TULECITO. (1a). Autor: HUGO SÁNCHEZ HURTADO.

Tulecito. Google images

Tulecito existe y hoy es un lugar apacible y tranquilo. El autor de esta novela apologética, nos evoca la época, ya ida, en que nuestros padres y abuelos salían a descansar después de las fatigas del día…


Hugo Sánches Hurtado.
Hugo Sánches Hurtado.

En esta ocasión es muy satisfactorio para mí sumar a un amigo muy querido a los colaboradores de El Adobero, a Hugo Sánchez Hurtado; ingeniero civil de profesión, somos colegas y amigos desde hace muchos años, más de treinta. Después de mucho tiempo de no vernos nos encontramos y, durante la plática coincidimos que ambos, a estas alturas de la vida, tenemos gustos similares. Nos apasiona transmitir nuestras experiencias de vida a través de la escritura de artículos, cuentos, y en este caso, libros como que el que iniciamos hoy su publicación.

Voy a dejar correr la imaginación para que nuestros amables lectores, poco a poco, vayas descubriendo el espacio y tiempo donde se desarrollan estas historias…

 


Con la mente siempre puesta en Él, ante quien todos los hombres, tarde o temprano, en ésta vida o en la otra; habrán de doblar su rodilla ante su Majestad y Poder, y todo para Gloria del Padre.


A la memoria de mi padre.
A mi madre y esposa, las dos mujeres más importantes de mi vida.
A mis hijos, el tesoro más valioso que Dios me regaló.
A mis hermanos, acompañantes de esta vida.
A todos los creyentes en Cristo, Camino Verdad y Vida


PRÓLOGO

Tulecito existe y hoy es un lugar apacible y tranquilo. El autor de esta novela apologética, nos evoca la época ya ida, en que nuestros padres y abuelos salían a descansar después de las fatigas del día. Sentándose en el quicio de la puerta, escalón o un burdo banco de madera para contar a pequeños y grandes, historias y hechos fascinantes que al oyente lo dejaba boquiabierto y con el deseo de seguir escuchando la narración hasta el final.

En este escrito, encontrarás leyendas; historias, anécdotas, así como vivencias reales e investigaciones del autor. Extraña mezcla donde se une la realidad con lo posible para dar vida a lugares, situaciones y personajes. Todo en un lenguaje sencillo y ameno con un toque de suspenso que incita a continuar leyendo.

A medida que te sumerges en la lectura, se va recorriendo el velo que deja al descubierto una enseñanza que tiene por fin último, la defensa de la fe cristiana. La cual, te invita a guardar fidelidad soportando los embates de las tentaciones cotidianas ordinarias y extraordinarias a las que todos estamos sometidos en algún momento de nuestra vida.

El autor quiere compartir contigo en forma novelada, una parte de su vivencia personal. Con la intención de ayudarte a descubrir en qué sentido vas caminando en los asuntos de la fe. Verdad y ficción se unen para poder lograr este objetivo. Lo importante no es la forma como está escrita esta novela, sino el fondo que ella misma te invita a descubrir.

Este libro tiene la intención de convertirse en un grito de advertencia para no tomar senderos equivocados, y hacernos recordar que solo hay un Camino que nos conduce a la Verdad y a la Vida Eterna.

José Reséndiz García
y
Ma. Teresa Sánchez Hurtado


I.- LA APARICIÓN

1.-La caminata

 

José Pedro Sal monte, hombre de cuarenta y nueve años, despierta nuevamente sin poder evitarlo a mitad de la noche. Ya son varios días sucediéndole-lo mismo, no puede controlar esta situación, ni descubrir su causa. Intuye la hora que es, pero se resiste a voltear para ver su reloj digital. Pasan los segundos mientras la incertidumbre aumenta hasta volverse insoportable y, dándose por vencido, mira de reojo el reloj para comprobar que, efectivamente, son las tres en punto de la mañana. Un escalofrío recorre su cálido cuerpo, al corroborar la hora en que últimamente su inconsciente lo despierta, como recordándole cumplir una cita agendada por el destino.

Poco a poco va formando la silueta de una persona. Google images
Poco a poco va formando la silueta de una persona. Google images

Pedro trata de conciliar el sueño pero es inútil, ahora está más intranquilo que las noches anteriores. De pronto, su olfato capta un fuerte olor, como si algo se estuviera quemando dentro de la habitación. No se anima a levantarse para encender la luz, y más cuando frente a él, a los pies de la cama; ve un vapor de niebla el cual poco a poco va formando la silueta de una persona. Pedro, visiblemente nervioso, no da crédito a lo que está mirando, sobre todo cuando queda completamente definida esa figura humana. Ahora sí, puede distinguirla claramente gracias a la luz de luna llena que penetra por la ventana. Sus ojos desorbitados ven el rostro arrugado de un anciano encorvado vestido de blanco con la cabeza rapada, y un enorme amuleto colgado al cuello, quien con una sonrisa enigmática lo mira fijamente. Al sentir el peso de esa mirada, el miedo termina por apoderarse de Pedro; quiere gritar pero no puede. El grito se le ha quedado atorado en la garganta, formando una especie de bola que le bloquea la tráquea impidiéndole respirar. Pedro intenta jalar aire pero es inútil y, en forma desesperada, extiende su brazo para tomar el rosario que está sobre el buró. Al contacto de su mano con las cuentas del rosario y al momento de empezar a rezar mentalmente en forma atropellada, la figura compacta de humo blanco que daba forma a ese misterioso ser, comienza a disiparse. Lo mismo ocurre con el penetrante olor a carne chamuscada, este hecho le da cierta tranquilidad y al fin logra jalar una bocanada de aire que lo trae de regreso. Ahora sí, está en condiciones de gritar, pero en consideración a su esposa que duerme, decide no hacerlo. Después de varios minutos se tranquiliza un poco más pero no lo suficiente como para volver a conciliar el sueño.

Pedro se pasa el resto de la noche reclinado sobre la cabecera de su cama, intentando comprender el significado y el porqué de lo ocurrido. Por más análisis que hace, no encuentra explicación. Su meditación es interrumpida por los primeros rayos del sol quienes lo invitan a levantarse, pero prefiere esperar hasta que la luz sea completa para ir a caminar en solitario. Quiere ver si en la soledad de la montaña encuentra respuestas. Pedro es un buen explorador acostumbrado a dar largas caminatas por el campo. Minutos después, se levanta y hace los preparativos necesarios.

Pedro sale de casa no sin antes despedirse de su esposa y contarle brevemente lo sucedido, y se dirige hacía el cerro más alto de la región. Le llevará horas esa travesía, necesita ese tiempo para meditar y encontrar la tranquilidad perdida.

...sobre todo en un terreno donde abundan víboras y escorpiones. Google images
…sobre todo en un terreno donde abundan víboras y escorpiones. Google images

Sumido en sus pensamientos va caminando por la pendiente del cerro, está exhausto. Al parecer, la preocupación y el desvelo de noches anteriores, han minado su resistencia. Pero la cima de la montaña se ve cada vez más cerca yeso lo motiva a seguir. Camina con la mirada hacia abajo, no tanto por la fatiga, sino porque sabe que un buen explorador siempre debe mirar dónde pisa, sobre todo en un terreno donde abundan víboras y escorpiones, que por el intenso calor del medio día deben estar bajo las piedras. Para Pedro, el no tomar precauciones, sería como jugar a la lotería; la sorpresa podría surgir en cualquier momento y él no quisiera ganarse éste premio, por eso vigila su andar. De pronto, levanta la mirada y contempla de frente ese árbol frondoso que desde hace casi media hora había divisado desde abajo; se encuentra a escasos metros de un merecido descanso.

Quiere articular palabra y no puede, trae la boca tan seca que la lengua se le ha pegado al paladar, por eso está dispuesto a ver el fondo de su cantimplora. Sabe que le queda poca agua, pero también reconoce que casi cumple su objetivo que es llegar a la cima de la montaña. No tiene caso -piensa Pedro-, seguir aguantando la sed y más cuando la punta del cerro está a tiro de piedra. Después de todo, la bajada es menos pesada y para ese entonces el sol se estará guardando.

Su pensamiento es interrumpido por un tropezón, ha golpeado con algo seco. Inclina la cabeza al mismo tiempo que se regaña por ese descuido de no mirar donde puso el pie. La sangre se le hela al ver una figura alargada café y brillante que se extiende debajo de su bota. Quisiera no recargar su frágil cuerpo sobre aquello que está pisando y lo ha hecho trastabillar. Su mente confusa y sorprendida, ve con claridad la imagen de una enorme serpiente que estando resguardada bajo la sombra, ahora se alista a enterrarle sobre su pantorrilla esos impresionantes colmillos repletos de veneno en venganza por haberla magullado. Pedro lanza un grito mientras su corazón le late tan violentamente que pareciera salirle por la boca. Sus piernas no le responden, se niegan a moverse. Está tieso como un palo por el miedo, a la vez que un sudor frío recorre su espalda. Todo ha sucedido tan de prisa en un abrir y cerrar de ojos, sólo espera el momento de sentir el punzante dolor de la mordedura del reptil. Esos breves instantes le parecen una eternidad, hasta que por fin logra recobrar la lucidez y descubre que aquel objeto entrelazado y largo, no es más que una gruesa raíz superficial extendida bajo el árbol. El nerviosismo que lo ha acompañado estos últimos días, le ha hecho pasar un mal momento.

...bajo la tupida sombra de ese imponente árbol. Google images
…bajo la tupida sombra de ese imponente árbol. Google images

Después de la tempestad viene el sosiego, y no puede haber más quietud que sentarse bajo la tupida sombra de ese imponente árbol, que como fiel guardián se yergue en la antesala de la cumbre. Esto parece entenderlo muy bien Pedro, por eso, elige como lugar de descanso, una gran piedra que se asemeja a una banca y que está colocada debajo de ese majestuoso árbol. El explorador antes de sentarse sobre ese mueble natural, da un vistazo debajo de él, dejando al mismo tiempo salir un suspiro para posteriormente sentarse sobre la superficie que, aunque fría, lo invita a relajarse. Después de saciar esa sed abrasadora, cierra los ojos y sonríe al pensar:

-Tal vez un pan duro no me caería mal; mi abuela solía decir que es la mejor medicina para el susto.

Este pensamiento se diluye al sentir el golpe de la brisa sobre su rostro, que acompañada de un ligero silbido, le refresca su tez blanca curtida por el sol y el paso del tiempo. La vida le ha dejado surcos y pliegues sobre su piel por donde circula en esos momentos el aire, para luego mecer sus cabellos, donde se combinan el color plateado con el negro. Por su número de arrugas y canas pareciera que la vida no le ha sido fácil, la caricia del viento lo conforta, es precisamente lo que necesitaba para sosegar su espíritu. Así pasa un buen rato, hasta que levanta los párpados y queda cautivado al contemplar el impresionante paisaje.

...empieza a buscar entre ellos al que lleva por nombre el "Cerro de la Calavera"... Google
…empieza a buscar entre ellos al que lleva por nombre el “Cerro de la Calavera”… Google

La falta de nubes llama su atención; el nivel de los montes más cercanos queda debajo de sus pies. Instintivamente empieza a buscar entre ellos al que lleva por nombre el “Cerro de la Calavera”. Es el monte más cercano a su pueblo, al fin lo identifica. A ésta distancia es sólo un montículo pequeño, bajo el cual se extiende la mancha apenas visible del caserío; lo que está contemplando Pedro, es el pueblo de Tulecito, lugar donde nació.

Pedro sigue sentado sobre la fresca piedra y decide hacer un viaje en el tiempo para recordar su infancia. Él cree que si hurga en la raíz de su vida encontrará respuestas a lo acontecido la noche anterior. Presiente que algunos episodios de su niñez tienen relación con lo que le sucede en su edad adulta. Sobre todo, aquellos momentos especiales en donde le pareció haber estado en contacto con fenómenos sobrenaturales, piensa que esto le ayudará a resolver ese enigma que le ha robado la calma desde noches anteriores. Por este motivo quiere evocar aquellos pasajes que le dejaron huella y se remonta hasta aquel ya lejano año de 1966, cuando recién cumplía los nueve años.

Cierra los ojos y empieza a recordar claramente las clásicas palabras de su madre, con las que solía recibirlo después de las continuas escapadas de su casa…

CONTINUARÁ…

 


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