NOVENARIO DE RECUERDOS, RELATOS Y POEMAS PARA MAMÁ ROMA. Segundo día: EMELIA, UN AVE, UNA FLOR, UNA NUBE. Autor: Antolín Orozco Luviano

Emelia. Un ave. Una flor. Una nube. Imag Antolín Orozco L

No conocí a mi abuelita Emelia, pero la siento cerca de mí, como un personaje que trajo a mi madre y luego se fue…


(Segundo día).

EMELIA, UN AVE, UNA FLOR, UNA NUBE

 

Mi madre, Romanita Luviano Valencia, fue hija de Emelia Luviano Gutiérrez y de Florentino Valencia Hernández. Nació en Los Bancos, Michoacán, el 9 de agosto de 1929. Vivió su infancia y adolescencia en Cutzamala y Villa Madero, una temporada en la Ciudad de México y desde su juventud sembró su vida en Tlalchapa, su tierra prometida.

Una bala perdida hirió de muerte a su mamá. Cuando la atendía un médico en Cutzamala —que en 1932 no tuvo las condiciones de operarla y salvarle la vida—, ella pidió a sus primas Lola, Justa y Belén Aguido Luviano y Guadalupe Gutiérrez Luviano, que cuidaran a sus hijos. Como ya no pudo hablar, con su mano y sus dedos, doblando el pulgar, indicaba cuatro: Efrén, Eufrasia, Romana y Alicia. Así, con su mano en el pecho, se fue al cielo.

Lola, cuyo nombre era Valentina, se encontraba soltera, y se hizo cargo de Romana y Alicia. Mi madre tenía alrededor de tres años y Alicia era menor. Cierto día invitaron a Lola a una comida en Los Capires, coincidió ahí con el señor Paulino Pérez, de Villa Madero. Surgió entre ellos buena amistad. Él era viudo, trabajador, hombre bueno, de valores, muy generoso, y le propuso matrimonio. Ella le expuso que tenía dos niñas a su cuidado. Él le dijo que las recibiría como hijas.

Así empezó una nueva historia en la tierna vida de mi madre.

En el hogar que formaron Mamá Lola y Don Paulino Pérez en Villa Madero, mi madre se crio en un ambiente privilegiado, de respeto y disciplina, de trabajo y amor a Dios, de valores y tradiciones. En una casa grande con huerto y granja, mi madre aprendió a leer, a trabajar, a rezar; a cultivar árboles frutales y abejas; a ordeñar vacas y a trasquilar borregos; pero sobre todo, aprendió a ser generosa, a respetar a sus mayores y a amar la vida y a Dios, valores que, a su vez, nos inculcó.

No conocí a mi abuelita Emelia, pero la siento cerca de mí, como un personaje que trajo a mi madre y luego se fue, dejándoles a sus hijos bendiciones y un gran corazón. Nos dio el apellido Luviano, que llevo con orgullo, y la sensibilidad para apreciar los atardeceres de mayo y al canto de la vida.

Mira las nubes del cielo. Imag EcoDiario.es. Google images
Mira las nubes del cielo. Imag EcoDiario.es. Google images

Las nubes tenían un significado especial para mamá, una mezcla de esperanza, de juego, de curiosidad y deseos de conocer a Emelia, la mujer que le dio la vida. “Las nubes forman la imagen de seres queridos que uno quiere ver” —le dijo Mamá Lola un buen día cuando, siendo niña, mamá preguntó cómo era el rostro de su madre—, “si quieres conocerla, mira las nubes del cielo; concéntrate en tu deseo y verás que se te concede”.

Con esa ilusión, mi madre pudo ver aves, ángeles, rebaños, paisajes efímeros, que se formaban por instantes en las nubes. Desde su columpio en la huerta de su casa, pudo descubrir en “cielos aborregados” mujeres en el río, campos de ajonjolí, peñascos en la montaña, caballos en desbandada y arenales sin fin.

La atmósfera de Villa Madero, Guerrero, era propicia para jugar con las nubes. En ese ambiente transcurrió la infancia y adolescencia de mi madre, con sus hermanas Alicia, y Benedicta que nació del matrimonio de don Paulino con Mamá Lola, quienes le dieron una gran fe y valores humanos que trascienden el tiempo.

Los hermanos mayores de mamá, Efrén y Eufrasia, decidieron quedarse en Los Bancos, Michoacán, con familiares Valencia. Mi madre los veía de vez en vez, pero siempre los llevó muy cerca de su corazón.

Chirimo. Orgullo Calentano. Google images
Chirimo. Orgullo Calentano. Google images

Cuando falleció don Paulino, emigraron a Cutzamala y tiempo después se establecieron en Tlalchapa. Compraron una casa donde había un chirimo. De niño, yo disfrutaba mucho comer racimos de chirimos maduros. En las ramas de ese árbol de chirimo se paraban los enjambres de abejas que “deteníamos” con el ruido de tarecuas y cacerolas que golpeábamos con piedras o pedazos de fierro. Mamá echaba el nuevo enjambre a un cajón y lo llevaba a la galera de las abejas. Me gustaba ir al corral de los borregos; los sujetaba de sus cuernos retorcidos, les montaba.

Mamá Lola era una mujer de carácter, enérgica, medio enojona. Le gustaba el orden, la limpieza, cuidaba los detalles. Regañaba. Decía que reprendía porque nos quería. Un día vendió todo y se fueron con Benedicta a Acapulco. Recuerdo que me abrazó. Yo le llegaba arribita de la cintura. Ya no la volví a ver. Siguió estando con nosotros porque a mi mamá le gustaba que hiciéramos el quehacer como Mamá Lola le enseñó. Recuerdo el rico sabor de sus comidas, sobre todo del mole rojo y la capirotada.

Mamá Roma recordó siempre con gratitud a su Papá Paulino y a su Mamá Lola. Nosotros, sus hijos, sentimos también un especial agradecimiento con ellos, porque estamos seguros que hábitos y valores que nos dejó nuestra madre fueron cultivados en su infancia afortunada de Villa Madero.

Emelia, un ave, una flor, una nube en nuestro horizonte, seguirá siendo el ser hermoso que no conocimos; que trajo a nuestra madre y nos dio su apellido; que le dio bendiciones que también me alcanzan.

Bendita familia de donde vengo…

Antolín Orozco Luviano


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