EL AROMA DE LA ILAMA. Autor: Antolín Orozco Luviano

El Aroma de la Ilama. Img Antolín Orozco

La tierra húmeda nos daba su aroma, su olor que todavía guardo en mis sentidos. Tenía sabor de adobe, de barro, de tinaja, de surco recién abierto…


De los grandes placeres que nos da la vida.  Antolín nos comparte con su talento de hacernos vivir, sentir, oler y soñar cual si hubiéramos sido testigos de sus vivencias…


Antolín y su tía Maximina Orozco Gutiérrez en el jardín de su casa.
Antolín y su tía Maximina Orozco Gutiérrez en el jardín de su casa.

Les comparto tres relatos breves de mi autoría que leí en el evento conmemorativo de los 101 años del natalicio de mi tía Maximina Orozco Gutiérrez, en la casa de Cultura Tlalchapa.

Antolín…


UNO. LOS RECUERDOS DE MI INFANCIA

 

El Gachupín. Img desconocido
El Gachupín. Img desconocido

Están hechos de tierra mojada, de gachupines rojos y relámpagos de junio. De mis recuerdos brincan churupetes que vuelan en la oscuridad.

Habité un paraíso inmenso, que llegaba desde el arroyito de mi casa hasta la montaña donde salía el sol. Colindaba con el cielo. Por eso las nubes eran nuestras y también las tormentas con sus truenos y relámpagos.

Disfrutaba la lluvia. Nos bebíamos el aguacero con el cuerpo desnudo. Corríamos encuerados chapoteando el agua que escurría en arroyitos de la calle. Nadie titiritaba de frío.

La tierra húmeda nos daba su aroma, su olor que todavía guardo en mis sentidos. Tenía sabor de adobe, de barro, de tinaja, de surco recién abierto.

Me encantaban los gachupines de mi paraíso. Eran suaves y hermosos como terciopelo. Nunca supe si acababan de nacer o salían por las venas invisibles de la tierra. Brotaban solitos. Los veía en el patio, en la calle, en la parcela. Los ponía sobre mi mano y caminaban despacito. Nunca me enteré que picaran o le hicieran daño a nadie. Por algo son rojos —pensaba—, rojos como el corazón. Por algo salen con las primearas lluvias. Por algo son adornos de mis fantasías de niño. Por algo…

 

DOS. EN MI PARAÍSO, LOS GALLOS JALABAN EL AMANECER.

 

Los gallos jalaban al amanecer... Img Antolín Orozco
Los gallos jalaban al amanecer… Img Antolín Orozco

Empezaban en la madrugada. Despertaban y se paraban firmes divisando una estrella. Trepados en su rama de árbol-dormitorio, aleteaban sobre su cuerpo, y su canto alegre se escuchaba a coro en la distancia, hasta que llegaba la alborada.

Con cada canto y aleteo, la oscuridad de la noche desaparecía poco a poco. Más de quinientos gallos participaban en la misión natural de jalar el amanecer hacia el paraíso. Triunfantes, bajaban de su árbol de ciruelo, de cascalote o de mezquite, cuando su misión había concluido.

La claridad llegaba a mi enramada. Por los huecos de las nubes pasaban los rayos del sol. Y la tierra y el cielo se llenaban de luz. Un día más entraba por mis ojos y se escondía en mis recuerdos. El patio era un alegre mundo de gallinas y pollitos con un gallo que diariamente traía el amanecer.

TRES. EXTRAÑO LA MADRUGADA GRANDE.

 

Testigos de la Madrugada Grande. Img Antolín Orozco
Testigos de la Madrugada Grande. Img Antolín Orozco

No he vuelto a ver luceros ni estrellas como los del cielo de mi infancia. Desde otra latitud, se ven diferentes. Algo les falta. Quizá el canto de los grillos al mirarlos o las estrellas fugaces que pasaban atrás de la montaña.

El madrugador lucero “atolero”, muy activo en otros tiempos, está como olvidado. Ya casi nadie lo mira ni le hace caso. Era una brillante referencia para levantarse en la época que no había relojes. Cuando los demás luceros ya se habían ido a descansar, fatigados de alumbrar toda la noche, este lucero brillaba solito con mayor intensidad. Era la hora de levantarse en el paraíso y empezar los quehaceres del día.

Los hombres afilaban su machete para irse a trabajar en el campo; las mujeres se disponían a moler el nixtamal en el metate y a encender la lumbre del fogón. Aún oscura la mañana, se tomaba en los hogares un calientito atole de grano de maíz sin azúcar, que acompañaban con mordiditas de piloncillo o de melcocha. Con esa energía a media luz, iniciaba la esperanza del nuevo día. El siglo XX del pueblo no había llegado tan lejos.

 

 

 

Les comparto también imágenes de la exposición de mis amigos los pintores. Darwin Cárdenas y Abraham Flores

Antolín Orozco Luviano


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