SAN JOSÉ DE LA MONTAÑA. Autor: Mario Calderón

Seminario Tridentino de Morelia

Es muy grato presentar a ustedes de Mario Calderón, un buen compañero y amigo de la infancia – adolescencia, por allá de 1966 a 1969 tuvimos la fortuna de coincidir en el Seminario Tridentino de Morelia. En este 2016 recién celebramos 50 años de que ingresamos a este nuestro querido “San José de la Montaña”.

Mario nos presenta un cuento precisamente sobre esos niños – adolescentes que aprendimos los valores fundamentales de nuestra vida en esa institución.


Mario Calderón
Mario Calderón

Mario Calderón (Nacido en Timbinal, Yuriria, Gto. en 1951). Es doctor en Literatura Hispanoamericana. Ha sido becario de Bellas Artes y del FONCA, Guanajuato y Puebla, actualmente es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (CONACYT) y es profesor del posgrado en Literatura Hispanoamericana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Algunos de sus libros son “Suma poética, Valparaíso, España, 2014”.”Donde el águila paró, BUAP, 2010, En la página del entorno, BUAP, 2016 y “Lenguajes en la poesía mexicana”, UNAM, 2015.


SAN JOSÉ DE LA MONTAÑA

Víctor Ortiz llegó al seminario que se ubica en San José de la Montaña en la ciudad de Morelia. Desde el primer momento reflexionó que el término San o Santo indicaba, si leía en el lenguaje de aquel capítulo, consagrado, dedicado, y que la palabra José encierra la idea de “acrecentador”. El significado general del colegio era “consagrado al acrecentamiento en la montaña”, esto es, en la elevación, en lo sublime.

Al lugar se asciende por una carretera curvilínea, pero a pie puede accederse escalando dos calles entre abundantes árboles, dos enormes escaleras de concreto que se recorren en un tiempo aproximado de cinco minutos.

Desde la cima se mira en el fondo, al lado norte, la ciudad de Morelia como una gata blanca echada en sus patas traseras.

Si se desciende, de manera inexorable, abajo del edificio, tal vez por razones históricas, sin privilegios de elevación está el parque Juárez con un zoológico donde, según Freud, habitan seres vivos que representan los instintos más impíos: serpientes, leones y panteras.

El muchacho entró al internado y le señalaron su espacio definitivo en un enorme galerón, un dormitorio en la planta baja de un edificio.

Al obscurecer formaron a todos los estudiantes recién ingresados en un patio intermedio entre los dormitorios y los condujeron a un amplio comedor donde les asignaron una mesa.

Enseguida les sirvieron frijoles de la olla con sabor a metal y un atole con indefinición entre arroz y vainilla. De esta manera les hicieron pagar aquella noche la culpa original de querer ser más de lo que eran.

Aquel pequeño sacrificio les parecía insignificante cuando descubrieron a Cristo crucificado y sangrante en una de las paredes.

Se trataba únicamente de un escarmiento inicial por su osadía de estar en aquel sitio. Los días siguientes les sirvieron alimentos exquisitos: caldo de habas, guiso de ternera, chilaquiles, taquitos, barbacoa, etc.

Los guisos eran cocinados por un grupo de monjas que vivía al otro lado del seminario. No había ningún contacto entre los moradores de los dos internados; los recipientes con la comida eran trasladados a través de un torno, un mueble con apartamentos que giraba.

Grupo de los Grandes. Tridentinos
Grupo de los Grandes. Tridentinos

Desde aquellos días, si alguien hubiera deseado obtener un retrato de la personalidad de Ortiz, hubiera observado a un muchacho moreno y delgado con pelo corto. Vestía camisa de color azul claro y pantalón de mezclilla ajustado. Por dentro, era la gente que lo rodeaba: Fernando Guzmán, un muchacho místico; Antolín Orozco, un galán bisoño; Faustino Domínguez, un muchacho generoso; Agustín Martínez, un joven defeño terrible que había sido enviado al internado con la esperanza de que modificara su conducta; y Humberto Moreno, un compañero sensible y muy culto. Todos convivían y paulatinamente se iban homogeneizando.

Daniel Ortiz
Daniel Ortiz

Una noche que bajaban a la capilla, Agustín, el rebelde chilango, casi a cada paso, sin quitar el dedo del renglón, iba metiendo zancadillas a Ortiz, esperando encontrar “su víctima” para divertirse. De pronto, él viró y con un puñetazo en la cabeza lo arrojé a una de las sepas recién abiertas en el corredor para plantar vegetales de ornato.

Desde esa noche Agustín evitó molestarlo y cuando se refería a su persona opinaba que “Ortiz es un pinche maldito”.

Padre Juan Jesús Posadas Ocampo
Padre Juan Jesús Posadas Ocampo

Antes de quince días, al muchacho lo visitó uno de sus hermanos para convencerlo de que abandonara el seminario para ingresar a “Roque”, otro internado, una escuela normal rural situada en las cercanías de la ciudad de Celaya donde Ortiz, mediante un examen, había obtenido una beca para convertirse en profesor de primaria. Argumentó que sus padres no podrían cubrir la colegiatura que en el seminario era muy cuantiosa. Lo convenció. Fue y lo comentó con el padre Larrauri, su celador. Éste, a su vez, lo comunicó al ecónomo que por entonces era el padre Posadas. El ecónomo llamó a Ortiz y le dijo que de ahí, del seminario, nadie se iría por falta de dinero. El estudiante quedó eximido del pago en aquel colegio. Por este suceso, cuando veinticinco años después asesinaron al religioso siendo cardenal en Guadalajara, a Ortiz no le cupo duda de que la bala no había sido dirigida al cardenal, sino que éste había sido confundido con “El Chapo Guzmán”, un narcotraficante.

En la iglesia asistían a misa por las noches. Antes del inicio les recomendaban que se pusieran en la presencia de Dios: Ortiz unificaba todas sus facetas, sus varios yo internos, se asentaba dentro de sí mismo, igual que frente a una cámara, para ser fotogénico, y ya concentrado experimentaba un calorcito que circulaba desde la poesía del evangelio y de la misa hasta su propio cuerpo. En algún momento el padre Juanito Arias ejecutaba en su órgano “La Fuga en do mayor” de Juan Sebastián Bach. El templo vibraba con aquellas notas y, entonces, definitivamente presentaron a Dios a todos los muchachos .Todos aquellos jóvenes con la emotividad podían sobrepasar el nivel de las ideas, para hacerlas plásticas, porque a la mañana siguiente en el huerto y los jardines aparecían varitas de San José, tulipanes blancos y rosas rojas y amarillas.

Ortiz, existencialmente, sentía que poco a poco se alejaba de la vida común, se desprendía o se decantaba respecto a la superficie de sus facciones y de la realidad.

Con una campana despertaban a los jóvenes a las seis. Ellos se aseaban rápido y a las seis cuarenta tomaban el desayuno: leche fría, un pan dulce, un plátano, un bolillo y frijoles de olla.

A las siete comenzaban sus clases de la secundaria y a las dos de la tarde terminaban. A las dos y cuarto estaban otra vez gozosos en el comedor.

Entre sus estudios, sus conjeturas sobre ciencia eran que probablemente flora y fauna pudieran haberse clasificado de otra forma, pues un pastizal equivale a un bosque; un helecho es similar a una palmera; el mosco anófeles se parece al zopilote; una mosca es semejante a un águila y Ortiz meditaba que inclusive, todavía en algunas especies, se pueden rastrear tres niveles: moluscos, peces y ballenas; lagartija, cocodrilo y dinosaurio; y suponía, respecto al hombre, que así como existen los pigmeos y el humano común, es posible que la tierra también halla estado habitada por hombres gigantes.

Meditaba además que, paralelo al acercamiento de los dos hemisferios, China y Japón con Europa y América, en el individuo hay una correspondencia también de los dos hemisferios del cerebro: uno, el del raciocinio, y otro, el de las sensaciones y lo subjetivo.

Después de la comida debían desempeñar alguna labor. Unos estudiantes barrían los dormitorios o los pasillos; otros compañeros los trapeaban.

Luego eran encerrados hora y media para que realizaran las tareas de la escuela y estudiaran las materias del día siguiente. Después los obligaban a practicar cualquier deporte durante una hora. Enseguida todos se bañaban para acudir otra vez a la misa, una ventana para ponerse en contacto con el autor de su ficción. Cenaban y se les concedía media hora de recreo para conversar con los sacerdotes o con los amigos.

Había un padre espiritual que hacía las labores propias de un psiquiatra: escuchaba sus inquietudes y les aconsejaba realizar las acciones que convinieran de acuerdo a las posibilidades de carácter de cada muchacho. Ellos crecían de manera mental, pero también cada día su cuerpo era más alto.

En los primeros días de cada mes, en ceremonia pública les entregaban las calificaciones mencionando el lugar que les correspondía considerando ciento cinco alumnos correspondientes a dos grupos.

Equipo de Futbol Atenas
Equipo de Futbol Atenas

La práctica de deportes y el orden de sus actividades contribuyeron para que la borrasca de la vida tuviera misericordia de su sexualidad que se asemejaba a una poderosa sabia, apta para que brotaran retoños y grandes ramas por todas las direcciones.

Cuando bajaban a la ciudad, por ejemplo, en el vehículo, al atravesar el mercado de Carrillo, donde había varios cabarés, les llegaba tremendo un doble olor a fruta madura: piñas, manzanas, guayabas y fragancia de las imaginadas colegialas de Morelia y esencias subyugantes de los cuerpos de las mujeres de la Tierra Caliente

De acuerdo al nombre de aquella casa, toda la noche los jóvenes crecían y se alargaban todo el día. Sábados y domingos ellos practicaban deportes, andar en bicicleta o conseguir varios niveles en la frecuencia de su pensamiento. Esto sucedía en las tierras de “Jesús del Monte”, la comprensión de lo sublime de Jesucristo o en los campos del panteón, la otra realidad de la novela del mundo.

En tres años crecieron igual que álamos, demasiado. Pobres adolescentes desvalidos, no advertían que un muchacho únicamente es la mitad de un individuo, nunca observaron que al bañarse descalzos, sus pies dibujaban sólo medio círculo, no sabían que se constituye un ser humano pleno cuando al hallar a una muchacha, la parte delicada, las cuatro caderas, los dos talles, falo y vagina completan una sola carne redonda.

El solar contiguo al seminario contiene los filtros del agua de Morelia. Por los ímpetus de la naturaleza, ahí confluyen las dos caras de la textura de la realidad: los filtros de las aguas turbias de tierra (se trata de un tupido bosque de coníferas y variadas plantas rosáceas) y los filtros de las aguas que, según Freud, constituyen otra vida, la del inconsciente. Por esa causa en ese sitio se llevaban a cabo bailes sensuales con los cantantes rockeros de promociones recientes. Se sabía que a los bailes, aquellas lloviznas de vitalidad, se escapaban algunos seminaristas, un hilo de agua del internado se filtraba al sitio para engrosar la corriente sensual de Morelia.

El cuerpo de Ortiz y su cerebro , es decir, su microcosmos, a través de un amor sólo con dirección al ímpetu del mundo consiguió concordancia, sincronización de su biografía con el relato del macrocosmos y, por ese motivo, el día que él abandonaba el seminario para siempre, mientras abordaba un taxi, el cielo vertía una lluvia suave, como si llorara, en el mismo instante que un radio de transistores dejaba escuchar la canción “bésame y adiós” con el grupo de rock americano Los Union Gap. Así Ortiz vio finalizar el segundo de sus capítulos, la segunda dimensión, la adolescencia.

 


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2 Thoughts to “SAN JOSÉ DE LA MONTAÑA. Autor: Mario Calderón”

  1. Pascual Zárate Avila

    Una descripción que es intersubjetiva, así era la agenda cada año en el seminario.
    Saludos

    1. adobero

      Saludos Pascual

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