TULECITO. (3a). CON DON PANCHO. Autor: HUGO SÁNCHEZ HURTADO.

Con Don Pancho. Google images

De la batalla, ni te platico pa ‘ no asustarte, sólo te digo que ese día, corrió un río de sangre…


Continuación…

II.- LA INFANCIA

 

2.- Con don Pancho

Pedrito, antes de retornar a casa, se dirige a donde vive don Pancho. Le pedirá prestada la indumentaria que requiere para el desfile de aniversario de la Revolución en su escuela. Se está imaginando como se verá con la carrillera llena de balas, el sombrerote de cono y su rifle al hombro.

Don Francisco. Google images
Don Francisco. Google images

Don Pancho, es un señor que rebasa los setenta y cinco años pero que todavía luce fuerte. Es uno de esos tipos rudos que a principios de siglo participaron en la pelotera de la Revolución y después como ya caliente la cosa, en la zacapela de la guerra Cristera, y que en éste preciso instante está parado con su imponente figura justo frente a Pedrito, que momentos antes había tocado a su puerta. El pequeño se queda sin habla por la impresión, además, le han contado que ese señor se enoja con facilidad. Después de tragar saliva, Pedrito agarra valor y le pregunta con voz titubeante:

-¿Es usted don Francisco?

El veterano revolucionario sólo se le queda mirando; se extraña de que una criatura lo esté buscando. Está acostumbrado a tratar sólo con gente mayor. Su mirada fría lo atraviesa y después de unos segundos -que para Pedrito fueron eternos- por fin le contesta con voz aguardentosa:

-¿Pa’ qué lo buscas chamaco?

El niño se estremece, pero agarrando valor responde:

-Soy el hijo de don Julián, mi mamá me mandó, para pedirle el favor ¿sí me podría prestar su carrillera y su sombrero? porque vaya salir en el desfile de mi escuela.

Al ver la dureza del rostro del viejo, Pedrito inteligentemente agrega:

-Mi papá dice que el señor Pancho fue uno de esos grandes y valientes revolucionarios.

Don Francisco al escuchar esto último, se endereza, y levantando el pecho dice:

-Pues ése soy yo.

Su mirada sigue escudriñando al niño que está a punto de dar la media vuelta e irse para su casa. De pronto, al muchacho se le ocurre decirle al viejo:

-Me lo imaginaba más viejito señor, mi abuelo también participó en la Revolución y ya se murió, en cambio usted todavía está bien macizo.

Los ojos del viejo brillan y bajando el tono de su voz exclama:

-Eso es cierto, muchos ya se han petateado, en este pueblo sólo quedamos dos: don Clodomiro, el de la guarachería y yo. Pero dime chamaco ¿acaso eres el nieto de don José?

-Sí señor, lo soy. -responde Pedrito.

Al escuchar la respuesta, la barrera de rechazo del viejo hacia el niño se derrumba. El abuelo de Pedro fue su compañero de armas durante el conflicto revolucionario y más de una vez le había salvado la vida a don Pancho. Ante este hecho tan contundente, al viejo se le doblan las corvas. Después de todo, el agradecimiento está por encima de la rudeza.

-Pásale pa’ dentro que la resolana está bien juerte. -dice don Pancho en tono amable.

Ya en el interior de la casa, don Pancho prosigue la plática:

-¿Con qué eres el nieto de don José? ¿Cuál es tu nombre de pila?

-Mi nombre es José Pedro para servirle y tengo nueve años.

El pequeño que se ha sentado en una silla de madera, mira con asombro al viejo que ha cambiado de actitud hacía él y como queriendo justificar su visita agrega:

Revolucionario con sus carrilleraqs. Google images
Revolucionario con sus carrilleraqs. Google images

-Mi abuelito también tenía su rifle con sus carrilleras, pero dice mi mamá que las entregó al Gobierno cuando acabó la Revolución.

Al parecer Pedrito ha ganado la confianza del viejo.

-¿Qué necesitas pa’ tu desfile? -le pregunta don Pancho.

-Lo que me quiera prestar. No sé, lo que todavía usted conserve, prometo cuidar bien sus cosas.

Al viejo cada vez le agrada más Pedrito, es el primer niño del pueblo que le ha dirigido la palabra en años. Todos los demás se agachan y le sacan la vuelta, hasta los adultos fingen no verlo cuando sale a la calle. Es el hombre hosco de Tulecito. Su rostro endurecido por lo que ha vivido, no inspira ánimo de acercamiento. Después de escuchar a José Pedro se dirige al interior de un cuarto que tiene por puerta una cortina de tela, antes de entrar a la habitación se voltea para decirle al niño:

-Espérame, ahora regreso, déjame ver que te puedo prestar.

Mientras aguarda, Pedrito mira con atención el interior de la casa. Hasta el fondo del pasillo le parece ver un patio rodeado de macetas. Sólo puede apreciar una parte de él. Las paredes blanqueadas de cal y el piso de losetas de barro le dan al lugar una frescura que contrasta con el calor sofocante de afuera. Levanta la vista y observa las vigas pandeadas que soportan los ladrillos formando el techo. Está entretenido viendo la casa del viejo revolucionario, de pronto, mira a una persona que cruza rápidamente por el pasillo. Le pareció ver a un anciano encorvado con cabeza calva y vestido de blanco. Al niño le da escalofrío pero intuye que posiblemente sea el papá de don Francisco que aún vive, eso lo tranquiliza. En ese momento se abre la cortina y sale don Pancho cargando varios objetos, los cuales deposita sobre una mesa, éstos llaman de inmediato la atención del pequeño, que emocionado se levanta inmediatamente de su asiento. Pedrito no puede dejar de mirar ese rifle con cacha de madera, al igual que el par de carrilleras de cuero que en forma de cruz guardan muchas balas doradas. A lo que no le pone atención, es al sombrero ancho de pico largo que, aunque sucio y con agujeros en los lados, todavía puede usarse, y por último, con ojos de asombro, contempla una bellísima pistolota de color negro. Don Francisco queda complacido de la forma en la que el niño mira extasiado esas reliquias, y se emociona más cuando instintivamente Pedrito toma entre sus diminutas manos ese revolver negro para acariciarlo. Esta acción le trae añejos recuerdos.

-Esto es lo que guardo de mis tiempos que anduve en la bola. -dice don Pancho al tiempo que se acomoda el bigote.

El viejo toma entre sus toscas manos primeramente lo que para el muchacho es un rifle y le dice:

-Ésta es una carabina treinta-treinta, fue mi fiel compañera en las batallas, todavía sirve, a veces me voy al monte a cazar con ella.

La regresa a la mesa, después le muestra las pesadas carrilleras.

-Aquí se guardan las balas- le explica al niño- siempre la traíba Ilenita de pedazos de plomo. Éstas se cargan sobre los hombros y deben de quedar cruzadas, cuando se me acababan las balas de adelante no’ más me la volteaba y listo, a seguir quebrándome pelones.

Sin tomar el sombrerote, sólo lo señala y dice:

-Éstos ya los conoces, todavía los usan algunos indios del lugar.

Ha dejado hasta el final la pistola, la toma entre sus enormes y agrietadas manos diciéndole:

-Éste es un revolver largo de los buenos, su primer dueño nunca llegó a usarlo, el segundo lo usó con valentía y coraje. Si tienes tiempo, siéntate que te voy a contar su historia.

El viejo no esperó la respuesta de Pedro, pesó más su ansia de platicar con alguien. Sin soltar la pistola, don Francisco se sentó en su vetusto sillón bien roído, tomando la posición como quien se dispone para una larga charla y quitándose el sombrero de palma para ponérselo sobre su rodilla, comenzó su relato:

Carranza. Google images
Carranza. Google images

-Todo empezó hace más de cincuenta años, creo que fue allá por 1913, año en que mataron al presidente Madero. La gente estaba bien enmuinada. Aquí al pueblo vinieron unos lugartenientes de Carranza y nos llevaron como a treinta personas. A unos por la juerza, yo me juí porque quise, ya no era tan jovencito. Nos largamos en los caballos de don Pascasio, me acuerdo re’ bien porque era el hombre más rico de Tulecito. Él no quería entregarlos. Tuvieron que matarlo para sacarlos del corral. Antes de salir del pueblo pasamos a la única tiendita que había y nos llevamos toda la mercancía. Nadie opuso resistencia, no querían correr la suerte del ricachón.

Con el semblante de incredulidad de lo que estaba escuchando y a la vez sumamente emocionado Pedrito no perdía detalle de la historia. El ex-revolucionario sin inmutarse y acomodándose nuevamente el bigote siguió con la charla:

-En todas las rancherías por donde pasábamos era lo mismo, levantaban a la gente, los animales y las provisiones se las robaban, al que no le parecía, no ‘más le metían plomo. Al final de tres días éramos como cien, muchos sin armas, pero eso sí, todos con nuestro cuaco. Al cuarto día nos encontramos en el camino con una filota de gente, ellos traíban armas y parque de sobra. Ahí sí nos dieron rifles, pistolas y uno que otro machete. Nadie se quedó sin armamento, finalmente marchamos con ellos. A mero adelante iba un señor bien barbudo con lentes después supe que era el señor Carranza, yo lo alcancé a divisar muchas veces de cerquita.

Don Francisco, continúa la historia diciendo:

-Después supe que nos íbamos a juntar con los hombres del General Zapata. No sabía pa’ qué tanto alboroto, pero como que ya le empezaba a encontrar sabor al caldo. Éramos como cinco mil hombres y cerca de trescientas viejas que eran las que echaban las tortillas. Después de cabalgar todo el día, por las noches acampábamos en pleno cerro. Así fueron varios días, hasta que una noche presentí por primera vez el peligro. La imagen de esa noche la traigo bien metida en el cabeza, fue la última vez que dormimos en paz. El monte estaba todo alumbrado por las fogatas, sólo se veía la sombra de la gente alrededor de la lumbre. Nos habíamos acomodado como siempre en círculos de veinte gentes. A mí me tocó esa vez con puros que no conocía, me senté en medio de dos señores que venían del norte. Me acuerdo del nombre de sólo uno de ellos, se llamaba Serapio y era el dueño de éste revolver. Lo recuerdo re’ bien porque después de tomarnos un jarro lleno de café, empezó con sus sucias manos a acariciar esta pistola.

-Ya quiero escuchar la detonación de mi Morena -decía el Serapio.

-y la seguía sobando una y otra vez. Estaba ansioso de entrar en combate y aunque era de noche, bien que brillaba el revólver nuevecito. Así se la pasó largo rato repitiendo las mesmas palabras:

-Ya quiero escuchar la detonación de mi Morena.

-y volvía a pasar sus manos sobre ella como queriéndole sacar más brillo. Después de un tiempo de escuchar lo mesmo, como que ya me estaba hartando el desgraciado, hasta que su compañero que era más viejo que él, le dijo:

-iYa cállate Serapio! deja dormir a la gente, eso vienes diciendo todas las noches desde que salimos de Parral, tal vez mañana se cumpla tu deseo, las tropas de Huerta están cerca.

-Nomás oyó decir esto a su amigo, y el valiente ése, dándole vueltas al cilindro de su revolver le contestó:

– Ta’ bueno, aquí los esperamos, mi Morena y yo.

-Luego, guardó el arma en su funda, no sin antes, darle la última sobada.

Después de un pequeño silencio, don Pancho siguió con el relato:

-El sol no había salido completamente cuando el sonar del clarín nos despertó. Me costó trabajo levantarme, tenía los pies bien entumidos por el méndigo frío de la noche. Durante la madrugada llegaron noticias que el enemigo dormía a dos cerros de distancia. Nos apresuramos para ir a su encuentro. Bajo el grito de: ¡Muera el usurpador!, íbamos, en tropel con nuestros caballos. El ruido que producían las herraduras de las patas de los animales con las piedras del cerro, eran como música de acompañamiento. El sol no se quería perder la matazón y tenía rato que ya se asomaba. Terminamos de bajar del monte y entramos a un llano donde lueguito empezó a levantarse la polvareda. Apenas nos podíamos divisar unos a otros, de vez en cuando podías ver a tu compañero de al lado. De repente, vi a un probe muchacho como de catorce años con harto susto en la cara, le hice señas de que no se me despegara. Apenas íbamos agarrando vuelo en lo planito, cuando nos detuvimos por orden del general que iba al frente, asegún que para preparar la estrategia del combate. La tropa enemiga ya se podía divisar a lo lejos. Venían bajando del monte, se veía tupidito el cerro de soldados. Los botones dorados de sus chaquetas nomás brillaban, era un hervidero de gente que se dirigía hacia nosotros. En eso que escucho una voz atrás de mí.

-Son reteartos.

Muchacho revolucionario. Google images
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-Era Serapio que perplejo los miraba, a mi lado el muchacho montado sobre una yegua con machete en mano estaba temblando. A mí, me hervía la sangre de coraje.

Después de una breve pausa en la que don Pancho afinó la memoria, continuó diciendo:

-Por fin llegó la orden del general quien nos dijo:

¡Divídanse, ustedes a la derecha por la falda del cerro, sigan al General Crispín! ¡Otros vayan a la izquierda con el Coronel Torcuato y los demás quédense conmigo! Nos acomodaron en tres grupos, el costado derecho era el nuestro, recibimos órdenes de no disparar hasta que lo señalara el General. A mi lado había quedado Serapio, él y su caballo se movían nerviosamente; su mano estrujaba el revólver, ya no lo acariciaba como anoche. Nos tocó combatir hasta delante, le dije al chamaco que se pusiera en la segunda fila. Sus ojitos sólo me vieron, no me pudo responder. El machete parecía resbalársele de la mano por el sudor que recorría su cuerpo. Frente a nosotros el ejército de Huerta, seguía avanzando. Eran miles de soldados bien ordenaditos que se nos venían encima. Con los ojotes abiertos, Serapio parecía ido, su cara se ponía cada vez más blanca de la impresión. Me di cuenta que empezaba a aflojar la empuñadura de su pistola, voltié pa’ tras y me sorprendió ver el rostro decidido del muchacho, ahora si traíba el machete bien apretado. En eso se escuchó un tronidote que me hizo brincar del caballo, eran las balas del enemigo que se nos adelantó a disparar. Fue tan grande el estruendo que Serapio espantado aventó la pistola al aire. Dio vuelta en su cuaco y huyó cobardemente rumbo al cerro. Como de milagro, la Morena cayó entre la montura y la pierna del chamaco, que ni tardo ni perezoso soltó el machete y agarró el revólver para empezar junto conmigo a disparar a la orden del general.

 

De la batalla... Google images
De la batalla… Google images

De la batalla, ni te platico pa ‘ no asustarte, sólo te digo que ese día, corrió un río de sangre. Después de tres horas de balacera, sonó el clarín del enemigo anunciando su retirada, casi acabamos con ellos, tal vez unos quinientos se salvaron. Por nuestro lado quedábamos más de la mitad, ayí comprendí que es diferente pelear por dinero que por una causa. Nos dieron diferentes tareas, a mí y a cuarenta y nueve más, nos tocó recoger el armamento de todos los difuntos, tanto de nuestro bando como del otro, yo iba meneándolos primero para ver si estaban ya bien muertos. En una de esas que veo a un cristiano sentado en el suelo y recargado de la cintura pa ‘ arriba sobre un caballo muerto, parecía como si descansara, que lo agarro de su chaqueta y apenas lo menié tantito y que se le caí la cabeza al suelo, mesma que rebotó en mi guarache llenándolo todito de sangre. Probesito, le habían dado un machetazo en el pescuezo.

Pedrito no perdía detalle de la historia y seguía escuchando con asombro a don Pancho:

-Ya pardeaba la tarde cuando terminamos nuestro quehacer. Se había juntado un alterote de armas y cartuchos, de pronto, alguien vio otros cuerpos que estaban tirados detrás de unos magueyes. Ya nadie quiso ir, me mandaron por ser el más joven, no pasaban de diez los difuntos. Todos de los nuestros, lo supe luego luego porque nadie traíba uniforme melitar. El primero estaba boca abajo con la cabeza metida en un surco, me agaché pa’ darle vuelta, estaba livianito el cuerpo, no me costó trabajo voltearlo. Al enderezar su cabeza divise con tristeza que era el chamaco que, valientemente había peleado. Sus manos aún sostenían el revólver, una lo empuñaba, la otra parecía que lo acariciaba. Tenía el pecho despedazado y empapado en sangre; dos plomazos le habían arrancado la vida. Le quité cuidadosamente la pistola de sus manecitas bien frías, enseguida me di cuenta que disparó hasta que se le acabaron las balas. Después de todo, él sí había escuchado; la detonación de la Morena.

Ha terminado el relato, Pedrito no puede evitar que se le nublen los ojos. Un par de lágrimas tímidamente se asoman, pero se niega a dejarlas caer. Un nudo en la garganta le impide articular palabra, después de un silencio se repone y con su voz infantil le pregunta a don Pancho cuántas batallas peleó en la revolución. Al viejo que también se le ha aflojado la voz, contesta no sin antes tragar saliva:

-Varias, anduve con Carranza, Zapata, Obregón y Villa.

-¿y por qué dejó de pelear, si nunca lo mataron? interrumpe Pedro

Don Pancho sonríe de la pregunta inocente del niño y poniéndose serio le responde:

-Mira muchacho, cuando uno es joven, se cree de muchas tarugadas, y al final te das cuenta que algunas no fueron ciertas, yo dejé de andar en la bola porque vi mucha traición. Todos esos con los que anduve terminaron matándose unos contra otros. Pareciera que lo más importante era el poder, aunque hubo uno que otro que jugaba derecho. La muestra está que después de tanto alboroto y muchos difuntos, el campesino sigue igual de jodido, y eso que asegún, triunfó la revolución.

Dicen los que estudian las letras, que algunos de los cabecillas eran de esos que les dicen masones por eso aprovechando el relajo, algunas veces como no queriendo la cosa, profanaron templos. No pasaron muchos años para que se agravara el asunto, con un tal Plutarco no sé qué Calles, ése sí descaradamente mandó quemar iglesias con la gente dentro. Asesinaron a muchos sacerdotes, saqueando no sólo los templos sino también los seminarios y conventos antes de cerrarlos. Que disque quería acabar con toda la iglesia. Siendo Presidente decía el muy tarugo quesque era uno de los enemigos de Dios. Voy a creer que alguien le va a ganar al mesmísimo Dios. Por eso me jui con los cristeros, no soy tan menso pa’ saber que nadie puede contra el Creador. Pero esa es otra historia muchacho, a ver cuándo vienes, pa’ contártela.

Después de quitarle las balas a la carrillera y a la pistola se las entrega al niño.

-Te voy a prestar la carrillera, la Morena y el sombrero. La carabina 30-30 no, porque esa es como mi mujer, y debes saber, que la vieja no se presta. Cuida bien mis cosas y me las traes lueguito que acabe tu desfile.

-Sí, don Pancho.

Y agradecido se despide saludando de mano al viejo.

Pedrito ha llegado a su casa, donde inmediatamente le presume a su mamá el atuendo revolucionario. La mamá se sorprende al verlo.

-Pensé que no te iba a prestar nada. De la que me salvaste, ahora estuviera apuradísima improvisando algo para tu desfile. Bueno, deja preparar la cena que ya está oscureciendo.

Después de cenar en familia y antes de irse a dormir, Pedrito le hace a su madre las últimas preguntas del día.

-¿Cómo cuantos años tendrá su papá de don Francisco? ¿Ya está bien viejito, verdad?

-No, su papá ya murió hace muchos años.

-¿Entonces quién vive con don Pancho?

-Nadie que yo sepa ¿Por qué tu pregunta?

-Es que cuando fui a su casa, vi a un anciano muy extraño.

-Ha de ser alguna visita que tiene.

-Oye, mamá. ¿Quién es don Chón?

La madre aunque sorprendida por la pregunta, accede a contestar:

-Algunos dicen que es un chamán, otros que es un brujo. A mí me da igual, no creo en esas tarugadas. Eso es para la gente ignorante. Llegó a Tulecito hace como un año. Dicen que siempre vivió sólo en el cerro del Gargaleote en una cueva. Yo no sé a qué ha venido. Mejor se hubiera quedado en su agujero. A ese tipo de gente mejor ni acercársele. Además, se acaba de soltar el rumor de que el viejo murió hoy por la tarde. Por cierto, vive o vivía por donde te fuiste a peluquear.

-Sí mamá, hoy conocí su jacal, el peluquero me dijo que era su vecino. Lo que no mencionó era que estuviera enfermo y menos que ya se fuera a morir. Yo creo que sí era brujo, porque la Chirga también me comentó que don Chón era un tipo muy extraño. Pero dime, mamá, ¿Como a qué hora se murió?

-Yo qué sé. No te digo que sólo es un rumor. Dicen que nadie quiere entrar a su jacal.

-Entonces ¿cómo andan diciendo que se petateó? ¿Si nadie ha visto el cadáver?

-Ya ves cómo es la gente de chismosa en este pueblo. Lo que no sabe lo inventa.

-Oye, mamá ¿y por dónde queda el cerro del Gargaleote?

La madre enfadada y, que tiene poco tiempo para pláticas por el excesivo quehacer de la casa, le ordena:

-Ya no estés de preguntón y vete a dormir.

La sombra de don Chon. Pinterest images
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A regañadientes, el niño se dirige a su cuarto. José Pedro Salmonte. Sentado en la piedra, debajo de aquel frondoso árbol, al recordar ese día de su niñez, empezó a atar cabos y consideró la posibilidad, que la vida que se extinguía de don Chón se había cruzado con la suya. Se le enchino la piel al pensar que la hora de la muerte del brujo fue un poco antes de cortarse el pelo, y se preguntaba si ese humo que vio salir del jacal del chamán, así como el frío repentino que sintió en su cuerpo tenían alguna relación con su experiencia de la noche anterior. Sí fuese así, él habría sido el único testigo de su muerte. Y comprendió que la aparición en la casa de don Pancho, no era otro más que el viejo chamán ya fallecido, que por alguna causa lo perseguía.

José Pedro ahora estaba seguro que tenía un dato importante para su investigación, por lo que decidió continuar recordando qué sucedió al día siguiente en aquel episodio de su infancia.

 

 

CONTINUARÁ…

 


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