DOS GALLOS. Autor: Tarsicio Salgado Tovar

Dos Gallos

Se encontraron en el centro del corral. El desafío fue innecesario, simplemente esperaron a que los demás plumíferos se pusieran a resguardo…


El profesor Tarsicio nos envía en esta ocasión un cuento fábula muy contemporáneo de un problema actual y muy común, entre los animales y entre los humanos…


De los mismos padres, de la misma nidada y con la misma crianza nacieron, crecieron y se hicieron gallos el Prieto y el Colorado.

Desde polluelos aprendieron a lograr y a defender a picotazos y espolonazos lo que querían. Sabían que eran finos, se lo cacareaban las pollas de aquel corral y además uno al otro se envidiaba la estampa; llegaban al extremo de que el Prieto quería ser Colorado y viceversa.

El Dorao
El Dorao

Heredaron del Dorao, su padre, la agilidad, astucia y valentía; y de la Ceniza, su madre, la prudencia, la paciencia y la constancia.

El Dorao, antes de convertirse en ave de corral, recorrió el mundo de los mejores palenques, fue invencible e hizo rico a su dueño. La Ceniza, polla de alcurnia, fue la reina del gallinero.

Crecieron sanos, esbeltos, pendencieros, ágiles y entrones. Por todo peleaban, pero sin hacerse daño. Sabían que a la muerte de su padre uno de los dos debería poner orden en el corral. Pero siempre estaban uno contra el otro, sólo se unían contra terceros. Juntos podrían haber formado el mejor gallinero de la región, sin embargo ninguno de los dos ambicionaba otra cosa que ser más gallo que su hermano.

Peleaban tanto que el dueño de la granja decidió separarlos para que no se malhirieran. Estuvieron presos en jaulas contiguas y aunque se veían con coraje, no pasaba de las amenazas que acostumbran hacer los animales a sus enemigos.

El encierro los embarneció, se convirtieron en verdaderos gallos de pelea. Con el fin de embravecerlos más el entrenador les cubría la cabeza y los estimulaba para que respondieran con más rapidez y efectividad a las supuestas agresiones de sus contrarios. Les cambió la rutina alimenticia, nada de granotes de maíz, sólo comida balanceada y, una vez al día, venas y semillas de chiles picosos.

De poca monta
De poca monta

A pesar de que aún no tenían edad para pelear, los presentaron en algunos palenques de poca monta y sin dificultades dieron cuenta de los contrincantes. Engañados por su apariencia, muchos perdieron dinero apostando a su derrota. Su fama creció y sus peleas eran muy concurridas. Parecía que sus éxitos no tendrían límite.

Todavía el dueño los reservó en la granja por un buen tiempo. Los mantuvo alejados uno del otro; sin embargo en un pequeño descuido pasó lo inevitable.

Se encontraron en el centro del corral. El desafío fue innecesario, simplemente esperaron a que los demás plumíferos se pusieran a resguardo.

Pelea entre hermanos
Pelea entre hermanos

Se lanzaron uno contra el otro, pecho a pecho, en demostración de fuerza y un momento después de chocar ya estaban listos para continuar. Sus movimientos eran de tal finura y elegancia que merecían eternizarse en un lienzo. Estaban tan bien entrenados que usaban las mismas estrategias, como si hubieran ensayado sus actos para presentarse en un espectáculo de ballet. Parecía que no se harían daño, ninguno se cansaba, ninguno daba señales de ofuscación.

Los espolonazos, aunque certeros, no les causaban los efectos fatales que les agregan las navajas. La pelea tendría que definirse por picotazos, pero tenían iguales reflejos y las mismas mañas. Alguno debería distraerse.

Así sucedió. En una milésima de segundo, más rápido que un pensamiento, el Prieto le arrancó un ojo al Colorado y cuando lo iba a disfrutar, recibió un terrible picotazo que le deshizo la cabeza.

Cayeron los dos, heridos de muerte.

No hubo vencedor. Por el gallinero se paseó lenta y triste la sombra de la fatalidad.

Un gallo nuevo, flaco y desentonado, dio la mala noticia.
-Entre los gallos y entre los humanos, los pleitos no tienen buen fin…

 


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