EL SABINO. Autor: Tarsicio Salgado Tovar

Las aguas violentas del Lerma

Era buen nadador, de los pocos que se atrevían a lanzarse al río desde lo alto del puente viejo y de la saliente del salto…


Cuentan los viejos que a principios del siglo pasado los festejos populares de la ciudad eran atractivos, concurridos, gratuitos y llenos de ingenio.

Las conmemoraciones de los aniversarios de la fundación de la ciudad hacían de cada 9 de febrero un suceso que se comentaba con algarabía por mucho tiempo.

Se celebraba al mediodía una solemne Misa de Tres Padres, con sermón de alguno de los mejores oradores religiosos de la Diócesis, que bien podía ser Don Gilberto Farfán, Don Eliseo Albor, Don Rogelio Navarrete o algún otro traído de fueras para ensalzar a la Dueña de la Ciudad e inventar méritos a sus fundadores, que pudieron haberlos tenido, pero no tan refulgentes como pretendían atribuírselos. Al concluir la celebración religiosa se entonaba un ceremonioso Te Deum y se daba la Bendición con el Santísimo.

A las dos de la tarde el Honorable Ayuntamiento ofrecía a los notables de la ciudad un Banquete de Honor del que disfrutaban los ricos, los sacerdotes, las religiosas y los presidentes de los clubes sociales. La crema y nata de la sociedad de Salvatierra se dirigía en seguida al Teatro Ideal donde tenía lugar un festival literario musical con la participación de oradores, declamadores, concertistas y actores de teatro.

Plaza de Armas. Salvatierra. Guanajuato
Plaza de Armas. Salvatierra. Guanajuato

Mientras tanto, el pueblo, concentrado en la Plaza de Armas, hacía los honores a una extensa variedad de muy sabrosos antojitos regionales, ofrecidos en kermés a precios módicos, deleitándose también con las piezas que ejecutaba en el kiosco una de las mejores bandas de música de viento, las que por cierto eran ya famosas en todo el país.

A partir de las cuatro de la tarde, la verbena se desarrollaba frente al Palacio Municipal, ahí se llevaban a cabo divertidos juegos recreativos tradicionales, como el comal tiznado y las monedas enharinadas para los pequeños; y las carreras de burros y el maratón de borrachos para los mayores.

Esta competencia era muy festejada. Iniciaba frente a Palacio Municipal donde los competidores, la mayor parte ebrios consuetudinarios, trabajadores del rastro o mecapaleros, debían ingerir un vaso de aguardiente de un cuarto de litro y dirigirse corriendo a la cantina de Gonzalo “La Chirringa” a repetirse la dosis, de ahí a toda prisa enfilarse al tugurio de “La Tripa” y volver a beber la ración de licor. Esto debía repetirse en los negocios más conocidos del ramo como “La Gloria”, “El Infierno”, “El Paralelo 38”, “La Muralla”, “El Gato Negro” y terminaba donde había iniciado.

Con frecuencia alguno de los competidores pasaba a mejor vida porque su corazón no soportaba el estímulo agobiante del alcohol y del esfuerzo físico. Uno de los últimos muertitos había sido “El Chupao” que, habiendo ganado, no pudo recibir el premio: una cobija, unos guaraches, un pantalón y un diploma; a cambio el Ayuntamiento acordó pagar sus últimos gastos.

Después, el vencedor por varios años fue un hombrecillo que parecía insignificante. Le decían el “Comino”. Parecía mosca muerta, inofensivo, incapaz de molestar a nadie, pero todos sabían que era una alimaña. Aunque no lo crean, se paseaba descaradamente por el centro de la ciudad como si fuera un vecino común, tranquilo, pacífico, platicador, juguetón, vivaracho y hablador.

Era hijo de Don Nicolás Abúndiz, el rebocero; su madre fue Doña Tomasa Pérez, de los Pérez de las Presitas y vivía por la calle del Padre Eterno.

Sus únicos estudios los hizo en la universidad de la calle y su especialidad la inició en la cantina del Gato Negro y la terminó en la cárcel, de la que entraba y salía con pasmosa frecuencia y facilidad.

Era buen nadador, de los pocos que se atrevían a lanzarse al río desde lo alto del puente viejo y de la saliente del salto. Sus puños eran certeros, golpeaba por rencillas, por gusto o por encargo. Manejaba con extraordinaria eficacia y sin remordimiento el verduguillo corto, le era igual matar a un animal que a un cristiano.

Tenía amedrentados a los policías y a los licenciados del ministerio público. Fue el causante directo de que el maratón de borrachos no volviera a llevarse a cabo en las fiestas de aniversario de la fundación de la Ciudad.

En efecto, el 9 de febrero del año 1925, ganó la carrera, pero Blanquita, la hija del Presidente Municipal, no quiso entregarle el premio porque le tuvo asco y miedo. El “Comino”, lleno de ira, la mató con su verduguillo y huyó.

El Sabino
El Sabino

Fueron tras él algunos valientes. A toda velocidad tomó la calle de Madero, cruzó El Infiernito, llegó a la orilla del río, buscó el lugar indicado y ante la mirada estupefacta de sus perseguidores comenzó a correr sobre las aguas violentas del Lerma.

Si lo mismo hubiera hecho algún otro cristiano, el pueblo lo hubiera aclamado como santo, pero, habiéndolo hecho el “Comino”, no podía haber sido sino obra del diablo. Por lo que el valor de sus rastreadores desapareció y pudo escapar.

A los pocos días disminuyó el caudal del río, alguien avisó a los policías y ellos recogieron el cuerpo del hombrecillo, atorado entre la fronda de un sabino que había caído sobre el cauce y atravesaba de lado a lado el torrente.

Ese fue el fin del “Comino” que, en las tardes de verbena a la orillita del río, chapotea sobre el sabino que se cansó de salvarlo y que, finalmente, lo atrapó entre sus ramas ahogadas.

 


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