CRÓNICA DE UN ALEGRE RECORRIDO POR LA CIUDAD DE MÉXICO. Autor: Antolín Orozco Luviano

Un alegre recorrido por la ciudad de México

Con la emoción de estar en el mero corazón de México, hicimos a un lado las prisas, soltamos la curiosidad de niños y la capacidad de asombro y salimos a caminar con el sol de mayo a medio día entre ríos de gente, edificios de cantera y bullicio de la Gran Ciudad…


Antolín Orozco Luviano nos envuelve, con su narrativa fresca y auténtica, en su recorrido, acompañado de grandes amigos, por la Ciudad de México, con sus tesoros, olores y sabores que solamente tiene nuestro México Mágico.


Omnisciencia. José Clemente Orozco
Omnisciencia. José Clemente Orozco

Si un día van a la Ciudad de México, yo seré su guía —les dije a mis amigos de California Leroy e Irene—. Y ese día llegó. Empezamos el recorrido en el Centro Histórico con un sabroso desayuno en La Casa de los Azulejos, joya de la arquitectura civil del barroco novohispano, que entre sus murales tiene Omnisciencia, mural de José Clemente Orozco.

Con la emoción de estar en el mero corazón de México, hicimos a un lado las prisas, soltamos la curiosidad de niños y la capacidad de asombro y salimos a caminar con el sol de mayo a medio día entre ríos de gente, edificios de cantera y bullicio de la Gran Ciudad.

Palacio de Bellas Artes
Palacio de Bellas Artes

De Los Azulejos nos dirigimos por Madero hacia el Eje Central. La Torre Latino, alta, esbelta, de cristal, señoreaba las alturas de la Capital desde la antigua avenida San Juan de Letrán. Ahí cruzamos el Eje Central Lázaro Cárdenas entre silbos de tránsito y el “monito verde” electrónico que camina en cuenta regresiva señalando el paso. El Palacio de Bellas Artes nos atrajo con su belleza de mármol blanco de Carrara y su arquitectura neoclásica y Art Decó.

El Hombre Controlador del Universo
El Hombre Controlador del Universo

En los murales de Rivera, Siqueiros, Orozco, Tamayo, González Camarena, que se encuentran en el Palacio de Bellas Artes, hayamos la fuerza revolucionaria del arte. Un estilo inconfundible, una época, un grito en la historia, una esperanza. Mi amigo Leroy quiso una foto en el mural El hombre controlador del Universo, de Rivera, quien plasmó conceptos ideológicos del mural que fue destruido en el Rockefeller Center, en Nueva York, porque el artista mexicano pintó la imagen de Lenin.

Experiencia gratificante vivimos frente a estos grandes artistas a través de su obra. Antes de salir de Bellas Artes compramos boletos para la función del Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández, que se presentaría ese miércoles por la noche.

Aprendiendo el oficio de organillero
Aprendiendo el oficio de organillero

Luego de un breve recorrido por la Alameda Central, enfilamos hacia el Zócalo por la calle peatonal de Madero. La música de un organillero detuvo nuestros pasos. Irene quiso girar el cilindro y la música brotó con tonada de nostalgia. “Véngase mañana temprano y le damos su uniforme. Ya tiene usted trabajo” —le dijo en broma el organillero. Leroy no se quiso quedar atrás y empezó a dar vueltas a la manivela llevando el ritmo de la melodía y nos dieron ganas de cantar, y cantamos. La música de organillero en los oídos y la imagen del personaje urbano que se niega a desaparecer continuaron en nuestro camino.

La bandera de México en su asta monumental ondeaba en las alturas de la Plaza de la Constitución, que estaba en remodelación. El Palacio Nacional, la Catedral, el marco de edificios de cantera, le daban al Zócalo una belleza singular, de eco, de historia, de movimientos sociales, de pueblo, de rebeldía y de esperanza. Transeúntes, con prisa o con enfado, entraban o salían de la tierra, es decir, del Metro.

Entre pirámides mochas y escalinatas
Entre pirámides mochas y escalinatas

Caminamos por las ruinas del Templo Mayor. Entre pirámides mochas y escalinatas de antigua grandeza, recordamos el mítico relato azteca del nacimiento del Dios guerrero Huitzilopochtli, que fue engendrado por Coatlicue, Madre de los Dioses, cuando ella guardó en su seno unas plumas que cayeron del cielo y recogió mientras barría el templo en Coatepec. La diosa Coyolxauhqui y sus Cuatrocientos hermanos Surianos se ofendieron con ese embarazo de su madre, y decidieron darle muerte.

La Madre de los Dioses fue informada y sintió temor. Desde el vientre materno, Huitzilopochtli le dijo que él la defendería. Cuando Coyolxauhqui y los Cuatrocientos Surianos se dirigían a buscarla, nació Huitzilopochtli vestido de guerrero e instantáneamente alcanzó la edad adulta. Tomó un escudo de plumas, dominó una serpiente y con ella los venció. Desmembró a la Coyolxauhqui y arrojó su cabeza al cielo formando la Luna; muchos de los Cuatrocientos Surianos murieron; otros lograron escapar y se convirtieron en las estrellas del Sur. Coyolxauqui, la adornada con cascabeles, estuvo enterrada durante siglos, pero volvió a ver la luz cuando fue hallada el 21 de febrero de 1978.

Catedral Metropolitana de la Ciudad de México
Catedral Metropolitana de la Ciudad de México

Salimos de las ruinas del Templo Mayor y entramos en la Catedral Metropolitana, sin misa ni Rivera Carrera. Arte sacro en todo su esplendor. Campanas monumentales de cantera en la cima de las torres; en el interior, imágenes místicas de óleo y santidad; madera reluciente en los altares, obra creadora de los hombres inspirados en la perfección de Dios. Arquitectura inolvidable que se guarda con devoción.

Del Zócalo capitalino nos dirigimos en taxi al Santuario del Tepeyac. Al cruzar Tlatelolco, vimos la Plaza de las Tres Culturas, escenario de matanza de estudiantes el 2 de octubre del 68, que no se olvida. En la Villa de Guadalupe volaban palomas en la explanada. Emocionados, mis amigos Leroy e Irene, y yo, ingresamos en la Basílica en el momento que llegaba una pequeña peregrinación. Algunos ingresaron de rodillas con flores y lágrimas. Fe, esperanza y realidad, un canto fuerte de la vida ante la Virgen Morena.

Saludos a la Virgencita del Tepeyac
Saludos a la Virgencita del Tepeyac

Mis amigos traían muchos saludos a la Virgen de Guadalupe de parte de sus amistades de California. Conocieron el cerrito y el primer templo del Tepeyac. Contentos regresamos al Centro Histórico de la Ciudad. Con hambre y sed entramos en uno de los salones Corona, donde tortas al pastor y unas cervezas frías nos dieron la buena tarde. Pasamos al hotel por ropa adecuada, y llegamos puntuales a Bellas Artes, para disfrutar el Ballet Folclórico de México de Amalia Hernández.

Ballet de Amalia Hernández
Ballet de Amalia Hernández

El escenario se llenó de música y color. Estampas idílicas de México acompañaron las alegres interpretaciones del ballet, que con danza y canto hizo un viaje artístico por las diferentes regiones del país. Con vistosos holanes del vestuario de bellas bailarinas pudimos apreciar la brisa en los sones jarochos, la alegría del carnaval veracruzano, el zapateado cálido de los gustos de Tierra Caliente, la sensualidad de las chilenas de la costa, el carnaval en banda sinaloense, el cortejo amoroso de sones tamaulipecos, los rituales mágicos de las danzas de Oaxaca, los sones alegres con mariachi de Jalisco, las románticas canciones yucatecas, los corridos históricos de la Revolución y la ancestral sonorense Danza del venado. Todo ese espectáculo artístico despertó el sentimiento mexicano e hizo vibrar los corazones. Mis amigos Leroy e Irene salieron del teatro felices de la vida, con ganas de tomarse un tinto.

La mañana siguiente, el sol resplandecía en la Ciudad de México. Cruzamos en taxi la Alameda Central y continuamos por el Paseo de la Reforma rumbo al Museo Nacional de Antropología e Historia. El Ángel de la Independencia en su alta columna, mantenía el equilibrio visual entre el cielo de nubes y esmog y la tierra poblada de autos. Rascacielos, hoteles, glorietas, esculturas en bronce, árboles y jardineras pasaban instantáneamente por nuestros ojos, mientras hombres y mujeres de vestimenta formal se dirigían a su trabajo o esperaban impacientes su camión.

Chapultepec es un mundo aparte, con bosque, lago, castillo, zoológico, museos y parejas de la mano. El visitante se lo lleva en su celular, pero también en su corazón. No hay que olvidar que los besos de Chapultepec pueden perdurar una eternidad.

Museo Nacional de Antropología e Historia
Museo Nacional de Antropología e Historia

Ahí estaba, a la entrada del Museo de Antropología: grande, majestuoso, impresionante. Su poder de lluvia nublaba el cielo de la mañana. Tláloc, dios de la lluvia, con su historia verde, de campo, de tierna hierba, de tierra florida; de azul de cielo, de lagos y charcas; de blanco de nubes y de maíz; de la historia ancestral de vida y muerte en rayos y tormentas.

Cruzamos el umbral del museo y la historia del hombre apareció en cada objeto, en cada piedra, en cada vasija, en cada ritual. El antropólogo Donaciano Gutiérrez Gutiérrez, mi querido primo a quien no veía desde hace más de una década y que trabaja en el Museo de Antropología desde hace 34 años y tiene a su cargo una de las salas, nos guio por el sendero del hombre desde que los homínidos se bajaron de los árboles hasta la era actual.

Antropólogo Donaciano Gutiérrez Gutiérrez
Antropólogo Donaciano Gutiérrez Gutiérrez

Su explicación antropológica en cada una de las salas fue sumamente interesante y amena, emotiva, luminosa. Cuando me comuniqué con él para decirle que estaríamos en el museo, le comenté que mis amigos eran universitarios de Estados Unidos: Leroy es maestro jubilado, egresado de Harvard, y su esposa Irene estudió cultura de México, en la universidad. Ambos aprecian a los mexicanos y sienten un cariño especial por este país. Sus ancestros emigraron, pero sus raíces históricas, étnicas, están de este lado de la frontera.

Los objetos hablan, informan, y por ellos supimos por qué somos “hijos del maíz”. La destreza, sensibilidad y talento artístico que alcanzaron nuestros ancestros son impresionantes; al ver sus obras, siglos después, nos llenaron de emoción y orgullo. Pero no todo quedó en el pasado. Sobreviven esos valores de la perfección estética en los pueblos indios de México. Gracias, querido Donaciano, por habernos guiado por el Museo de Antropología, donde pudimos asomarnos al mundo de nuestros antepasados, y sentimos el latido del gran corazón de nuestros hermanos indios que con sus propias manos tejen entre penuria su felicidad.

La Piedra del Sol
La Piedra del Sol

Desde la sombra de la sala azteca, junto a la Piedra del Sol y la Piedra de los Sacrificios, los dioses aztecas “cuentan” en silencio su pasado. Coatlicue, con su falda de serpientes, señorea como madre de los dioses, al lado de Tláloc y Huitzilopochtli. El máximo poder divino de los aztecas se reúne en la sala principal del museo Nacional de Antropología e Historia, que en abril de 2009 formó parte del escenario de la cena de Obama con los principales de este país. Siete días después de ese evento falleció el director del museo, Felipe Solís.

La gente del desierto y de la montaña
La gente del desierto y de la montaña

La sala del noroeste expone el carácter de los seris, de los yaquis, de los rarámuris, de la gente del desierto y de la montaña. El visitante se puede asomar a su vida, a sus costumbres, a sus esperanzas. Destaca el trato digno que se les da, que se merecen.

Salimos contentos, como si hubiéramos encontrado una parte importante de nosotros. Caminamos con un sentimiento de orgullo, de nuestro origen, de nuestra raíz. “Es el México que yo quería conocer”, me dijo Leroy. Le expresamos nuestro agradecimiento a Donaciano y a otro joven antropólogo que nos acompañó. Fue un magnífico recorrido con información interesante, crítica, de horizonte luminoso. Y, por supuesto, también me llenaba de orgullo que mi primo fuera brillante y generoso en compartirnos lo que sabe.

Al final del recorrido, nos fuimos a la tienda de Antropología a comprar suvenires. Habían transcurrido más de seis horas desde que llegamos a almorzar en el restaurante del museo. Donaciano y yo caminamos unos pasos abrazados. Recordamos a nuestros padres. Ellos fueron primos hermanos y se quisieron mucho. Mi padre Isaac Orozco Gutiérrez, agricultor, se quedó en el pueblo de Tlalchapa. Mi tío Donaciano Gutiérrez Garduño, maestro destacado, contribuyó con la educación en México. Chano y Compachá se encontraban ahora a través de nosotros.

Una ligera lluvia refrescaba el bosque de Chapultepec. Abordamos un taxi para ir al Restaurante Lago, lugar que encantó a mis amigos. Comida exquisita (yo pedí salmón con chapulines); buenos tintos y delicioso café acompañado de coñac. Frente al ventanal, gotas de lluvia erizaban el espejo del lago. Relámpagos y truenos se adelantaban al aguacero. Un rayo se dibujó a lo lejos, y mis amigos, sorprendidos, se guardaron esa imagen. No habían visto llover de esa manera; se llevaron esta lluvia en su recuerdo.

De regreso al Centro Histórico, pasamos por la costosa Estela de luz y la avenida más hermosa de México, el Paseo de la Reforma. La noche, con su vestido de luces, le daba otra fisonomía a la ciudad: la fisonomía de una bella dama de mundo que sonríe. Y con esa sonrisa nos fuimos a descansar.

La Casa Azul de Frida y Diego
La Casa Azul de Frida y Diego

Viernes en la capital. Café y desayuno en Bisquets Obregón, del Centro. De ahí partimos a la Casa Azul, de Frida Kahlo, en Coyoacán. Encontramos una parte del siglo XX que se quedó entre jardines y árboles. La Casa Azul guarda una época y momentos intensos de la vida de la pintora Frida Kahlo, momentos marcados por el dolor y sufrimiento físicos, por la creatividad artística que brota de los más profundo del ser, por la pasión amorosa de la artista, por la conciencia social y su rebeldía.

Fotos, muebles y recuerdos. Ojos enmarcados en inconfundibles cejas. Únicas. Ventanas al horizonte sin límite. Sentimos la presencia de Frida en su casa, con fotos de sus seres queridos, con sus ideales revolucionarios. Mis amigos Leroy e Irene cumplían el anhelo de visitar la casa de la pintora mexicana, que es muy a admirada por la comunidad latina en Estados Unidos.

Coyoacán conserva aún la fisonomía de pueblo. Caminamos por el mercado; llegamos a La Guadalupana. Yo había hecho la promesa de tomarnos ahí una cerveza, pero la cantina estaba cerrada desde hace años. Las campanadas con vuelo de palomas nos llevaron al interior del templo San Juan Bautista, hermosamente decorado, símbolo del barroco novohispano.

La Fuente de los Coyotes en Coyoacán
La Fuente de los Coyotes en Coyoacán

En el jardín principal de Coyoacán, la fuente de Los Coyotes es ideal para enviar desde ahí fotos con saludos a distancia. Nieves, globos, pulseras, zarapes, coloridos antojos del paseante. Nosotros preferimos tomar un descanso con cerveza y música norteña, con músicos que pasaban por ahí, en uno de los restaurantes de la plaza.

De Coyoacán nos dirigimos al Castillo de Chapultepec; no ingresamos porque llegamos un minuto después del horario de servicio, pero hicimos buenas fotos del exterior. Al atardecer, abordamos un taxi para dirigirnos al restaurante Tixtla, donde nos encontraríamos con mis hijas, para degustar un rico pozole estilo guerrerense.

La circulación vehicular en Chapultepec avanzaba lentamente. Los autos llenaban calles, avenidas y ejes viales, sólo un carril en contra flujo estaba despejado. Con un rápido movimiento de volante y acelerando hasta el fondo, el taxista condujo veloz por el carril despejado del trolebús y en maniobras de zig zag rebasó a cuando auto iba adelante. Irene y Leroy, con risa de nerviosismo, se agarraban con las uñas y su adrenalina aumentaba. Supieron lo que era viajar “a valor mexicano” en un taxi de la ciudad de México. Llegamos con puntualidad al restaurante. Pedimos una cerveza para la resequedad de labios. Luego llegaron mis hijas y la tarde se llenó de alegría.

Leroy y una guitarra prestada
Leroy y una guitarra prestada

Jazmín, Sandy y Abryl se integraron sin más protocolo que una sonrisa, un beso y un abrazo. Son mis hijas, venas de mi corazón, que alegran mis días. Brindamos por el encuentro, y una agradable charla se impuso en el ambiente. Degustamos el pozole y llegó un guitarrista a ofrecer sus canciones. Leroy le pidió prestada su guitarra y cantó para nosotros. Ahí inició la tertulia que luego continuamos en Garibaldi, con música de mariachis y de grupos norteños. Óscar nos alcanzó ahí con reserva de agua para la sed.

Mariachis por doquier en Garibaldi, santuario de penas que se alejan, de alegría que se desborda en la canción, del canto auténtico del alma. Cantamos cerquita del Tenanpa. Leroy, Irene, Sandy, Jaz, Óscar y yo disfrutamos el ambiente de canciones mexicanas.

Sábado Ciudad de México. Irene, Leroy y mis hijas nos citamos a las diez. Almorzamos en el Huarache Azteca, de Jamaica, sabrosas memelas alargadas rellenas de frijoles negros con costilla, pechuga y salga roja, con jugo y café de olla. Buena manera de iniciar el día. Luego nos dirigimos a Xochimilco. Abordamos el Metro con dirección Taxqueña, donde trasbordamos al tren ligero que nos llevó al hermosos lugar “En el campo de flores”.

Travesía por el lago de chinampas. de canales de ahuejotes
Travesía por el lago de chinampas. de canales de ahuejotes

En el embarcadero Nativitas, Irene, Leroy, Jazmín, Sandy, Óscar, Aby, Irvin y yo, iniciamos la travesía por el lago de chinampas, de canales de ahuejotes, de música flotante y de trajineras con esencia de vida. Aby negoció el costo y tiempo del recorrido con equipo de sonido y conexión a internet. Con el nombre de “Puros cuates”, la trajinera comenzó a abrirse paso por el realismo mágico de Xochimilco. Las horas transcurrieron en la colorida travesía de la tarde, en un recorrido de seis horas que ya es inolvidable.

El domingo por la mañana llegamos a Morelia. La ciudad colonial resplandecía con sonrisa de cantera. Bella y gentil, Evelia Flores, mi esposa, nos recibió con desayuno de enchiladas en mole rojo gratinadas con queso. Irene y Leroy encantados de la vida. Y nosotros también.

Alquilamos un auto y nos fuimos al pueblo mágico de Pátzcuaro. En el centro de la población, cada quien con su barquillo de nieve, caminamos por el jardín principal en ese ambiente tranquilo de pirekuas, donde Tata Vasco en bronce les presta su hombro a las palomas.

Embarcadero
Embarcadero

Por la tarde, fuimos a la orilla del lago de Janitzio, junto al embarcadero, y disfrutamos la cocina tradicional de Tata Luis y felicitamos a su esposa, ganadora del concurso estatal de cocineras tradicionales.

“En Pátzcuaro cantamos canciones de Morelia, y por allá en Janitzio tenemos un amor…” —dice la canción “Qué lindo es Michoacán” —; la realidad es que ahí se descansa muy a gusto. Por eso el pintor Armando Cepeda les recomendó a Irene y Leroy que pasaran unos días en ese pueblo mágico. Se hospedaron en una casa con huerto de duraznos, y desde ahí visitaron Tzintzuntzan, Zirahuén, Quiroga, Paracho, Capula y, por supuesto, Morelia.

La despedida de tierras michoacanas comenzó con un recorrido por el Centro Histórico de la capital, luego una cena en Las Mercedes y una bohemia con poemas de Eve, coplas y canciones del Trío Balcón Huasteco, con la querida presencia de mi hermana Tencha, Abi, Ximenita, Jesús, Paco y Celeste.

Lugar donde los hombres se convierten en dioses
Lugar donde los hombres se convierten en dioses

Los acompañé de regreso a la Ciudad de México. Un día antes de su partida a California, fuimos a las Pirámides de Teotihuacan, “Lugar donde los hombres se convierten en dioses”. Otra vez el asombro y la emoción de niño que sentí cuando a mis trece años visité por primera vez este lugar. Leroy puso sus manos en las piedras de la base de la Pirámide del Sol y cerró los ojos. Sólo él sabe lo que expresó su corazón a través de su pensamiento. Y comenzamos a subir la escalinata.

Irene y Leroy en la Ciudad de los dioses
Irene y Leroy en la Ciudad de los dioses

Con ropa blanca, Irene y Leroy caminaban en la “Ciudad de los dioses”. En uno de los descansos de la pirámide mayor, Irene nos esperó. El espíritu se eleva en escenarios de historia y belleza. En la cúspide de la Pirámide contemplamos la grandeza de la antigua ciudad que floreció antes de la cultura Azteca.

Antes de iniciar el descenso de la Pirámide del Sol, en el sitio de rituales solemnes, Leroy me expresó su gratitud y de Irene, por haberlos acompañado en su primer viaje a México, y dijo que eligiera uno de sus dos anillos que traía en la mano derecha, como símbolo de su agradecimiento. Es para mí un reconocimiento a la amistad. Continuamos el recorrido en la zona arqueológica de Teotihuacan.

Regresamos por la tarde a la ciudad de México. La comida de despedida fue el legendario mole negro de Oaxaca con tortillas hechas a mano con el escudo otomí, en el restaurante Azul Histórico, en Isabel la Católica. Brindamos por la vida, por la amistad y por México. En su equipaje estaba una guitarra de Paracho, un hermoso vestido mexicano y bellos recuerdos del país de sus ancestros.


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