DON MARCELINO. Autor: Carlos López Bravo

“Es el único que sabe cortar el pelo en este pueblo”, decía mi padre…


La noticia me dejó patidifuso. Apenas iba entrando a la vieja peluquería, cuando alguien se acercó y me dijo: “¿busca a don Marce, verdad? Tengo la pena de decirle que Don Marce ya no vendrá más. Sufrió un accidente y ya sabe… se nos adelantó. Yo sé que ambos se estimaban mutualmente y bueno nadie tiene la vida comprada…” Me sentí aturdido y, sin decir palabra, rápidamente me di media vuelta y salí despavorido, como sin rumbo, con la imagen de Don Marcelino dando vueltas en mi cabeza.

Mi padre solía ir siempre a la peluquería de Don Marcelino y yo, sin proponérmelo, terminé haciendo lo mismo. “Es el único que sabe cortar el pelo en este pueblo”, decía mi padre al referirse al peluquero. Y todos a su alrededor, asentíamos con la cabeza, como si aquella fuera una verdad sacrosanta.

No sólo se distinguía Don Marce por la destreza en el manejo de la tijera; sobresalía también por el manejo de la lengua. Era un sabiondo que sabía disertar sobre cualquier tema. Se conocía todos los chismes de la política, presumía a diestra y siniestra sus dizque revistas científicas y en sus ratos libres, según comentaba, leía libros de historia y un montón de novelas que le heredó un profesor de la universidad, tío suyo. Pero su pasión era el futbol y el cine, al que no faltaba todos los jueves. Y cuidado con que alguien hablara mal de las Chivas o de la Loren, su amor platónico, pues él se lo tomaba como una declaración de guerra.

El Rizo de Oro
El Rizo de Oro

Lo cierto es que en el “Rizo de Oro”, su peluquería, nadie se aburría. Y muchos iban a arreglarse el bigote a la peluquería o peinarse la barba sólo como pretexto para escuchar las discusiones, las peroratas y las ocurrencias del peluquero; o bien para ahorrarse la lectura de los periódicos. A los nuevos clientes, Don Marce los sondeaba un poco: “¿Quiénes son tus papas? ¿Y tus hermanos? Ah, sí, sí. ¿Tú eres de los Samaniego? Ya, ya. ¿Viste el partido de la selección? ¿Una vergüenza perder con los gringos, no? Oye, acabo de ver la última película de Mónica Bellucci, ¿ya la viste? ¡¡Qué mujerón, mi amigo, qué mujerón!! Nada comparable con las grandes estrellas del cine italiano. Muy pocas, como ella. Contadas con los dedos, mi amigo. Sí señor. Sí señor.”

Y el monólogo podía seguir cinco, diez, veinte minutos…, salpicado con chistes, anécdotas y acaloradas discusiones sobre cualquier trivialidad.

La gente del pueblo hacía sorna de Don Marce: los mejores tacos del pueblo son los de “El Negro”, pero los mejores-mejores son los tacos de lengua de Don Marce. Cuando los niños se quejaban por no entender la tarea, las mamas tronaban: ¡¡ve a que te lo explique Don Marce!! Y cuando algún asunto resultaba en extremo complicado, la gente exclamaba con resignación: esto no lo entiende ni don Marce.

A mí –debo reconocerlo- Don Marce me tenía cierta deferencia. Tal vez porque de repente nos engarzábamos en sesudas reflexiones o quizá porque bajita la mano practicábamos el intercambio de “netas”. Lo cierto es que de vez en vez me sorprendía con confesiones muy personales o con revelaciones insólitas. Nunca supe si eran verdad o mentira; sólo sé que él, como buen actor, buscaba provocar a sus interlocutores y en mi caso lo lograba. La anécdota o el cuento eran lo de menos; lo importante era provocar risa, asombro, compasión o cualquier otra emoción humana.

Y así, sin querer queriendo, me fui haciendo adepto a la peluquería. Y, salvo algunas temporadas cortas o largas, en que me vi obligado a alejarme del pueblo, siempre regresaba con él, sobre todo si quería ponerme al día en la vida y milagros de los parroquianos. Debo decir que nuestros reencuentros siempre resultaban gratos, salvo contadas excepciones como ésta.

¿Cuántas cuadras caminé…? En realidad, no lo sé. Tal vez tres o cinco. Quizá seis. Me sentía apesadumbrado, triste, con el corazón apachurrado. De pronto, me topé con una peluquería muy similar a la que acababa de dejar atrás. El mismo caramelo bicolor de las peluquerías de antaño, la misma fachada, el mismo olor a alcohol y la misma amabilidad del personal. Pero podían notarse algunas diferencias: el mobiliario lucía muy nuevo, la decoración parecía moderna y la clientela era más bien selecta.

-¡¡¡Buenos días, Don Manuel!!! Gusto en verlo. ¿Quiere que le arreglemos el pelo?- escuché apenas entraba en la peluquería-. Yo asentí con la cabeza, pero me quedé sorprendido que aquel joven, impecablemente vestido, con aire resuelto y hermosa sonrisa, conociera mi nombre, siendo que yo no lo había visto en mi vida.

El nuevo peluquero
El nuevo peluquero

Luego me sentó en el típico sillón de peluquero y, tras las preguntas de rigor, me empezó a cortar el pelo. Iniciamos hablando de futbol, de los resultados de la última jornada y del futuro de la nueva selección nacional. Los manotazos, los gritos, el énfasis que el peluquero ponía en sus palabras expresaban la misma pasión de mi viejo peluquero. Me contó después que siempre quiso ser futbolista profesional, pero su padre le puso como condición que estudiara una carrera. Estudió contaduría en la UNAM y jugó un par de temporadas con los Pumas. Una lesión le impidió seguir jugando pero nada le impidió terminar la carrera de contador. Al graduarse, ejerció ambos oficios –la contaduría y la peluquería- más por necesidad que por gusto.

-Pero ahora, ejerzo la peluquería más bien por gusto y por hacerle un tributo a mi padre- me confesó-. Gracias a mi padre, soy lo que soy. De él aprendí el oficio y, sobre todo, su esencia. Él me decía: “lo básico del oficio, muchos lo saben, pero lo más importante del oficio es tratar a la gente con amabilidad, con respeto, con cordialidad. Y eso no todos lo saben hacer. Si la gente se siente bien tratada, siempre regresarán contigo. Y eso lo he constatado una y mil veces. De hecho, -agregó el joven- hace apenas dos semanas, enterramos a mi padre, pero su recuerdo, como usted comprenderá, está más vivo que nunca. Fue algo repentino y muy doloroso. El mundo se nos cayó en pedazos y aún hoy seguimos sin recuperarnos. Pero como él decía: “sería horrible que los seres humanos viviéramos doscientos años.”

-¿Dices que hace dos semanas murió tu padre? –le pregunté intrigado-. ¿Acaso tu padre era un señor que se llamaba….?

– Sí, señor, usted lo ha adivinado: Don Marcelino. El Mejor peluquero del pueblo. Fue justo en su peluquería donde yo lo vi a usted por primera vez, hace ya muchos ayeres. En ese entonces era yo un pequeño de apenas diez años. Pero, como decía mi padre, las cosas pasan por algo. En una de esas, a lo mejor él ha sido el que ha movido los hilos para que usted y yo hayamos tenido este afortunado y casual encuentro -y con aire misterioso y juguetón, me guiño el ojo-.

 


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