda de guerra, seguida de dos columnas, una de niños y la otra de niñas, formados por estatura, de menos a más. Los maestros van ubicados estratégicamente en los costados de la larga fila.

En cuanto empiezan a tocar los tambores y cornetas, todos los vecinos de Tulecito salen de sus casas. Nadie quiere perderse el desfile. Las niñas van vestidas de “Adelitas”, portan vestidos de colores vivos que se ven preciosos con sus encajes y holanes hasta debajo de las rodillas. Todas van repartiendo sonrisas a los vecinos del poblado. Los niños no se han quedan atrás, también se han esmerado en sus atuendos. Algunos visten con camisa y pantalón de manta, traen al hombro unos rifles de madera en color negro que parecen de verdad. También lucen bigotes pintados con tizne. La mayoría trae guarache, pocos son los que portan carrilleras y armas verdaderas como Pedrito. No obstante, todos traen su sombrerote que siempre distinguió a los calzonudos de la revolución.

La banda de guerra que marcha al frente luce impecable, llama la atención el brillo de las cornetas y tambores. Todos van uniformados. Se ven bien parejitos en su vestimenta y caminar, donde no hay uniformidad, es en el sonido, sobre todo las cornetas que tocan los niños. Se escuchan desentonadas, algunas sólo arrojan sonidos chorreados producidos por soplidos débiles. Los tambores que con esfuerzos cargan las niñas se escuchan un poco mejor.

Listos para el desfile. Imag inst maria montesori. Culicán. Google images
Listos para el desfile. Imag inst maria montesori. Culicán. Google images

Por su estatura Pedrito es de los primeros, camina orgullosamente. Quiere que todo Tulecito lo vea. No han terminado de recorrer la primera calle, y ya se han unido al desfile los perros que siempre andan deambulando por el pueblo. Caminan junto a los tambores moviendo el rabo acompañando a las cornetas con uno que otro aullido. Falta poco para que pasen por la cantina de don Fulgencio donde sentados en el escalón de la entrada, están dos teporochos que ansiosos, esperan a que abra sus puertas Sin .embargo, les llama la atención el alboroto, y voltean hacia la larga fila de chamacos. Se miran entre ellos extrañados, no obstante, con cara de resignación, deciden aguardar el paso del desfile.

Después de haber recorrido medio pueblo, están a punto de pasar por donde vive don Pancho, que desde hace rato está esperando ansioso el desfile. Sus vecinos se sorprenden al verlo. Es la primera vez en muchos años que ha salido a presenciarlo. Los ojos del viejo se posan en la muchachada que se acerca. Por fin cruza la mirada con la de Pedrito. El niño sonríe, levanta la mano derecha para saludarlo, baja el brazo y desenfunda la Morena para sobarla, sacándole una carcajada a don Pancho. Los vecinos se quedan perplejos, mirándose unos a otros sin entender. Piensan que el viejo cascarrabias se volvió loco de tanto encierro. Pedro, guarda el revólver, voltea y se despide. Al momento de hacer esto, ve con claridad, que justo atrás de Don Pancho, está el viejo encorvado pelón vestido de blanco quien lo mira con recelo. Esto inquieta a pedrito, no así a don Francisco, que ajeno, se despide del niño dando un suspiro antes de meterse a su casa.

La larga columna avanza sobre el margen te uno de los ríos del pueblo. El ancho río camina ondulante a su lado. Su ruido majestuoso opaca el sonar de la banda de guerra pero sus olas se mueven al compás de ella.

El Presidente Municipal ha salido a verlos junto con su gabinete de gobierno, son cuatro personas, incluyendo al policía y al barrendero del pueblo. También se muestra entusiasmado, pues cooperó con la cera para que los muchachos le sacaran brillo a las cornetas y tambores. Éste fuerte desembolso, tiene que darlo a conocer el día que rinda su informe.

El desfile sigue su camino por las estrechas calles de tierra de Tulecito, de improviso, se detiene el contingente, debido a que, frente a la carbonería de don Pomponio, están tres burros atravesados. Sus lomos cargan costales repletos de carbón. Después de un rato, sale el dueño y con una vara gruesa de membrillo los golpea para abrir paso. Por fin logra avanzar el desfile. Pedrito aprovecha la ocasión y al pasar cerca de los animales, extrae de uno de los bultos, un pedazo de carbón, pintándose al tanteo los bigotes que le faltaban. Ahora sí, está completo su atuendo.

El desfile está por finalizar, sólo falta pasar frente a la Iglesia. El párroco ha salido del templo a verlos, lo acompaña su fiel sacristán que lo sostiene del brazo. El padre Ángel es un octogenario que apenas puede mantenerse en pie. Pedrito al ver su condición y su mirada triste, recuerda la conversación que tuvo con don Pancho, y empieza a unir historias, ya que su abuela de Pedrito, anteriormente, le había platicado que el padre Ángel tuvo que huir un tiempo de Tulecito. Viéndose obligado durante algunos años, a oficiar misa a escondidas y bautizar a los chilpayates en la clandestinidad, salvando su vida varias veces de milagro durante la persecución descarada de ese tal Plutarco no sé qué Calles. El sacerdote con tristeza mira el desfile, le trae amargos recuerdos.

Justo atrás de Pedro marcha su amigo Juan Carmelo, quien con un discreto toque en el hombro, le pide a Pedrito que mire aquel lugar frente a la Iglesia, donde sucedió un acontecimiento que cimbró a toda la población de Tulecito apenas unos días antes. Los dos fueron testigos de ese hecho, y empiezan a recordar mientras siguen desfilando de aquella terrible tarde de viernes, en que acompañados de toda la palomilla, jugaban futbol en el atrio de la Iglesia.

En aquella ocasión, después de unas buenas horas de juego, se disponían a dar por concluido el partido, debido a que la oscuridad ya se hacía presente. En la última jugada, cerca de la portería enemiga, Pedrito había enviado un centro elevado buscando quién rematara con la cabeza. Juan Carmelo, que lo acompañaba en el ataque, había levantado la vista tratando de adivinar en la penumbra la trayectoria de la pelota, cuando intempestivamente, dejó de correr, perdiendo la oportunidad de darle a su equipo el triunfo de último minuto. Ante el reclamo de algunos de sus compañeros, Juan Carmelo argumentó haber visto algo extraño que se movió en la parte alta de una de las bardas de la Iglesia, y levantando el brazo, señaló el punto exacto de su visión. Al momento todos voltearon hacía el lugar que Juan Carmelo señalaba, quien seguía insistiendo que no era mentira lo que decía. De pronto exclamó:

-¡Ahí está!, ¡Ahí está! ¡Se movió otra vez!

La mayoría de los chamacos comprobaron que, efectivamente, Juan Carmelo tenía razón. En un instante todos se olvidaron del juego. Con cautela se fueron acercando para poder distinguir aquello que llamaba su atención. Se preguntaban unos a otros qué podría ser ese objeto extraño que se mecía en lo más alto de la barda nadie había visto nada igual. Era un bulto negro, pero la parte más gruesa apuntaba hacia abajo. El tiempo seguía su marcha sin saber a ciencia cierta qué era lo que veían. La oscuridad no permitía ver con certeza, por lo que el ansia y la incertidumbre iban en aumento. Hasta que uno de los muchachos se animó a lanzar una piedra que golpeó fuertemente muy cerca de su objetivo. Ante la amenaza, aquel extraño ser desplegó sus impresionantes alas, que dejaron al descubierto unos enormes ojos brillantes de color rojo y dos colmillos blancos y filosos.

Vampiro. Imag bibliopoems. Google images
Vampiro. Imag bibliopoems. Google images

-¡Es un vampiro! -exclamó Juan Carmelo con el alma en un hilo.

Apenas pronunció esto, todos los chamacos huyeron dando gritos de espanto entre la oscuridad. Con los rostros desencajados, llegaron corriendo al jardín donde un par de adultos comía tranquilamente en un puesto ambulante de quesadillas. Las únicas palabras que estos podían distinguir entre el griterío eran:

-¡Hay un vampiro en la Iglesia!

Los comensales interrumpieron su cena sin dar crédito a las palabras de los infantes, quienes corrían directo a sus casas sin dejar de gritar por todas las calles alertando a los vecinos:

-¡Hay un vampiro en la Iglesia!

Sólo Pedrito y Juan Carmelo se dirigieron a la Presidencia Municipal, que a esas horas ya estaba cerrando a decir lo que habían visto. Posteriormente, se fueron a’ sus casas para llevar la impactante noticia.

No habían transcurrido ni diez minutos, desde la alerta de los niños, cuando ya se había congregado un centenar de personas en el jardín, la otra parte de la población permanecía aún dentro de sus casas. Los perros no cesaban de ladrar por doquier, emitiendo prolongados aullidos. El alboroto y la confusión crecían a medida que llegaban las primeras noticias, que como siempre, empezaron a fluir por boca de las mujeres del pueblo quienes se decían unas a otras:

-Hay un hombre vampiro en la Iglesia, dicen que ya se chupo a tres personas y a dos chivos.

Otras, preocupadas y en tono alarmante se pasaban la noticia:

-¿Ya supiste que un vampiro atacó a los runos que estaban jugando frente a la Iglesia?, dicen que mató a varios de ellos, uno es el hijo de doña Cholita y el otro el de doña Macrina. Son los únicos identificados hasta ahora, los demás están irreconocibles, pero ya se está organizando la gente para rescatar los cuerpos que todavía siguen tirados en el atrio del templo.

Otra mujer que se distinguía entre todas por sus altas aportaciones de hacer circular las noticias entre los habitantes decía:

-Acaban de ver una sombra entrar por la ventana de la casa de doña Clodomira, se me afigura que es el Drácula ese, que se va a chupar a su hijo recién nacido. Pobre de doña Clodo, tanto que le insistí que pusiera sobre una mesa unas tijeras abiertas en forma de cruz, como protección contra ataques de brujas y vampiros. Además, me dijo mi comadre Sinforosa, que este mismo vampiro ya mató como a veinte personas la semana pasada en el rancho el Chiquihuite.

Conforme transcurría el tiempo, la gente se angustiaba y enardecía cada vez más, pero nadie se atrevía a ir al lugar de los hechos. Algunos con más iniciativa, empezaron a preparar las antorchas para ver en la oscuridad. Otros, con machete en mano, juraban vengar la muerte de los niños. Había quien, con una estaca de madera en la mano y un manojo de ajos en la otra, lanzaba conjuros contra el vampiro. La ebullición era enorme. Cerca de media hora después de los acontecimientos, se presentó el presidente municipal, quien había recibido el aviso mientras se tomaba unos tragos junto con el policía Anacleto. Estaban en la cantina, cuando les llegó la noticia. La máxima autoridad del pueblo les dijo que no se preocuparan, haciéndoles saber que ya había enviado a su compadre Anacleto a investigar los hechos. También les explicó que la tardanza se debía a que el policía no quería ir, por lo que tuvo que invitarle dos copas más de aguardiente para que agarrara valor y para tranquilizarlos más, les aseguró que el costo de estos últimos chupes, no serían cargados al erario.

Pasaron diez minutos y el policía Anacleto no regresaba; el nerviosismo seguía creciendo, la espera se había hecho eterna, las ansias y el miedo empezaron a generar una histeria colectiva. De pronto, escucharon un grito desgarrador proveniente de la oscuridad. Mirándose unos a otros sin decir palabras y con la piel erizada, se empezaron a imaginar al pobre policía luchando por su vida, mientras el vampiro le enterraba sus descomunales colmillos en el cuello.

El de la estaca y los ajos iba entre ellos. Imag Doggie. Google images
El de la estaca y los ajos iba entre ellos. Imag Doggie. Google images

A estas alturas de la noche la mayoría del pueblo se había congregado en el jardín, pero nadie se atrevía a dar el primer paso, hasta que uno de los jóvenes más valientes del pueblo, conocido como “El Sapodrilo”, decidió empezar a organizar a los hombres para hacer frente a ese espectro del averno que amenazaba con diezmar a los lugareños. Las palabras llenas de elocuencia que salían de la singular boca del Sapodrilo, motivaban a sus coterráneos a marchar en ayuda del pobre policía. Después de un breve discurso, logró convencerlos de perder el miedo e ir decididos a vengar la posible muerte del guardián del orden y la de los chamacos, que habían caído cual victimas mortales del ataque del ser de ultratumba. Finalmente, cargando antorchas, machetes, palos y garrotes, fueron a la caza de la horrible aparición. En el momento decisivo, a muchos les falto el valor y decidieron emprender la huida hacía sus casas para refugiarse del peligro. El de la estaca y lo ajos iba entre ellos. Las mujeres se quedaron en el jardín con sus veladoras encendidas rezando plegarias. Mientras este mitote sucedía, el padre Ángel dormía plácidamente dentro de la casa parroquial.

La turba temerosa pero enardecida, se adentró en la oscuridad, la cual quedaba iluminada al paso de las humeantes antorchas, iban todos juntos, caminando despacio, bien pegaditos unos con otros. Pareciera que iban tomados del brazo. Conteniendo la respiración, iban revisando palmo a palmo el terreno, hasta que se acercaron a una de las esquinas del atrio de la iglesia donde vieron una sombra que de pie miraba hacia el suelo. Al dar el grupo unos pasos más, quedó por fin iluminada la figura de un tembloroso Anacleto, que con rostro pálido y sudoroso sólo atinaba a pronunciar las palabras:

-¡Lo maté! ¡Lo maté!

En esos momentos, comprendieron que el audaz policía había acabado con la vida del vampiro. El presidente municipal que traía la pistola desenfundada le preguntó al policía qué fue lo que había pasado. Anacleto todavía con el rostro descompuesto y a quien ya se le había bajado la borrachera del susto, por fin pudo recuperar la lucidez y respondió:

-Se me aventó desde lo alto y me quiso morder, con la mano me lo quite de encima y empecé a golpearlo con la macana hasta matarlo.

Al unísono la gente le preguntó:

-¿y dónde está el vampiro?

Como respuesta, el policía señaló con la punta de la macana hacia el piso.

-¡Ahí está el vampiro!- Mostrándoles en forma orgullosa, un pequeño bulto negro sanguinolento molido a golpes. En eso, un ancianito que estaba hasta adelante exclamó:

¿Y dónde está el vampiro?... imag educolorir. Google images
¿Y dónde está el vampiro?… imag educolorir. Google images

-¡Ah probesito, era un murciégalo!

Pedrito y Juan Carmelo, terminaron entre carcajadas al recordar este episodio de Tulecito, y en medio de ellas, les vino a la mente, la regañadota que dio en el sermón del domingo el padre Ángel a los asistentes de la misa, por dar crédito al rumor y al chisme. Las risotadas arreciaron cuando Pedrito culpó a Juan Carlos de haber generado este mitote, sólo por no saber distinguir entre un murciélago y un vampiro.

Sus compañeros que marchaban cerca de ellos, se unieron al relajo, esto llamó la atención de la maestra Elodia, quien los exhortó a guardar el orden, diciéndoles que aún no concluía el desfile.

Acostado en su petate, Pedrito empezó a recapitular los acontecimientos del día. Quería ordenar sus ideas que lo llevaran a comprender el porqué de esa inquietud que se había apoderado de él y no le permitía conciliar el sueño. Además, tenía la sensación de estar vigilado en ese instante. Empezó a preguntarse de quién podría ser esa presencia invisible que no dejaba de mirarlo fijamente; por su mente cruzó la idea que podría ser esa mirada apesadumbrada del padrecito cuando vio el desfile al pasar frente a la iglesia, o tal vez la mirada fría y misteriosa del viejo encorvado y calvo que vio durante el recorrido en la casa de don Pancho. Pedrito al no encontrar respuestas, se angustió todavía más al recordar lo que le mencionó Juan Carmelo, quien no sólo le confirmó durante el desfile de la muerte de don Chón. Sino también le dijo que él, por ser monaguillo de la iglesia, había acompañado al padre Ángel al jacal del chamán para confesarlo antes de su muerte y de cómo el brujo no se conformó con rechazar el Sacramento de la Reconciliación, sino, además se atrevió a correrlos de su jacal, diciéndoles que los chamanes jamás morían. Estaba en sus meditaciones, cuando volteó hacía una de las esquinas de su habitación, y vio flotando una bola de niebla espesa. Al verla, Pedrito se asustó y se tapó de pies a cabeza, acurrucándose junto a sus hermanos que ya dormían a su lado. Permaneció debajo de las cobijas unos momentos, hasta que tuvo el valor de echar un vistazo hacía el rincón para comprobar lo que había visto, pero ya no vio nada. Esa extraña niebla compacta había desaparecido. Ya repuesto del susto, le pidió a su madre que estaba en el cuarto contiguo fuera a verlo. Ella, que siempre permanecía atenta a lo que su hijo hacía, le dijo en voz alta:

-¡Ya apaga esa vela y duérmete!, mañana tienes que ir temprano a ensayar.

José Pedro Salmonte, sentado en su piedra en la antesala de la montaña, al recordar este episodio, de inmediato se sobresaltó y por fin tuvo la certeza de la relación de lo ocurrido en su infancia con lo acontecido recientemente. A Pedro se le clarificó más el asunto al comprender que la bola de niebla aparecida en un rincón de su habitación cuando era niño, era idéntica a la que se le apareció la noche anterior de donde surgió la figura del chamán.

José Pedro, estimulado por sus descubrimientos, siguió hurgando en su pasado y decidió continuar recordando lo qué sucedió al día siguiente de su desfile:

CONTINUARÁ…

 


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