CUENTO DE NAVIDAD. Autora: Ma. Zoila Montes de Perusquía. Recopilación por: El Adobero.

Angelito travieso

Cuento publicado en el Heraldo de Navidad de Querétaro del año de 1992…


Hace muchos, pero muchos años, leí este cuento en inglés, en una de esas revistas dedicada a la época navideña. La revista ya no la tengo y lo que recuerdo del cuento puede muy bien iniciarse así:

“No hay regalo más grande ni más chico si ese regalo es el amor”.

Ustedes saben que en el cielo no existe el concepto “tiempo”; este es un invento de los seres humanos para no quedar colgados en el infinito. Pues bien, en el cielo habitaba un ángel niño, ojos de asombro, sonrisa pícara, rostro lleno de pecas, suave como sólo puede ser la piel de un niño.

Era más o menos como este dibujo:

Angelito
Angelito

Nuestro angelito traía a todo el cielo en constante revolución: tensaba cuerdas por doquier, con lo cual los tropezones de los habitantes celestiales eran continuos, menos mal que el piso del cielo está hecho de nubes, así nadie quedaba herido o con cicatrices.

Saltaba ratones cuando las once mil vírgenes tenían reunión; ya se imaginarán Ia que se armaba entre los gritos y las carreras de tantas mujeres.

Con el propósito de inscribir en el Gran Libro de entradas al cielo – privilegio que era exclusivo de San Pedro —, al tratar de tomar tinta del Gran Tintero, lo volcó y, en varias páginas, ni se pudo volver a escribir, ni se pudo leer quién había sido anotado en ellas.

Una de tantas mañanas, el angelito vagaba por el cielo juntando grillos y buscando que alguien le contara un cuento. Todos los habitantes celestiales le querían y perdonaban sus travesuras infantiles – el que más, el que menos, todos sabían lo que era un niño -, siempre encontraba quien le hiciera caso y quien le contara una buena historia… pero, en esta mañana, algo especial estaba sucediendo: todos estaban muy afanosos haciendo algo, que por su apariencia, debía estar destinado a un bebé: cochecitos, camiones, tiovivos, chambritas, pañales, cobijas y, nadie, pero lo que se dice nadie, le hacía el menor caso a nuestro angelito.

Angelito guerroso
Angelito guerroso

El preguntaba, inquiría, cuestionaba y desesperaba al no hallar respuesta alguna. Finalmente se dijo: – Ver el Santo Job, a él, la paciencia siempre le ha alcanzado aún más que a todos – Llegó con el Santo Job y, en el tono más comedido, le preguntó:

— ¿Se puede saber qué pasa? ¿Qué están haciendo todos en el cielo? ¿Por qué son esas cosas tan bonitas y tan chiquitas?

El Santo Job levanto un momento la vista del triciclo que estaba armando y le contestó cariñoso:

En el planeta Tierra hoy por la noche, nacerá en Belén de Judea, el Hijo de Dios, que será el redentor del mundo. Estamos trabajando en los regalos que daremos a Dios Padre para su Hijo, antes de que anochezca.

El pobre angelito sintió que se le doblaban las piernas: ¿qué podía darle él a Dios Padre que fuese digno de Él y de su Hijo?

Meditó, caviló, pensó y volvió a meditar. Pasó la mañana y llegó la tarde, se formó en la “cola” que a esas alturas ya estaba muy larga, pensando que mientras llegaba se le ocurriría algo… Estaba a cinco santos para llegar con Dios Padre, cuando le llegó la inspiración… él tenía una cajita, pequeña sí, pero llena de las cosas que a él le divertían: un sapo, cordeles, canicas, corcholatas, el ratoncito que asustaba santas, una capsula espacial en miniatura, etcétera, tal vez no era mucho, pero era lo que el más quería y todo lo que tenía. Tomó su cajita – ya estaba en presencia de Dios Padre que le miraba con expectación – y con sus manitas elevadas hacia Él, entregó su tesoro.

Dios Padre, con amorosa actitud, la tomó con cuidado, la abrió lentamente – ¡Caray, pensaba el angelito, le va a saltar el sapo! — sin poder dar crédito a lo que veía pudo mirar que de la caja vacía, por algún inexplicable milagro ¡sólo salía una enorme estrella!…

Este acto de amor transformó todo lo que la cajita contenía ¡en la gran estrella que guio a los Reyes Magos hasta Belén!

Permítaseme terminar con algo de don Miguel de Unamuno:

Agranda la puerta, Padre
porque no puedo pasar,
Ia hiciste para los niños,
yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,
achícame por piedad,
vuélveme a la edad aquella,
En que vivir era soñar…


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