EL SEÑOR DE LOS BUENOS NEGOCIOS. Autor: Tarsicio Salgado Tovar

El Señor de los Buenos Negocios

– Vengo de La Quemada, los monitos y las ollas que te traigo están enteritas y te las voy a dejar baratas. ¿Te las enseño, patroncito?…


Este cuento que nos coparte Tarsicio Salgado es otra de las fantasías reales que sucedieron en el mágico poblado de Salvatierra, Guanajuato. Nos la comparte sin decirnos que el propio profesor era de los exploradores que les gustaba desenterrar tepalcates de los indios de endenantes en los cerros de los alrededores. Zona de la Cultura de Chupícuaro


La llegada de los españoles fue un parteaguas en la historia de estos lugares pero, de ninguna manera, arrancó nuestras raíces.

Los antiguos pobladores de Chupícuaro
Los antiguos pobladores de Chupícuaro

Seguramente, algunos pueblos aborígenes se asentaron alrededor del valle, pantanoso todavía, donde encontraban guarida los grandes saurios prehistóricos.

Antes que el Lerma atravesara Huatzindeo, nuestros ancestros hacían su vida en las periferias sierras y montes que rodean la región.

Tan es así que en ellos se encuentran, casi a flor de tierra, los vestigios de otras culturas que dan testimonio de la forma de vida de los indígenas que ahí vivieron.

 

Figuras de Chupícuaro
Figuras de Chupícuaro

Sin mucho esfuerzo, en la parte alta del oriente del valle y en los cerros pequeños pueden encontrarse puntas de flecha de obsidiana, restos de vasijas, monigotes de barro crudo u horneado, collares y otros colguijes.

La calidad de estas piezas, a juicio de los conocedores, da testimonio de un nivel de cultura del grado de la que tenían los tarascos y los chichimecas.

Las actividades principales de nuestros antecesores fueron la caza y la pesca, ya que en esta región abundaban los venados, los conejos, las cabras monteses, así como una muy amplia variedad de aves, peces y ranas.

Además eran muy religiosos. Las figuras encontradas hacen suponer que invocaban a varias divinidades, al igual que los otros pueblos prehispánicos, y que los ritos de culto comprendían oraciones, cantos, danzas y ofrendas.

Lamentablemente la falta de interés de las autoridades y de los paisanos ha hecho casi imposible la tarea de recolección y resguardo de estas joyas.

Por otra parte, la venta de restos arqueológicos a los extranjeros, su falsificación para llevar drogas a otros países, la necesidad de dinero y la ignorancia evitan que esas piezas enriquezcan nuestro acervo histórico.

Han ocurrido hechos inverosímiles a causa de la manipulación irreverente de algunas piezas.

Los sacerdotes indígenas de esta región eran también curanderos y, a más de brebajes, ritos e inciensos, usaban collares de conchas, piedras, figurillas de barro y huesos de infantes, para salvar de enfermedades y maleficios a sus jefes y a sus hermanos de raza, pero los males que curaban quedaban impregnados en esos collares. Si algún extraño se los apropiaba y hacía uso de ellos, aún para jugar, era preso de los males que dichos instrumentos ceremoniales habían acumulado y después de muchos sufrimientos moría.

Tal vez esa haya sido la causa de la muerte de los niños encontrados hace poco entre pitayos, nopales y garambullo s con un collar en el cuello, allá por el lugar donde el aire silba en distinto tono, según la orientación de los vientos, pues dicen los ancianos que viven por el cerro de Ballesteros que las almas de los buenos entran por el hueco .que recibe el soplo de la vida por el oriente, porque alla VIve el Padre Sol, Dios de la Vida y del Bien y por eso el viento silba tan solemne y suavemente cuando ellos mueren.

Por desdicha, entre nosotros ya son muchos los que malvenden y compran cosas antiguas. Uno de los compradores, traficante clandestino de piezas arqueológicas, de nombre Casildo Ortega, hombre rico, dedicado a la venta de artículos finos para el acabado de las casas de los pudientes de la ciudad, cuenta muy serio y en tono solemne un hecho, que jura ser verdadero y comprobable.

Como todos los nuevos ricos de mi pueblo, presumía mi creciente riqueza y no la ocultaba, pues también era aficionado a la buena bebida, a la buena comida y a las buenas mujeres; siempre encontraba algún momento para alharaquear de “ya voy por mi segundo millón”.

Un día, entró al negocio un señor humilde desaliñado cansado, moreno, enflaquecido y sumamente cohibido: Llevaba en su mano derecha un costal de yute semillero y en la otra su inseparable sombrero de paja ya muy usado y sucio.

Del entierro al costal
Del entierro al costal

Vacilante, se dirigió a mí y me dijo:

-Patroncito, te traigo unos tepalcates que el tata de mi tata tenía guardados en el jacal ende hace muncho, ¿no queres que te los enseñe?

Como buen comerciante, me hice el sordo y como que no le hice caso.

– Vengo de La Quemada, los monitos y las ollas que te traigo están enteritas y te las voy a dejar baratas. ¿Te las enseño, patroncito?

-A ver pues, pero espérame tantito en lo que atiendo a Don José, al cabo ya hicimos negocio.

Al poco rato regresé y re entablé la plática con el indio de los tepalcates.

– Han de ser nuevos, de los que están mandando al norte rellenos de polvos prohibidos-Ie dije.

-No patrón, míralos -los fue sacando uno por uno-, éstos no están cocidos, se pusieron duros con el sol como le hacían nuestros viejos.

Cultura del pasado en el Bajío
Cultura del pasado en el Bajío

El costal contenía una pipa, una vasija y dos monitos.

-Éste -continuó el indio- es el Señor de las Buenas Visitas y este otro es el de los Buenos Negocios.

Eran casi iguales, achaparrado s, medio inflados, malhechos, en posición de descanso sobre el suelo.

Sólo me interesó el de los Buenos Negocios, y le ofrecí cincuenta pesos por él. Han de haber sido más de los que esperaba porque me regaló las otras piezas, y se retiró tal como había llegado.

Me pareció buena la compra y busqué a las figurillas el mejor lugar del negocio para presumirlas a mis clientes y amigos.

Coloqué en el aparador de la entrada al Señor de los Buenos Negocios y en un rincón del fondo, donde tenía mi escritorio y las cosas de valor, la del Señor de las Buenas Visitas.

Muy pronto me vi halagado por la presencia de mis grandes amigos, de Ios que lo habían sido alguna vez y aun de los que en toda su vida no me habían mostrado afecto alguno. Llegaban hasta el fondo de la tienda, me saludaban con simpatía y aceptaban complacidos la copa y la botana que espléndidamente les ofrecía.

Sin embargo, mi alegría era vana porque mientras me aumentaban los amigos, los clientes se me alejaban; de modo que el comercio decayó y nunca pude presumir ya aquello de que “Voy por mi siguiente millón”. Más bien me acercaba irremediablemente a la ruina.

Un día regresó el indito con su costal. Encontró la tienda vacía y a mí allá, al fondo, arrinconado, triste y sufriendo las consecuencias de los excesos de la borrachera del día anterior. Apenas pude contestar al saludo del pobre hombre.

Desde los Tepalcates
Desde los Tepalcates

-Patroncito, te veo malito. Traigo otros tilichitos, pero antes te vaya curar.

-Qué curar, ni qué nada -le contesté-, mejor vete, ahorita no quiero oír nada de monos y ollas viejas. Regresa otro día.

-Mira, patrón, lo que pasa es que la jerrates en el lugar de los monitas. Están al revés.

-¿Cómo que están al revés?

-Sí, el Señor de las Buenas Visitas debe estar a la entrada del changarro porque así los amigos que no compran, saludan y pronto se van, y el Señor de los Buenos Negocios tiene qué estar en tu mesa para que te ayude a convencer a los interesados pa’ que te merquen como queras venderles.

Así lo hice y ahora el negocio y yo hemos mejorado mucho.


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