REFLEXIÓN SOBRE LA CORRUPCIÓN. Autor: Julio Díaz Reyes

México de Luto

El corrupto rechaza la legalidad pero no le interesa cambiarla; no pretende adecuarla a sus propósitos sino burlarla…


Reflexione en que la corrupción es una forma de esquizofrenia moral, o, mejor dicho, una especie de hipocresía ética. Se sustenta en una disociación entre norma y realidad, en una yuxtaposición entre lo declarativo y lo funcional. No parte tanto de una deformación de valores, del desapego para con la escala axiológica socialmente aceptada y de la adopción de una normatividad de bolsillo, tan heterodoxa como inconfesable, sino más bien de un vacío existencial, de una heredad del síndrome de oquedad.

Reflexione sobre la corrupción y la incertidumbre de ésta, hasta donde tendremos que soportar y ver como los corruptos del gobierno se vuelven más corruptos. Y preguntarnos a nosotros mismos ¿Qué tanto soy corrupto desde mi espacio? Bueno lo primero que se me vino a la mente fue ¿que tanto le queda a nuestro país que puedan robarse todavía?

Entonces mientras continuemos pagando los IMPUESTOS que las autoridades nos mandatan, los que significan más del 50% de nuestros ingresos seguirán robando de los más de SIETE BILLONES DE PESOS ($7 000, 000, 000, 000.00) que presupuestan los legisladores.

Gasolinazo
Gasolinazo

Volver a reflexionar que el “GASOLINAZO” es una “cortina de humo” por ejemplo, HIDROSINA ya está en ofertando combustibles en el mercado nacional, que los gobernadores ya robaron y siguen robando, que el Ejecutivo sigue disponiendo de las partidas secretas, que el “moche o diezmo” sigue privando en todas las obras públicas, que continúen las concesiones mineras aprovechadas por manos extranjeras, que el Gran Turismo sigue creciendo con capitales extranjeros y aprovechando esa especie de esclavitud al emplear como la servidumbre a los mismos mexicanos; que seguiremos custodiando la mano de obra latina inmigrante esclavizada.

Qué más da “EL MURO DE TRUMP” o tal vez ¿nos servirá para rescatar el amor propio? Pero sin el icono de la bandera nacional ¡sin mercadotecnia! ¡Para saber realmente de que estamos hechos!

El corrupto rechaza la legalidad pero no le interesa cambiarla; no pretende adecuarla a sus propósitos sino burlarla. Su intención es que sus reglamentos permanezcan tácitos, porque si bien su inmunidad puede aumentar en la medida en que su particularidad se generaliza, sus beneficios disminuyen. Niega la ley, la evade, pero la necesita como referente.

El origen de la corrupción es tan incierto como irrelevante. Si surgió en el poder público o en el comercio entre los primeros hombres de negocios da igual; el hecho es que se ha adaptado a las exigencias del tiempo y del espacio y en cada caso ha adquirido las características necesarias para prevalecer.

Cadena de Corrupción
Cadena de Corrupción

Las que se presentan en el México de hoy son especialmente graves porque la han convertido en el aceite que impide el resquebrajamiento del engranaje social: es una fuente de simplificación y flexibilización de un régimen jurídico alambicado y rígido, es un medio de contrarrestar los excesos de la burocracia y de hacer eficiente la interacción de los particulares, es un mecanismo que lo mismo sirve al enriquecimiento de una élite expoliadora, que a la redistribución de la riqueza. Es, en suma, un fenómeno que permea la esfera política, el sector privado y el ámbito sindical, y que los enlazan en una compleja red de complicidades. Y lo más preocupante: es un problema cultural, que se ha arraigado en la mentalidad de muchos mexicanos a fuerza de banalizar su operatividad, de contagiar endémicamente la oquedad existencial.

Tal vez la raíz histórica de la corrupción en nuestro país esté aparejada a nuestra crisis de identidad. Quizá tenga que ver con la incertidumbre de pertenencia que nos dejó como saldo el encontronazo de los dos mundos: “si no sé quién soy, no sé a dónde pertenezco, ni qué me pertenece, y si nada es de nadie todo puede ser mío”

El hecho es que el efecto corruptor se ha vuelto epidémico porque ha sido viable, efectivo. Ésa es precisamente la diferencia entre el Primer Mundo y el nuestro: allá es más difícil ser corrupto que acá, y por eso allá la corrupción está más concentrada y es más esporádica aunque de mayores dimensiones, mientras que acá está más esparcida y es más cotidiana y de magnitudes variopintas.

En México suele ser más fácil ser corrupto que ser honesto, y la corrupción cumple más eficazmente que la legalidad el papel de ordenadora de la sociedad. Y en esas circunstancias esperar que no prolifere es ir contra natura.

Corrupción por Arriba y por DebajoLa corrupción se generaliza cuando es funcional. Cuando es mayor el beneficio que el costo de la deshonestidad, los recursos mal habidos fluyen por los vasos comunicantes de cualquier comunidad ¡Es, por desgracia, nuestro caso!

No hemos creado las condiciones objetivas que hagan inconveniente el acto ilícito, menos aún el inmoral. Se trata de un problema legislativo y educacional. Buena parte de nuestro marco legal es tan complejo y tan lejano de la realidad que obliga a la gestación de códigos, de reglas no escritas más sencillos y realistas para llenar el hueco, marcado por el síndrome de oquedad en los individuos que lo padecen.

Y qué decir de nuestro sistema de administración de justicia, que a menudo de la impresión de estar diseñado para castigar la estupidez y no la corrupción. Si a eso le añadimos el cáncer de la impunidad, que torna estéril el mejor fallo judicial, el círculo vicioso se cierra. El tiempo, claro está, también hace de las suyas. La inercia pone ahora obstáculos al cambio de las cosas que antes no existían.

Cuando decidimos que nuestra Constitución fuera proyecto de largo plazo y no guía inmediata del comportamiento de los ciudadanos, cuando la pusimos en una caja de cristal con un letrero que dice “rómpase en caso de incendio”, comenzamos a elevar la corrupción a rango constitucional.

• Hoy tenemos que luchar contra un enigma adicional, que somos nosotros mismos. La costumbre, la tradición, la inefable cultura de la ilegalidad nos exige emprender una cruzada educativa.

• Tenemos que educar a nuestros niños para la honradez si queremos que las próximas generaciones tengan menos piedras inerciales en el camino de la regeneración.

• Tenemos que hacerlo de tal manera que tanto la educación formal como la informal contribuyen a erradicar la idea de que la integridad no paga, de que ser pragmático implica ser corrupto.

• Tenemos que demostrarles que los valores que se les enseñan en las escuelas no son para guardarse en el archivo de lo eufónico pero inoperante, porque el éxito no está reñido con ellos, no hacerlo significa estar de acuerdo en que es mejor vivir en la comodidad del síndrome de oquedad.

La simulación es la madre de todas las corruptelas. Si hemos de construir un país en el que la corrupción sea excepción y no regla, debemos cifrar todos nuestros esfuerzos en uno: congruencia. Disminuyamos la brecha entre la norma y la realidad y fusionemos en nuestras mentes la dicotomía de la ética y la eficacia. Seamos, en una palabra, congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Si el corrupto no nace sino que se hace, forjemos el molde. Que quede claro que a lo único que estamos fatalmente condenados es a edificar libremente un futuro mejor. Y que tengamos siempre muy presente, que la peor de las corrupciones es la que corrompe la fe de un pueblo en sí mismo. ¡Y todo lo anterior es resultado de las actitudes de los pacientes del síndrome de oquedad!

¿Hasta dónde podrá crecer la corrupción rumbo al 2018, con tanto cinismo por parte del Gobierno en sus tres niveles? ¿Y hasta donde el resto de mexicanos compartiremos y abonaremos para que la corrupción crezca?

Dejemos atrás el dicho mexicano “más vale malo por conocido, que bueno por conocer” simplemente porque me parece que ¡ya no tenemos infraestructura nacional, ya no tenemos recursos naturales, no tenemos patrimonio nacional, ya no tenemos país!…


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