LA TUMBA. Autor: Tarsicio Salgado Tovar

Templo de Santo Domingo. Salvatierra Guanajuato. Google images

Era una tumba de mármol negro que sobresalía de las demás por ser más alta que ancha, se le conocía como la tumba parada…


En esta ocasión Tarsicio Salgado nos comparte un cuento corto de una más de las leyendas del Pueblo Mágico de Salvatierra, Guanajuato.


La Tumba. Google images
La Tumba. Google images

El Cementerio de Santo Domingo fue el primero que usaron las gentes acomodadas de Salvatierra para inhumar a sus muertos; los indios y los pobres siguieron enterrando a los suyos en el panteón del Cerro de los Pitahayos.

Los monumentos mortuorios mostraban con claridad las posiciones sociales de los difuntos y en algunos casos también las ideológicas. Había tumbas de cantera, de mármol, de piedra labrada y de mortero pulido. Algunas estaban adornadas con cadenas cromadas y las lápidas designaban con toda propiedad a la persona cuyos restos tenían ahí resguardo.

Entre ellas, hubo una que por mucho tiempo llamó la atención de dolientes y curiosos. Era una tumba de mármol negro que sobresalía de las demás por ser más alta que ancha, se le conocía como la tumba parada. La lápida, sostenida por clavos dorados, tenía grabado el nombre de Don Roberto Dantóny Bustamante, debajo: 1825-1880, y más abajo Logia 89. No había cruz, ni RIP, sino unos signos raros, entre ellos, una escuadra y un compás.

No se le conocieron parientes ni familiares. La tumba, como casi todas las .demás, sufrió un estado vergonzoso de deterioro.

Al paso del tiempo, la gente común ha tejido fantasías acerca de las características de la tumba y del difunto. “Fue ateo y blasfemo, era masón, su castigo fue no tener descanso. Lo enterraron parado para que ni muerto tuviera reposo, decían unos. Lo habían enterrado acostado, pero su tumba se cuarteaba, agregaban otros. Pidió que su sepultura fuera negra porque fue un renegado y no se arrepintió. Lo habían sepultado en la tierra pero hacía muchos ruidos, como si quisiera salirse.

Cuando falleció ya era muy grande de edad, antes de morir se fue secando y entiesando, sus últimos días estuvo sentado y al morir ya no fue posible acostarlo…”

Nadie sabe qué fin tuvieron la tumba y los restos del difunto. Desde los tiempos de la persecución cristera hay un vacío entre los monumentos mortuorios del Cementerio de Santo Domingo, que ni siquiera los güizaches han podido cubrir.

No estaría por demás que quienes han sabido de él eleven al Señor una oración por su eterno descanso.


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