LA VÍA LÁCTEA DE MI ADOLESCENCIA. Autor: Antolín Orozco Luviano

La Vía Láctea de mi adolescencia

“Carpintera”, “Negra”, “Novia”, “Ojos Negros” caminaban despacito por el callejón. Sus ubres generosas eran la alegría de sus becerros y la promesa de una mañana de leche tibia en el corral y delicia con calabaza en miel del desayuno…


Nuestro amigo Antolín nos comparte del morral de sus recuerdos la sencillez de su vida de adolescente en su tierra, la Tierra Caliente. Nos recuerda que la felicidad está en las cosas sencillas, cotidianas y en la familia, y nos remonta a la vida campirana, ahora casi perdida de nuestro México Mágico.


Con dedicatoria a mis padres Isaac Orozco Gutiérrez y Romana Luviano Valencia, q.e.p.d…

La Vía Láctea de mi adolescencia era el camino de la leche fresca de mi pueblo. No tenía que ver con estrellas, sino con vacas, potreros, callejones, corrales y, por supuesto, con ordeñadores y becerreros. Cuento esto por si alguien de las nuevas generaciones quiere asomarse a la cubeta espumosa de leche tibia, que chorrito a chorrito salía de las tetas, ordeñadas suavemente al oprimirlas con las manos.

Primeramente, por las tardes, iba montado en mi caballo a arrear las vacas al potrero
Primeramente, por las tardes, iba montado en mi caballo a arrear las vacas al potrero

Tener un rico vaso de leche fresca en la mesa, implicaba un trabajo de campo en el que me gustaba ayudar. Primeramente, por las tardes, iba montado en mi caballo a arrear las vacas al potrero para llevarlas al corral de la casa. Me compañaba mi perro, que por el camino correteaba cuiniques que escapaban ágilmente trepándose en las ramas de cuíndiras y pinzanes.

El bufido de toros y bramar de vacas y becerros le daban voz al campo. Y cuando se juntaban el relincho de caballos, la percusión incesante de chicharras, el croar de ranas en las charcas, el canto fino de las primaveras, entonces, lo que se oía, era un himno natural del paraíso.

El potrero de Los Pinzanes de Campo llegaba hasta la falda del Cerro Caliente. Se veía desde ahí una imagen de campo vestido con flores de duraznillo. El arroyo de La Ciénega se distinguía por su ribera verde de huijules y pinzanes donde hacían sus nidos las calandrias.

Las vacas comían hasta el atardecer. Les gustaba el zacatito verde que encontraban bajo la chamiza y el rastrojo. Les hablaba por su nombre de manera repetida y volteaban a verme en el caballo; luego, masticando pasto, empezaban a caminar por la vereda.

La tarde despejada sonaba a mugido de toro. El cebú corneaba un matorral de apáricuas verdes, desparramando avispas, llevándose bejucos en su cara. Al bajar al arroyo, rascaba la arena y embestía el paredón, echándose terrones de barro sobre su lomo. Era el desafío contra el olor de otro toro que pudo haber pasado por ahí.

 

“Carpintera”, “Negra”, “Novia”, “Ojos Negros”
“Carpintera”, “Negra”, “Novia”, “Ojos Negros”

“Carpintera”, “Negra”, “Novia”, “Ojos Negros” caminaban despacito por el callejón. Sus ubres generosas eran la alegría de sus becerros y la promesa de una mañana de leche tibia en el corral y delicia con calabaza en miel del desayuno.

Tolvanera en el camino, bramido de toros, vacas en celo, perros ladrando, pelea de sementales, jueriar de vaqueros, saludo de paisanos, sol que se mete, tarde en mi pueblo, recuerdo que se adhiere a los árboles.

La oscuridad imponía silencio y encendía la música de grillos —no había luz eléctrica— y en esas apacibles noches del paraíso, el pueblo se tiraba en la cama antes de que callera el sereno y la Ronda pasara por las calles. Un sonido de quijadas se escuchaba en los corrales. Eran las vacas echadas que en la intemperie rumiaban bajo los luceros.

La mañana era luz, era canto, era vida que despierta. Hombres y animales se hablaban, se entendían, interactuaban; formaban una algarabía inolvidable en todo el pueblo: los gallos, con su aletear y su canto; los becerros, con su bramido infantil; las vacas, mugían con instinto materno; el caballo, al ver a su dueño le llamaba con relincho; las gallinas, perseguían por el patio a las abuelitas o a los niños que les daban de comer; los perros daban los buenos días con su cola; los cuches, en sus chiqueros, al ver a los de la casa, recordaban que tenían que comer y con chillidos pedían su maíz, su tejate, sus tortillas tiesas. La boruca de pericos en bandada se disipaba en el aire y cientos de pajaritos negros, con su canto de tordos, se posaban en las ramas de cueramos.

Amaneciendo Dios...
Amaneciendo Dios…

“Amaneciendo Dios”, me levantaba y lo primero que hacía era llevar cubetas y reatas al corral; me tocaba pialar las vacas para que mi papá las ordeñara. Cuando una ternera era bruta, yo detenía la cubeta por el riesgo de que reparara y derramara la leche. Cuando eso ocurría, se oían disparates en los corrales.

A las vacas les gustaba que las chulearan: “Vente, bonita, bonita, bonita”. Algunas se tranquilizaban hablándoles suavemente. Otras eran rejegas y entonces se oían palabras rasposas de los vaqueros, que al parecer ellas entendían porque su ubre no soltaba ni un chorrito de leche. Papá tenía presente que cuando las vacas se enojaban, no se podían ordeñar, y para que se estabilizaran debían amamantar nuevamente a sus becerros. Después supe que su sistema nervioso automáticamente les impide que fluya leche si se encuentran estresadas.

Al finalizar la ordeña, la leche se destinaba al consumo familiar o para hacer quesos de manera artesanal, luego se abrían las puertas de corrales para llevar las vacas al potrero, y volvía a las calles el encanto natural de la vida de rancho: hombres con sombrero, de a pie y de a caballo, arriando ganado con su reata de lazar en la mano, con el grito de “¡juera! ¡juera!”, del arrear calentano, con el ladrido de perros y el mugido de toros celosos de sus hermosas vacas.

Largas hileras de ganado se formaban desde la plaza. En un desfile colorido: reses blancas, negras, pintas, bermejas, deslavadas, barzinas o de colores hosco, barroso y jaspeado, caminaban presurosas hacia sus respectivos potreros arreadas por sus dueños o vaqueros.

Por la calle de “El Corajudo” pasaban las vacas de Don Eustorgio Núñez. Rodeando el Zócalo, caminaban las de Genara Bonilla y don Sergio; por ahí iban las de Juan Núñez, de Octavio Sotelo, de Adán Ugarte, del médico Santana. Todos en paz descansen.

La bendita ganadería que me tocó ver y vivir en mi infancia fue un sólido pilar en la economía del pueblo; y gracias a ella no hubo desnutrición en el paraíso. Mi padre decía que era el milagro de los montes, porque ahí en la matonera, en lo tupido del monte, en la tierra pedregosa de los cerros, donde no crece el maíz, ahí nacen becerritos que alegran al mundo cuando retozan.

Lo pintoresco del pueblo se acentuaba con la vida campirana. Hombres a caballo, niños en ancas, burros cargados de leña, ganado en los corrales. Desde las céntricas calles hasta la periferia, todas las tardes y mañanas eran ir y venir de vacas. En diferentes direcciones pasaban las de Don Esteban Albarrán, de los Salazar, de Lalo de la Paz, de don Pedro González, de don Roberto Martínez, de mi papá El Compachá Isaac Orozco, de mi tío Félix Orozco, de mi primo Chayo Orozco, de Alfonso Aguirre, de Chuche Albarrán, de Los Leyva, de Doña Braulia, de don Alfonso Navarrete, de Susano Real, de Heriberto “El Viejo Beto”, por citar unos cuantos vecinos ganaderos.

Una muchacha jovencita llegó con sus hermanas y su mamá a establecerse al pueblo. Compraron una casa a media cuadra de la de Don Gerardo Orozco. Llegaron con su ganado: vacas, borregos, chivos, abejas, gallinas, cerdos. Ella era muy alegre. Cantaba haciendo quehacer. A ella le tocaba navegar con los animales. Pialaba las vacas, las ordeñaba y las llevaba al potrero. Esa muchacha bonita fue mi madre Romanita. Ahí se conocieron con mi papá cuando un día él se comidió a ordeñar sus vacas.

Por eso yo sigo los designios de la vía láctea. Aunque el paraíso cambió, la leche tibia recién ordeñada en los corrales del pueblo, que ya no existen, sigue presente en los desayunos lejanos de toqueres y calabaza en miel. En el pueblo del siglo XXI con su hermoso zócalo y calles pavimentadas ya no se ven hileras de vacas por las calles, sino automóviles, camionetas y motos. Mi casa paterna sigue estando en el mismo lugar, donde mi abuelo puso los cimientos y pegó los adobes, donde mis padres y mi perro aguardan siempre mi regreso aunque ellos ya no estén…

Antolín Orozco Luviano


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