MANDATO HUMANO (2ª de 2). Autor: Alfonso Montejano

Cristo pensaba como Dios y actuaba como hombre. Google images

Cristo pensaba como Dios y actuaba como hombre, solo tenía cuarenta días para recomponer a una humanidad totalmente deteriorada…


Les comparto la continuación del artículo de Alfonso Montejano, en el que refleja, bajo una absoluta libertad de pensamiento, su interpretación del mandato humano del fin de la vida terrenal de Cristo.


CONTINUACIÓN:

Al onceavo día de su resurrección, su parte humana empezó a sentir un cosquilleo usual en los hombres envidiosos, los discípulos le rendían una reverencia exagerada y desproporcionada a su impacto, por haber sido capaz con base en su propia decisión de configurar el milagro de volver en cuerpo y alma con ellos, le decían que Él era el Dios único, no el hijo del Dios único, le confirmaban que antes se habían realizado milagros de resurrección pero por decisión de los resucitadores, no de los resucitados, quienes ni sabían ni habían pedido volver.

La resurrección de Lázaro. Google images
La resurrección de Lázaro. Google images

—¿Para qué?—, respondían cuando los entrevistaban después de resucitados, no sabemos leer ni escribir y no le vamos a dejar ninguna sabiduría a la humanidad, no somos líderes, no somos conquistadores, no somos investigadores, estábamos en el cielo disfrutando de la presencia de Dios y quizás ahora nos vayamos al infierno por causa de un mal pensamiento que nos horrorizó cuando estábamos muertos, si hubiéramos estado en el infierno, estaríamos de acuerdo en que nos resucitaran para rectificar nuestras vidas y tener la posibilidad de salvarnos, pero, “¡Estábamos en el cielo! ¡Contigo!”, le decían a Cristo cuando se topaban con Él en los recovecos celestes durante los tres días en que estuvo con ellos después de crucificado. Cristo les dijo que no se preocuparan, que ya estaban de nuevo en el cielo y que su resurrección había sido una equivocación de hombres nobles a los que Dios no podía negarles nada porque se conducían con rectitud y cumplían todos los ordenamientos supremos, aunque tenían prohibido resucitar gente, cosa que no habían escrito en los mandamientos que dictaron a Moisés porque no era un pecado que los habitantes del mundo conocido cometieran con frecuencia, de ahí surgió la idea de escribir a los hombres: “las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, con esto, su espíritu se reconfortará y cuidarán la obra del Señor”.

Pensamiento de su parte humana totalmente equivocado, porque el hombre ni se ha reconfortado ni ha hecho obras mayores ni ha cuidado la obra del Señor; motivos conocidos por Él y por los que empezó a fraguar la posibilidad de separar, como en una lobotomía, su parte humana de su esencia divina, sensación que le producía raros remordimientos con dolores de cabeza más fuertes que los que le produjo la corona de espinas que le pusieron cuando lo creyeron rey de los judíos, sabía que Dios lo había mandado a la Tierra para redimir al hombre y buscar su salvación, lo cual no encontraba eco en su razonamiento sentimental, con esta lobotomía su parte humana podría cuestionar a su esencia divina y resolver, así, de inmediato, la imperfección del ser humano como una imperfección del ser divino, dejándole la responsabilidad a Dios para echar fuera del remordimiento de la humanidad, las culpas que los atormentan por la obtención de la manzana del conocimiento, y así, liberar a la serpiente y a la mujer de esa penitencia eterna para que los reptiles se integren a la biodiversidad y la mujer a la equidad de género, acabando como consecuencia, con las sociedades patriarcales que se fundamentan en este concepto absurdo basado en mandatos divinos que están carcomiendo las raíces del incipiente florecimiento de las sociedades.

Cristo le preguntó a su esencia divina si realmente la obra de Dios era buena en gran manera y su esencia divina le contestó que solo la naturaleza era buena en gran manera, que por eso Dios la había creado primero que el hombre en un laborioso proceso de evolución en el que todo convergía en el provecho y beneficio de los que la constituyen, y que la había forjado de esa forma, para que fuera ejemplo y guía de los seres humanos, tal como su identidad de Mesías también debía serlo. Su parte humana empezaba a competir con su esencia divina causándole satisfacciones por cumplir el mandato supremo de redimir al hombre, pero con conflictos de compatibilidad entre sus dos alientos, se preguntaba el que si Dios es único y que si Él era Dios, como decían sus discípulos, no habría cometido incesto con su madre para gestarse a sí mismo, lo afligía esta situación y su parte humana le rogaba al Espíritu Santo que le aclarara la paradoja, pero el Espíritu Santo, en esa época, no aclaraba paradojas porque en los libros del antiguo testamento escrito, el Espíritu Santo no existía.

Dios no se equivoca y comenzó a mortificar su plenitud con la angustia de volver a crucificarlo, ahora no por los pecados de la humanidad, sino por subversivo; la parte humana de Cristo se rebeló y le dijo que la obra maestra de su creación valía la pena, que lo había mandado a la Tierra para salvar al hombre y no los iba a dejar solos, ellos no sabían conducirse con esmero a imagen y semejanza de su creador, Dios le contestó que esa era responsabilidad de ellos, que Él ya tenía predestinado el fin del mundo para una época determinada en la que los pecados del hombre fueran tan vastos que no hubiera remordimiento por el fin, tal como sucedió con Sodoma y Gomorra, donde nadie alcanzó a arrepentirse de haber pecado.

—Entonces, ¿Para qué me enviaste? —Le dijo—, esa no es la labor de un Mesías honesto, yo debo ser el capitán de mi nave y hundirme con ella en caso de que se vaya a pique.

—Por eso moriste —le dijo Dios—, te envié para que se arrepientan de lo que han hecho, no de lo van a hacer, si depredan mi obra y mueren por ello es su problema, por eso les di el libre albedrío.

—Eso es falta de responsabilidad —contestó Cristo—, ningún autor crea obras maestras con la capacidad de revertir las demás obras de su autoría.

—Estoy arrepentido de haberlos creado —le confesó Dios—, no me han respondido como lo tenía planeado, hacen lo posible por enriquecerse rápidamente, sin pensar en la magnificencia de mi labor, inventan sistemas económicos y políticos donde solo salen beneficiados unos cuantos y se reproducen como conejos acabando con el equilibrio de mi creación, todo en nombre del Señor, pero ya no los escucharé cuando me invoquen.

—Ni falta les hace —le reveló Cristo—, con cien kilos de heroína que comercien haciendo añicos a mentes inocentes, tienen para vivir hasta que los maten, y si los atrapan tienen asegurada la comida durante toda su sentencia repartiendo el dinero de la droga, el infierno sería un alivio para su pesar, además, ni modo que te invoquen en el nombre del Diablo. Dios no debe arrepentirse de nada, si no, no sería el ejemplo de un dios honrado que les funcione para rectificar su maldad, por otro lado, vale decir que lo planeamos durante toda la eternidad anterior a ellos y ahora resulta que forjaste una creación fallida ¿Qué clase de Dios eres? que ni siquiera lucha por su misión y deja que sus mismos subordinados hechos por Ti a tu imagen y semejanza destruyan la creación perfecta. —Terminó diciendo la esencia humana de Cristo.

Solo tenía cuarenta días para recomponer a una humanidad totalmente deteriorada. Google images
Solo tenía cuarenta días para recomponer a una humanidad totalmente deteriorada. Google images

Cristo pensaba como Dios y actuaba como hombre, solo tenía cuarenta días para recomponer a una humanidad totalmente deteriorada que se había involucrado en una madeja de retorcimientos anti-naturales, de la que no iba a poder salir en varios años, y si seguían por ese camino torcido, la madeja se iba a complicar hasta convertirse en una enorme bola de nieve que no iba a poder desenredarse en varios siglos. Además, faltarían los insumos indispensables para la conservación de todas las especies que a Dios le había costado tanto trabajo configurar, y tal vez en una ataque de ira y venganza de los que le llegan a cada rato —Cristo pensaba en ese momento como hombre—, se vaya a arrepentir de haberlos creado y les mande, otra vez otro diluvio, antes de que terminen por destruirse a sí mismos con su progreso equivocado.

Dios pensaba como Dios y actuaba como Dios, después de todo, tenía toda la eternidad para realizar infinitos experimentos de creación, en los cuales podría quitar el libre albedrío a sus creaturas, para que no se atormentaran con los complejos de superioridad propios del tipo de inteligencia que, a esta, le había infundido en el poco tiempo que tenían de existencia, lo podría hacer perpetuamente hasta que alguno le resultara bien y su nueva fundación, sin afligirse, no se cuestionara la existencia divina.

Cuarenta días no fueron suficientes, ni siquiera para recomponer una historia de transgresiones a los ordenamientos de convivencia que Dios había dictado a Moisés, menos para instaurar una base sólida necesaria para conservar la obra de arte plasmada en el devenir existencial del cosmos, la parte humana de Cristo se decidió por simplificar su responsabilidad hacia el mundo, dejando que la gente de ese tiempo siguiera pensando que la Tierra era cuadrada y plana, lo anterior con la finalidad de eliminar en los años venideros, el pecado de daño al patrimonio natural establecido, y así permitir que la fastuosidad de su resurrección influyera en la fe de los hombres para reparar la colaboración entre las especies.

Dios no lo había planeado de esa manera, pero dejó que su omnipotente esencia divina se diluyera en la misma esencia divina del Cristo enviado, uniendo en una argamasa de complicaciones sublimes, los eminentes pensamientos de ambos con la terquedad del ser humano, derivando con esto, el mensaje mesiánico en una propuesta filosófica oscura de discusiones inútiles sobre las virginidades, las deidades, las resurrecciones y los milagros, renunciando y haciendo renunciar a los redentores ejemplificados en las especies menores, al pacto milenario con el equilibrio bioético del que el ser humano era una parte fundamental que se preciaba como el rey de la creación, y argumentaba, para no tener competencia, mandatos superiores escritos en epístolas que no sabían descifrar el orden universal de los procesos detonados en el inicio de la concepción del tiempo.

La esencia humana de Cristo se pronunciaba por modificar las jotas y las tildes de un testamento lleno de contradicciones que no tomaba en cuenta el cambio climático que iba a suceder dos mil años después por declaratoria de Jehová de los ejércitos al ubicar al ser humano como el ente principal de su instauración, haciéndolo irresponsable por la depredación de los ecosistemas y dándole facultades sobrenaturales para que destruyera, en un instante, toda la obra natural que tanto trabajo le había costado hacer evolucionar siempre hacia la superación.

La destrucción la justificaría en aras de un progreso egoísta. Google images
La destrucción la justificaría en aras de un progreso egoísta. Google images

El hombre no comprendería esta realidad y la destrucción la justificaría en aras de un progreso egoísta que acabaría con toda la planeación eterna de escalamientos siempre positivos manifestados en la naturaleza creada por el Dios de la sustentabilidad, único y verdadero. Cristo ya no tuvo tiempo para recomponer las ideas del hombre necio, su parte humana le reclamó al Dios de esa cultura, el que no protegiera su propia obra ambiental dándole más tiempo de resucitado para equilibrar los sistemas conceptuales de cooperación, con la vida sin inteligencia que se reproducía en los jardines de la perfección de un Dios sustentablemente íntegro; le suplicó en el huerto de los olivos que enfocara su visión hacia esos árboles que mandaba arrasar con los versículos que no le permitió modificar, pero ya no supo porque sólo le concedió cuarenta días para recomponer un mundo totalmente deteriorado por las ambiciones de conquistadores que se masacraban por colonizar, con falsos conceptos divinos, las tierras llenas de oro negro y amarillo que contaminarían a la atmósfera tiempo después.

Su parte humana se preguntó si realmente Dios apreciaba al hombre con toda su imperfección o si era una creación casual producto de su aburrimiento inmaculado. Cuarenta días —se repetía constantemente— no alcanzaban, ni con la participación de mi parte gloriosa, para complementar los escritos que modifiquen la apreciación de los seres humanos hacia la biosfera instaurada por el Dios real; me resucité a mí mismo y me mandaron a redimir a la humanidad —se explicaba su parte humana— ¿Qué caso tiene irme tan rápido en cuerpo y alma a los cielos, cuando aquí los seres humanos se van a hacer garras entre ellos eliminando en un segundo, la creación que planeamos mi padre y yo durante siglos eternos? En fin, lo intenté como hombre, ahí que se hagan bolas, Dios me dijo que cuarenta días eran suficientes y lo demás será bajo su responsabilidad —concluyó su parte divina—, esclareciendo al mismo tiempo lo del arrepentimiento del Diablo.

FIN

 


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