CARRUJOS DE COOL-TURA. LA SEÑORA DEL RÍO. Autor: Tarsicio Salgado

Río Lerma en Salvatierra, Gto.

Es un placer para El Adobero presentar a ustedes al siguiente autor, un cuentista que se regodea en el relato de sus vivencias aderezadas con una descripción de las costumbres que se niegan a desaparecer en nuestra provincia mexicana.

Un gran amigo y maestro, compañero y hermano, que nos acompañará con sus narraciones ubicadas en mi pueblo: Salvatierra. “La tierra de Dios y María Santísima”


 

 

El Autor:

Tarsicio Salgado
Tarsicio Salgado

Tarsicio Salgado Tovar ha sido un salvaterrense enamorado de su Ciudad.

Nació en 1941 en el seno de una familia humilde, digna y conservadora.

Dicen que fue un estudiante destacado en todos los niveles académicos. Su formación, esencialmente humanística, tuvo origen en el Seminario Tridentino de Morelia, donde sus maestros fueron de la talla de Don Juan Jesús Posadas Ocampo, Don Manuel Castro, Don Manuel Pérez Gil, Don José de la Luz Ojeda y otros de los mismos alcances.

Profesionalmente es un formador reconocido y respetado. La docencia ha sido su más grata aventura son muy pocos sus exalumnos que no lo, recuerdan con afecto y gratitud.

Ahora nos presenta, como escritor, una nueva faceta de su vida. Seguramente tendrá éxito, porque la corrección y la creatividad, serán siempre bienvenidas en un medio de cultura tan refinada como el de nuestra Ciudad.


LA SEÑORA DEL RÍO.

La Señora del Río
La Señora del Río

El aroma fresco a yerbabuena, manzanilla, guayaba, perón, tejocote, níspero, chirimoya, durazno, lima, limón, naranja y toronja impregnaba el ambiente; habitaban entre los árboles, en franciscana convivencia, los cenzontles, gorriones, jilgueros, ruiseñores, calandrias, urracas, zopilotes, halcones, aguiluchos y gavilanes; y todavía encontraban sustento en sus riberas los conejos, liebres, armadillos, tlacuaches, lagartijas, alicantes, coralillas y víboras de cascabel.

El sol rojizo se ocultaba entre las nubes oscuras; esa tarde de junio moría con amenaza de lluvia, pero no apresuraba el fin de la tertulia.

Desde la rama más alta, uno a uno los chiquillos, adanes inocentes, se tiraban al caudal fresco y rumoroso, salvando con innata habilidad las rocas y los troncos.

En San Buenaventura ya era ruinas la primera capilla de la Señora de las Luces; los labriegos habían tomado la orilla para sembrar melones y sandías; los pescadores ocultaban con éxito los anzuelos y las tarrayas; y los enamorados ladinos escondían las evidencias de sus pasiones entre los alfalfares, las milpas tiernas o los carrizales.

Llegó la noche y la hora del recuento. Se repitió la búsqueda a voces, cada una con mayor intensidad; la inquietud se convirtió en un coro de gritos y llantos. ¿Quién lo vio la última vez?, ¿dónde?, ¿cuándo?, ¿qué estaba haciendo? Sólo hubo una respuesta: silencio y miedo.

Rodaron los malos auspicios: se lo robaron, se lo llevó el nahual, a lo mejor se cayó al río. El rumor se hizo cascada, se espesó más la noche y crecieron terriblemente las rocas y los árboles.

En un santiamén, se tiró Balta, el mayor y más decidido; luchó titánicamente contra la fuerza del agua, las ramas y las hierbas. La luna resbalaba por su cuerpo de adolescente fortachón. Una y otra vez, se sumergió en busca del desaparecido, sin resultados.

Al fin, ya noche y cerca del remolino que se comió a “La Tlacuacha”, atrapó un enredo de pelos enlodados que resultaron ser los del cuerpo de “La Bachicha”, el más pequeño de la pandilla. Con el encargo de no moverse de ahí, lo habían dejado al pie del guayabo zapote y seguramente había resbalado y caído al torrente.

No estaba hinchado, amoratado, ni sangrante; sonreía y bromeaba diciendo que una señora lo había llevado a conocer por dentro el camino del río y que había jugado con las tortugas, las ranas y los peces. Había encontrado de todos tamaños y colores.

La señora nunca lo abandonó. Todos sabemos que se adueña de los espíritus y a veces regresa los cuerpos, pero protege a algunos inocentes como a la “Bachicha”.


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¡Hasta el próximo adobe!

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