EL TROFEO. Autor: Tarsicio Salgado Tovar

El Trofeo

…bajó de la barda y, como alma que lleva el diablo, tomó entre sus manos la calavera de uno de los difuntos de la orden…


En esta ocasión, Tarsicio nos comparte una de sus más famosas aventuras infantiles, se hizo tan famosa que a la fecha, su recuerdo aún nos hace sonreír y carcajearnos a muchos de sus conocidos, parientes y alumnos.


Por aquellos tiempos, de 1930 a 1940, la luz eléctrica sólo existía en la Fábrica de la Reforma y en el Molino de San Juan; las casas de los pudientes se iluminaban con hermosas farolas de petróleo, las de los pobres con lámparas de mecha de alcohol, aceite o petróleo y las calles y callejones con antorchas de brea.

Templo de San Francisco y La Parroquia
Templo de San Francisco y La Parroquia

Las campanas de la Parroquia de Nuestra Señora de la Luz sonaban por última vez cada día a las ocho de la noche, cuando se daba al pueblo la bendición con el Santísimo.

A partir de entonces, quienes transitaban por las calles lo hacían por su cuenta y riesgo, ya que cada uno de los barrios tenía sus peligros característicos, unos eran guaridas de ladrones, otros escondrijos de asesinos, otros nidos de pirujas y algunos más simplemente contaban con su pandilla de adolescentes, bravos, ágiles e ingeniosos, que se dedicaban, por lo menos hasta las diez de la noche en que pasaba el primer sereno, a defender su territorio con resorteras, ondas y puntas mal afiladas cuyo peligro mayor no era la herida, sino la infección.

La calle de Madero prácticamente terminaba en el cruce con la de Morelos, más allá era casi la entrada al infierno, no en vano recibía el sobrenombre, muy a la medida, de “El Infiernillo”, aunque el verdadero peligro no iba más allá de la cooperación “voluntaria” para la cena de los pandilleros, la pérdida de la cartera o una buena mordida de perro.

A un lado del cementerio
A un lado del cementerio

El ex convento de San Francisco estaba protegido por una barda de no más de dos metros de altura y uno o dos bravos perros de raza, que el Padre Nava paseaba antes de dormir, mientras hacía sus últimos rezos.

Los mozalbetes del rumbo sabíamos que en los muros del templo había huecos donde se supone que descansaban los restos mortales de los familiares de quienes habían sido benefactores de la Orden, la mayor parte de ellos estaba a la vista.

Pues he aquí que, reunida la pandilla del barrio del “Infiernillo”, se fue fraguando poco a poco la discusión sobre el tamaño del valor de los integrantes del grupo, que se expresa todavía en tamaño testicular. Para concluir la discusión se acordó que, quien se atreviera a sacar de su lugar una calavera de difunto sin ser alcanzado por las maldiciones del Padre Nava ni por los dientes de sus perros, sería el líder reconocido por la pandilla.

Hubo algunos intentos, que fracasaron por razones encubiertas en disculpas y prudencia.

Al fin, “La Bachicha” pidió que lo treparan en hombros a la barda ya que era de poca estatura, esperó el momento y el lugar más oportunos, bajó de la barda y, como alma que lleva el diablo, tomó entre sus manos la calavera de uno de los difuntos de la orden. En seguida todo fue correr.
Tal vez por el penetrado aroma a cigarro “Carmencitas”, “Faros” o “Tigres” que eran los de la época y que le daban razón al sobrenombre, ni los perros ni el Padre lo notaron.

Como pudo trepó y bajó de la barda y orgulloso mostró a sus compinches el tesoro logrado. Los más grandes le bajaron los pantalones, él no usaba calzoncillos y tampoco sus secuaces, y uno a uno tuvieron que escupirle en sus genitales como signo de reconocimiento.

No cabía la vanidad en el cuerpo de “La “Bachicha” ni siquiera le quedaba lugar para ocultar el miedo y la temblorina. Por la diablura que acababa de consumar y, como aprendiz de pillo, el único lugar que encontró para ocultar la famosa calavera fue debajo de la almohada de su madre.

Doña Ramoncita era una santa, sufrida, trabajadora, rezandera, hacía milagros para vestir a sus siete hijos, todos varones, muy “machos”, con las ropas viejas que le donaban sus amistades.

Esa noche, la cena había consistido en frijoles añejados con carne de bien nutridos gorgojos, que también son proteínas; unas tostadas de tortilla dura de hacía varios días y un té de yerbabuena de la maceta del corredor. El maratón sobre la olla y el tazcal no tuvo triunfador, pues antes de agotar a los competidores, olla y tazcal se declararon vacíos. Don Leopoldo dio gracias a Dios por el alimento recibido y bendijo en montón a sus hijos.

Llegó el momento de retirarse a conciliar el sueño los señores a una recámara y los siete hermanos a otra, en la que cabían sin apreturas tirados sobre colchonetas viejas que conservaban el aroma de su sudor, sus jugos renales y una que otra muestra de producto de defecación.

No había ni siquiera terminado de despojarse de su ropa, cuando en el cuarto vecino se escucharon los gritos de espanto de la madre, acompañados de nuevas y fuertes maldiciones del padre y de amenazas de castración y arranca pescuezos.

-¿Quién fue el hijo de su madre que se atrevió a hacerle tamaña tiznadera? -preguntó a gritos Don Leopoldo y, antes de que terminara, ya los otros hermanitos coreaban: “[La Bachicha”, “La Bachicha”.

De regreso con el trofeo
De regreso con el trofeo

-¡Malvado escuincle, ya me tienes hasta la tiznada! Ahorita mismo agarras tu maldita calavera y la llevas a donde la cogiste -siguieron varias tandas de coscorrones, cinturonazos, cachetadas y amenazas.

Así que, cerca de la media noche, “La Bachicha”, ya sin vigilancia de padres o perros, brincó la barda, colocó la calavera lo más cerca que pudo de su lugar de origen y regresó derrotado.

Estuvo enfermo de vómito y diarrea más de una semana. Doña Ramoncita lo cuidó hasta que pudo ir a la escuela y nunca le hizo un reclamo. Era mucha madre.

 


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