LA ESCUELA OFICIAL. Autor: Antolín Orozco Luviano

Grupo de primaria de la escuela oficial

… la Escuela Oficial mantiene el mérito de ser en mi pueblo el primer escalón del abecedario, del silabario, de la luz que dan las letras y el conocimiento…


Nuestro amigo Antolín nos comparte recuerdos de su infancia, que por azares de la vida, nos parece que a todos los niños de esos tiempos nos pasaron cosas iguales, los recuerdos se repiten en cada uno de nosotros, nos parece la misma escuela los mismos compañeros, los mismos maestros. En resumen, somos compañeros de la misma vida.


En esta escuela cursé el cuarto grado de primaria. Es la más antigua de mi pueblo. Se ubica en la plaza principal de Tlalchapa. Así lucía en los años sesentas; tenía al frente el monumento que sostenía el asta bandera; ahí, en plena plaza, se llevaba a cabo el homenaje a la bandera y también los programas cívicos. En ese tiempo, la plaza y todas las calles del pueblo eran de tierra. No había una sola calle empedrada o pavimentada.

Ahí aprendieron a leer y a escribir muchas generaciones de hombres y mujeres de mi tierra. En los años veintes, treintas, en esta escuela sólo estudiaban las niñas de primero a tercer grado. La escuela de los hombres, de primero a tercer grado, estaba en la esquina de la plaza, donde posteriormente fue la casa de la señorita Chabela Aguirre. Ahí, un solo profesor atendía a los tres grupos. Eran más de cien alumnos y estudiaban de mañana y de tarde.

El grado máximo de estudios en ese tiempo era el cuarto grado de primaria y se impartía en la escuela oficial. Los niños —que ya no eran tan niños sino adolecentes o jóvenes—, que pasaban a cuarto grado, acudían a esta escuela. El grupo de cuarto grado ya era mixto, de mujeres y de hombres. El maestro tenía facultades de castigar, de darles reglazos a los alumnos o pegarles con vara, cuando no ponían atención en clase. También se impartían valores de respeto, respeto a los mayores, a los ancianos; honestidad, honradez, se castigaba al mentiroso y al flojo.

Tanto mi papá, Isaac Orozco, que nació en 1915, como mi mamá, Romana Luviano, que nació en 1929, fueron a esa escuela en diferente época. Me contó mi padre que cierto día, un compañero de grupo le dio a leer una carta que enviaría a su novia que iba en el grupo de tercero. Mi papá le hizo un comentario, y se dio cuenta el maestro Marcial Hernández. A los dos les pegó el profesor. A uno le dijo que sus padres no lo enviaban a la escuela a escribir cartas de amor. Al otro, le dijo que iba a la escuela a estudiar, no a ser secretario particular de su compañero. Ninguno se quedó resentido o traumado porque los castigó el profesor. Recordaban a su maestro con respeto y agradecimiento.

Cuando la escuela oficial ya era de organización completa, la maestra Tefita —Estefanía Mondragón—, se especializó en impartir primer año de primaria. Era buena, atenta, enérgica, de cabellera blanca, bien peinada, lucía siempre su peineta. Los niños, que ya no eran tan niños, aprendían o aprendían a leer. No había de otra. En ese tiempo ella tenía la facultad de emplear todo el rigor de la disciplina. Contaba con la anuencia y agradecimiento de los padres de familia, para jalar de los “diablitos”, dar varazos o, con buen tino, lanzar el borrador a los alumnos que no ponían atención a su clase. Nadie quedó traumado con su borrador. Sus alumnos la recuerdan con cariño. Un Jardín de niños de Tlalchapa lleva su nombre.

Mi maestra de cuarto grado fue Agapita Avilés, quien nos impulsó a trabajar en equipo; a hacer coloridos mapas de México, para conocer nuestro país sin haber salido del pueblo. Recuerdo que me tocó hacer el mapa de líneas férreas, cuando nunca había visto un tren. Hicimos, además, trabajos manuales para la exposición de fin de cursos.

En recuerdos lejanos oigo el bullicio escolar de ese tiempo, cuando cuatro grupos compartíamos el espacio de la sala de la escuela, pues no contábamos con aulas para cada grupo. En esa sala se hacían también los grandes bailes del pueblo, y los domingos, cerrando las ventanas, se convertía en sala de cine, donde íbamos a la matiné, que anunciaba por micrófono y proyectaba el entonces joven Témoc Núñez (qepd).

Cuando se fundó la escuela primaria federal —que lleva el nombre del profesor tlalchapense: Donaciano Gutiérrez—, la Escuela Oficial pasó a ser conocida como la Escuela Estatal, pero siempre ha tenido el nombre de “Francisco Javier Mina”.

Fachada de la escuela Francisco Javier Mina
Fachada de la Escuela Francisco Javier Mina

Sin el Monumento del asta bandera, sin esa fachada de portales de la foto, sin el escenario antiguo de la plaza —pues en la actualidad está totalmente transformada—, la Escuela Oficial mantiene el mérito de ser en mi pueblo el primer escalón del abecedario, del silabario, de la luz que dan las letras y el conocimiento. Con la alegría de haber cursado ahí mi cuarto año de primaria, les comparto estos recuerdos, con un abrazo a mis compañeros de entonces.

Antolín Orozco Luviano


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