PUERTA CERRADA. PRÓLOGO. (Novela) Autor: Agustín Vera España.

Puerta Cerrada

La vida está hecha de instantes y cada uno de ellos tiene un peso enorme. Ninguno está vacío, ninguno es en vano…


Agustín Vera
Agustín Vera

 

Les presento nuevamente a. Agustín Vera: originario de Salvatierra, Guanajuato. Contador Público de profesión, estudió Lengua y Literatura Hispánicas en UNAM MX y actualmente su labor como educador es muy reconocida por alumnos, compañeros y padres de familia.

En esta ocasión comparte con nosotros el prólogo de su novela: “Puerta Cerrada”, como una introducción a las futuras publicaciones que compartirá con nosotros.

 


DE LOS MOMENTOS

La vida se construye sólo de instantes. Una larga existencia de ochenta años puede reducirse a no más que unos cuantos minutos o inclusive segundos. Por eso se dice que, antes de morir, la vida se condensa en unos cuantos momentos, porque son esos los que se van con nosotros y, al mismo tiempo, pueden ser los mismos con los que se quedan los que permanecen en este mundo. Toda la vida, decimos. Como si la vida fuera todo eso que entendemos precisamente por vida -una larga hilera de acontecimientos reducidos a nacer, crecer, reproducirse y morir- y no sólo momentos, instantes en constante jornada hacia el pasado.

Decimos que un amigo es ingeniero o se casó o acaba de tener un hijo. Todo pasó en un tris, en una fracción de segundo que le definió la vida, pero solo por un tiempo, hasta que llegue el siguiente instante. Ir o no ir a tal o cual lugar; tomar o no tomar el vuelo que luego supimos que se estrelló; llegar tarde a la central camionera para descubrir que se nos fue el autobús y que nuestro número de asiento favorito fue el más dañado en el accidente. O que en él iba la chica que se nos había destinado para compartir… la vida.

Decidir salir esa noche con los amigos y conocer a la mujer o al hombre con el que pasaremos el resto de nuestra vida; o quedarse en casa y perdérselo. Ir a una comida junto al río cualquier día de navidad y encontrarte con que, en lugar de una escuálida rebanada de jamón, el amor infinito te acechaba en medio de un sándwich cualquiera. Optar por ella y no por otra. Tomar un trabajo, dejar el viejo. Prolongar una relación o cortar por lo sano.

Instantes
Instantes

La vida está hecha de instantes y cada uno de ellos tiene un peso enorme. Ninguno está vacío, ninguno es en vano. Son como un mapa temporal que al final de la existencia podemos reseguir con unas líneas rojas. Al último se ve la figura que construimos, los caminos que no continuamos, las opciones que no elegimos. Cada instante marca no solo un sendero, sino incluso una forma de andar, porque asumimos una manera de hacerlo de acuerdo con el lugar donde pisamos, a donde nos lleva y quien nos espera.

Una tarde determino que deseo quedarme en el matrimonio de tantos años junto a un hombre que está lleno de defectos, pero cuyas dos o tres virtudes me parecen suficientes para olvidar aquellos; entonces cada acción posterior, cada momento venidero está regido por ese instante que puebla nuestra memoria a cada rato, casi de manera automática, hasta que llega el siguiente, el de una reevaluación de la decisión y se confirma o se toma otra. No es un proceso, no es reflexión profunda, no es pensamiento frío, no es tiempo largo y meditabundo, es sólo el instante en el que se dice sí o no. Sólo eso. Una nano-fracción del tiempo infinito.

Un momento. Un día. Una novela
Un momento. Un día. Una novela

En un momento, un día –no sé si bueno o malo-, opté por contar esta historia. De no haberlo decidido, tú no estarías a punto de leerla. Esta elección para mí es trascendente y de enorme peso, porque no es fácil contar la vida personal sin que una misma no aparezca mucho, solo en contadas ocasiones, relatando las decisiones que otros tomaron para que yo estuviera aquí y que en gran parte fuera lo que soy.

Porque muchas veces –y esos instantes no los tomamos en cuenta- las decisiones no las asumimos nosotros, nos vienen como ganancia –o como pérdida, quién sabe- desde el origen. Nadie pidió nacer, aunque algunos pidan morir. La educación que recibimos también nos viene dada sin opciones, aprendemos cómo enfocar una situación cualquiera, cómo evaluarla, definirla como problemática o intrascendente, aprendemos igual a solucionarla o a dejarla ir. Y es en esos momentos, en cuanto empieza la reflexión, en que nosotros tenemos culpa de lo que elegimos hacer. Bueno, decir culpa, es un poco como pensar que todo lo hacemos mal y no es así. Más bien le llamaríamos consecuencias. Mi maestro de ética dice que todo lo que hacemos tiene consecuencias, pero que no las imaginemos como algo malo -pues la palabra suele tener esa connotación- porque pueden ser positivas o negativas –y aún esta valoración de los hechos es muy relativa-. Y nos ponía los ejemplos de elecciones: escojo a esa mujer y paso una vida maravillosa o deprimente; decido abortar, mato una vida ¿Tomé una decisión por otra persona o por mí? Si fue por mí ¿por qué murió otra persona? Lo mismo sucede en la guerra: resuelvo matar y alguien decide matarme…

 

Historia de decisiones y momentos
Historia de decisiones y momentos

Esta no es una historia de amor o de desamor, sino de decisiones, de momentos. No es una narración en la que un triángulo amoroso defina caminos o establezca duelos. Es sólo una historia de momentos y de decisiones o de momentos decisivos. Lo demás, las siguientes páginas son, como en la vida, largos días y años que le dan sentido a esos momentos, a esas decisiones.

No es una historia de lamentaciones o de cacería de brujas, o búsqueda de culpables. Es una narración de lo curioso que procede la vida, de la manera como se van construyendo y destruyendo las relaciones, de los altibajos, de las decisiones y sus consecuencias –de las positivas y las negativas-; es una narración cierta de una vida incierta: la mía.

CONTINUARÁ…


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