PIEL DE CEBOLLA. Autor: Mario Calderón

Piel de Cebolla. Pinterest imag

En el centro de aquel torbellino me preguntaba ¿qué sería la vida? Y al responder estuve convencido de que su forma no es diferente a los cuernos de carnero, a la espiral de los caracoles o a las capas infinitas de la piel de una cebolla…


Presidente Miguel Alemán Valdés. Google images
Presidente Miguel Alemán Valdés. Google images

Llegó a la presidencia de México Miguel Alemán y como su nombre y apellido significan “Exhortación o llamado al todo hombre o muy hombre” por aquello de “quién como Dios”, llamado a la excelencia, el contenido de Miguel, y All (todo) y man (hombre), las raíces del término Alemán. Por consecuencia se dio en México el periodo llamado “Desarrollismo”, época del todo hombre o muy hombre en la cual creció la industria y la riqueza en las ciudades del país. A partir de entonces emigró una gran cantidad de campesinos a la ciudad de México en busca de mejores condiciones de vida. Existía tranquilidad y paz, una paz emanada de la memoria histórica colectiva donde reside la costumbre de obedecer a la autoridad de manera ciega. El siguiente mandatario aprovechó esa condición para establecer el “tapadismo”, la designación del sucesor del presidente por el propio presidente de manera encubierta, sin auténtica democracia. Ese modo de elección surgió por el determinismo contenido en la significación de su nombre pues las palabras Adolfo Ruiz Cortines expresan: Adolfo “lobo” en germánico; Ruiz “jefe famoso”; Cortines procede de cortina, cubrir o tapar; el significado completo: “lobo, agente hábil, famoso, que cubre o tapa”.

Creció enormemente la población de las ciudades. En la Ciudad de México varió de cuatro millones en mil novecientos cincuenta y siete a más de veinte millones cuarenta años después. Los provincianos buscaron siempre mejores condiciones de vida, sobre todo la oportunidad de la educación.

 

 

II

 

De mañana la ciudad de Colima se percibía tan quieta que parecía un teatro inerme para la algarabía de mi mundo interno pleno del vigor de la vida.

Quise ingresar a la escuela normal para profesores de primaria de esa ciudad y el director me respondió que sería más fácil que me aceptaran en la universidad donde únicamente había las carreras de Leyes y Medicina.

Me dirigí a la terminal de autobuses y sopesé la posibilidad de aprovechar la ocasión para ir al mar que se localiza a media hora de aquel sitio, según me refirieron; pero sin el éxito de la realización momentánea que es la clave de la felicidad, la arboleda del centro, el aire, el cielo y el mar carecían de sentido.

Emprendí el viaje de regreso hasta que llegué a la Cinta, el lugar más cercano a mi pueblo por el que pasaba la carretera de asfalto. Ahí descendí del autobús que había tomado en Morelia y empecé a caminar por un camino de terracería. ¿Cuál era mi ánimo y mi estado psíquico? Para saberlo bastaba con observar el medio ambiente y, en aquel momento, el sol se hallaba en el ocaso y la tarde comenzó a entrar a una bóveda negruzca y sin certidumbre.

Caminaba por la carretera hacia el oriente y avanzando con cuerpo de quijote joven y zancadas de avestruz, pronto me alcanzó un automóvil ford falcon amarillo. Alargué la mano cerrada con el pulgar levantado señalando el camino para pedir un aventón y el vehículo se detuvo.

-¿A dónde vas?- Me preguntó un muchacho. Le respondí que al Timbinal. El conductor me dijo que él se dirigía al pueblo de San Rafael; pero que podía llevarme hasta el rancho La Lobera, el punto más cercano a mi pueblo para que caminara menos y no llegara tan de noche. Quiso saber de dónde procedía, por qué me había alcanzado el anochecer en la carretera. Le conté que deseaba seguir mis estudios, pero que no me lo permitían en escuelas normales, la única posibilidad por mí conocida.

Él aconsejó que me marchara a la ciudad de México y que allá ingresara a la UNAM y me sostuviera con mi propio trabajo. Le pregunté por el modo de hacerlo y él me contestó que estudiaba en la Facultad de Medicina, pero que ya no recordaba los trámites de ingreso. Le di las gracias y nos despedimos. Seguí su consejo y un año más tarde investigué dónde vivía el estudiante. En San Rafael la gente me contestó que no sabía de su existencia.

Llegué a México una tarde de septiembre. Alquilé un taxi. No conocía la ciudad por eso el taxista dio rodeos para justificar su tarifa. Finalmente me llevó a mi destino: la colonia nueva Atzacoalco donde vivía un hermano casado. Me recibió doña Triny, una anciana muy agradable. Dijo que mi hermano ya no vivía en aquella vecindad, que esa noche allí me quedara y que a la mañana siguiente me llevarían al Valle de Guadalupe donde mi hermano había construido su casa.

Aquella noche me atendieron con amabilidad de buen paisano, de la mejor manera, y otro día me condujeron en autobús urbano por un enorme valle de salitre y charcos. No comprendí cómo la gente pudo salir de su medio, en las sierras de Michoacán o Veracruz para encontrar una desolada identidad en aquel estéril espejo cenizo; quizá la cercanía de la virgen de Guadalupe en El Tepeyac haya sido la razón por la que la ciudad creció por ese lado hasta juntarse con el Estado de México.

Temporalmente viví con mi hermano y de su casa, con el fin de conocer la urbe actual de Tenochtitlan, comencé a subirme a los autobuses desde la base hasta su terminal. Viajé desde Viveros Cardonal a La Candelaria, de La Merced a Ciudad Universitaria, de Valle de Aragón a Satélite y Las Lomas de Chapultepec y El Pedregal de San Ángel que ocultan el sol para las colonias proletarias del oriente hasta el Vaso de Texcoco y el Caserío de la Esperanza y la Aurora.

Sintiendo un bienestar sin explicación, recorrí las calles de Corregidora, Madero, San Juan de Letrán, gocé la comida china en la esquina de Dolores y 16 de septiembre, me admiré de que fluyeran con sincronía los automóviles y que la vida citadina transcurriera por una especie de inteligencia colectiva que reflejaba manifestaciones concretas. Caminé y caminé hasta que, de pronto, tal vez al contemplar el tezontle de algunas paredes de mansiones que luego fueron derrumbadas por los efectos del temblor del ochenta y cinco, me vi en la esquina de Independencia y José María Iglesias, en la segunda planta de una construcción rústica habitando una vivienda que me compartía una pareja de muchachos españoles aventureros sin mucha fortuna. Me brindaban hospedaje obligados tal vez por la orden del gobernante de la urbe que mandaba se diese alojo provisional y gratuito a quienes llegasen coterráneos de los colonos. Casi de la puerta, en la escalera de subida, vi árboles pequeños recién plantados en la alameda por el mandato de su excelencia el virrey don Luis de Velasco y al llegar la oscuridad, en el subyugante peso de las noches, durmiendo los tres en la misma galera, mientras el mozo lanzaba ronquidos largos, la mozuela buscaba conmigo su ayuntamiento en mi lecho improvisado de tablas. Yo permanecía en sosiego, mientras ella desabotonaba mi camisa erizando a besos la vellosidad de mi tórax. Luego su mano desaprisionaba botones y prendas de mi cintura y avanzaba sus dedos hasta conseguir palpar el potosí que una vez alcanzado no se niega a las mujeres. Yo una y otra vez la abastecía con largueza abarcando su figura con el tamaño furioso de mis miembros y mi talle. La sentía manjar con mi lengua de Lesbos y ella en su paladar inferior también tenía en mí bocado. Su sabor era delicioso y liberador. Luego sólo había oscuridad en mi entendimiento.

Universidad Autónoma de Puebla. Google images
Universidad Autónoma de Puebla. Google images

Después, conseguí empleo y adquirí licenciatura y Maestría en la Universidad Autónoma de México. Más tarde me ofrecieron trabajo como profesor en la Universidad Autónoma de Puebla. La vida transcurría trivial por la dermis clara de los días hasta que una mañana, una estudiante esbelta, con dibujo atractivo de facciones en el rostro, me dijo que “usted era mi esposo, recuerde que usted se desempeñaba en el campo de las leyes y, llegada la hora, pasaba a recogerme a mi colegio de habilidades culinarias”. Le respondí que no dijera esas cosas, que no las inventara, que por qué razón las decía, ¿en qué se fundamentaba? La única respuesta fue que todo para ella era recuerdo. Yo nunca le dije nada, pero la particularidad de sus rasgos me atraía con una fuerza insoportable. A penas fui capaz de sustraerme de aquella esencial acción del relato para no precipitarme a un remolino de ideas y de sentimientos en el fondo de mi existencia. Por entonces, sin saber por cuanto tiempo, casi sin control viví en azoro constante y con vergüenza callada frente a los individuos de mi medio con quienes establecí cercanía pues además observaba equivalencias precisas entre mis seres queridos de la infancia, sin dudarlo, mi niñez había sido destino: el coordinador de mi escuela era un anciano español que ostentaba el carácter exigente, noble y bondadoso de mi padre; el jefe de los posgrados equivalía a mi hermano, al hijo mayor de mis padres; otro colega presentaba similitud de personalidad con otro de mis hermanos, el más recto y el más religioso. Una profesora por su manera de ser y su físico mostraba un gran parecido con mi hermana. Y otra profesora, la de mayor edad, en comportamiento, trato y, hasta en el nombre, representaba a mi madre. En el centro de aquel torbellino me preguntaba ¿qué sería la vida? Y al responder estuve convencido de que su forma no es diferente a los cuernos de carnero, a la espiral de los caracoles o a las capas infinitas de la piel de una cebolla.


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