EL ENTIERRO DE DON CHEMA. Autor: Tarsicio Salgado Tovar.

El Entierro de Don Chema

Un cuento muy apropiado para la noche de muertos. Aunque no lo crean, es real…


Don Cherna fue un caballero. Hubiera sido apuesto y de muy buena figura si no se hubiera aficionado tanto al buen comer y beber.

Nunca pudo rechazar una invitación a la botana de frituras de res. El aroma de los hígados, los bofes, los intestinos y los corazones de esos cornudos animales, cocidos y fritos en sus jugos, le hacían agua la boca.

Tampoco soportaba la abstinencia de las carnitas de cerdo del cazo de sus innumerables compadres; sentía que los cueritos, las costillas, el lomo, la trompita, la lengua, los sesos y las piernas le hacían un hueco espontáneo en su voluminoso vientre, que no tenía llenadera, y cuando menos lo pensaba ya traía entre sus manos la tortilla larga y delgada de maíz blanco, recién sacada del comal de barro, para agasajarse con el mejor trozo de carne, untadito de frijoles refritos y de alguna de las variedades de salsa que se le ofrecían.

Ni qué decir de las barbacoas y de las birrias de cabrito; tiernas, suaves, sazonadas con exactitud en el sabor de las especias y del chile de la variedad precisa. Imagínense todo eso bañado, o más bien ahogado, en los mejores aguardientes, mezcales, tequilas y pulques caseros.

Nunca se descomponía en el trato con sus amigos ni con los que no lo eran. Las únicas palabras altisonantes que salían de su ronco pecho las dirigía a sus mulas, sin aludir a nadie.

Era apreciado y bien recibido, sin excepción, por los habitantes de la Hacienda de San José del Carmen, Joya de Huatzindeo, Granero de México y orgullo de los Ortiz Herrera, que eran los hombres más ricos del derredor del Culiacán y un poco más allá.

No era español ni tampoco indio, parecía criollo, pero no de los de España. Conocía los secretos de los números y esa era su ocupación: llevar la contabilidad de las compras y ventas de los hacendados.

No se le conoció mujer, o era muy prudente o no las apetecía.

Esa forma de vida le acarreó muchos malestares. Aumentó su volumen estomacal y los humores líquidos y gaseosos de su cuerpo fueron cada vez más fuertes e intolerables.

Ya no se le aproximaban los amigos, su andar era pesado y doloroso por las reumas y porque sus piernas se le torcieron.

Caminaba poco y no había caballo que se dejara montar por él.

A pesar de todo no cambió sus hábitos alimenticios y sociales. Donde había jolgorio ahí estaba Don Cherna Rosas.

Como era de esperarse, llegó el momento en que la muerte puso sus ojos en él. El médico dijo que era hidropesía, una enfermedad que no le permitía echar fuera los líquidos y por lo mismo aumentaba todavía más su volumen; su peso corporal le dificultaba la respiración, le aceleraba los latidos del corazón y apenas le permitía hablar unas cuantas palabras.

Su agonía fue breve, lo velaron en la capilla de la Hacienda, ahí celebró por él una misa de réquiem el Padre Jacinto, y terminada, como a las diez de la mañana, acompañado por amigos y conocidos, que eran muchos, se agrupó el séquito para llevarlo al Cementerio de San Elías de Salvatierra, por el camino viejo.

La gente común a paso ordinario haría el recorrido bajo el sol en poco menos de una hora. Pero con Don Cherna, en un féretro de encino, cargado no por cuatro hombres sino por seis, el paso de la caravana fue más lento. El sol caía a plomo y hacía más triste y pesaroso el sendero hacia el cementerio.

Al atravesar la Hacienda de los Rosillo, los cargadores renovaron sus esfuerzos y con relativa agilidad llegaron a la Capilla de Guadalupe, frente al Obraje de los Argomedo. Bajaron el féretro y decidieron tomarse un merecido descanso.

El Padre Leoncito Rojas, hombre de Dios y de muy grata memoria, como capellán de la iglesia, los recibió entonando, aunque con voz desafinada, el “Ne recorderis peccata mea dómine”, la gente contestaba a cada imploración, aun sin saber qué decía: “Dum veneris judicare saeculum per ignem”.

El hisopo y el agua bendita, con su frescura, atenuaron la sed de los dolientes, pero también la rigidez del muerto.

R.I.P.
R.I.P.

Apenas lo habían colocado sobre los sostenes metálicos, el difunto, a causa del enfriamiento de los gases que retenía en el estómago, se levantó, abrió el féretro y quedó sentado en su ataúd.

La gente del duelo y los curiosos, atropellándose unos a otros, se echaron a correr despavoridos con el Jesús, María y José en sus bocas.

El Padre Leoncito, sacando valor de no sé donde, empujó al difunto y le ordenó que no espantara a la gente y que se dejara conducir a su tumba con decencia y cómo buen cristiano.

Eran las cuatro de la tarde cuando los sepultureros, sudorosos, llenos de miedo y cubriéndose la boca con sus pañuelos terminaron su trabajo.

El Padre y algunos de los acompañantes, un poco después, terminaron el último Santo Rosario con el consabido: ¡Ave María Purísima!, ¡Sin pecado concebida!


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¡Hasta el próximo adobe!

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One Thought to “EL ENTIERRO DE DON CHEMA. Autor: Tarsicio Salgado Tovar.”

  1. Pablo Hernández

    Muy bien Ing. Pio felicidades por esa facilida para comentar, escribir y platicar

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