MILAGROS. Autor: Tarsicio Salgado Tovar

Virgen de la Luz

Don Lupe sólo pudo exclamar: -¡Madre Santísima, no permitas que este badajo, hijo de la chingada, mate a uno de tus hijos!


Años antes había sido coronada como Reina del Valle de Huatzindeo. Los festejos fueron multitudinarios, impresionantes, conmovedores y dignos de una Soberana, tanto, que los más sensibles poetas místicos los perpetuaron.

En el vigésimo quinto aniversario de esta fecha, Nuestra Señora fue paseada en andas sobre los hombros de sus caballeros para que recibiera el homenaje de los devotos y admirara los floridos adornos que abundaban en las principales calles de la ciudad.

De regreso a su recinto, los arzobispos, canónigos, curas y demás presbíteros se dieron a la penosísima tarea de poner orden en la multitud frenética que vitoreaba, cantaba, e intentaba tocar el manto de la Señora de las Luces.

Campanas de la Parroquia de Salvatierra
Campanas de la Parroquia de Salvatierra

Se echaron a vuelo todas las campanas: la mayor, las dos menores y las cuatro esquilas, movidas a mano por voluntarios que ponían todas sus fuerzas en hacer que el coro de metales se escuchara en las comunidades del valle.

Don Guadalupe Álvarez, el más fuerte y responsable de mantener el orden y la seguridad de los campaneros, sudoroso les gritaba: -¡Con huevos!, escuincle pendejos.

– ¡Cuidado porque se los lleva la…!

Para mover a la “Lupita”, la esquila más pesada, se requerían por lo menos dos hombres fuertes, bien coordinados para que en ningún momento desentonara.

Estaba orientada hacia el Jardín Principal y quienes la empujaban lo hacían con tanto empeño que no se dieron cuenta de que las tripas de toro que sostenían su badajo se estaban trozando por el rozamiento excesivo.

Mientras tanto, muy cerca de la puerta principal del atrio, dos bandas de música se enfrascaban en un duelo de desentonado volumen; se suponía que interpretaban la misma pieza pero les era imposible coincidir. Muy cerca de ellos los coheteros lanzaban al cielo sus estruendosas aclamaciones cargadas de olor a azufre suponiendo que la Santísima Virgen los escucharía así mejor y que los bendeciría con predilección.

Llegó el momento en que el badajo no tuvo sostén y salió como proyectil de catapulta precisamente en dirección al lugar donde se ubicaban las bandas.

Don Lupe sólo pudo exclamar: -¡Madre Santísima, no permitas que este badajo, hijo de la chingada, mate a uno de tus hijos!

En respuesta, la Virgencita se vio obligada a hacer el milagro de que ninguno de sus devotos fuera lastimado por el badajo, y solamente fuera destrozada la tambora de Chema Chávez de la Banda de Santo Tomás.

Santuario de la Virgen de la Luz de Salvatierra
Santuario de la Virgen de la Luz de Salvatierra

El orador sacro en el sermón de la festividad hizo incisiva alusión al milagro de la Santísima Virgen que prefirió una tambora despanzurrada a recoger muerto a alguno de sus hijos que quizá no estaba preparado para acompañarla al cielo.

Para perpetuar el hecho, las autoridades eclesiásticas colocaron tambora y badajo a la entrada del templo con una leyenda que explica el acontecimiento y un cepo para limosnas.

Justo al año siguiente, en el aniversario de la coronación de Nuestra Señora, se llamó a la concelebración religiosa con el acostumbrado estruendo de campanas y cohetes.

Acompañaron a Don Lupe los mismos campaneros, pero se les agregó Toño Martínez, un mozalbete de unos 10 años, para manejar “La Lupita” como ayudante de los que siempre la operaban.

Todo fue bien, hasta la tercera y última llamada de la misa pontifical. Toño, inexperto e imprudente, no se dio cuenta de que el poderoso giro del esquilón se acercaba cada vez más a su cuerpo y sucedió lo inevitable.

El armazón golpeó violentamente la espalda del niño y lo impulsó a los aires como angelito de alas rotas. Con rapidez desesperante fue al encuentro del piso, ahora no hubo tambora, multitud frenética ni orador grandilocuente, sólo una oración agradeciendo a la Patrona que la caída de Toño no matara a ninguna otra persona.

La desesperada madre del niño trató de reanimar el cuerpecillo de su muchacho y le preguntó a la Virgen por qué no lo había salvado. No recibió respuesta.

Parece que las multitudes y los abandonos obligan a Nuestra Señora a hacer milagros muy festejados.

De esa manera y para salvar sus joyas tuvo que defenderse ella sola, moviendo su cuello, para ahuyentar a los ladrones.

Su último gran milagro ocurrió también en la soledad del templo y de la noche. Si no lo hubiera hecho, si hubiera dejado que las llamas tocaran sus vestiduras y su cuerpo bendito, ¿qué habríamos hecho sus devotos, tan fanáticos, tan buenos para pedir, tan rezanderos, tan presumidos?

Casa del Curato de Salvatierra
Casa del Curato de Salvatierra

El pueblo entero supo que el cableado eléctrico de las barandillas, forrado de hilo, se había colocado hacía más de 75 años y que estaba colocado sobre una superficie de madera reseca y propicia para encenderse y quemarse; sin embargo, alguien prefirió embellecer la casa de al lado con el beneplácito y la cooperación espontánea de los fieles, al grado de caer en la vanidad de usar maderas y canteras finas para la ornamentación de los recintos de los servidores de Dios que deben ser dignos, pero humildes y nunca deben sobrepasar el esplendor del templo.

Seguramente Nuestra Señora y su Hijo supieron quién permitió y a costa de qué a los coheteros que guardaran en el antecoro la pólvora fatídica, ellos sí se dieron cuenta dónde estaban el sacristán, el velador, los caballeros, las damas, el señor cura y los otros presbíteros a esa hora.

Nuestro Señor y su Santísima Madre de nuevo tuvieron que hacerse el milagro de salir intactos.

Sin embargo, algún día Nuestra Madre ya no querrá hacemos el prodigio de salvarse y aunque volvamos a llenar de dinero los sobrecitos de cooperación para la próxima restauración, puede ser demasiado tarde.

No importa que siempre haya alguien que, en el nombre de Dios, oculte la verdad y la envuelva en mentiras de las que está empedrado el camino al infierno.


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