OTRA SECUENCIA (2ª parte). Autor: Mario Calderón

El Mole de la Fonda de Doña Gracia

…caminaba tres calles arriba y hallaba la fonda de doña Gracia, que vendía mole poblano con pavo…


CONTINUACIÓN…

Por otra parte, una profesora obesa y baja de estatura le comentó en una ocasión, probablemente queriendo ganarlo para su causa partidista, que tenía ya la idea de conocerlo, pero que no recordaba las circunstancias. Ella posiblemente era obesa por apreciarse superior al personaje que en realidad era en su peso natural. Aquella profesora, líder político del área de redacción, padeció más tarde una especie de parálisis, tal vez consecuencia de su nulo avance político: en su enfermedad, si se analiza, se hicieron visibles las dos caras de su biografía, la interna y la exterior.

En aquella escuela, igual que en toda la Universidad, había dos tendencias políticas: la de la izquierda mesurada del rector, y la de la izquierda radical que después lideró Malpica, que también llegó a ser rector, pero fue destituido. Había una gran actividad política. Ahí escuchó algunas frases clásicas entre políticos: “de que lloren en mi casa a que lloren en la suya, mejor que lloren en la suya”, “más vale que la gente diga ahí va un hijo de la chingada, a que diga allí va un pendejo”.

Él tuvo el primer tiempo completo de su área en la preparatoria. Encontró una gran cantidad de alumnos reprobados en redacción y se sentía obligado a impartir cursos intensivos para resolver el problema.

Muerte de Lenin
Muerte de Lenin

Él, íntimamente, un día se sobresaltó porque los compañeros profesores avisaron que, nadando en una alberca, se había ahogado Lenia, una profesora de izquierda que impartía también la clase de Historia y padecía asma, quizá por no respirar o percibir correctamente la realidad. Él supuso que lo acontecido, en su personalidad era, que ya creía más en capitalizar la vida, en el tamaño del hombre medido por lo que se logra objetivar, que por la igualdad absoluta de los individuos; dentro de él había muerto Lenin .Sintió aquella pérdida simplemente por razones humanitarias y de compañerismo.

En Tecamachalco, el relato de su vida otra vez tendió a tomar composición en todas las líneas, incluso en su posibilidad femenina, pues apareció una joven morena, frágil y esbelta como su mujer. Hizo verdaderos esfuerzos para no contemplarla en todos sus detalles, ni abrirle demasiado las ventanas de sus ojos para que no penetrara al interior de su corazón, tuvo que librar a solas una pelea con las fuerzas de su destino para conservar los hilos de su cláusula anterior y que no lo devorara por completo el nuevo plano de aquel párrafo.

Montes de Río Frío
Montes de Río Frío

Él, durante toda la semana padecía tristeza, tanta, que alguna vez sufrió la enfermedad del hipo dos días completos. Miraba hacia la ciudad de México donde permanecían su mujer y su niño, y de los montes de Río Frío se regresaban con frustración sus ansias envueltas en la mirada al no poder avanzar. Desde la tarde de los viernes hasta la noche de los domingos convivía con su mujer y su hijo y así aquella convivencia, en el lenguaje figurado de su cuento, representaba una nueva aspiración de oxígeno para soportar la inmersión en las aguas espesas de aquellos días.

En su cuartucho escuchaba las conversaciones de una familia pobre formada por una madre y dos hijas. Oía sus inquietudes, sus ansias y le simpatizaban porque cumplían la función de figurar lo que sucedía en el interior suyo.

Las tardes que padecía mayor depresión, supone ahora que, por encontrarse únicamente a ochocientos metros sobre el nivel del mar, en lugar de los dos mil metros en que se encuentra la ciudad de México, caminaba tres calles arriba y hallaba la fonda de doña Gracia, que vendía mole poblano con pavo y de ese modo, ya satisfecho y con el ímpetu, la efervescencia y la autosuficiencia del pavo, se curaba lo deprimido.

La comida definitivamente colaboró para permanecer pasivo y soportar la situación viviendo igual que el resto de sus compañeros.

Para vivir igual que todos, saboreaba grandes porciones de carne de cordero.

En su recorrido pasaba por una hermosa residencia donde se contaba que un General mantenía a su querida. Pudiera haber sido verdad o quizá mentira, pero el rumor al pueblo le despertaba tanta curiosidad y a él tan grande morbo, que algún día vio el instinto materializado en una serpiente bien enroscada en uno de los escalones de la puerta de aquella casa.

Maguey de Sábila
Maguey de Sábila

Frente a la fonda de doña Gracia, había dos lotes baldíos. Ahí veía la hierba crecida y varios tipos de plantas silvestres. Ahí, a solas, en intentos por descifrar el lenguaje y el hilo del relato de la vida, desembarazándose de sus fantasías, observó muy claramente que la consistencia de esta escritura sigue repeticiones o acaso espirales pues la zábila equivale a los magueyes; los helechos a las palmeras; el nopalillo al nopal, la zarza al chayote y, en general, un pastizal equivale a un bosque. Vio además que una lombriz es parecida a una víbora; una mosca es semejante a un águila; las mariposas se parecen a las aves y quizás las ratas sean micro- cerdos.

Su estancia en aquel lugar fue de tres semestres y se sintió siempre atrapado y a punto de desaparecer o ser deglutido tal vez por el significado del nombre de aquel sitio, Tecamachalco, es decir, mandíbula en idioma náhuatl.

En la soledad y el silencio de aquella habitación miserable, no entendió por cuáles motivos, experimentó gran crecimiento: con claridad comprendió que su constitución, estructurada como en espiral, parecía que constara por lo menos de dos seres superpuestos en dos niveles, pues el interior suyo se asemejaba al palacio de alguien que poseía todos los sentidos y todas las potencias: la vista tal vez sea la clarividencia, la intuición es el oído interno y poseemos otro tacto mediante el cual podemos hacer voltear desde lejos a una persona sólo al mirarla . Entonces supo que un hombre moreno de su familia iba a sufrir un accidente al final del año. Lo comentó a su compañera diciéndole que debía estar prevenida porque él suponía que seguramente se trataba de su suegro.

Llegó el veinte de octubre y, por supuesto, alguien sufrió un accidente, pero fue uno de sus hermanos, el más moreno, José, en la ciudad de Chicago. Afortunadamente no hubo consecuencias fatales.

Abrazo. Estrecho
Abrazo. Estrecho

El tacto interno se advertía también en la capacidad de identificación o empatía que gozaba en presencia de una muchacha, pues aun conversando a dos metros de distancia, parecía que la estuviera estrechando; ella se veía complacida.

Este mismo sentido lo desarrollaba cada día observando desde lejos a cualquier muchacha hasta que la obligaba a voltear hacia donde él estuviera. El oído interno es pues la intuición y con ella participaba del verdadero conocimiento, el del escritor, el autor del relato.

La mayoría de los avances científicos se perciben intuitivamente. Después el investigador sólo cubre las apariencias cumpliendo los requisitos de un protocolo.

Existe un nivel más profundo de razón, en ese nivel es posible juzgar la propia conducta, esto es, el modo externo de comportamiento.

De espaldas
De espaldas

Una tarde, al contemplar por fuera las paredes de la iglesia, el templo del que Tecamachalco está tan orgulloso, como en recuerdos vagos, le pareció a Alberto que él era un hombre vestido con sotana que tomaba los últimos rayos del sol a espaldas de la capilla, mientras contemplaba con gran gusto las rosas de variados colores cultivadas por su mano. Lo comentó a su amigo, el profesor de biología, él le respondió que sí, que efectivamente él parecía tener la personalidad de un cura.

Al final de su estancia en Tecamachalco, un día se dio cuenta que ya no padecía ningún síntoma de asma bronquial, seguramente su salud se debía a que el gran monstruo de la ciudad de México, ya no lo tenía entre sus garras.

Logró salirse de aquella preparatoria cuando se presentó de nuevo a un examen de oposición y obtuvo plaza en otra escuela de la misma Universidad Autónoma de Puebla.

Su lugar en la preparatoria de Tecamachalco fue ocupado, según supo más tarde, por un compañero profesor que escribía cuentos.

Ya en la ciudad de Puebla, un día encontró a doña Gracia. Le platicó que, al desaparecer él de aquel sitio, la gente veía a otro hombre, un herrero con barba, según la usaba él, comprando pavo, carne de cordero y pan en el centro de Tecamachalco.

FIN


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One Thought to “OTRA SECUENCIA (2ª parte). Autor: Mario Calderón”

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