LAS CANASTAS. Autor: Tarsicio Salgado Tovar.

Las Canastas

Dicen que la honradez se pierde de la misma manera que la virginidad. Sólo duele la primera vez, pero de ahí p’al real …

 


Tarsicio Salgado nos presenta en esta ocasión un cuento de sátira social y política que continúa vigente en nuestros días.

 


LAS CANASTAS.

-Por fin hemos dado término, ciudadanas y ciudadanos, a más de cincuenta años de vergüenza, a más de medio siglo de corrupción y engaño -en variados tonos repetía y repetía el Lic. Del Vino en el mitin triunfal del Partido Ambición Nacional.

Mitin de Toma de Posesión.
Mitin de Toma de Posesión.

La Plaza de los Fundadores era insuficiente para dar cabida a los miles de habitantes de San Andrés que, con todo y sus mujeres y chilpayates, se habían congregado para desahogar su ira contra el otrora invencible Partido Revolucionario y para hacerse presentes en la toma de protesta del nuevo Presidente Municipal, Don Zeledón Borrego, con la esperanza de que éste los cobijara con su mirada.

No estaban acostumbrados a gobernar los ambicioncitas. Intentando dar más lustre a la ceremonia, adornaron el estrado, los postes, las ventanas y los automóviles con banderitas, unas tricolores y otras estrelladas. Las primeras filas estaban ocupadas por los representantes nacionales, estatales y municipales del partido, por algunos diputados y senadores y por el Señor Gobernador, que como es de suponerse eran correligionarios políticos. Los demás eran mexicanas y mexicanos encendidos no por el amor y los principios del triunfador, sino por los errores del derrotado.

Había muchas mujeres, gritaban como si tuvieran dos voces y tres pulmones, coreaban el nombre de sus semidioses: ¡Chante!, ¡Chante!, ¡Chante!… refiriéndose al Gobernador y ¡Zele!, ¡Zele!, ¡Zele!… a su Presidente Municipal.

Don Zeledón, al parecer, no tenía vicios ni defectos. Se le reconocía como honrado, trabajador, hombre de alcurnia, caritativo, de muy buen genio y muchos amigos. Sólo su esposa, Doña Filomena Rosas del Llano, sabía de sus debilidades, pero su boca era discreta.

El discurso de Don Zeledón fue del tono que había impuesto el orador estrella del partido, -el Lic. Del Vino, sólo que al nuevo Presidente le temblaban las piernas, la voz y hasta la corbata blanquiazul, que desconcertaba a su traje café y a sus seguidores.

Después de sacar de su pecho miles de promesas para los sanandresanos, después de jurar que enderezaría las veredas chuecas de sus antecesores, de cachondear a las mexicanas y a los mexicanos que habían dado a luz el progreso para su pueblo, concluyó que tomaría las más severas decisiones, aun en contra de sus amigos, para que el orden y el progreso reinaran en San Andrés. Agregó los tradicionales ¡Vivas! y se dejó arrastrar por la multitud que lo llevó al Palacio Municipal.

Alguien dijo, y dijo bien ¡Qué poco dura la gloria de este mundo!, igual nos lo repite el refranero universal: “Más pronto cae un hablador que un tullido”. Apenas había transcurrido la primera semana del nuevo gobierno y ya se habían colado a la administración las mismas ratas y los mismos grillos, ya todas las decisiones del Presidente salían de los cerebros mágicos de sus concejales: el Licenciado Ornelas, el Lic. Carrión, el Lic. Coyote, el Lic. Del Vino, el Lic. Torreón y el Lic. Juan de las Pitas. Los puestos claves como la Tesorería, la Contraloría, la Dirección de Obras Públicas, Desarrollo Urbano, Turismo, … estaban en manos de vivales, de esos con piel de oveja. La corrupción tenía el mismo domicilio y los mismos clientes.

Dicen que la honradez se pierde de la misma manera que la virginidad. Sólo duele la primera vez, pero de ahí p’al real todo es gozar. Así le pasó a Don Zeledón, el trabajo fue que recibiera su primera participación sobre el presupuesto de un Boulevard y en adelante ya no pudo rechazarla. Se convirtió en un títere. Como decía mi comadre: “En pueblo chico, el chisme es grande”. Pronto lo que había guardado Doña Filomena, su esposa, se hizo del dominio público, y aun las catequistas se secreteaban con la novedad de que a Don Zele se le desviaban sus inclinaciones, especialmente cuando se propasaba en el beber.

Llegó el momento en que ni siquiera el espejo le devolvía la sonrisa al Señor Presidente Municipal. Pero, admírense ustedes, las mujeres, cándidas y descreídas, lo tenían todavía en alta estima y fincaban sus esperanzas en Don Zele.

El dos de febrero era de multitudes por ser el día de la fiesta más grande del pueblo y porque Don Zeledonio festejaba su cumpleaños. Las damas de la alta sociedad se encargaron de motivar al pueblo a hacerle algún obsequio al Señor Presidente y llevárselo al Palacio para que recordara aquella ocasión en que lo llevaron por primera vez a la Presidencia Municipal.

Aparentemente la respuesta de las ciudadanas y ciudadanos fue todo un éxito.

Desde temprana hora, inició un desfile interminable de gentes que llegaban al despacho del Señor Presidente y, sin decir nada, le dejaba cada quien una canasta muy bien adornada, cubierta con una servilleta tejida a mano. Fueron tantas las canastas que, cuando no tuvieron lugar en esa oficina, se depositaron en el salón de Cabildo.

Ya por la tarde, la curiosidad venció al Señor Borrego y, no queriendo no queriendo, metió su mano a una de las canastas. Su inocencia lo llevó a descubrir que ésa y todas las demás estaban llenas de huevos.

No hubiera entendido el mensaje, si no hubiera hallado bordada sobre una hermosa servilleta la imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo.

Aunque sean pocos, pero hay...
Aunque sean pocos, pero hay…

Además, ustedes saben que esos productos no deben faltar en las cosas de gobierno, en la cama y en las mesas de los pobres.


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