REENCUENTRO. Autor: Mario Calderón

Un Reencuentro. El Adobero

Algún día oí que una visita al mar representa un reencuentro con nosotros mismos, una renovación…


Es probable que un instante se corresponda con otro. El caso es que leía un libro de ficción narrativa recostado en un sillón de mi estudio. Cuando en una loseta frente a mí, esto es, en un Tezcatlipoca, observé la figura de un avión que volaba con rumbo al sureste. En ese momento, con la misma alegría de Arquímedes, al ver caer la manzana, subí a la recámara a buscar a mi mujer para comunicarle que seguramente muy pronto, durante el año, habría un viaje tal vez a Sudamérica. Vamos a ver si sale cierto. Me contestó y continuó limpiando los muebles.

Pasaron tal vez tres meses cuando un día, al regresar mi mujer de la casa de sus padres, me contó que, como varios miembros de su familia trabajan en Aeroméxico, la línea aérea nos obsequiaba cuatro boletos de cortesía para que viajáramos todos casi gratuitamente a cualquier parte del país. Ese día decidimos que podríamos ir de vacaciones a Cancún, sitio que todavía no conocíamos.

Llegó el día señalado, subimos al avión y al observar a ratos nubes abajo, nubes arriba así como paisajes verdes en miniatura, la altura invadió mi cuerpo y me sentí elevado, conmovido.

Ya en Cancún mi familia y yo entramos a un mar azul y quieto. Algún día oí que una visita al mar representa un reencuentro con nosotros mismos, una renovación. Quizá esa idea tenga sentido ya que ir al mar es un enfrentamiento con la propia inmensidad, la propia masa vital o la propia incertidumbre que necesariamente implica un cambio del individuo. Disfrutamos la comida, la paz y la sensibilidad del tacto estimulada por el agua. Aquel día, de tan breve, sin hacerlo consciente nos pareció semejante a un solo rayo de luz que se provoca con un espejo.

Xcaret. El Adobero
Xcaret. El Adobero

Al día siguiente viajamos a Ixcaret que significa “pequeña caletilla”, es decir, pequeña porción de vida. Recorrimos con lentitud el parque, reconociendo ahí un lugar que forma parte de todos los humanos. Yo, en ese lugar olvidado, pero real en alguna parte de mi personalidad o de mi pasado experimenté una especie de vértigo. Ahí regresamos a la placenta a través de un río bajo la madre tierra, un río subterráneo con una extensión mayor a un kilómetro. Ahí observamos que las tortugas eran gigantes y la agresividad incipiente estaba representada por un cachorro. En aquella posibilidad o en aquel sitio me sorprendió que mi parte femenina, mi mujer, no se hallara en aquel río. ¿Desde mi origen soy demasiado masculino? ¿La evolución en ese sentido o la masculinidad excesiva de qué estará cercana? Vi además peces, papagayos y delfines: sensualidad, facundia e inteligencia. Y regresamos al hotel donde nos hospedábamos.

Otro día fuimos de excursión a Chichen Itzá o “La boca de los dioses”, probablemente el Sí-mismo según opinaba Carl Jung; al fin conoceríamos esas ruinas, materialización de una etapa de precocidad infantil olvidada: edad donde escribimos los nombres a las cosas porque apreciamos su presencia igual a un milagro de la naturaleza. Al pisar aquel suelo sentíamos que poníamos los pies sobre un país de sueño, una posibilidad desconocida y olvidada de nuestro pasado: subimos a la pirámide “El castillo” y supimos que nos encontrábamos en un monumento que alguna vez levantamos en honor al tiempo: noventa escalones en cada uno de los cuatro costados para sumar trescientos sesenta, los días del año. En la arista oriente, durante el equinoccio de primavera se nos dijo que descendía la serpiente emplumada, Quetzalcóatl, formando su cuerpo a partir de las sombras. Probablemente el fenómeno constituyó un recurso fino de la clase dirigente para subyugar a las masas. Supusimos que debe suceder un fenómeno mítico en cada arista de la pirámide, fenómeno correspondiente al equinoccio según la mitología del punto cardinal correspondiente: al poniente, tal vez el de la casa del sol, al sur, quizá el del color azul y al norte, probablemente el de la muerte.

Chichenitzá. Google images
Chichenitzá. Google images

Oímos que un aplauso encerraba en el eco el secreto del número siete por repetirse siete veces. Hallamos la misma clave en el juego de pelota donde actuaban siete jugadores. Dedujimos que la enigmática clave pudo derivarse de los hebreos o del mundo egipcio porque también encontramos entre las reglas del juego, escritas en una estela, la cruz como evidente símbolo de sacrificio.

Vimos que repentinamente se formaron nubes y, de la misma forma, pronto se soltó una tormenta como si ahí se encontrara el nacimiento o la casa de la lluvia.

Entonces, mi familia y yo, igual que todo México, experimentamos, apenas unos días antes que el presidente de México, Ernesto Zedillo Ponce de León, haciendo honor al significado de su nombre y de su apellido, había sido “veloz y resistente cediendo” el poder, la presidencia de la república en las elecciones del dos de julio, al candidato del PAN, el partido conservador, Vicente Fox Quezada “el zorro vencedor de la quezada” y quezada tal vez tenga la connotación de riqueza, bienes creados en beneficio del pueblo.

Toma de posesión de Vicente Fox. Google images
Toma de posesión de Vicente Fox. Google images

Sin embargo, también ahora en los noticiarios de la televisión, veíamos una gran preocupación en México por el tema del aborto. El Partido de la Revolución Democrática, el de la izquierda mexicana, opinaba que debía legalizarse y que, de esa manera, se reconociera que las mujeres fueran dueñas de su cuerpo; el Partido Revolucionario Institucional apoyaba también la posibilidad de abortar, en cambio, el partido Acción Nacional, recién nacido como gobierno, se oponía de manera rotunda aunque el embarazo, opinaba, fuera resultado de una violación. El PAN se oponía al aborto con la conciencia de que la criatura naciente procedía de su semilla.

Finalmente ese año, al llegar diciembre, el PRI entregó el poder al nuevo presidente de manera pacífica: apareció un nuevo México, un país con madurez democrática.

 

 

 


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