El GATO. Autor: Tarsicio Salgado Tovar

El Gato. Google images

Inesperadamente, como un aparecido, se le presentó el Gato, empuñando tremendo puñal. La amenazó: -Jalas pa’l monte o qué… Y jaló.


En esta ocasión el Prof. Tarsicio nos comparte un cuento de una de las rancherías más bravas del pueblo de Salvatierra, de hechos ocurridos por allá de los años 50’s del siglo pasado. Tan fantástico que fue real…


Lo llamaban así por el color de sus ojos, pero además era ágil, musculoso; astuto, decidido y sereno. No tenía ni siquiera veinte años.

Los federales habían matado a su padre en una redada porque cultivaba mariguana en la espesura del monte. Desde ese día estuvo preparado para no dejarse atrapar. Nadie conocía como él tos escondrijos y peligros de la espesura agreste de esa región.

Vivía con su madre asmática, en una cabaña en la que a simple vista predominaban las carencias, pero que, viéndolo bien, contaba con muchos adelantos de la comodidad citadina. Las camas, la televisión y el radio marcaban la diferencia y una manera distinta de vida.

Adriana de los Ángeles. Google images
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Adriana de los Ángeles era una muchacha pueblerina, buena y recatada. Recién había terminado de estudiar en la Normal de Salvatierra y milagrosamente, sin tener que dar ningún enganche, le habían dado trabajo en un pueblito que no aparece en los mapas, llamado Las Cruces.

Era de familia humilde, de padres honrados y novia de Toño, un muchacho que había emigrado a los Estados Unidos en busca de fortuna para poder casarse.

Llegar a Las Cruces fue toda una hazaña. De Salvatierra a Eménguaro las molestias fueron mínimas, pese al mal estado del camino y a las pésimas condiciones del camión que parecía Arca de Noé destartalada y chirriante.

Siguieron de ahí a La Palma dos horas de camino a pie bajo el sol ardiente, que le pasaron desapercibidas, por la amabilidad de los rancheros que la saludaban.

De La Palma al Mogote, el camino pedregoso se empinaba y los pies de Adriana de los Ángeles se empeñaron en tropezarse.

Del Mogote a Las Cruces otra media hora sobre un camino de mulas, orlado por maleza tupida, polvorienta y monótona.

Al fin, los ladridos de los perros, el paulatino aparecer de las primeras casas y los chiquitines juguetones, le dieron la seguridad de que había llegado.

No se dio tiempo para descansar, de inmediato buscó y encontró al Delegado, le entregó una carta en la que el Supervisor le pedía que la protegiera y le proporcionara alojamiento y facilidades para desempeñar sus funciones. Fue bien recibida, especialmente por las mujeres que ya estaban ansiosas por el inicio de las clases.

Las Cruces es un pequeño poblado de no más medio centenar de casas, malavenidas en cuatro calles que quieren ser paralelas dos a dos, pero que, por caprichos del relieve, se acercan, curvean o se alejan, sin remedio.

Habitan el pueblo cerca de cien personas, casi todas niños o mujeres adultas, porque los hombres y las mujeres jóvenes emigran a Estados Unidos en busca de trabajo.

Las mujeres son sencillas y serviciales, aunque un poco desconfiadas. Los varones de edad y, en general, los demás hombres siembran los campos, muchos de ellos con mariguana en la parte más oculta de los montes.

Escuela Rural. Google images
Escuela Rural. Google images

La escuela es un solo cuarto con cuatro paredes de piedra. No tiene puertas ni ventanas, que poca falta le hacen pues no tiene gran cosa que guardar.

Adriana de los Ángeles no perdió el tiempo, reunió a las madres de familia, les avisó que las clases comenzarían al día siguiente y les pidió su apoyo.

La esposa del Delegado le ofreció hospedaje y las demás se deshicieron en atenciones y consejos. Les dijo también que los viernes, al terminar las clases, volvería a Salvatierra a ver a sus padres. Insistieron las señoras en que nunca transitara sin compañía ni se desviara del camino principal porque había muchos peligros.

Los regresos de la maestra a su casa se hicieron rutinarios y sin novedades. Las desconfianzas menguaron al grado de que llegó a rechazar la comitiva de las señoras que se turnaban para acompañarla hasta Eménguaro.

Llegada la temporada de lluvias, algunas veces tuvo que cambiar su día de regreso de viernes a sábado o hasta a domingo.

Una vez no pudo hacerlo sino después de dos semanas, retó a la lluvia y se encaminó al Mogote sin compañía ni equipaje, semiprotegida por una sombrilla. Arreció el temporal y tuvo que refugiarse en una gruta, al lado del camino.

Inesperadamente, como un aparecido, se le presentó el Gato, empuñando tremendo puñal. La amenazó: -Jalas pa’l monte o qué… Y jaló.

La vereda era fangosa y cuando resbalaba tenía que levantarse por sí misma.

Por fin llegaron a la guarida del raptor. Adriana permaneció espantada, trémula, tiritando de frío.

El Gato veía en la oscuridad y sabía la colocación exacta de sus cosas. Encendió fuego que no hizo humo. La empujó a un rincón y se abalanzó sobre ella. Se portó como una fiera insaciable, hasta que el cansancio lo venció y se quedó dormido.

A pesar del tormento, tal vez por el miedo, por el frío o por la soledad, Adriana se acurrucó junto a él en busca de calor y protección.

El paso de los días no mejoró su situación; por el contrario, al agridulce maltrato sexual se agregó una que otra paliza y la obligación de proporcionarle las atenciones de aseo y cocina.

La primera semana no la echaron de menos ni en su casa ni en Las Cruces, porque unos la suponían segura con los cuidados de los otros.

Los siguientes días sí fueron de alarma, al grado de que el Delegado se presentó en la casa de los padres de la maestra para informarse de la causa de su ausencia. Enterados y llenos de alarma, éstos decidieron dar aviso a las autoridades.

La desesperación llevó al padre de Adriana de los Ángeles a las Cruces en busca de su hija, sus investigaciones lo llevaron al monte, se internó en él y jamás regresó. Toño, el prometido, corrió la misma suerte.

Aparentemente, la profesora se había resignado pero, cuando la ausencia del Gato se prolongaba, le ganaba la melancolía, recordaba a sus padres y aunque le era triste aceptarlo sentía nostalgia por su agresor.

Poco a poco se familiarizó con el entorno de su covacha y se aventuró a conocer más allá del lugar donde la tenía su raptor.

Una vez se atrevió a llegar hasta un barranco. Ahí unos zopilotes devoraban los cadáveres de dos hombres que resultaron ser el de su padre y el de su novio. Ambos tenían el cráneo deshecho y yacían junto a las enormes piedras con que les habían arrancado la existencia.

El desconsuelo, la angustia y la desesperación la pusieron histérica y perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, se apoderó de ella una ira infinita y, mientras cubría a sus difuntos con piedras para protegerlos de la voracidad de los animales, juró que haría pagar sus crímenes al asesino.

Se convirtió en una mujer fuerte, decidida y calculadora que pacientemente esperaba a su enemigo para hacerse justicia.

Era noche de luna llena y coyotes. El lejano y suave movimiento de algunas hierbas le avisó que había llegado el momento. En efecto, tambaleante y equivocando el paso, se aproximaba, ebrio, el Gato. Salió a su encuentro, se las ingenió para que se abrazara de ella y lo arrojó al rincón. No le dio instante de reposo, no le permitió dormir, jocosamente se burló de su impotencia y cuando el sueño y el agotamiento vencieron definitivamente al Gato, se relajó, se metió entre sus brazos y también se durmió.

Despertó antes que él, empezó a divertirse de nuevo con su cuerpo, lo hizo entreabrir los ojos y reanudó, sin respuesta, los juegos de excitación, pero el otrora insaciable sátiro, vergonzosamente no pudo salir de su estado de flacidez.

El Gato no tuvo más remedio que inventar urgencias y le avisó que estaría ausente por un tiempo. Le dio indicaciones precisas de cómo llegar a la casa de su madre y le ordenó que ahí lo esperara.

Camino de regreso. Google images
Camino de regreso. Google images

Salió después de él. Siguió las señales y, en cuanto reconoció el camino, se desvió hacia la casa del Delegado y lo puso al tanto de sus penurias.

Ese mismo día la autoridad dio parte de lo ocurrido al Mayor Garnica, Jefe de la guarnición federal, quien de inmediato dispuso un plan para atrapar al malhechor.

Mientras tanto, Adriana, aunque fue recibida con indiferencia y celos mal disimulados por Doña Clemencia, la madre del asesino, se fue a vivir con ella.

Después de un mes, el Gato todavía no hacía acto de presencia. Había olido la trampa, pero Adriana sabía cómo hacerlo volver.

Doña Clemencia con frecuencia era presa de fuertes ataques de tos que la ponían al filo de la asfixia. Todo era pues cuestión de esperar el momento propicio. Llegado éste, Adriana, muy caritativa, le cubrió boca y nariz con un trapo hasta que se puso morada, se le voltearon los ojos y aflojó su cuerpo. En seguida se dirigió a la casa del Delegado a pedirle ayuda porque Doña Clemencia estaba muy grave.

La encontraron fría, le brotaba sangre por la nariz y por los oídos…, había fallecido.

La noticia se esparció por el monte. No tardó en aparecer el fugitivo y los federales lo atraparon. Le permitieron despedirse de su madre, como Dios manda.

Lo bajaron como trofeo, amarrado del caballo del mayor y así lo pasearon por cada una de las poblaciones que había asolado.

No necesitó que lo presionaran para confesar sus delitos, sólo pidió que le entregaran sus bienes a Adriana.

Ella sigue siendo la maestra de la escuela de Las Cruces, tiene dos hijos muy parecidos a su padre y acude cada martes, jueves y domingo a la visita conyugal para mimar a su Gato.


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