BETO. Autor: Noé Mora Escobedo

Beto

Su hermosa carita antes sonriente, amistosa se cambió por una cara triste y se negaba a asistir a la escuela, pero siempre se imponía la autoridad paterna y tenía que acudir…


Estoy seguro de que ustedes saben que no son los números ni la fuerza lo que da la victoria en la guerra; pero a un ejército que se arroja a la batalla con el alma más fuerte, sus enemigos generalmente no pueden resistirlo.


Las circunstancias de la vida obligaron a la pareja formada por Don Beto y Doña Lupe, a dejar todo lo que poseían en la zona serrana de la Huasteca donde vivían, y establecerse en un poblado predominantemente indígena en la zona Otomí.

Don Beto era un hombre de estatura mediana, delgado, aunque fuerte, pelo rubio, tez blanca, ojos azules. Era un hombre muy práctico que lo mismo cultivaba el campo como hacía trabajos de carpintería y albañilería. Doña Lupe era una mujer morena, hacendosa, educada en el seno de una familia de terratenientes, (en esa época venidos a menos)

Procrearon tres hijas y dos hijos a quienes enviaron a la escuela rural del poblado donde asistían los niños indígenas. Sus facciones y costumbres diferentes los hicieron blanco de las burlas, aunque el color de su piel era muy similar al de ellos, la manera de vestir y las costumbres los diferenciaban, y así transcurrió su época escolar, sin ser plenamente aceptados en la comunidad.

La vida siguió su cauce y los hijos se casaron con mujeres de la zona, aunque no indígenas.

Uno de los hijos tuvo, a su vez, cinco hijos, cuatro hombres y una mujer. Hablaremos adelante de uno de ellos: el tercer hijo.

¡El niño nació güerito, piel blanca, ojos azules! ¡El abuelo no cabía en sí de felicidad! ¡Al fin tenía un nieto que se parecía a él! A pesar de que ya tenía varios nietos de sus hijos e hijas, ninguno había “salido” a Don Beto.

Su nombre no podía ser otro que el de su abuelo.

El chiquillo irradiaba ternura, creció lleno de amor a pesar de las carencias que de pronto se presentaban, su madre lo “presumía” ante los vecinos y más de alguna señora le preguntaba incrédula: ¿a poco es tu hijo? A lo que la orgullosa madre respondía- ¡claro, se parece todo a su abuelo!

Beto era un niño adorable, cariñoso, juguetón, sano, muy apacible y sus abuelos concentraban su cariño en él.

Pronto llegó el tiempo de asistir a la escuela y fue inscrito en el kínder de la localidad al que Beto asistió con la ilusión, el miedo, la emoción, la incertidumbre, que se tiene al iniciar una nueva etapa en la vida.

Su diferente aspecto físico llamó inmediatamente la atención de sus compañeritos y su actitud conquistó a su maestra.

Y empezó su calvario pues algunos compañeros lo empezaron a hostigar, primero con curiosidad luego con cierta envidia y malicia llegando a motivar la intervención de su maestra para protegerlo.

Se quejó con su mamá quien a su vez lo hizo con su maestra y ella le explicó que era normal esa conducta, que con el paso de los días se normalizaría y que tendría cuidado que la situación no se saliera de control.

Por primera vez en su vida experimentó un ambiente hostil para el cual no tenía ni respuesta ni el cariñoso apoyo de sus papás y abuelos.

Por esta razón los chiquillos le pusieron el mote de “Chillón”
Por esta razón los chiquillos le pusieron el mote de “Chillón”

Un niño que, había crecido en el seno de una familia pacifica, rodeado de mimos, de aceptación, no entendía por qué algunos compañeros le jalaban el pelo, le quitaban su comida, sus útiles escolares y la única respuesta que tenía era llorar. Por esta razón los chiquillos le pusieron el mote de “Chillón” y como a veces le escurría la nariz al llorar, le pusieron” El Mocolón”.

Su hermosa carita antes sonriente, amistosa se cambió por una cara triste y se negaba a asistir a la escuela, pero siempre se imponía la autoridad paterna y tenía que acudir.

Se amparaba bajo la autoridad de la maestra, se apartaba de sus compañeros, pero siempre había algún momento que quedaba a merced de los niños.

Anhelaba que concluyera su paso por el kínder para que cuando llegara a la primaria lo defendieran sus hermanos mayores que ya asistían a dicha escuela.

Con esa ilusión aguantó estoico su paso por esa etapa de su vida y con gran alivio concluyó el período.

Con renovada ilusión se presentó a su primer día de clases en su nueva escuela, donde inmediatamente se hizo notorio entre los niños indígenas y fue localizado por sus antiguos compañeros del kínder.

Un tiempo soportó los clásicos pellizcos, empujones, jalones de pelo, calzón chino, jalones de orejas, bromas pesadas
Un tiempo soportó los clásicos pellizcos, empujones, jalones de pelo, calzón chino, jalones de orejas, bromas pesadas

La pesadilla se materializó, lo recibieron con gritos de burla- ¡miren ya llegó “El Chillón”! – ¡Ah si, ya llegó “El Mocolón”! Le hicieron un círculo y lo estuvieron empujando hacia el centro, como pudo se escapó y corrió a resguardarse con sus hermanos mayores.

Se presentó en su salón hasta que se aseguró que el maestro entró y a la hora del recreo corrió a buscar a sus hermanos de quienes no se separaba por temor a ser agredido, esto los molestó y le dijeron – Nosotros no te vamos a estar arreglando tus broncas, arréglatelas tu como puedas, no queremos que andes pegado con nosotros-.

No tuvo más remedio que reintegrarse a su salón, consciente de que estaba solo. A la salida corrió y no paró hasta llegar a su casa.

El día siguiente se negó a asistir a la escuela de manera tan decidida que su mamá tuvo que recurrir a su papá quien al principio trató de convencerlo de que tenía que ir, pero no logró nada, todavía le preguntó la razón por la que no quería presentarse y Beto, entre sollozos, le contó lo que padecía en la escuela, los abusos que soportaba, las burlas, los motes por parte de sus compañeros. Esto enfureció a su papá quien le recriminó su cobardía y su incapacidad de hacerse respetar entre sus iguales y lo amenazo con el cinturón de darle una cueriza si no asistía a clases.

El miedo a su papá era mayor al que le tenía a sus condiscípulos y con mucho temor se presentó a la escuela. Los maltratos continuaron, en vano fue que amenazara a sus agresores con acusarlos con el maestro, ellos a su vez le dijeron: -te atienes a las consecuencias si el maestro nos regaña o castiga-.

Un tiempo soportó los clásicos pellizcos, empujones, jalones de pelo, calzón chino, jalones de orejas, bromas pesadas, etc. pero un día se hartó y se quejó con el maestro, acuso directamente a todos los que lo agredían. El profesor regañó fuertemente a todos sus discípulos y castigó a los abusivos y públicamente le dio instrucciones de que denunciara a quien se volviera a meter con él. Prometió que llamaría a los papás de quien volviera a agredirlo.

Parecía que su problema se había resuelto pero un día, cuando se dirigía a su casa por el camino de terracería sus compañeros lo estaban esperando. – Aquí vienes chillón, pero aquí no va a haber quién te defienda, cabrón -, corrió, pero rápidamente le dieron alcance y entre todos lo sujetaron, le quitaron su mochila, sacaron sus útiles escolares, deshojaron sus libros, rompieron sus libretas, llenaron de tierra su mochila, luego le llovieron cachetadas, puntapiés, jalones de pelo y de orejas, lo dejaron llorando y le advirtieron – nomás te vuelves a rajar y verás lo que te va a pasar -. Todo esto acompañado de risas y burlas.

Ese día llegó tarde a su casa, tuvo que recoger sus libretas, las hojas de sus libros que se habían dispersado y sacudir su mochila.

Tuvo que seguir soportando el acoso, aunque su cabello se había obscurecido un poco y su piel se había bronceado, seguía resaltando entre sus compañeros.

Su cuerpo delgado no significaba amenaza alguna para sus camaradas quienes cada día eran más osados con el abuso, le quitaban su comida, le inutilizaban sus útiles escolares, a veces lo esperaban a la entrada de la escuela para quitarle su torta, a veces lo correteaban a la salida hasta darle alcance y maltratarlo.

Su respuesta eran las lágrimas y pronto le empezaron a gritar “mariquita”, a alguien se le ocurrió llamarlo “Güera” y de ahí se derivaron varios sobrenombres como “Güerita”, “Güereja”.

El tiempo fue pasando y hubo períodos en que la agresión era tolerable, a veces arreciaba, pero logró terminar el segundo año de primaria.

La situación empeoró en el tercer año porque empezaron a participar en el acoso, niños más grandes, de cursos más avanzados, las corretizas, al salir de clases, se hicieron frecuentes, pero el maltrato fue más allá de unas patadas, cachetadas, etc. Ahora lo agarraban y lo aventaban al canal de aguas negras, le quitaban sus zapatos y los tiraban lejos, sus lágrimas se secaron, y aguantaba callado.

Un buen día le anunciaron que lo iban a esperar a la salida, como pudo, logro salir antes que todos y echo a correr a su casa como desesperado, mientras corría, se imaginaba lo que le iban a hacer, pues eran los más grandes, los que lo habían amenazado. Pronto se dio cuenta que lo seguían y que lo iban a alcanzar, corrió a la máxima velocidad que pudo, pero pronto se convenció que lo iban a atrapar, de reojo vio que tres de los más grandes venían más cerca, su miedo se convirtió en terror y se deshizo de su mochila para poder ir más aprisa, se desvió del camino para alejarse del canal y se internó en un lugar donde había unos árboles de mezquite, pero sus seguidores ya casi lo alcanzaban. Algo paso en su mente, que cambió el terror por coraje, vio una rama de mezquite en el suelo y sin importarle el número y el tamaño de sus atacantes, ni las consecuencias, la recogió, la esgrimió contra el que venía más cerca y lo acometió con una furia ciega que lo hizo retroceder, la rama fue perdiendo las varas más delgadas conforme asestaba golpes, hasta quedar los tallos más gruesos y que golpeaban con más efectividad, la misma suerte corrió el que venía detrás y el último, ellos recibieron golpes en varias partes de su humanidad, intentaron someterlo entre los tres pero el rabioso ataque no permitió acercamiento alguno, antes los hizo retroceder y finalmente huir con varios golpes en la cabeza, cara, espalda, piernas, pies y brazos y tuvieron que correr a la máxima velocidad que podían por que fueron perseguidos por Beto, convertido en un energúmeno que asestaba golpes donde cayeran.

Casi sin aliento, sin soltar el ahora palo de mezquite regreso a recoger su mochila. Esa tarde la pasó pensando las consecuencias de sus actos, mientras se sobaba los golpes que recibió, se imaginó lo que le iban a hacer y hasta pensó en no asistir a la escuela, cosa que no podía hacer porque su padre no se lo iba a permitir, durmió poco y otro día, resignado se presentó lleno de miedo en la escuela, esperando lo peor.

Su primera sorpresa fue que nadie intentó quitarle su torta y nadie lo miraba, entró a su salón y si alguno se dirigió a él, lo llamó Beto. No hubo consecuencias, ni en el recreo, ni a la salida, no hubo amenazas. Por las dudas, se armó con un palo y se fue a su casa.

Los siguientes días todo fue cambiando, nadie le llamó por sus apodos, algunos compañeros y compañeras se acercaban amistosamente, compartían su comida y lo incluían en sus juegos. Poco a poco recobró su alegría, dejó de llevar la cabeza hundida en los hombros para imitar el porte erguido de su abuelo.

Hubo peleas, pero ahora era un experimentado y temido peleador
Hubo peleas, pero ahora era un experimentado y temido peleador

Con el paso de los días algunos fueron olvidando el hecho, sobre todo los más grandes, trataron de volver a abusar de él, pero ahora se encontraron con un niño resuelto, que sin importar el lugar, las circunstancias, el momento, las fuerzas de su oponente, repelía el ataque con fiereza, utilizando cualquier parte de su cuerpo: manos, pies, boca, uñas, cabeza, rodillas y codos, y si el rival lo superaba físicamente, emparejaba la situación utilizando cualquier objeto a la mano, con el que pudiera golpear. Su ataque era inmediato a la provocación, sin mediar palabra, y no concluía hasta estar seguro de que el oponente estaba completamente derrotado. Daba la impresión de que los golpes que recibía no le dolían y si en algún momento de la pelea parecía dominado, sacaba fuerza de su fiereza y continuaba el pleito hasta que la contienda le favorecía.

Su relación con las autoridades escolares dio un giro de ciento ochenta grados, varias veces sus padres tuvieron que acudir a recibir las quejas de sus peleas que ocurrían lo mismo en el salón, que, en el patio de recreo, a la salida de la escuela, en los pasillos. Hubo intentos de expulsarlo del plantel.

Poco a poco las peleas se hicieron esporádicas, hasta que prácticamente desaparecieron y Beto volvió a ser el niño risueño, alegre, se hizo de algunos amigos, sus maestros lo estimaban.

Cierto día vio a alguien abusar de alguien e inmediatamente acudió en auxilio del agredido, castigando el abuso y eso le creó la fama de defensor de los débiles.

Así, si alguien sufría abuso, amenazaba al agresor con quejarse con Beto, si no se corregía, pedían su intervención y él acudía.

Hubo peleas, pero ahora era un experimentado y temido peleador que imponía respeto y pudo “proteger” a quien se lo solicitó.

Concluyó su educación primaria y a su paso por la secundaria gozó de la misma fama y su conducta fue muy similar, aunque ahora era un poco más difícil ya que los rivales eran de nivel de secundaria.

La necesidad económica lo obligo a incorporarse a la vida laboral en la que siguió con su línea de conducta, lo que le trajo problemas de no poder conservar un empleo ya que, en cuanto se sentía agredido o abusado, reaccionaba con la misma violencia, o si veía que alguien sufría abuso y solicitaba su intervención, intervenía desinteresadamente y de igual forma.

Su vida transcurrió con muchos tropiezos, aunque la mayor parte del tiempo era un ciudadano pacífico con un carácter muy afable, y su presencia física era muy agradable, su afán por protegerse y proteger a quien consideraba débil le trajo muchos problemas con las autoridades, con los vecinos, con los compañeros de trabajo.

En esta etapa los pleitos eran lo mismo con las manos que con armas y se presentaron las heridas y la cárcel.

Se casó, y se convirtió en padre de dos hermosos güeritos a quienes protegió cuidando que no fueran a sufrir las mismas circunstancias que él pasó.

Nunca le ha gustado abusar de su fuerza y se pueden observar en su rostro, en sus manos y brazos las cicatrices que lo han marcado de forma indeleble, pero es imposible imaginar, cómo serán las cicatrices que Beto tiene en el alma.

 


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