SEMINARIO TRIDENTINO DE MORELIA. CIMIENTOS DE MI FORMACIÓN (2ª parte). Autor: El Adobero

Seminario Diocesano de Morelia

Después de 36 años de su fundación ya habían egresado de este Colegio más de 200 sacerdotes y durante 230 años, hasta el año de 1770,  fue el semillero de sacerdotes que administraron la extensa Diócesis de Michoacán…


En la publicación anterior, les platicaba cómo fue lo que le llamo mi primer infancia en la que mis padres, el Sr. Cura Don Ruperto Mendoza, mis maestros y en fin muchas circunstancias se conjuntaron para que mi camino llegara a San José de la Montaña en Morelia, Michoacán.

A la edad de 11 años de edad, es realmente imposible poder decidir a cerca de una vocación y menos la sacerdotal, la motivación de Don Ruperto Mendoza influyó grandemente en nosotros, las historias que nos contaba de los santos como Santo Domingo Savio, San Gabriel de la Dolorosa, San Juan Bosco, los mártires de la persecución religiosa de México, las satanización de Benito Juárez, al que El Sr. Cura Don Ruperto decía había visto descender a los infiernos al momento de la consagración de la hostia, además de comparar a Fidel Castro Ruz con el mismo satanás en vida, todo esto en una mente infantil, nos hicieron aspirar a la vocación sacerdotal.

Nuestra llegada al seminario menor en San José de la Montaña fue por demás impresionante, recuerdo que llegamos por la tarde, casi la noche, e inmediatamente nos dirigimos a la capilla a participar en el rezo del rosario.

Para muchos de nosotros era la primera vez que dejábamos nuestros hogares y nuestras familias, por lo que en el patio de la entrada al seminario se veían a niños y mamás llorando en la despedida. Venían de diferentes partes de Michoacán, Guanajuato, Guerrero y hasta del Distrito Federal, así como de diferentes niveles socioeconómicos y culturales, desde niños bien, hasta niños de comunidades que apenas hablaban español y algunos no sabían tan siquiera usar el asiento del excusado.

Los lugares que más aspirantes aportaban: Salvatierra, Guanajuato en primer lugar y Puruándiro, Michoacán en segundo.

Un edificio impresionante, sobre todo para nuestra edad, y una noche nostálgica nos esperaba después de rezar y cenar.


Antes de continuar quiero compartir con ustedes brevemente parte de la historia de esta institución que tanto ha trascendido en la historia de México.

HISTORIA. RUMBO A LOS 250 AÑOS…

Rumbo a los 250 años
Rumbo a los 250 años

Después de la caída de Tenochtitlán, el 23 de agosto de 1521, los conquistadores se abalanzaron sobre los demás territorios de Mesoamérica y fue así que el 14 de febrero de 1530 el español Nuño de Guzmán ordenó quemar vivo al Calzonci Tangaxoan para lograr la conquista del territorio purépecha.

Conquista de Michoacán
Conquista de Michoacán

Tan solo diez años después, en el año de 1540, el primer obispo de Michoacán, Don Vasco de Quiroga fundó en Pátzcuaro el Colegio de San Nicolás Obispo, para que estudiantes que quisieran ser sacerdotes se iniciaran en el estudio de la lengua purépecha, aprendieran la doctrina y la moral cristiana y además que enseñaran a leer y a escribir a los hijos de los naturales.

Este colegio es considerado como el primer Seminario de América y de la Diócesis de Michoacán y es el gran antecedente del actual Seminario Diocesano de Morelia.

Después de 36 años de su fundación ya habían egresado de este Colegio más de 200 sacerdotes y durante 230 años, hasta el año de 1770 fue el semillero de sacerdotes que administraron la extensa Diócesis de Michoacán, que se extendía por el territorio que hoy forman los Estados de Michoacán, Guanajuato, Querétaro, Colima y parte de Jalisco, Guerrero, San Luis Potosí y el sur de Tamaulipas

El 8 de diciembre de 1671, el Rey Carlos III de España ordenó por real cédula del la erección del Seminario Tridentino de Michoacán

Fue hasta el año de 1760 cuando el Sr. Obispo Pedro Anselmo Sánchez de Tagle puso la primera piedra del edificio, motivo por el que se le considera el real fundador del Seminario Tridentino de Michoacán.

Sr Cura Miguel Hidalgo y Costilla
Sr Cura Miguel Hidalgo y Costilla

En junio de 1765 Miguel Hidalgo y Costilla junto con su hermano Joaquín iniciaron sus estudios en el Colegio de San Nicolás. En esta institución, Hidalgo estudió letras latinas, leyó a autores clásicos como Cicerón y Ovidio, y a otros como San Jerónimo y Virgilio. A los diecisiete años de edad ya era maestro en filosofía y teología, por lo que entre sus amigos y condiscípulos se ganó el apodo de El Zorro, por la astucia que mostraba en juegos intelectuales

Seminario Tridentino de Michoacán. Hoy conocido como Palacio de Gobierno, Morelia, Mich.
Seminario Tridentino de Michoacán. Hoy conocido como Palacio de Gobierno, Morelia, Mich.

El Seminario fue inaugurado solemnemente el 29 de septiembre de 1770 en lo que hoy conocemos como el Palacio de Gobierno. Las clases comenzaron el 18 de octubre, con la cátedra de filosofía sustentada por Don Vicente Gallaga y Villaseñor, tío de Don Miguel Hidalgo y Costilla.

Miguel Hidalgo una vez que terminó sus estudios trabajó en su alma mater desde 1782 hasta 1792 donde fue su rector desde 1788.

En esa época, el Seminario de Morelia fue nicho de ansias libertarias, era el centro intelectual de toda Nueva España en el que se difundieron las ideas de independencia y liberalismo, por lo que fue llamado “La Cuna Ideológica de la Independencia”, por lo que cerró sus puertas en el año de 1810.

En el año de 1819 reabrió sus puertas, siendo rector Don Ángel Mariano Morales y el 12 de septiembre de ese año, el Congreso del Estado decretó cambiar el nombre de Valladolid por el de Morelia, en honor al Generalísimo Don José María Morelos y Pavón. Desde entonces el Colegio es conocido como Seminario de Morelia.

Como consecuencia de las Leyes de Reforma, en el año de 1859, el general Epitacio Huerta, expropió el edificio del Seminario de Morelia y lo suprimió oficialmente de Michoacán, ya que en sus aulas se difundían ideas políticas y sociales contrarias a las tendencias de la época.

El rector Don Ramón Camacho dispuso que el Seminario Mayor se trasladara a Celaya, donde estuvo hasta el año de 1866 y el Seminario Menor se distribuyó en varias casas particulares de Morelia.

Parroquia de San José, Morelia, Michoacán
Parroquia de San José, Morelia, Michoacán

En 1868, siendo arzobispo de Morelia Don José Ignacio Árciga, éste se propuso la construcción de un edificio digno del Seminario y encargó la construcción al arquitecto Tremontels. Este edificio es el que se encuentra al constado norte del Templo de San José y es uno de los más bellos de la ciudad. Esta época fue la época de oro del Seminario de Morelia.

En el año de 1915 el gobernador Serrato dio la orden de la extinción del Colegio Seminario de Morelia y durante la persecución callista los cursos estuvieron dispersos en varias casas particulares de la ciudad de Morelia. En este tiempo el Arzobispo de Morelia era Don Leopoldo Ruiz y Flores y el Rector del Seminario Mons. Luis María Martínez. La prueba para el seminario era vivir o morir.

En esos años de persecución los pueblos de: Celaya, Querétaro, Salamanca, Rincón de Tamayo, Huapango, los Apaseos, Palo Alto, La Tijera, Eménguaro y Tarimoro, por el rumbo de Salvatierra, Los Fierros, La Esperanza y Las Cañadas de los Cerros de Agustinos, les dieron abrigo. Cuando la estancia del Seminario se tornó imposible en el Bajío, los pueblos hospitalarios de la sierra michoacana dieron al Seminario su misma vida en la parroquia de Tlalpujahua y sus pueblos filiales de Cañada de la Vuelta, Tlacotepec, Santa María de los Ángeles y San Francisco de los Reyes. En estos pueblos quedaron establecidos los cursos de latín, en tanto que el Seminario Mayor tuvo que salir al Seminario de Montezuma Nuevo México, Estados Unidos, a partir de 1937.

Arzobispo Don Luis María Altamirano y Bulnes
Arzobispo Don Luis María Altamirano y Bulnes

El 5 de diciembre de 1943, el Seminario pudo retornar con sus grupos del Seminario Menor a Morelia, siendo Arzobispo Don Luis María Altamirano y Bulnes, quien se propuso que el Seminario tuviera su casa propia. Se escogió el sito en la loma de Santa María y su construcción inició con el Seminario Menor en el año de 1944, con el proyecto elaborado por el arquitecto Francisco Lemus. En la pascua de 1952 se continuó con la construcción del Seminario Mayor y el 12 de mayo de 1956 el Seminario de San José de la Montaña pudo albergar a todos los grupos de latín, filosofía y teología completando la currícula de estudios en un solo lugar.

Los sacerdotes responsables de lograr la construcción fueron los padres:

• Jesús Tirado
• Antonio Álvarez
• Manuel Pérez Gil
• Victorino Álvarez

 

 

 

Padre Martín Barbosa Venegas
Padre Martín Barbosa Venegas

Los rectores que han llenado este último período del Seminario de Morelia son:

• Don Jesús Tirado
• Monseñor Román Acevedo
• Monseñor Carlos Suárez Cázares
• Son Agustín Moreno Contreras
• Don Antonio Basurto Mendoza
• Don Guillermo Reyes Carmona
• Don Jesús Hernández Rojas
• Don Martín Barbosa Venegas. (Actual)

A Don Jesús Tirado le tocó un tiempo de relativa tranquilidad en la Iglesia y en los estudios. Al Sr. Acevedo, le tocó enfrentar la época de cambios, de renovación y actualización en todos los cambios ocasionados por el Concilio Vaticano II y los últimos seis Rectores se han preocupado por hacer del Seminario una Institución sólida, digna de un pasado glorioso, acorde con las líneas de formación que la Iglesia pide para los Seminarios y siempre preparada para los retos del futuro.

El Seminario de Morelia en sus 247 años de vida, ha tenido 28 rectores y ha dado a la Iglesia que peregrina en México más de 60 Obispos.


ANECDOTARIO

Parecería que tres años de vida de un niño no tienen muchas cosas por contar y mucho menos que estas sean importantes. Sin embargo, en estos días de meditación y de convivencia con varios de mis excompañeros, los recuerdos me han invadido por las noches en los momentos de insomnio y como proyección de aquellas trasparencias, que nos compartía en Padre Graciano Peña, se presentan en mi mente.

Es por ello, que no quiero compartir con ustedes estos recuerdos como una narración o crónica histórica, sino más bien, como una serie de anécdotas que puedan dar una idea de cómo en un niño de once años de edad, esta formación sentó los cimientos para el desarrollo de toda su vida.

LAS PRIMERAS REGLAS:

Recuerdo que el ingreso al seminario fue unas dos semanas antes del inicio de clases en la secundaria. Esta era la primera vez que en el seminario iba a existir la secundaria regular y reconocida por la Secretaria de Educación Pública. Un gran avance para una institución tan tradicional como era el Seminario Tridentino.

Con la amargura en el estómago y un nudo en la garganta nos despedimos de Don Ruperto y pasamos al dormitorio de los chicos para acomodar nuestras cosas, inmediatamente al terminar pasamos a la capilla para el rosario y después a tomar la cena. Ahí empezamos a conocer a los demás compañeros que se iban incorporando poco a poco. Nuestra primera cena; un guisado, un plato de frijoles de la olla, un vaso de atole, un bolillo y un ambiente festivo en las presentaciones de los compañeros de mesa.

En la sobre mesa se nos explicó a cerca de la disciplina que había que seguir en forma inmediata. En el comedor, siempre se haría una lectura previa de las sagradas escrituras y mientras esto se realizaba se tenía que guardar silencio absoluto. Se rifaron los turnos para servirse de las fuentes la comida, escoger el pan dulce y el bolillo y en caso de sobrar el dueño del primer turno tomaría para sí el pan, plátano, bolillo o lo que hubiera sobrado, y ese turno se tenía que respetar obligatoriamente y cada semana se recorrería el turno a otro compañero.

El silencio en las filas era estrictamente obligatorio, el orden y el respeto a los superiores y a los compañeros por igual. Al terminar la cena pasamos al patio principal a seguir recibiendo instrucciones, en ese tiempo los seminaristas de los grupos adelantados tenían la obligación de hablar en latín hasta para las conversaciones cotidianas. Tuvimos un momento de recreo antes de pasar a los dormitorios. Se empezaban a formar los grupos de amigos cercanos, los cuales muchos perduran hasta esta fecha. Un sencillo partido de fútbol en el que ya se veía quienes eran los buenos para el deporte más importante en el seminario. Yo, afortunada o desafortunadamente, como les platicaré más adelante era de los regulares a malos, mis cualidades eran otras. Sonó la campana y todo mundo a tomar sus lugares en las filas correspondientes. Los chicos y los grandes.

Padre Graciano Peña en 1966
Padre Graciano Peña en 1966

Nuestro celador principal, el padre Graciano Peña, formador de muchas generaciones de seminaristas, de aspecto jovial, fuerte y con un carácter de líder que le envidiaría más de algún sargento de un cuartel militar, piel tostada por el sol por lo que se le apodaba “El Comanche”, siempre impecablemente peinado y con mirada altanera. Nos formó para las últimas instrucciones: para ir al sanitario, teníamos que echarle agua, sentarnos como se debe y no de aguilita, lavarnos las manos siempre al terminar, pasar a los dormitorios cada quien a nuestro lugar.

Recuerdo varias de las muchas correcciones que nos hizo hasta en nuestra forma de hablar: – Yo dije – en vez de – Yo decía – corrigiendo: ¿decías o dijiste?… – pensabas o piensas – con su tono de voz característico, con cierto sarcasmo. Poco a poco nos fuimos acostumbrando a su estilo.

LAS PRIMERAS NOCHES Y EL DORMITORIO

Patio Principal del Seminario de Morelia
Patio Principal del Seminario de Morelia

Para muchos de nosotros las primeras noches en el Seminario, fueron las primeras noches fuera de nuestros hogares, lejos de nuestra mamá, lejos del abrigo de nuestra casa, lejos de nuestros amigos. A muchos esto nos llenaba de tristeza y nos hacía un nudo en la garganta. Recuerdo que esas primeras noches ya fueron cerca del fin de año, aún se llevaba el calendario escolar anterior, y por lo tanto el frío de la sierra michoacana nos calaba más hondo de lo normal.

Los seminaristas de nuevo ingreso fuimos separados en dos grupos, de acuerdo a las edades; “los chicos” y “los grandes”. Para los chicos se nos asignó el dormitorio de abajo y para los grandes el dormitorio de arriba, al lado norte del patio principal.

Cada dormitorio tenía cabida para aproximadamente 50 seminaristas, a los que se les asignó su cama, de esas antiguas con cabeceras de latón y tambor de resortes con colchón de borra, y con una cómoda de madera para nuestra ropa y artículos de limpieza la cual era compartida con nuestro vecino de al lado. En cada cabecera de dormitorio había unos sanitarios con WC y lavabos y el cuarto del celador.

A mí me tocó el grupo de los chicos y, por lo tanto, me tocó ver a más niños “chillones” que extrañaban mucho a su mamá. Si mal no recuerdo, hubo algunos que solo aguantaron la primera noche y, al siguiente día ya solamente los vimos cuando su familia vino a recogerlos.

Antes de meternos en nuestras camas, teníamos que asearnos, lavarnos la boca, que no era algo muy común en aquellos tiempos, asear nuestro calzado, hacer las últimas oraciones y esperar el recorrido del padre celador que nos tocaba en nuestro dormitorio. En una de las celdas de la cabecera de nuestro dormitorio nos tocó el Padre Antonio Álvarez que en esas fechas era el Vicerrector del Seminario Menor. El padre celador hacía un recorrido por todo el dormitorio para verificar que todos estábamos en nuestros lugares y en orden y procedía a apagar las luces. Solamente quedaba prendida por algún rato la luz de la celda del padre celador hasta que, (entiendo que así era), terminaba sus oraciones.

Algunos pocos en estas primeras noches, mojaron su cama, por nervios, por frío o por miedo a ir de noche a obscuras al baño. Y así pasaban toda la noche y al amanecer se la ingeniaban para que los demás no nos diéramos cuenta, sin embargo, los aromas agrios y salitrosos delataban al escuincle que no había aguantado la primera noche y agarraría la fama de mimado.

Con las primeras noches fuimos aprendiendo la disciplina de los dormitorios y al seminarista que no la cumpliera se le ordenaba se retirara del dormitorio, permaneciera parado en el centro del patio principal hasta que el padre celador le ordenara regresara su cama. Algunas veces a mí me tocó ese castigo, la mayoría con justa razón, recuerdo una en particular por estar aventando a Luis Gabriel, mi compañero de enfrente de mi cama, mi cepillo de limpiar el calzado. Me echaron para fuera y me regresaron aproximadamente después de una hora. En otra ocasión, no recuerdo el motivo, igualmente me ordenó el padre me fuera el centro de patio, pero pasaban las horas y nadie llegaba por mí, hasta que, cerca de la una de la madrugada, el padre Vicerrector regresaba de su partida de dominó y me vio en el centro del patio, con su voz característica, suave y ronca me dijo: – a ver gatillo, (ese era el apodo que los padres pusieron a todos los salgados y yo ya era el sexto que ingresaba a este seminario), otra vez y ahora te les olvidaste, je je, ya regrésate a dormir un rato-, porque la levantada era a las 5:30 hs de la mañana.

CONTINUARÁ…


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