OTRA SECUENCIA (1ª parte). Autor: Mario Calderón

Universidad Autónoma de Puebla

A los ocho días, sin nerviosismo, porque poseía un empleo de base en la ciudad de México, asistió al examen de oposición…


En esta ocasión Mario Calderón nos envía un cuento que, por su tamaño, compartiremos con ustedes en dos publicaciones.

Son recuerdos de una adolescencia que no por ser anterior deja de tener la emoción del despertar a la vida que se da en todos los tiempos, viejos y nuevos… Parece en mucho parte de unas vivencias propias del autor, originario del Timbinal cerca de la Laguna de Yuriria en el estado de Guanajuato y ahora catedrático de la Universidad Autónoma de Puebla.


“Hegel dice,
en alguna parte,
que hechos y personajes
de la historia
se repiten,
para decirlo de alguna manera,
dos veces.
Olvidó agregar:
la primera como tragedia
y la segunda como farsa.”.

Marx, 18 Brumario.

Un día, Alberto se intuyó en final de párrafo. Le agobiaba el cansancio y decidió realizar una visita a su familia, animado por uno de sus hermanos para buscar un tesoro. Se convenció debido a que él había creído siempre que el sitio en apariencia más insignificante reserva un tesoro, tal vez el espíritu que, al ser reconocido, puede representar un bien material.

El Timbinal
El Timbinal

Llegó a su pueblo. Ahí su padre, su hermano y él buscaron el tesoro guiados por un detector de metales y por una leyenda que referían sus paisanos y que él pidió que repitieran para retenerla en una grabadora. “El hijo del fundador del pueblo, J Jesús Calderón, Chepe de Jesús, durante La Guerra de Independencia combatió al Ejército Realista. Les caía a los españoles en sus haciendas y les arrebataba parte del oro que ellos habían reunido explotando a los indígenas. Supuestamente el rebelde reunió un gran botín que pudo esconder en un lugar denominado “El Potrero Grande”.

Alberto alquiló un detector de metales y junto con su padre y su hermano buscaron el mítico tesoro, pero no lograron extraer de aquella tierra negra y mojada más que un aire frío con olores de anís y mirtos silvestres, el sol desparramado por la sabana y la compañía de arbustos y enredaderas de flores azules y naranjas que, con la fertilidad que manaba del verdor del pasto y de algunas nubes blancas y densas, producían un regocijo irrefrenable que subía a la cabeza y provocaba una especie de locura que obligaba a dejar abiertos los sentidos igual que pétalos para el deleite.

Regresó a la ciudad de México. En la central camionera compró el “Uno Más Uno”. Al hojearlo, retuvo su atención una convocatoria a examen de oposición para obtener, como profesor, una plaza de tiempo completo de redacción en una preparatoria perteneciente a la Universidad Autónoma de Puebla. En ese instante percibió con el oído interno, es decir, con la intuición, que no finalizaría aquella secuencia del discurso de su vida sin conseguir efectivamente un tesoro. Lo conoció además porque tenía concentración o concordancia absoluta entre el narrador omnisciente y el protagonista de su relato que era él, y otra vez, para registrar su solicitud, se dirigió al sureste, a la ciudad de Puebla, como en otro ciclo, de su pueblo, El Timbinal, se había encaminado al sureste, Santa Ana Maya, para concluir su educación primaria.

A los ocho días, sin nerviosismo, porque poseía un empleo de base en la ciudad de México, asistió al examen de oposición, el acto aconteció de modo muy parecido a lo que sucede cuando, en un hogar pobre, una señora tira un pedazo de carne o una tostada a varios canes y los animales hambrientos, atrapan todo en el aire; él asistió al concurso de oposición porque la convocatoria ofrecía un salario que importaba una quincena más de lo que él percibía en la ciudad de México. Se presentó al concurso también, porque acostado sobre su cama en el interior de su casa, padecía cierta imposibilidad de aspirar aire, como si alguien, el fantasma de la urbe, le apretara la garganta y deseara su asfixia. Asistió además porque uno de sus amigos le comentó que, cuando un profesor gana una plaza de ese modo, en el futuro nadie podrá despojarlo de ella.

Tecamachalco. Puebla
Tecamachalco. Puebla

Quedó dueño de aquella plaza desde aquel día. Así, de pronto, sin intelectualizarlo, se fue a vivir a Tecamachalco, el lugar de Ayocuan, el poeta que en su nombre, goza del significado de Ayohtli “no hay otro como él”, el único, el original.

Un poco al norte del centro de la ciudad de Puebla, allá donde las calles se aglomeran, en apariencia para ocultar algo incomprensible, halló la terminal de los autobuses surianos. Abordó una unidad y el vehículo empezó a rodar, según su parecer, hacia uno de los extremos del mundo, el punto cardinal de la desdicha. Se desplazó hacia el oriente a una tierra llana y gris que representaba, de manera exacta, su aburrimiento. En medio de su estado emocional de llano calizo, se enteró, sin embargo, que los árboles poco a poco adoptaban la forma de aquella tierra plana y baja: se hacían bajos y frondosos. Aproximadamente a la hora y media de distancia, llegó al pueblo de Tecamachalco, todavía en el estado de Puebla. Encontró a la población como a un perro callejero descansando del calor de septiembre recargado en la ladera de una pequeña montaña.

Pasó toda la tarde buscando un departamento para rentar hasta que halló sólo un cuarto de vecindad en una orilla del pueblo. Se apresuró a comprar una cama, un par de sillas y una mesa de madera. Ya en reposo, experimentó una breve alegría cuando, empleando su pierna derecha como antena, su radio de transistores logró captar Radio Universal, una estación con música de rock de la ciudad de México.

Comenzaba a dormitar cuando, de pronto, arrullado y protegido por las frazadas, empezó a sentirse ratón, conoció entonces con disgusto que aquel cuarto de mala muerte contaba con la presencia de un roedor. Lo dedujo porque podía percibir de ese modo a cualquier ser animado. Recordó, por ejemplo, una ocasión que, semidormido en un extremo de la cama de su casa en la ciudad de México, comenzó de pronto a sentirse bebé y a participar de las emociones que su niño estaba experimentando por su mamá. Recordó también el día que cerca de una cuñada recién casada presenció el instante de su despedida del hogar materno, experimentado en su cuerpo la emoción que la muchacha estaba viviendo y que a él no le correspondía sentir.

Ratón
Ratón

Se incorporó y, después de una breve inspección por el cuartucho, descubrió al animal oculto tras de uno de sus zapatos. Sin desear eliminarlo, sino más bien pensando en la experiencia lúdica, fingiendo que no lo había descubierto, lentamente comenzó a girar en torno a su zapato; el animal, de manera inteligente empezó también a rodear el zapato negro. Comprendió entonces, por qué, ante la imposibilidad de acabar con los roedores en los Estados Unidos, la gente los convirtió en personajes de su mitología moderna. No volvió a pensar en el asesinato de aquel animalito, más bien pensó agradecerle porque, a través de su presencia, conoció su estado de aquellos días. Para desaparecer al ratón, hubiera sido necesario eliminar gran parte de su modo de vida de aquella época. Así que su única preocupación a partir de entonces fue buscar otro departamento, aunque toda búsqueda resultó inútil por la escasez de viviendas en renta.

Al día siguiente, muy temprano, llegó a la escuela preparatoria donde trabajaría. Se trataba de una secundaria de gobierno que había sido tomada por los estudiantes de la universidad. La escuela se ubicaba casi a la entrada del pueblo, en la acera norte de la avenida más importante. Al entrar a la dirección y conocer a los compañeros de trabajo, por la orientación del plantel y por el físico de los compañeros, supo que siete años y medio después estaba repitiendo secuencia narrativa pues él, en el ciclo anterior había trabajado como despachador de gasolina en un depósito de la Avenida de las Fuentes, en Lomas de Tecamachalco, Estado de México y ahora había sido contratado para impartir la clase de redacción en una preparatoria perteneciente a la UAP en Tecamachalco, del Estado de Puebla.

Espiral
Espiral

Inmediatamente reconoció las equivalencias en la imagen y la personalidad de sus compañeros profesores: el Che, esta vez era un argentino de verdad que dictaba la clase de Historia Universal; su mujer, por el cuerpo delgado y el pelo rubio, se podía comparar con la muchacha encargada de la dulcería en la gasolinera; un muchacho bromista oaxaqueño ahora era sustituido por un cubano con buen humor; Indalecio, un idealista oaxaqueño, ahora tenía el mismo rostro que un profesor peruano de economía; un muchacho de baja estatura , moreno y obeso ahora era equivalente al profesor de psicología; su amigo, un compañero parecido a Mungo jerry, el rockero, esta vez era similar al profesor de biología; y el gerente, hombre amable y comprensivo, en este ciclo había tomado los rasgos de una mujer, la coordinadora de la preparatoria. ¿Por qué le sucedía este fenómeno? ¿Acaso porque jamás regresó a su antiguo empleo? ¿Quizá porque la vida se halla escrita o dibujada en espirales? ¿Tal vez porque en la física y en la estética esas espirales equivalen a secuencias? o ¿se debía a que poseía gran capacidad de concentración? ¿Le ocurre a toda la gente y él lo advertía por su enorme memoria? ¿Sucedió porque padecía pobreza de posibilidades de vida?

CONTINUARÁ…


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