EL TREN. Autor: Tarsicio Salgado Tovar

Esperando El Tren. Ruelsa.com. Googel images

Los pasajeros volvieron a tomar su lugar en la fila de espera, pero el tren no podía alcanzarlos…


Eran las dos de la tarde, el tren arrastraba una hora de retraso, embarazada de minutos y segundos tediosos y asfixiantes a causa del ardor del sol.

Ese día la estación estaba más atosigada. Los sudores descompuestos y los liberados aromas digestivos de los viajantes atarantaban a las moscas que, amodorradas, se adherían a la mugre en busca de una gota de sangre, complacidas por un cuerpo que no protestaba y las nutría. Olía y no a flores, mas nadie protestaba, eso era parte de la vida, parte de la cotidianidad.

En medio del letargo, alguien adivinó la proximidad desesperante de una locomotora que culebreaba muy lentamente sobre los rieles; más que verse, se adivinaba entre el humo espeso que lanzaba con desprecio al cielo vaporoso.

Se alinearon los pasajeros frente al único andén, asegurando sus pertenencias, que iban desde una o dos gallinas, un par de chivitos o de cerdos recién destetados hasta un costal de tunas o mezquites.

¡Oh sorpresa! el tren era de carga y no hizo intento alguno por detenerse, ni siquiera largó el acostumbrado pito.

Desesperanzados, volvieron despacio a la estación a protegerse y a recobrar el hilo de los sueños truncos. Algunos sacaron de debajo del gabán el guaje grande lleno de agua y le dieron un sorbo; el guaje chico de aguardiente estaba reservado para mitigar la sed extrema y el dolor de las reumas que sosegaba la amargura de las hojas de mariguana maceradas pacientemente por sus muelas carcomidas.

El tiempo se hizo eternidad a pesar de que sólo habían transcurrido tres horas. Ni los pájaros flacos cruzaban el cielo. No soplaba el más ligero viento. Aumentaba la modorra, el sueño, los olores y los ronquidos.

Repentinamente se hizo grande. Google images
Repentinamente se hizo grande. Google images

Al fin, cansado, el sol decidió refugiarse entre las tetas del cerro prieto y menguó la inclemencia del calor. Se dejó oír el ansiado ruido, lejano al principio, en aumento cada vez: Chiqui … chiqui … chiqui …

Los pasajeros volvieron a tomar su lugar en la fila de espera, pero el tren no podía alcanzados. Repentinamente se hizo grande, gigantesco y aumentó su prisa.

No se hubiera detenido si una muchacha, hermosa como la luna de octubre, como la lluvia de junio, como las flores de mayo, no se hubiera plantado a la mitad de las vías.

Subieron los cansados viajeros y el tren continuó la marcha que la muchacha había tomado hacía dos años cuando se recostó entre las vías a adormilar su tristeza por los desprecios de su amado, en espera de otro tren, que tampoco quiso detenerse…

 


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