LA VIDA DE UN NIÑO EN LA CRUZ. Autor: José Luis Rodríguez Palomares.

Chaparrovsky. Salvador Hernández Guillén

 

“Conocido en el bajo mundo como Chaparrovski” dice de sí mismo. Con 61 años a cuestas, platica que a los seis años empezó a trabajar…


“Déjalos guapos que voy a entrar a ver la gracia de Dios”, le decía el minero en bonanza don Anatolio de La Vega al niño bolero Salvador Hernández Guillén, antes de entrar a misa al Templo de La Cruz. Y me daba dos “Morelos” (Dos pesos) cuando yo cobraba uno, dice en entrevista.

Plaza y Convento de la Cruz
Plaza y Convento de la Cruz

“Conocido en el bajo mundo como Chaparrovski” dice de él mismo. Con 61 años a cuestas platica que a los seis años empezó a trabajar, en el año 1962, cuando “Querétaro era una hermosura de pueblo, empecé como bolero por la necesidad de una familia grande, éramos diez hijos y no alcanzaba el trabajo de mi padre para mantener la familia, él trabajaba de chofer de los urbanos, mi madre ama de casa, noble y caballera (sic)”

Pero mi madre un día me dijo, “tienes que ayudar a la familia”, y mandó a hacer un cajoncito de bolero, con el carpintero Don Cristian que vivía en la calle de Aurora y me compró los enseres.

Comenta que las bancas en el jardín de La Cruz eran de granito, “yo no tenía para tener una silla, la clientela se sentaba en las bancas y hacía la boleada ahí. También mi hermano era bolero”.

Recuerda el ambiente. “Estaba en el templo de La Cruz, una fuente enorme con la esfinge de Venustiano Carranza, el mercado en lo que es ahora en la Plaza de Los Fundadores, se apreciaba el olor a chocomil, a tripa, a menudo, a carnitas, a queso, a frutas, se me caía la baba por los olores, pero no había dinero para comprar una pinche quesadilla, no había varo”.

Había veces, añade, que para desayunar íbamos a un contenedor de todo el mercado y ahí buscaba pedazos de plátano, de sandía o de naranja, las volteaba y me comía los bagazos.

Mercado del Barrio de la Cruz
Mercado del Barrio de la Cruz

Pero un poco de progreso llegó. “Ya después con la primera boleada, de 50 centavos que cobraba me iba a las carnitas y pedía morusas (migajas), era un manjar, luego esperaba otro cliente y me iba por un chocomil, una sabrosura”.

Recuerda que en ese tiempo veía a señores que temblaban y no sabía por qué. “Yo tenía un maestro de boleada, un señor ya viejo, lleno de mugre, barba crecida, pero era muy buen bolero, temblaba, alcohólico, traía su alcoholito de la Farmacia de La Cruz, de Don Pepe Carreño”.

Dejaba lustres, muy higiénico para bolear, aunque temblaba el cabrón, tenía un pincel en sus manos, asienta.

Salvador Hernández es del barrio de San Francisquito, barrio bravo, de Concheros, de Brujos. “En las fiestas de La Cruz ya cobraba un peso, un Morelos de plata y ahí ganaba hasta 25 pesos y me sentía millonario”.

En ese tiempo, añade, en Querétaro entró un auge en la industria, La Concordia ya estaba, entró Tremec, la gente vestía elegante, de casimir, también los que trabajan en Hércules, casi siempre vestían de blanco, de lana.

“Yo trabajaba en un lugar privilegiado porque tenía tres elementos fundamentales, el Templo de La Cruz, un jardín hermoso, con pinos alumbrados en navidad que ponía don Genaro Burgos, y el párroco Nemesio Saavedra que conjuntaba a los barrios y como los romanos en el Coliseo nos aventaba la fruta, éramos hambrientos, don Anatolio de la Vega daba recursos para esas fiestas, yo tuve la fortuna de bolearle las patas”, narra.


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