LA MUERTE NO SE DESPIDE. Autor: José Luis Rodríguez Palomares

Deudos en el Panteón

Ahí, en ese momento nos damos cuenta que los muertos viven literalmente con nosotros. No los olvidamos, no les decimos adiós, no los soltamos…


José Luis Rodríguez
José Luis Rodríguez

 

 
José Luis Rodríguez Palomares, un amigo de El Adobero, profesional de la comunicación desde hace muchos años, aunque es joven, es todo un veterano en el ir y venir diario de lo que puede ser interesante y útil para los ciudadanos…

 

 

 


El camino de entrada está atestado de puestos de venta de flores, de aguas, paletas, fritangas y de un peregrinar incesante de gente. El poco viento arrastra el olor a cempasúchil por todos lados.

Dentro del camposanto, el ambiente es de lágrimas, rezos, miradas de nostalgia, de tristeza. El intenso sol, el polvo que levantan al caminar cientos de personas no importa. Cada uno de los visitantes lleva en la espalda y en su mente al ser querido, al pariente, al amigo que reposa en el Panteón Municipal en la colonia Cimatario.

Los días primero y dos de Noviembre es la cita obligada cada año, porque los mexicanos nos olvidamos de muchas cosas que nos afligen, que nos perjudican.

Nos olvidamos de amores pasados o perdidos. Dejamos atrás afrentas, desdichas, incluso olvidamos lo bueno que nos ha dado la vida. Pero no olvidamos a la muerte. La muerte no se despide, se queda como un aura entre nosotros. Como maldición o como bendición. Cada quien lo sabrá.

La muerte es otra dimensión, otro mundo que paradójicamente vive también en el nuestro. Es ese mundo etéreo que sentimos al caminar entre los sepulcros. Ese mundo del “otro” mundo que nos provoca un temblor en el pecho, en el alma, cuando nos paramos frente a la tumba visitada.

Ahí, en ese momento nos damos cuenta que los muertos viven literalmente con nosotros. No los olvidamos, no les decimos adiós, no los soltamos.

A este panteón, el principal de la zona metropolitana, acuden más de 70 mil dolientes a visitar alguna de las 11 mil 600 tumbas. Bueno, réstele 2 mil 500 sepulcros olvidados por alguna razón.

Y si la lógica no me engaña, la saturación en los cementerios irá disminuyendo poco a poco, pues de acuerdo a la estadística de la administración de panteones, la sepultura va a la baja, pues actualmente el 80 por ciento de las personas que fallecen son incineradas.

Las cenizas, pues, se irán convirtiendo en el único centro de culto a nuestros muertos.
Antes de abandonar el lugar descanso en una banca junto a tres muchachos aguadores. Cuentan las ganancias del día. Doscientos, trescientos pesos, pero se puede llegar a seiscientos, dicen.

Por diferentes puntos se escuchan las melodías que interpreta el mariachi, el trío norteño o el guitarrista. Ofrecen las canciones que en vida disfrutaron los que se fueron. Me levanto y mientras camino a la salida van quedando en el viento las estrofas de “Puño de tierra”, “Mi viejo”, y “Amor eterno”.

Caminando entre los puestos que ofrecen los ramos de cempasúchil en veinte pesos, dejo la muerte por el momento, sin despedirme. Me limpio el sudor de la frente que ocasiona el calor de las tres de la tarde y bajo la sombra de las jacarandas le doy gracias a la vida.

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