TULECITO. (2a). EL CORTE DE PELO. Autor: HUGO SÁNCHEZ HURTADO.

El Corte de Pelo. Google images

…tomé la decisión desde un principio al montar este negocio, de que los clientes que quisieran disfrutar del paisaje mientras les cortara el pelo, les cobraría la tarifa más alta…


Continuación….

 

II.- LA INFANCIA

 

1.- El corte de pelo

 

-¿Dónde andabas? Ya tenía rato esperándote. Eres un vago. Te la vives en la calle y además, mira cómo andas; eres el niño más greñudo del pueblo. Vete a cortar el pelo. Mañana es el desfile de tu escuela y no puedes ir con esas fachas.

Enseguida, la mamá del pequeño Pedro mete la mano en el mandil y saca una moneda de un peso diciéndole:

-Ten, no hay más, me traes mi cambio, y no se te olvide de regreso pasar con don Pancho por lo que tú, ya sabes.

En el pueblo de Tulecito sólo hay dos opciones donde los varones pueden arreglarse el cabello. La primera, y la de mayor prestigio, es la peluquería de don Gallito, donde se cobra un peso con cincuenta centavos por el servicio. Para muchos es una tarifa elevada que no pueden pagar, pero que está justificada, ya que el prominente peluquero utiliza una maquinita manual comprada en la capital. Además, su establecimiento cuenta con un sillón bien acolchonado de color rojo y un espejo grandote frente a él. La segunda opción es ir a la peluquería propiedad de un pintoresco personaje del pueblo a quien le apodan la Chirga y que tiene tarifas más baratas. Por la cantidad recibida de manos de su mamá, Pedrito deduce que al menos esta vez, no podrá ir al lugar donde acude la gente importante del pueblo. En la cual, al final de su peluqueada, les ponen loción “Jockey Club” y, con un espejo colocado atrás de la cabeza, les muestran como quedó el corte. A regañadientes el pequeño Pedro se enfila hacia el callejón que lo guiará a subir el Cerro de la Calavera; no quisiera que sus amigos lo vieran. Si aprieta el paso, en diez minutos habrá llegado a la peluquería de la Chirga. Después de todo, aunque con limitaciones económicas, hay que guardar las apariencias.

Pedrito camina pensativo dialogando consigo mismo:

-¡Al fin que ni quería! Esa maquinita de don Gallito ya está vieja y con los dientes desgastados. Corta pero también pellizca; se siente a veces como si te arrancaran el pellejo. Al menos eso fue lo que sentí la última vez.

Detiene su marcha, reflexiona; se lleva la mano derecha a la nuca y hablando en voz baja pero en tono afirmativo dice:

-¡Chin! ¡Ahora entiendo, porque con el pretexto de que se les había terminado la loción me pusieron alcohol! Además, se me hizo raro que no me pasaran el espejo para ver mi corte, con razón mis amigos al día siguiente en la escuela se quedaban viendo detrás de mi cabeza, murmurando en tono de burla algo así como que parecía que me había mordido un burro.

El Cerro de la Calavera. Google images
El Cerro de la Calavera. Google images

El niño continúa su camino. En pocos minutos ha subido una tercera parte del Cerro de la Calavera, llegando hasta el límite de la zona habitada. De ahí en adelante no hay viviendas, ni corrales, sólo piedras y uno que otro matorral. Se detiene en una zona en forma de terraza, es la única del lugar. Jala aire; el camino le ha cansado.
Está parado frente a la última cerca de piedras que apenas le rebasa la cintura; no termina de acercarse, cuando dos perros mal alimentados en forma amenazadora se acercan ladrándole, poniendo sus patas delanteras por el interior de la cerca. Pedrito retrocede asustado, en ese momento se percata que del jacal de adobe que se encuentra en medio del predio, sale un anciano quien con un grito débil pero efectivo, reprime a sus feroces guardianes. Los animales obedecen a su amo. Al ver que los perros se apaciguan, el niño se tranquiliza.

El peluquero camina en forma lenta hacia donde se encuentra la única entrada, ubicada a la mitad de la barda. Abre con esfuerzo una pesada puerta construida con vigas de madera vieja y apolillada, que amarradas con alambre parece desarmarse cuando gira. Con su voz apagada por los años, lo invita a pasar y le pregunta:

-¿Vienes a cortarte el pelo?

-Sí señor -responde Pedrito

El anciano, lo toma del hombro. Se ve alegre.

-Ven, eres mi primer cliente en diez días.

Apenas un poco más alto que Pedrito, lo conduce sin soltarlo a donde tiene su peluquería improvisada debajo de dos árboles de mezquite. Luego le explica que esa es su área de trabajo y que hasta ahí llega su terreno, a lo que agrega:

-Estos son los límites de mi propiedad, de aquí para allá es de don Chón. Es una persona muy extraña, nunca platica con nadie. Está más viejito que yo y vive solo. Apenas llegó el año pasado. Sólo lo he visto un par de veces desde que vino a vivir aquí. Es un hombre muy misterioso. Por cierto, hoy llegó una anciana a visitarlo, pero ya no hablemos más de él y acomódate en la sombrita donde gustes mientras voy por mis cosas. El peluquero se da media vuelta y camina hacia donde está ubicado su cuarto de adobe. El niño lo acompaña con la mirada viendo por la espalda a ese hombre pequeño y frágil, empapado en amabilidad que tiene por sobrenombre “La Chirga”.

Pedrito se queda de pie debajo del árbol. Aunque está solo, siente como si alguien lo vigilara. Voltea hacía la propiedad del vecino. No alcanza a ver a nadie. Sólo ve una gran cantidad de humo blanco que sale del jacal de don Chón. Pedro queda extrañado al ver que ese humo se aproxima rápidamente hacia él. Este hecho inquieta al niño quien instintivamente se lleva la mano al pecho para tocar la medalla de San Benito que le regaló su padrino de bautizo. Justo en el momento en que la nube de humo llega hasta Pedrito, éste siente una oleada de frío que lo hace estremecer. El niño se queda meditando unos instantes en lo que encuentra una explicación a lo sucedido. Después de deliberar consigo mismo, llega a la conclusión de que un fuerte viento sopló de improviso llevando hacia él, el humo que se desprendió del fogón de don Chón, que, seguramente, estaba preparando sus alimentos. Esta respuesta lo satisface y empieza a olvidar el asunto.

Pedrito busca acomodo y selecciona el lugar más sombreado; se percata de que en el suelo se encuentran dos troncos de árbol, elige el más chico. El otro se imagina que es para que se sienten los adultos, lo arrastra como puede y lo coloca en el punto escogido. Llama su atención un pedazo de tabla que amarrado con un mecate podrido se balancea debajo del árbol. Se acerca y empieza a leer lo que está escrito con letras chuecas en pintura negra apenas visibles:

-Tarifas: con paisaje, 1 peso; sin paisaje, 50 centavos.

Se queda pensativo y se pregunta mientras se sienta en su sillón improvisado:

-¿Cómo, será ese estilo de corte que se llama con paisaje, y por qué cuesta el doble?

La voz del anciano lo interrumpe y en tono serio lo cuestiona si ya conoce el costo de sus honorarios.

-Sí señor, ya leí el letrero -responde el niño-, pero dígame, ¿cómo es ese corte de pelo que cuesta bien caro?

Conteniendo la risa, al ver su inocencia, don Cleto, que es el nombre del peluquero, le responde:

-Mira hijo, te vaya explicar. Si te has dado cuenta, mi casa, aunque humilde, es la única en todo el cerro que tiene terraza natural. Además, estos arbolitos nos regalan su sombra para que podamos disfrutar tranquilamente del paisaje tan bello que nos brinda el caserío con el jardín lleno de árboles, de la iglesia con su reloj y los ríos crecidos por las aguas.

El señor levanta el brazo derecho, señalando el poblado y continúa diciendo:

-No hay mejor lugar en todo lo alto de los montes cercanos para contemplar la belleza de Tulecito.

Pedrito mira de reojo hacia el poblado y mueve la cabeza afirmativamente.

-Por eso -prosigue don Cleto- tomé la decisión desde un principio al montar este negocio, de que los clientes que quisieran disfrutar del paisaje mientras les cortara el pelo, les cobraría la tarifa más alta.

El pequeño al fin entiende, y acordándose de la advertencia de su madre de guardarle su cambio de la moneda que le había dado, le pregunta al peluquero:

-Y con cincuenta centavos para dónde me toca mirar?

El viejo sin poder contener más la risa le responde:

-Pues para el lado contrario, sólo que lo único que vas a ver es mi jacal y las piedras del cerro.

Pedrito, incrédulo y resignado no le queda más que acomodarse dando la espalda al paisaje. El señor sorprendido por la candidez y mansedumbre del niño le dice.

-Nada más por caerme bien y no haberme reclamado, te voy a dejar que mires para el pueblo con la tarifa más barata mientras te peluqueo, ¿cómo la ves?

Al niño se le iluminan los ojos y le da las gracias volteándose inmediatamente para disfrutar del paisaje.

Qué bueno es este señor -piensa Pedrito- mientras se alista a disfrutar del espectáculo que le regala Tulecito desde ese lugar privilegiado. En tanto, don Cleto le coloca un delantal desgastado de manta y saca del morral una navaja, empezando de inmediato su trabajo, no sin antes preguntarle al pequeño que tan corto quiere su pelo.

Vergel en medio del desierto. Google images
Vergel en medio del desierto. Google images

La vista es impresionante, parece un vergel en medio del desierto, las casas con sus azoteas de color gris, marcan el contorno de las calles, que en forma caprichosa convergen a un jardín lleno de árboles, en medio del cual sobresale el quiosco, típico de los pueblos rurales. El parque está rodeado de calles angostas pero rectas formando un cuadrado. A su lado, se encuentra la iglesia con su cúpula que es mucho más baja que la torre blanca y esbelta del campanario. A la orilla del poblado, se aprecian los estrechísimos callejones que llevan a los ríos, que, llenos de agua, caminan con un ondular constante que se ve con claridad. Sus orillas están sembradas de árboles de todo tipo y milpas rebosantes de mazorcas. Tulecito está enclavado en la zona del semidesierto mexicano. El pueblo es pequeño de apenas unos mil habitantes. Su gente alegre y trabajadora hace que se respire un ambiente de tranquilidad.

Pasa el tiempo volando; el peluquero ha concluido su trabajo. Esta vez no hay loción ni espejo, sólo la palabra de don Cleto:

-Ya, terminé. Tu corte quedó perfecto, tal como me lo pediste. Quedaste bien peloncito.

Enseguida, guarda su pequeña navaja, no sin antes limpiarla y le retira la manta para sacudirla. Mientras hace esto, el chamaco se levanta buscando entre la bolsa de su pantalón la moneda, se la da y el viejo le regresa su cambio. Intercambian unas palabras mientras el viejecito lo acompaña a la puerta en compañía de sus perros, que moviendo la cola se les han unido; parecen todos satisfechos. Viejo y niño se despiden con un afable apretón de manos.

Pedrito empieza a descender. Para él fue un buen trato y una mejor experiencia. Don Cleto desde la puerta de su cerca lo ve alejarse, ahora es él quien lo mira de espaldas y piensa:

-Qué escuincle tan educado. Por cierto, no le pregunté su nombre, ni le dije el mío. No importa; sé que regresará. Con eso del truco del “paisaje”, al principio los hago batallar pero al final siempre los pelo por la única tarifa que cobro; cincuenta centavos.

Pedrito camina de regreso. Va contento aunque con una extraña sensación de inquietud. Es como si alguien más lo acompañara. Voltea hacía atrás, a los lados, hacía arriba, pero no ve a nadie. De repente, recuerda lo sucedido antes de peluquearse, cuando vio salir humo del jacal de don Chón. Este hecho lo inquieta aún más pero al no encontrar respuesta, decide guardar en el baúl de su inconsciente lo sucedido.

José Pedro Salmonte, sentado debajo del frondoso árbol y después de recordar esa visita al peluquero en su niñez, empieza a relacionar lo que sintió aquella vez con lo que le viene sucediendo actualmente. Llegando a la conclusión de que esa extraña sensación de verse acompañado y vigilado por algo invisible en su infancia, es la misma que siente ahora. Sólo que ahora manifestada por la presencia de esa aparición de la noche anterior. José Pedro, piensa que dio con la primera pista. Este hecho lo motiva para continuar hurgando en su pasado y decide seguir recordando qué sucedió después de la visita al peluquero ese mismo día:

CONTINUARÁ…

 


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One Thought to “TULECITO. (2a). EL CORTE DE PELO. Autor: HUGO SÁNCHEZ HURTADO.”

  1. Anónimo

    Muy bonita la historia contada, me colocó en un ambiente antiguo, bello y pueril.

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