NAVIDAD EN EL MILAGRITO Autor: El Adobero

Navidad en el Milagrito

Y ahora ¿yo de qué la voy a hacer? – pregunté. El abuelito me dijo, – de ángel ingeniero- , – no la chifle, Don Chencho, de eso no la hago ni volviendo a nacer –…


La conmemoración de la navidad y sus tradiciones han ido perdiendo vigencia, sobre todo en las zonas urbanas. La permanente aspiración de parecer lo que no somos mediante la posesión de artefactos y costumbres extrañas a nuestra esencia social, ha echado a un lado nuestras tradiciones y la convivencia personal, familiar y social en vivo, de cerca, con olores y sabores, gritos y llantos, alegrías y tristezas, que al fin y al cabo son nuestra esencia.

Les presento un cuento de una historia real en una colonia popular de Querétaro, de hace ya algunos años, aderezada con un poco de fantasía navideña, pero real al fin.


Asentamientos Irregulares
Asentamientos Irregulares

Gran parte del crecimiento de nuestra ciudad se ha dado con los asentamientos humanos irregulares, los cuales han sido tema de prejuicios e ignorancia de la mayor parte de las administraciones públicas.

Éste fenómeno no es exclusivo de la ciudad de Querétaro, sino que es recurrente de muchas ciudades de nuestro país y de otros países que no han alcanzado su desarrollo.

Sin embargo, el tema del desarrollo urbano no es el tema de este cuento, los protagonistas son las personas que viven en esas colonias, gente noble, positiva, honrada y esforzada en dar una mejor calidad de vida a sus hijos. Creo que ese debería ser el enfoque que se debe dar a la atención a estas familias, como gente.


Era el año de 1998, hace ya casi treinta años, realmente muy pocos, en el mes de diciembre. La colonia de El Milagrito iniciaba su fundación al sur de la ciudad de Corregidora en el estado de Querétaro, lo que en esos tiempos se conocía como El Pueblito. Era un asentamiento irregular poblado por aproximadamente 30 familias en esos tiempos. Yo desempeñaba en ese período el puesto de Director de Obras Públicas del Gobierno del Estado y dentro de las tareas que me habían asignado estaba la atención a las colonias populares. Yo me oponía al término asentamientos irregulares.

Mi carácter me ayudó a llevar siempre muy buenas relaciones con los vecinos de las múltiples colonias que estaban en esa misma situación. Era gente sencilla, amable y que fácilmente se podían hacer amigos. Algunas familias eran de gente mayor, otras de jóvenes parejas que apenas iniciaban su aventura en esta vida, pero en general todos de buen corazón. Obviamente con múltiples resentimientos sociales debido a los grandes contrastes en la calidad de vida con otras colonias vecinas.

En este caso, desde la lomita donde se ubica esta colonia, en ese tiempo se divisaba claramente el fraccionamiento del Club Hípico Balvanera, colonia residencial de alto nivel, con sus enormes áreas verdes que se regaban diariamente con agua potable, su urbanización de primera con alumbrado público y accesos seguros bien construidos.

Por el contrario en El Milagrito, solo se tenía el trazo de las calles con algunas piedras pintadas con cal y los lotes igualmente marcados. No contaban con accesos, ni con calles, ni con alumbrado, menos con agua potable y alcantarillado. Enormes y visibles contrastes.

Antes del día de la fiesta de la Virgen de Guadalupe me hicieron una visita algunas personas de la colonia para invitarme a participar con ellos en la posada que se celebraría el siguiente sábado por la noche en su colonia. En un principio no me agradó mucho la idea porque era costumbre de la familia pasar juntos el fin de semana en diferentes actividades, pero al ver la sinceridad y el entusiasmo con los que me hicieron la invitación acepté de buen gusto y quedamos que me iban a esperar en la entrada de la colonia a las 6:30 de la tarde. Eran los tiempos cuando en nuestra ciudad todavía se tenía la buena costumbre de celebrar las posadas durante los nueve días anteriores a la navidad.

Llegó el sábado esperado, me acompañó mi hijo Polo, que en ese tiempo acababa de terminar su carrera, y salimos en mi camioneta con rumbo a la Colonia El Milagrito. Desde nuestra casa se hacían aproximadamente 30 minutos ya que el trayecto era por la carretera panamericana con destino a Celaya Libre y posteriormente entre una brecha de tierra a medio nivelar, después de muchos brincos y hoyancos pudimos llegar.

Gente humilde pero sincera
Gente humilde pero sincera

Un grupo de señoras y niños nos recibieron en la entrada de la colonia con sus calles de tierra, casas de láminas de cartón con sus tambos de 200 litros para recibir el agua potable que les vendían unas pipas. Eran aproximadamente las 6:30 de la tarde y ya empezaba a anochecer, el crepúsculo en todo su esplendor por el rumbo de Celaya, el cielo con múltiples colores; en el invierno el cielo es más transparente. Ya empezaban a aparecer las estrellas del lado del Cerro del Cimatario, como la colonia no tenía alumbrado público el cielo era un espectáculo maravilloso, el cielo estrellado y limpio. Uno de los niños gritó – miren, las estrellas de los tres reyes magos – y otro gritó – allá está la estrella de Belem – refiriéndose un lucero enorme que lucía en el firmamento, yo dije – Es el planeta Venus – y el niño me respondió – estás loco, es la estrella de Belem, ¿que no sabes que está por nacer el niño Dios?-. Una de las señoras pretendió jalar al niño para llamarle la atención diciendo – cállate niño y no le faltes al respeto al ingeniero- yo le respondí – déjelo señora, yo también fui chiquillo y era bien canijo, mucho más que este chamaco-

Me invitaron a caminar pos sus calles hasta un terreno, el más grande de todos, que ellos decían que era su área de equipamiento y que lo iban a destinar para construir ahí un templo. Nunca supe si realmente lo habían logrado o simplemente este terreno haya sido vendido por el municipio para “fortalecer sus finanzas”. Llegamos al terreno y ahí se encontraban las demás familias de la colonia con su líder, el Prof. Eduardo León Chaín, con quien guardábamos muy buena amistad. Me recibieron muy cordialmente y entre risas me invitaron a iniciar la posada, ya estaba obscuro, en varias calles los vecinos habían encendido fogatas con leña para alumbrarnos y al mismo tiempo mitigar el frío que ya empezaba a calar.

Primeramente unas cuatro señoras mayores insistieron en que esa posada, que era la primera que celebraban en su naciente colonia, se celebrara como lo era la tradición, con el rezo del rosario y después la procesión con el misterio para pedir posada. Con las protestas airadas de los adolescentes, los niños y uno que otro papá, se inició el rosario, con el canto de algunos villancicos tradicionales entre cada misterio. Poco a poco todos los vecinos, hombre, mujeres, jóvenes y niños fueron participando con mayor entusiasmo, así mismo mi hijo y yo que el entrábamos con fe a la cantada de los villancicos.

Procesión de la Posada
Procesión de la Posada

Termino el rosario y se organizó la procesión con el misterio. Yo no veía en dónde tenían al misterio, esperaba un misterio de peregrinos chiquito de esos que se venden en los puestos ambulantes de El Pueblito. Pregunté y me contestó el abuelito más viejito de la colonia – Va a ser en vivo ingeniero y usted va a participar –, – Ah jijo – le contesté – y ¿de qué?, mientras no sea de la burra no hay problema, ese papel le toca al diputado de esta zona– le completé. Todos reímos, dimos grandes carcajadas y, para mi mayor sorpresa, voy viendo que exactamente tenían una burrita adornada para la procesión, una niña vestida de Virgen María y un chavito de San José. Y ahora ¿yo de qué la voy a hacer? – pregunté. El abuelito me dijo, de ángel ingeniero, – no la chifle, Don Chencho, de eso no la hago ni volviendo a nacer – más carcajadas de toda la comunidad. Y cual va siendo mi sorpresa que me comisionan a llevar las riendas de la burrita, recordé mis aventuras de cuando yo trabajé en la sierra y por primera vez me montaron en una mula para ir a una comunidad, escogí la más chica y en el trayecto me arrastraban las patas por entre las piedras, pero yo nunca le había hecho de arriero. Mi hijo se reía constantemente de los nervios que yo reflejaba al ir jalando la burra.

Empezamos la procesión, teníamos que recorrer todas las calles donde había familias y en cada una cantar una de las estaciones de los cantos. Algunos tramos a obscuras, solamente alumbrados con las lejanas llamas de alguna fogata pero recorrimos toda la colonia, hasta el canto final – “Pase la escogida, la niña preciosa, la flor de los campos es el arca misteriosa” –. Se repartieron los aguinaldos, muy sencillos, – con cacahuates de Salvatierra – me dijo la viejita, una caña, una naranja y algunos dulces, que me alegraron la noche al recordar mi infancia en las posadas de mi pueblo.

La Piñata
La Piñata

Y ahora la piñata, colgada de un mezquite y de un poste que habían colocado en su área de equipamiento. Primero los niños y niñas, luego las señoras… – y luego el ingeniero – grito el abuelito, – Ay en la madre, me dije. Ni modo, llegó mi turno, me vendaron los ojos con un paliacate, y a tirar palos a lo pendejo, no atiné ninguno y todos estaban riéndose de mí, sobre todo los niños. Muchos gritos y alegría, hasta que tocó el turno de los jóvenes, el más grandote de ellos era el que estaba jalando la riata de la piñata. Llegó la jovencita de mejor ver y, ¿qué creen?, por pura habilidad y cansancio cantado del jalador, que la rompe. ¡Qué casualidad!

Siguieron los ponches con piquete de tequilita, corriente pero al fin alcoholito, que nos ayudaba a mitigar el frío. Los tacos de chile con frijoles, alguna gordita de algo que parecían migajas pero al final y con la noche caminando, muy sabrosas.

-¡Que empiece el baile!-, gritó Doña Juana, una señora regordeta, chaparrita y que tenía un ojo desviado, alegre como pocas. Le gritó a su marido – ¡pon la grabadora, Pedro y un casete que te traje del mercado! -. Inició la música con una cumbia; alguien gritó – ¡que abra el baile el ingeniero!- órale, otro problema, yo soy malo para bailar, pero malo, malo… reaccioné y me pregunté ¿y con quién?… Junto a Pedro el marido de Doña Juana estaba una muchacha de no malos bigotes y pensé para mis adentros, pues ni modo, a ver si me toca con la muchacha y me sacrifico. Doña Juan volteaba hacia un lado sonriendo, yo me preguntaba, con quién se ríe si ahí no hay nadie. Hasta que recordé que estaba bizca y en la torre, que se deja venir para sacarme a bailar, gritando: – ¡Yo soy la dueña de la música, así que a mí me toca abrir el baile!-. Santo Dios, ahora sí que ofrecí ese sacrificio como penitencia por todos mis pecados presentes, pasados y futuros, y entre zangoloteadas y vueltas que me hacía dar Doña Juana, terminé más borracho con el baile que con los ponches, pero la verdad, muy contento.

Conviviendo y conbebiendo con los vecinos, pasamos un rato inolvidable, mi hijo me hacía señas como que algo le preocupaba; ah de tener que ver a la novia, pensé. Nos preparamos para despedirnos, una larga despedida y muchos abrazos, en especial uno muy efusivo de Doña Juana que junto con un beso en el cachete con olor a tequila y dos o tres raspones de barbas mal cortadas,  me hizo apresurar la despedida, bajo la mirada burlona de mi hijo.

Al ir de bajada hacia donde habíamos dejado la camioneta, nos encontramos a una joven pareja que iba subiendo hacia el lugar de la posada, eran una joven señora güera y bonita, como las güeras de Huimilpan y el joven, prieto y feo como de Chichimequillas, pareja dispareja, que cargaban un bebé en brazos. Doña Juana al verlos desde lejos gritó -¡ya llegó Pepe y Mari con su niño, se acaba de aliviar!- todos gritaron de alegría al verlos y les prepararon el mejor lugar para darles de cenar. Don Pedro dijo – Dejen les preparo un cuartito en nuestra casa, la de estos tarugos no tiene ni los muros de lámina de cartón completos. – Yo les doy una cobijas para que abriguen al niño – Que por cierto, creo que le pondremos Chuchin dijo Doña Juana.

Desde la camioneta observamos la escena con gran emoción y como coincidencia, la estrella de Belem, que decían los niños, se veía arriba de donde cenaban los jóvenes.

La mejor posada de mi vida
La mejor posada de mi vida

Mi hijo me abrazó y me dijo – Que padre pa’ es la mejor posada que he vivido-


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2 Thoughts to “NAVIDAD EN EL MILAGRITO Autor: El Adobero”

  1. Que barbaro compadre, esa no me la habias platicado. Buena historia. Saludos. Sergio.

    1. adobero

      Gracias compadre. Feliz Año

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