EL SEMINARIO TRIDENTINO DE MORELIA Y LOS CIMIENTOS DE MI VIDA. (1ª parte). Autor: El Adobero

Seminario Tridentino de Morelia

Casi para terminar la tarde, con mi equipaje en una caja de cartón, llegamos al Seminario Tridentino de San José de la Montaña…


Esta es una parte de la historia, una parte importante de mi vida, que me dio las bases para mi desarrollo personal.

Puede ser que algunos hechos tengan errores en sus fechas debido al tiempo que ha trascurrido, más de 50 años, a la multitud de aventuras de mi vida y lo más seguro a mi edad actual que en algunas cosas como que se me pierde la memoria, voluntaria o involuntariamente.

Me disculpo si en algunas de parte de mi narrativa pudiera herir la sensibilidad de alguien, pero trataré de escribir con el mayor apego a lo que rescate de mi memoria.


Aunque esta historia corresponde a un mínima parte de mi vida, solamente tres años los que estuve en esta institución, del año de 1966 al año de 1969, ese tiempo bastó para dar forma a mi carácter y forma de ser. Ingresé a los once años de edad y salí a los catorce. Le llamaré a esta etapa mi segunda infancia.

Esta historia no se da por sí sola, no fue una generación espontánea la que me llevó a vivir intensamente esta etapa. La vida familiar y las enseñanzas de mi padre y de mi madre, en ese orden, sembraron en mí la creencia de tener vocación para abrazar el sacerdocio, aun cuando, a mi corta edad la capacidad de decisión sobre mi real vocación no podía ser acertada.

MI PRIMERA INFANCIA.

Coro Parroquial de Salvatierra
Coro Parroquial de Salvatierra

Me parece necesario platicar y ubicar en este contexto la primera parte de mi infancia. Nací en el seno de una familia católica en la que mi padre era el profesor y director del coro de la parroquia de la Virgen de la Luz en mi pueblo: Salvatierra, Guanajuato. Desde antes de entrar al Kínder del Colegio Morelos, administrado por el Señor Cura Don Ruperto Mendoza, obviamente un colegio católico, ya acompañaba a mi papá al coro parroquial y a algunas ceremonias en las que casi siempre acababa dormido. Fui el penúltimo de los hermanos de mi familia, solamente arriba de mi hermano menor Hugolino, el cual, al ser el pequeño, siempre fue el consentido de mi mamá, aunque creo que yo fui el consentido de mi padre, el que por su forma de ser, nunca me lo dijo.

Para ubicarnos en el contexto de esta historia, me limitaré a contar a ustedes solamente los hechos que, a mi manera de ver, influyeron para mi decisión de irme a estudiar al seminario de Morelia, de otra forma esto se convertiría en un universo de aventuras más grande o tanto como Don Quijote de la Mancha

Festival en el Colegio José Ma. Morelos de Salvatierra
Festival en el Colegio José Ma. Morelos de Salvatierra

Ingresé al Colegio Morelos desde el kínder, mi primera maestra, la señorita Toña, mujer otoñal que se disfrazaba de monja, aunque en realidad no lo era. En el colegio se impartían con intensidad las materias de: español, aritmética y las materias de humanidades, por orden del Señor Cura, el cual tenía presente que muchos de los alumnos que egresaban de su colegio entrarían por inercia o por su influencia al seminario de Morelia y estas materias en la base para que pudiéramos continuar nuestros estudios.

Al mismo tiempo, fui llevado por mi papá ya en forma oficial a formar parte de su coro en el templo parroquial desde los cuatro años de edad. Desde ese tiempo iniciaron mis levantadas a las 5:30 horas de la madrugada para cantar la misa de 6:00 de la mañana todos los días, esta costumbre de la despertada en la madrugada sigue hasta estas fechas en las que ya no sé para qué me levanto tan temprano.

 

 

 

 

Sr cura Don Ruperto Mendoza de Barraga
Sr cura Don Ruperto Mendoza de Barraga

Dentro de todo esto, les quiero platicar del Señor Cura Don Ruperto Mendoza de Barraga, quien fue un hombre religioso y formador de muchos de los personajes más importantes en la historia de la Iglesia Católica en Michoacán y que trascendieron a la historia de México. Originario de Pátzcuaro, Michoacán, nacido en el año de 1911. Hizo sus estudios en el Seminario de Morelia. Le tocó vivir la guerra cristera o la persecución religiosa y en la que, de acuerdo a lo que me contaron, sufrió en carne propia los tormentos a manos de los soldados federales, lo que le ocasionó la pérdida de la movilidad de su pierna derecha de la que cojeaba visiblemente hasta sus últimos días.

Fue formador de muchas generaciones de niños y jóvenes, así como maestro y director espiritual en el seminario de Morelia, de entre sus alumnos salieron varios obispos y un cardenal (Don Juan Jesús Posadas Ocampo), originario también de Salvatierra, Gto, los cuales siempre reconocieron la mano y el apoyo del Cura Ruperto Mendoza.

Aunque yo no fui de los más cercanos al Sr Cura, ya que yo era cantorcillo y sus más cercanos eran los acólitos o monaguillos, siempre me acercó para influir e inyectar en mí el pensar en la vocación sacerdotal.

 

 

Templo Parroquial de Nuestra Señora de la Luz de Salvatierra.
Templo Parroquial de Nuestra Señora de la Luz de Salvatierra.

Mi primera infancia transcurrió en gran parte cantando las misas en latín con los sacerdotes dando la espalda a los feligreses. En un ambiente de olor a incienso y cera, campanadas solemnes manejadas hábilmente por Don Lupe, el campanero, encendido de grandes velas, prendido de los incensarios y la colocación de los ornamentos del altar hechos por Carmen, el sacristán, y las misas solemnes armonizadas en el órgano tubular del templo y en su caso cantadas por el coro de niños y grandes dirigido por mi padre, y también en algunos casos conmigo como solista del coro y en algunas misas de boda, con el Ave María de Schubert. Recuerdo la gran habilidad de mi papá para cantar a primera vista del Libro Misalis los oficios y salmos de la misa en gregoriano, del cual en algún tiempo también me enseñó esa habilidad.

La educación que el Señor Cura nos trasmitía era muy similar a la formación de los salesianos, la escuela de Don Bosco, inclusive nos regalaba pequeños libros con historias religiosas publicados por la Editorial Don Bosco de ese tiempo. Era muy importante mantenernos cerca de la iglesia por lo que el Sr. Cura nos atraía con juegos de mesa y nos organizaba de vez en cuando algunos paseos en grupo.

Recuerdo eventos muy importantes relacionados con el nacimiento de lo que yo pensaba era mi vocación sacerdotal, y que quedaron registrados en mi memoria de esta etapa de mi infancia:

Primera Comunión de Pío X Salgado
Primera Comunión de Pío X Salgado

Primeramente la celebración de mi primera comunión, siendo mi padrino mi hermano mayor Leopoldo, una misa solemne celebrada por el padre Jesús Zaragoza y amenizada y cantada por el coro de niños que dirigía mi papá.

Obispo Luis María Altamirano y Bulnes
Obispo Luis María Altamirano y Bulnes

En una de las ceremonias más solemnes de nuestro pueblo, si mal no recuerdo, la celebración de los 25 años de la coronación de la imagen de la Virgen de la Luz como Reina de Salvatierra, por el año de 1964. Quedó muy fijo en mi memoria la llegada del arzobispo de Morelia, Don Luis María Altamirano y Bulnes, el cual llegó en su carro negro y al bajar todos los que estuvieran cerca se postraba rodilla en tierra como señal de respeto al pastor y representante de Jesús. A mí me tocó verlo cerca de la sacristía de la parroquia. Todos los cantorcillos estábamos con nuestros uniformes de gala, pantalón y chaleco azul marino con una capa azul turquesa con vivos rojos, al llegar el obispo nos hincamos, él hizo alguna broma y pasó a darnos a besar su anillo arzobispal de color rojo con una gran piedra preciosa, con la cabeza gacha y sin alzar la vista a tan ilustre personaje. La misa solemne cantada en conjunto con los coros de Querétaro, dirigido por el maestro Eduardo Loarca Castillo y el de Salvatierra, dirigido por mi papá el maestro Leopoldo Salgado Cisneros.

Obispo Manuel Martín del Campo
Obispo Manuel Martín del Campo

Por el año de 1965 todas las parroquias del arzobispado de Morelia fuimos llevados a la recepción de Monseñor Manuel Martin del Campo como nuevo Arzobispo Coadjutor de la Arquidiócesis de Morelia. Quedé totalmente apantallado de la forma como entró este personaje a la Iglesia Catedral, sentado sobre un pesado trono de madera, cargado a hombros por varios feligreses, en medio del canto del “Ecce Sacerdos” entonado por el coro polifónico y los niños cantores de Morelia, de los cuales siempre sentí una gran admiración pensando en mi interior que algún día yo podría cantar aunque fuera un poco con ellos. Los incensarios a todo lo que daban y los asistentes arrodillados conforme iba pasando el séquito y el obispo con su característica y ruidosa respiración agitada por su gran sobrepeso. Una misa solemne concelebrada con varios obispos y muchos sacerdotes.

En la memoria tengo la imagen del director de los coros, un maestro muy alto y espigado, que en la forma de dirigir se veía que estaba muy estudiado, este maestro más tarde fue uno de los maestros que más influyeron en mi vida. El órgano monumental de la catedral, que si mal no recuerdo, estaba catalogado como el más grande de América, interpretaba las más importantes obras de Johann Sebastián Bach. Al teclado otro gran maestro, flaco, de lentes, espigado y con alguna discapacidad en una de sus piernas. De ninguno de los dos conocía su nombre en esas fechas.

En otra ocasión el Sr. Cura Don Ruperto Mendoza me invitó a acompañarlo a un viaje a la ciudad de México a visitar a su hermano, también sacerdote. Nos hospedamos en su casa y a la mañana siguiente fuimos a la Basílica de Guadalupe. Le facilitaron al señor cura uno de los altares laterales de la basílica para celebrar la misa en latín, mientras se celebraba otra misa en la nave principal de la basílica. Como yo no era monaguillo, no me sabía todas las respuestas de la misa en latín por lo que el Sr. Cura volteaba algunas veces con miradas de pocos amigos a llamarme la atención. Al llegar el momento de la comunión me ordenó cantar el Ave María de Schubert a capela en el altar lateral donde estábamos y al empezar a cantar el sacerdote de la misa de la nave principal guardó silencio en su ceremonia y me dejó terminar hasta el final la interpretación del Ave María para poder continuar. Al final este sacerdote felicitó al Sr. Cura y éste me dio el crédito correspondiente, presentándome como el solista del coro de su parroquia. En este viaje el Señor Cura habló conmigo a cerca de la vocación sacerdotal exhortándome a irme al seminario de Morelia, yo le respondí afirmativamente.

Por allá de 1965 llegaron las reformas eclesiásticas emanadas del Concilio Vaticano Segundo y la liturgia de la iglesia se cambió para hacerla más accesible a todo el pueblo, aunque esto implicara perder gran parte de la cultura litúrgica y musical de la iglesia católica. Se inició la celebración de las misas en español, de frente a la asamblea, con cantos por demás simples para que todo el pueblo participara cantando. Lo único que siguió tal cual, fue la recolección de las limosnas y el costo de las ceremonias. Aunque con estos cambios yo salí beneficiado, sobre todo los domingos ya que el señor Cura nos pagaba 50 centavos por cada misa en la que cantáramos la parte del coro para que el pueblo nos contestara y hubo domingos en los que yo cantaba misas desde las 5:00 de la mañana hasta las 9:00 de la noche, hasta doce misas en un día, $6.00 pesotes para mi solito, más las utilidades de las ventas de los cuentos de las “Vidas Ejemplares” a la salida de las misas y de algunas estampas y artículos religiosos en mi “propia” vitrina. Ya era todo un microempresario religioso.

Represión de estudiantes de Morelia en 1966
Represión de estudiantes de Morelia en 1966

A finales del año de 1966, varios amigos y compañeros salimos de nuestro pueblo Salvatierra con rumbo al Seminario, encabezados por el Señor Cura Ruperto Mendoza en un taxi de Don Cuco Barrera. Al llegar a la ciudad de Morelia no pudimos entrar al centro de la ciudad porque estaban cerradas todas las calles que dan acceso a la calle de Madero por la catedral. Me tocó ver a varios soldados montado caballos correteando a toda velocidad a varios jóvenes y blandiendo sus sables y fuetes con fuerza para golpear a los estudiantes hasta verlos tirados en el pavimento. Al paso de los años descubrí que este suceso fue la represión a estudiantes de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo por el ejército y el inicio de los movimientos estudiantiles de esa época hasta culminar con la matanza de Tlatelolco en 1968.

Casi para terminar la tarde, con mi equipaje en una caja de cartón, llegamos al Seminario Tridentino de San José de la Montaña donde fuimos recibidos por el padre Antonio Álvarez, vicerrector del seminario, que llevaba una gran amistad con Don Ruperto Mendoza. Fue así que inicié mi paso por este seminario que en gran parte hizo los cimientos de mi vida.

 

CONTINUARÁ…


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