ROMUALDO COBIÁN. Autor: Tarsicio Salgado Tovar

La bruja del pueblo. Google images

Sabía muy bien de qué se trataba y no se arrepentía del mal que había hecho, sino de disgustar a su demonio…


Llegó de Puebla, era buena persona, modesto, amable, amiguero, agradable. Tuvo oportunidades de progresar y las aprovechó, pero olvidó la dimensión de sus limitaciones. Las mujeres y la codicia lo perdieron.

Llegó el momento en que no encontró otra solución a sus conflictos que encargárselos a la bruja del pueblo.

Se lo habían dicho muchas Veces, pero no lo quiso creer. El demonio no perdona, se cobra con creces. No espera a que sus clientes lleguen al infierno, desde este mundo multiplica los sufrimientos que le piden para otros.

Al principio vislumbraba una sombra gris que desaparecía presurosa por el rabillo de su ojo. Después, cuando empezaba a conciliar el sueño, además de la sombra, un vientecillo helado se metía entre sus sábanas y lo hacía encogerse y temblar. Apenas empezaba a recuperarse, la sombra se hacía pesada y lo poseía. Sus esfuerzos por gritar, por moverse y por rezar eran inútiles.

Pasaba las noches en negro, sin dormir. Sabía muy bien de qué se trataba y no se arrepentía del mal que había hecho, sino de disgustar a su demonio y, para congraciarse con él, repetía el ceremonial: sacaba los muñequillos del hueco disimulado de su escritorio, cada monigote tenía cosida a mano la fotografía del agraviado, los ponía sobre la mesa, sacaba los alfileres y volvía a clavarlos con fuerza y rencor en la región que deseaba dañar. Gozaba haciendo sufrir y su imaginación le permitía ver a sus rivales renegando de la vida y retorciéndose de dolor.

Al paso del tiempo perdió la alegría y crecieron sus pesares, caminaba agazapado, con miedo a encontrar una línea de sal que cortara su camino. Cerraba los ojos en la oscuridad para no ver a su dueño y bajaba dando traspiés en las gradas de una escalera que no existía. Ya no pasaba frente al Templo porque para él las avemarías eran reclamaciones. Revisaba con extremada precaución su casa y su carro, no fuera que le hubieran devuelto, escondido, alguno de los males que había mandado hacer.

Pobre hombre... Google images
Pobre hombre… Google images

Pobre hombre, sus agraviados se habían refugiado en la voluntad de Dios y se habían puesto bajo el amparo de Nuestra Madre Santísima del Carmen, de modo que sobrellevaban los males que no tenían remedio y agradecían los que se les evitaban, pero él cada día se hundía más en la infinidad del infierno que había contratado.

Mujeres y dinero eran sus pasiones. Compró lo que se puede comprar con dinero: voluntades, amores vanos, permisos, perdones, compromisos…, y hasta un edificio público; sin embargo, nunca pudo adquirir con su riqueza salud y paz, ni siquiera consiguió darse la alegría de ver su rostro en la carita de un nieto porque, aunque tuvo uno, se le pareció tanto que su hija lo escondía. Su mujer más adorada le plantó el cuerno y le adjudicó la paternidad de otra criatura tan hermosa que era imposible que él la hubiera engendrado.

Sin que se diera cuenta se le fueron regresando sus maldiciones. En una ocasión los muros de su casa amanecieron ensangrentados como aviso de muerte y, lejos de corregirse, buscó una bruja más poderosa que no pudo ayudarle, murieron sus padres. Su hija más amada enfermó del mal que pidió para la del que más odiaba, se le hinchó el cerebro, se le torcieron las piernas y decía idioteces.

Romualdo Cobián, nombre del sujeto de esta narración, rápidamente fue perdiendo la salud, la temida diabetes lo dejó ciego, babeaba y sus demonios lo volvieron loco.

 

Espantajo... Google images
Espantajo… Google images

Nunca dejó de pinchar a sus famosos espantajos, a pesar de que tomaron sus facciones y las de sus hijos.

Murió renegando de Dios y de la vida y el demonio lo tomó para él…

 


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