LA LUZ DE LA ESPERANZA. Breve Cuento de Navidad. Autor: José Luis Rodríguez Palomares

La Luz de la Esperanza

En el trayecto Susana pensaba en la cena que no preparó. “Ni el ponche, carajo”…


I

Susana abrió los ojos y el frio se metió en ellos. Temperatura bajo cero. Supuso que eran aproximadamente las siete de la mañana por la luz del sol que apenas se adentraba de manera tenue sobre la ventana.

Jaló las cobijas para taparse toda queriendo dormir un poco más pero ya no pudo. Finalmente agradeció que sean días de no llevar a sus hijos a la escuela.

A pesar de la modorra se levantó animada por ser 24 de diciembre. La Navidad. Abrió lentamente la puerta del cuarto de sus tres hijos encontrándolos acurrucados en sus camas. “Tienen frío”, pensó, y les echó otra cobija. “Total, que se levanten a las doce del día”.

Se vistió con lo necesario para ir a la tienda por algo para preparar el almuerzo. “Ya más tarde pensaré en la cena”, se dijo. Rumbo a la salida se detuvo junto al Nacimiento para apagar las luces que lo adornaban.

Vio el pesebre vacío que esperaba al Niño Jesús y esbozó una sonrisa recordando a sus hijos que cada año lo mecían y acostaban.

Al salir a la calle se arrepintió de no ponerse un gorro por el frío pero no regresó, la tienda estaba cerca. Llegó con doña Esther, una mujer de pocas palabras, con el gesto siempre serio sin disposición de hacer amigos. Una persona que siempre manifestaba recio y quedito su animadversión a la celebración de la Navidad.

“Gente hipócrita, si una no los conociera, a quién quieren engañar, todo el año viviendo en el mal y ahora quieren sacar todos los pecados que no les caben en el pecho”, era lo menos que decía.

La muerte del marido y los dos hijos de doña Esther le habían quitado el habla casi por completo. Tenía en la boca un sabor amargo que no lograba quitárselo con nada. Para ella no existían los milagros, las buenas acciones, y los rezos cristianos eran menos que nada.

Susana saludó, compró lo necesario y dio los buenos días. Doña Esther, para variar, no dijo “gracias”. Solo puso un gesto adusto.

Contusiones múltiples
Contusiones múltiples

II

Susana bajó la banqueta, cuando el sonido de un claxon, un fuerte rechinido de llantas y un golpe seco, fue lo que escuchó la gente que caminaba por el lugar.

Despertó en el hospital. Un médico le revisaba los ojos con una lámpara. ¿Cómo está, cómo se siente?, le preguntó. Ella no atinaba a responder pues no sabía lo que le había pasado.

“Contusiones múltiples, herida en la cabeza que aún sangra, costillas rotas”, refirió una enfermera“. Al quirófano”, ordenó el galeno.

III

Frente a la tienda, donde ocurrió el accidente, se arremolinó un grupo de personas que hablaban del suceso.

“Viejas chimoleras, metiches y aparte ingratas, nadie se preocupa de los hijos de doña Susa”, musitó doña Esther, quien de inmediato echó pan en una bolsa, tomó un par de litros de leche y cerró la tienda.

Tocó en la puerta de la casa de Susana, le abrió Margarita, de 12 años, la mayor de los tres. Al escuchar la noticia la niña se apretujó el estómago con las dos manos, trató de vomitar y empezó a llorar. “Estará bien, llama a tus hermanos para que se echen algo en la panza”, le dijo la tendera.

IV

Susana deliraba, veía a sus hijos volar sobre ella, le sonreían, agitaban las manos, sus ojos lanzaban luces y ella quería abrazarlos. Pero solo sudaba y temblaba, hasta que sintió el frío de un trapo sobre su frente. La enfermera trataba de bajarle la fiebre.

V

“Preparen el alta”, dijo el médico. Susana no estaba del todo bien y se lo hizo saber a la enfermera, quien le comentó que esa noche llegarían “un montón de descarriados que se accidentaron, se pelearon, se balearon y demás, todo dizque por festejar la Navidad, así que camas, médicos y enfermeras es lo que nos hará falta esta noche Seño…Así que feliz navidad, y que le vaya bien”.

En la recepción del hospital ya la esperaban sus hijos, doña Esther y un taxista.

Margarita, Alex y Santiago vieron a su madre acercarse en una silla de ruedas llena de vendas en piernas y manos y moretones en el rostro. Sonrieron y corrieron hacia ella. Susana volvió a ver luces en los ojos de sus hijos. Se abrazaron, rieron, lloraron.

“El Niño Jesús nos está esperando”, dijo Santiago en sus oídos. “Ya lo vestí”.

VI

En el trayecto Susana pensaba en la cena que no preparó. “Ni el ponche, carajo”. Las bolsas de dulces, quizá un pastel. Y ya ni se diga de cantar villancicos con estos dolores, se dijo.

Llegaron a casa. Sus hijos habían puesto en un platón las frutas que estaban destinadas para el ponche. Además, una capirotada, gelatinas, tamales y refrescos.
¿Quién trajo esto?, preguntó Susana. “Los tamales el taxista, y lo demás Doña Esther”, respondieron los hijos. “Y qué esperan para ir por ella”, casi les gritó.

VII

La esperanza, la piedad, el amor al prójimo, llegan de quien menos esperas
La esperanza, la piedad, el amor al prójimo, llegan de quien menos esperas

Susana no durmió esa noche de Navidad, pensando en la gran enseñanza que había recibido. La esperanza, la piedad, el amor al prójimo, llegan de quien menos esperas, de quien no acostumbramos a ver, a escuchar, a estimar.

Quizá solo baste ver a los ojos del Redentor para descubrirlo. Al Jesús de Nazaret representado en el sencillo pesebre que las familias instalan en el Nacimiento de Navidad.

Y que se instala también en el corazón de los que tiene fe, de los que levantan la vista y ven un cielo azul estrellado, esperanzador, y no detienen su camino hacia la luz, hacia Jesús.


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